arrow_back Volver

Hay cosas que no se entienden a tiempo: el sentido que solo aparece mirando atrás

#Tiempo #Sentido #Memoria #AxiologíaFormal

«Cuéntame tu trayectoria.» Y entonces cuentas una historia que tiene hilo: esto llevó a aquello, y aquello explica lo de ahora. Pero mientras la vivías no había ningún hilo. Había lunes, facturas y decisiones tomadas con la información de aquel día.

Haz clic para ampliar la ilustración

El discurso que todo el mundo cita por la mitad

En junio de 2005, Steve Jobs contó ante los graduados de Stanford que a los diecinueve años había dejado la carrera y se había quedado merodeando por la universidad, colándose en las clases que le apetecían. Una de ellas era de caligrafía. Aprendió serifas, espaciados, la diferencia entre tipografías que nadie mira y todo el mundo lee.

Y remató la anécdota con la parte incómoda: aquello no tenía ni la más remota posibilidad de aplicación práctica en su vida. Diez años después estaban diseñando el primer Macintosh y volvió entero.

De ahí sale la frase que se ha citado un millón de veces: no puedes unir los puntos mirando hacia delante; solo puedes unirlos mirando hacia atrás.1

Lo que casi nunca se cita es lo que dijo justo después. Que por eso hay que confiar en que los puntos se unirán de algún modo en el futuro; confiar en algo — el instinto, el destino, la vida, el karma, lo que sea.1

Son dos afirmaciones distintas y solo una se sostiene. La primera describe cómo funciona entender algo. La segunda promete un resultado, y es la que ha acabado convertida en el «todo pasa por algo» de las conversaciones difíciles.

Hay además un detalle que conviene no pasar por alto: el discurso lo pronuncia quien ganó. A nadie le piden que dé el discurso de graduación por haber tenido una vida cuyos puntos no se unieron nunca. No es una objeción cínica, es un problema de muestra — y explica bastante bien por qué la segunda mitad de la frase suena tan verdadera.

Este artículo se queda con la primera mitad, que es más interesante de lo que parece, y se toma en serio la segunda.

«Bueno» siempre lleva un sustantivo detrás

La axiología formal de Robert S. Hartman —la ciencia del valor sobre la que se construye el Mapa de Valores— parte de una idea sencilla: una cosa es buena cuando cumple el conjunto de propiedades del concepto bajo el que la estás pensando. Conviene atribuirle lo justo: Hartman no descubrió que valoramos de varias maneras, sino que lo formalizó y construyó un instrumento para medirlo.2

De ahí salen las tres maneras de valorar que este blog usa continuamente, según el tipo de concepto que la cosa cumple. La sistémica: la casilla, la regla, el plan — se cumple o no se cumple. La extrínseca: la función comparable, lo que sirve, lo que se puede medir y sustituir por algo mejor. Y la intrínseca: lo singular, aquello que no tiene con qué compararse.

De ahí sale también algo que parece de manual y es de vida: no existe «bueno» a secas. Existe buen caballo, buen año, buena decisión. Hartman lo escribe con esta fórmula: x es un buen C quiere decir que x tiene todas las propiedades expositorias de C.3

Ahora traduce eso a la frase que te dices sobre aquel año. «Fue un error» es, en realidad, «fue un mal C». Y la C no la trae puesta el hecho: la pones tú al pensarlo.

Hartman lo señala al analizar cómo funcionan estas frases por dentro. Cuando alguien dice «Juan es un buen estudiante», está suponiendo, entre otras cosas, que el concepto «estudiante» corresponde a lo que él dice que Juan es. Y añade, en una nota breve, la línea que lo aclara todo: esas modalidades son suposiciones, no hechos.4

La suposición viaja escondida dentro de la frase. Cambia la C y el mismo hecho, sin que se mueva un solo dato, cambia de valor.

Y aquí está lo que importa: mientras vivías aquello, la única C que tenías era la que llevabas puesta. El plan. Lo que ibas a ser. Contra ese concepto, aquello era un fracaso — y lo era de verdad, no por falta de perspectiva. Era el único concepto disponible.

Un hecho que todavía no ha terminado de ocurrir

Conviene ser exacto aquí, porque es fácil decir una cosa bonita y falsa.

El tiempo no cambia lo que pasó. La conversación fue la que fue, el trabajo se perdió, la persona se marchó. Nada de eso se reescribe.

