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El desierto donde se oye el deseo: por qué el aburrimiento es un umbral y no un vacío

#Aburrimiento #AxiologíaFormal #Atención #Deseo

La cola del supermercado avanza despacio. Quedan dos personas delante y, con suerte, noventa segundos. Antes de que pase la primera, la mano ya ha salido del bolsillo con el teléfono, sin que nadie haya decidido nada. Lo llamativo no es el gesto, que es inofensivo. Es la velocidad: hay un estado que ya no dejamos ni empezar.

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Noventa segundos

No hemos abolido el aburrimiento. Hemos abolido su comienzo. Los intervalos —la cola, el ascensor, el semáforo, los tres minutos antes de dormir— siguen ahí; lo que ya no ocurre es que lleguen a durar.

Hay un experimento que da la medida de la incomodidad. En 2014, un equipo de la Universidad de Virginia publicó once estudios en los que dejaba a los participantes solos en una habitación, entre seis y quince minutos, sin nada que hacer salvo pensar. En general no les gustó. Pero el estudio que se hizo famoso fue otro: a sesenta y siete estudiantes que antes habían dicho que pagarían dinero por evitar una descarga eléctrica les dejaron el aparato al alcance durante seis minutos a solas. El 67% de los hombres y el 25% de las mujeres se administraron al menos una.1

Conviene no dramatizar el dato, porque fue discutido casi de inmediato y con razón. Pero incluso en la lectura más prudente queda algo llamativo: para una parte apreciable de la gente, seis minutos sin nada resultan lo bastante desagradables como para preferir un dolor pequeño.

Pascal lo había visto sin electrodos. Escribió que toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa: no saber quedarse quieto en una habitación. Y puso nombre a lo que hacemos en su lugar: divertissement, que no significa diversión sino desvío —de divertere, apartarse—.2

Así que la huida no es nueva. Lo nuevo es que ahora es gratis, instantánea e inagotable.

Qué estás diciendo cuando dices «qué aburrimiento»

Suena a descripción del mundo. No lo es. Es un juicio de valor, y con una gramática rara.

Hartman se detuvo en ella. En El conocimiento del bien (1965), repasando a otros teóricos del valor, registra la observación de Paul Edwards: palabras como «divertido», «aburrido» o «prometedor» no funcionan como los adjetivos normales, porque lo que hace aburrida una cosa es un conjunto de rasgos distinto en cada ocasión. En la formulación que Hartman recoge: lo aburrido no es un «una», es un «muchas».3

De ahí cuelga toda su axiología. El valor de una cosa es el grado en que cumple las propiedades de su concepto. No es una metáfora: es la definición con la que construyó un instrumento de medida.

Y como cada tipo de concepto tiene un número distinto de propiedades, la misma cosa vale distinto según bajo qué concepto la archives. Eso es lo que hace del aburrimiento un dato interesante en vez de una queja.

Porque «aburrido» no describe el objeto. Describe un recuento terminado: aquí ya no queda nada por reconocer. Aburrirse es, literalmente, percibir ausencia de valor en el presente.

Y aquí es donde el recuento importa, porque Hartman ordenó las tres maneras de valorar precisamente según cómo se dejan contar las propiedades de cada tipo de concepto.

Lo sistémico es una construcción con un número cerrado de propiedades: una definición, una norma, un procedimiento. Se cumple o no se cumple, y no hay nada más que mirar ahí dentro.

Lo extrínseco es un concepto de clase. Sus propiedades son enumerables: se pueden listar, una a una, y por eso se pueden comparar dos ejemplares.

Lo intrínseco es un concepto singular, y Hartman dice de él algo muy exacto: su contenido es un continuo no enumerable, una Gestalt. No «muchas propiedades»: propiedades que no se pueden recorrer de una en una, nunca, por mucho tiempo que le des.4

La consecuencia, dicha llanamente, es que solo puedes aburrirte de aquello que ya has convertido en contable.

Con una salvedad honesta: a veces el recuento es correcto. Un formulario tiene exactamente las propiedades que tiene, y aburrirse rellenándolo no es ningún fallo de atención. El error no está en contar. Está en contar donde había algo incontable.

Lo único que se agota es la manera de mirar. Por eso aburrirse nunca es una noticia sobre el mundo: es un parte del observador.

En el volumen de homenaje a Hartman, en 1972, Paul Weiss se preguntaba si es posible un fenomenólogo puro: alguien capaz de atender a todo lo que se le presenta, sin preseleccionar nada. Su respuesta es que no, y el motivo que da no es filosófico. Cualquier cosa que encontremos tiene detalles, matices y relaciones sin término, y nadie dispone del tiempo suficiente —ni de bastante resistencia al aburrimiento— para examinarlos.5

Resistencia al aburrimiento. No sensibilidad, no talento: resistencia. La jerarquía de Hartman tiene precio de entrada y se paga en tedio.

Por qué la pantalla no lo cura

Objeción evidente: yo no estoy contando nada, estoy entretenidísimo, y mi teléfono tiene contenido infinito.

Exacto. Infinito en el sentido contable.

Cada deslizamiento del dedo entrega un objeto finito nuevo: un clip, un titular, una cara. Cada uno se agota en segundos —su diseño lo exige— y el siguiente llega antes de que el agotamiento se note. Eso no es lo intrínseco: es lo extrínseco servido a un ritmo.

Una lista infinita de cosas finitas no es lo mismo que una sola cosa inagotable. En esa diferencia cabe una vida entera.

Lo que vende el feed, en realidad, no es valor: es cadencia. La garantía de que el recuento no va a terminar nunca porque siempre entra un elemento más.

Y mientras tanto se está desperdiciando información. Porque el aburrimiento, visto desde la psicología, no es ruido: es una señal con función. La formulación estándar dice que avisa de que el objetivo actual ha dejado de compensar y empuja a buscar otro; para eso baja la atención sobre lo que estás haciendo, se vuelve desagradable —para que te muevas— y activa el organismo de cara a la búsqueda.6

Una señal, por tanto, con contenido: apunta a algún sitio.

Pero una señal solo entrega su contenido si la dejas terminar de hablar. Sacar el teléfono no cancela el aburrimiento: apaga la alarma antes de que diga de qué avisaba. Es el analgésico que te tomas tan deprisa que nunca llegas a saber dónde dolía.

Un desierto y un feed se parecen en que ninguno de los dos se acaba. La diferencia es que uno no se acaba porque es hondo, y el otro porque es largo.

He escrito antes sobre lo que pasa cuando dejamos que el algoritmo decida qué merece nuestra atención: que el juicio de valor se externaliza y, como toda capacidad que se deja de ejercitar, se atrofia. Esto es el paso anterior. El juicio necesita materia prima, y la materia prima del juicio propio es lo que aparece en ti cuando no aparece nada delante.

El desierto

En el curso 1929-1930, Heidegger dedicó una parte considerable de sus clases a analizar el aburrimiento. Distinguió tres formas, cada vez más hondas.7

La primera: algo te aburre. La estación, la espera, el tren que no llega. Hay un culpable, exterior y con hora.

La segunda: te aburres en algo. La cena donde no falló nada —buena conversación, buena comida— y de la que vuelves notando que has estado aburrido todo el rato. Aquí no hay culpable. Lo que no acudió estaba dentro.

La tercera no tiene objeto en absoluto. Ya no es «esto es aburrido», sino un impersonal sin sujeto ni complemento: es aburrido, y punto. Todo, en conjunto, deja de ofrecerse.

Su tesis va contra buena parte de la tradición: esa tercera forma no es una avería, es un temple fundamental. Cuando el conjunto de las cosas se niega a sí mismo, ese conjunto aparece por primera vez como conjunto; normalmente lo tapa la cosa concreta que nos ocupa. Y con él aparece quien estaba ahí, porque cuando nada se ofrece como digno de ser querido, lo único que queda en pie es el que quiere.

Eso es el desierto. Tiene mala prensa porque se describe desde fuera como una carencia. Desde dentro no es una carencia: es una retirada. Y lo que deja una retirada es sitio.

Byung-Chul Han recuperó lo mismo para nuestra década: el aburrimiento profundo como punto culminante del descanso del espíritu, condición de una atención contemplativa a la que la atención dispersa ya no llega. La imagen se la toma prestada a Walter Benjamin, que llamó al aburrimiento «el pájaro de sueño que incuba el huevo de la experiencia».8

Hay incluso un indicio experimental, modesto y en la dirección esperable. En 2014, dos investigadoras de la Universidad de Central Lancashire hicieron que unos participantes copiaran números de teléfono de una guía —una tarea deliberadamente tediosa— antes de una prueba de creatividad. Los que se habían aburrido rindieron más que el grupo de control, y la ensoñación parecía mediar el efecto.9

No demuestra gran cosa. Solo apunta a algo que suena raro dicho en voz alta: el rato improductivo no era previo al trabajo. Era parte.

Lo que se oye cuando calla

Merece la pena separar dos cosas que se confunden a diario: la preferencia y el deseo.

Una preferencia es una elección entre opciones que ha puesto otro. Es una operación extrínseca y es excelente: comparar, ordenar, quedarse con lo mejor de lo que hay sobre la mesa.

El deseo, en cambio, produce la opción. No elige del menú: dice qué falta en el menú.

Se puede llegar muy lejos a base de preferencias. Lo que no se puede es responder desde ahí a la pregunta de qué quieres, porque esa se contesta desde el otro sitio.

Hartman lo había dejado planteado con una precisión que sorprende. Al proyectar cómo sería una axiología del dominio moral, escribe que el valor moral es el cumplimiento, por parte de una persona, de su propio concepto de sí misma —y añade que ese concepto es un concepto singular—.10 Es decir: del tipo cuyas propiedades no se dejan enumerar. Del tipo que ninguna comparación puede agotar y ninguna lista puede sustituir.

Y el feed tiene el menú siempre abierto. No es un defecto del producto: es el producto. La consecuencia es que la operación extrínseca no descansa nunca y a la otra casi no se la llama.

Ahora bien, conviene ser honesto con lo que ocurre de verdad cuando aguantas, porque el desierto no te entrega tu deseo en el primer minuto. Lo primero que sube es escombro. La conversación pendiente. El correo sin contestar. Lo de tu padre. La decisión que llevas dos años vistiendo de circunstancias.

Por eso huimos, y es una huida razonable: el aburrimiento no está vacío, está lleno de todo lo que aplazaste, y lo devuelve por orden de urgencia y no de comodidad.

Solo después de eso —y bastante más lejos de donde suele llegar cualquiera— aparece algo que ya no es un pendiente: algo que quieres sin que nadie te lo haya propuesto.

Esa es toda la razón para aguantar.

Cómo se practica

No se practica con una desintoxicación digital con fecha de inicio y de fin, ni con una aplicación que te cuente las horas sin pantalla. Eso sería convertir el desierto en una marca personal: un número más en el que ser bueno, y por tanto una cosa más que contar.

Es más simple y bastante menos presentable: no rellenar las transiciones. El ascensor, la cola, el autobús, la sala de espera, los minutos antes de dormir. No se trata de meditar. Se trata de no rellenar.

Y una advertencia, para no dejar esto en propaganda. El aburrimiento no es fértil por sí solo. La señal dice «busca otro objetivo», no dice «busca uno bueno». Del mismo desierto han salido vocaciones y también amantes, cambios de oficio y terceras cervezas.

Es un umbral, no una virtud: abre una puerta y no te dice cuál. Lo que sí garantiza es que lo que salga por ahí será tuyo, cosa que no puede decirse de lo que entra por la pantalla.

Porque la promesa del dispositivo es que nunca te quedarás a solas con nada. Y la cumple. Ese «nada» resulta ser el único material del que puede salir algo tuyo.

Referencias

Obras de referencia

  • Robert S. Hartman, La estructura del valor: fundamentos de la axiología científica (1959) — el valor como cumplimiento del concepto y la jerarquía de lo sistémico, lo extrínseco y lo intrínseco.
  • Robert S. Hartman, El conocimiento del bien: crítica de la razón axiológica (1965) — el examen de las expresiones de valor «políguas» de Paul Edwards.
  • Paul Weiss, «Nature and Value», en John William Davis (ed.), Value and Valuation: Axiological Studies in Honor of Robert S. Hartman (1972).
  • Martin Heidegger, Los conceptos fundamentales de la metafísica: mundo, finitud, soledad (lecciones de 1929-1930) — las tres formas del aburrimiento.
  • Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio (2010) — el aburrimiento profundo y la atención contemplativa.
  • Blaise Pascal, Pensamientos (edición póstuma, 1670) — el divertissement.

Fuentes

  1. ↩ Timothy D. Wilson et al., «Just think: The challenges of the disengaged mind», Science, 345(6192), 2014, pp. 75-77. El experimento de la descarga es el estudio 10: sesenta y siete estudiantes, seis minutos a solas, y un 67% de los hombres frente a un 25% de las mujeres se autoadministraron al menos una descarga. La lectura de los autores fue contestada ese mismo año por Kieran Fox y colaboradores en «Is thinking really aversive?» (Frontiers in Psychology, 2014), que señalan dos cosas: que en los datos originales pensar aparece como algo moderadamente entretenido además de moderadamente aburrido, y que entre los cuarenta y dos participantes que habían dicho que pagarían por evitar la descarga, la mayoría prefirió pensar a darse una. Lo que la polémica deja en pie no es que pensar sea aversivo, sino la enorme variabilidad entre personas y situaciones. Por eso en el cuerpo doy el dato y no la conclusión fuerte.
  2. ↩ Blaise Pascal, Pensées, fragmento 136 en la edición Lafuma (139 en la de Brunschvicg): «he dicho a menudo que toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa, que es no saber permanecer en reposo en una habitación». El manuscrito se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia. Sobre la etimología, divertissement viene del latín divertere, apartarse o desviarse: designa cualquier ocupación que aparta al hombre de aquello que debería ocuparle. Texto y aparato crítico en Pensées de Blaise Pascal.
  3. ↩ Precisión de atribución: la tesis de las «expresiones políguas» es de Paul Edwards, The Logic of Moral Discourse (1955), y Hartman la expone en El conocimiento del bien (1965) dentro de su repaso crítico de los semicognoscitivistas. Hartman le reprocha justamente quedarse ahí: afirmar la relación sin desarrollarla lógicamente. Lo que él sí desarrolla, y llama «la relación fundamental de la axiología», es el vínculo entre la propiedad de valor («aburrido», «bueno») y las propiedades «hacedoras de valor» que la producen. La frase citada —«lo aburrido no es un “una”, es un “muchas”»— aparece en ese pasaje como resumen de la posición de Edwards, no como tesis propia de Hartman.
  4. ↩ La estructura del valor (1959). Hartman define al individuo como la extensión de una comprehensión de contenido transfinito y precisa que esa extensión «debe ser singular», porque ese contenido «significa un continuo no-enumerable, es decir, una Gestalt»; la particularidad, en cambio, «presupone abstracción, es decir, denumerabilidad de las propiedades comprehensionales», ya que las propiedades comunes a dos cosas «no pueden ser abstraídas excepto una a una». De ahí sale su jerarquía: «lo universal tiene el valor más bajo, lo único tiene el valor más alto». Dos advertencias. Primera: Hartman no descubrió las tres maneras de valorar —venían de la tradición filosófica—, sino que las formalizó, las ordenó y construyó un instrumento para medirlas. Segunda: la aplicación de todo esto al aburrimiento y al scroll infinito es mía, no suya; Hartman está haciendo teoría de conjuntos aplicada al valor, no comentando teléfonos.
  5. ↩ Paul Weiss, «The Possibility of a Pure Phenomenology», en Value and Valuation: Axiological Studies in Honor of Robert S. Hartman, Knoxville, 1972, p. 103. El original dice que lo que encontremos tendrá «endless details, nuances, and relations, which no man has sufficient time or great enough resistance to boredom to examine». El argumento de Weiss es que el fenomenólogo puro es imposible: siempre hay selección, se atienda a lo constante o a lo que nadie mira. La frase sobre el aburrimiento aparece de pasada, como obstáculo práctico; el subrayado de la «resistencia al aburrimiento» como precio de acceso a lo intrínseco es mío, no suyo.
  6. ↩ Shane W. Bench y Heather C. Lench, «On the Function of Boredom», Behavioral Sciences, 3(3), 2013, pp. 459-472. Su tesis es que el aburrimiento motiva la búsqueda de nuevos objetivos cuando el actual ha dejado de ser beneficioso, mediante tres mecanismos: reducción de la atención sobre la tarea en curso, valencia negativa que empuja al cambio y aumento de la activación autonómica para preparar la búsqueda. Doy la función y no una cifra porque la investigación sobre aburrimiento sigue discutiendo definiciones y medidas.
  7. ↩ Martin Heidegger, Die Grundbegriffe der Metaphysik: Welt — Endlichkeit — Einsamkeit, curso impartido en Friburgo en el semestre de invierno de 1929-1930 y publicado en 1983 como volumen 29/30 de la Gesamtausgabe. Las tres formas suelen citarse como «ser aburrido por algo», «aburrirse en algo» y el aburrimiento profundo (tiefe Langeweile), cuya fórmula alemana es impersonal: es ist einem langweilig, literalmente «le es a uno aburrido», sin sujeto que aburra. En esa tercera forma el ente en total «se niega» a sí mismo (Versagung), y esa negativa es a la vez lo que hace aparecer el conjunto como tal y lo que interpela al Dasein a asumir su existencia en el instante (Augenblick). Resumo una argumentación larga y muy discutida; para una entrada accesible, la voz «Boredom» de la Internet Encyclopedia of Philosophy.
  8. ↩ Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio (Herder, 2012; original alemán Müdigkeitsgesellschaft, 2010), en el capítulo dedicado al aburrimiento profundo: si el sueño es el punto culminante del descanso corporal, el aburrimiento profundo lo es del descanso espiritual, y la atención dispersa del sujeto hiperactivo ya no accede a él. La imagen del pájaro procede de Walter Benjamin, «El narrador» (1936). Han la cita para sostener que los logros culturales de la humanidad se deben a una atención profunda y contemplativa; yo la traigo solo por lo que dice del aburrimiento, sin suscribir el resto de su diagnóstico.
  9. ↩ Sandi Mann y Rebekah Cadman, «Does Being Bored Make Us More Creative?», Creativity Research Journal, 26(2), 2014, pp. 165-173. Dos estudios, ochenta y noventa participantes; en el segundo se comparan una tarea aburrida escrita, una de lectura y un control, seguidas de pruebas creativas de tipo divergente y convergente. Los resultados apuntan a que las actividades aburridas aumentan la producción creativa posterior, con la ensoñación como mediador propuesto. Muestras pequeñas y tareas de laboratorio: lo tomo como indicio, no como prueba.
  10. ↩ La estructura del valor (1959), en el capítulo final, donde Hartman esboza el trabajo que quedaba por hacer en cada dominio del valor. Sobre el moral escribe que, siendo la bondad cumplimiento conceptual, el valor moral aparecerá como «el cumplimiento, por parte de una persona, de su propio concepto de sí mismo», y precisa que «este concepto es un concepto singular, “Yo”». Está describiendo un programa de investigación, no una teoría del deseo: la aplicación a la distinción entre preferir y desear es mía. Lo que sí es suyo, y es lo que aquí importa, es la clasificación del concepto de sí mismo entre los singulares y no entre los de clase.
Reflexión final

Aburrirse es percibir que aquí no queda nada por reconocer. Casi siempre es falso: lo que se ha agotado no es la cosa, sino la resolución a la que la miras. Pero esa percepción es también una señal, y trae dentro la única pregunta que nadie puede contestar en tu lugar. Taparla es gratis y dura un segundo. Escucharla cuesta un desierto.

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