Lo que sí ocurre es otra cosa. Aquel hecho va quedando inscrito en relaciones que en su momento no existían. «Haber sido el comienzo de lo que vino después» es una propiedad real de aquel día — pero solo la tiene cuando lo que vino después ha venido.5

Piensa en el trabajo que no te dieron y en la ciudad a la que te mudaste por un motivo que ya no existe. En su día, ninguna de las dos cosas era «el principio» de nada: eran un jueves malo y un contrato de alquiler. Lo que las convierte en principio de algo es lo que vino detrás, y eso todavía no había pasado.

De modo que el objeto que intentabas valorar no estaba terminado. No es que lo miraras mal. Es que aún no había acabado de ocurrir.

Ver borroso y mirar algo inacabado se parecen mucho desde dentro. No son lo mismo, y confundirlos sale caro.

La distinción no es un matiz. Son dos motivos completamente distintos para no haber visto el valor de algo, y solo uno habla de ti.

Uno: tu manera de valorar estaba desafinada en esa zona. Eso es una propiedad tuya, es bastante estable y se puede medir; es justo lo que mira un perfil de valores.

Dos: el objeto todavía no estaba entero. Eso no es una propiedad tuya, no lo mide nada y no admite entrenamiento.

Confundir el segundo con el primero tiene un coste muy concreto, y es de los que se pagan durante años: reprocharte no haber visto lo que aún no estaba delante.

El hilo solo se ve de lejos

De cerca, casi todo es función. Esta reunión, este recibo, este martes. La pregunta que uno se hace de cerca es «¿esto sirve?», y es la pregunta correcta cuando hay que llegar a fin de mes.

De lejos aparece otra que antes no cabía: «¿esto qué fue?». Y con ella una sucesión de hechos sueltos empieza a leerse como una forma.

En el vocabulario de Hartman, la diferencia no es de cantidad de información: es de dimensión. Repasar los episodios de una vida como piezas —cada una con su rendimiento, su lugar en un orden y su comparación con las de otros— es mirarlos por su función, que es la mirada extrínseca. Una vida leída como forma no admite esa comparación, porque no hay otra igual con la que hacerla; eso es lo intrínseco, y por eso no se deja poner en columna.

Se nota en un gesto cotidiano. «Cuéntame tu trayectoria» y «cuéntame tu vida» piden dos cosas distintas y todo el mundo lo sabe sin que se lo expliquen. La primera admite currículum. La segunda no cabe en uno, y no porque falten líneas.

La lejanía, entonces, no aporta datos. Cambia la pregunta, y con la pregunta cambia la dimensión desde la que se mira.

Y aquí aparece «todo pasa por algo»

Con todo esto encima de la mesa, llega la frase que alguien te dirá en cuanto lo estés pasando mal.

Parece la conclusión natural de lo anterior. Es su falsificación exacta.

Lo anterior dice que hay hechos cuyo sentido no está disponible todavía. La frase dice que todos los hechos tienen sentido y que está garantizado. Entre una cosa y otra no hay un paso: hay un salto.

Y en ese salto se rompen tres cosas.

Deja de ser una lectura

Una lectura puede salir que no. Si el marco está construido de manera que ningún hecho pueda quedarse sin sentido, entonces no informa de nada: cualquier cosa que ocurra lo confirmará, incluida la contraria. Y una frase que no puede fallar tampoco puede acertar.

Fíjate en qué clase de operación es. «Todo pasa por algo» postula un plan y le asigna a cada hecho su casilla dentro de él. Eso es valorar en la dimensión sistémica: hay un sistema, y las cosas encajan o no encajan. Aplicado a una vida entera, el sistema no se puede comprobar por ninguna parte — pero se cumple siempre, porque está construido para eso.

Convierte el dolor en instrumento

Decir que aquello «era para» esto otro es decir que aquello valió por lo que sirvió. Eso es valoración extrínseca: la que se aplica a las herramientas, que son buenas si cumplen su función y sustituibles si aparece otra mejor.

Aplicada a una muerte, a una enfermedad o a un hijo que no llegó, hace exactamente lo que en este blog se ha descrito como la anatomía del daño: coger algo que valía por sí mismo —intrínseco, sin recambio— y leerlo un piso más abajo, como pieza útil de un plan. La frase se dice para consolar y opera degradando.

Obliga

Si todo tiene sentido, no encontrarlo pasa a ser un fallo tuyo. Quien acaba de perder a alguien recibe entonces, además del duelo, un encargo: sacarle provecho. Es el punto exacto en que el consuelo se convierte en exigencia, y casi siempre lo dice gente que quiere ayudar.

Un consuelo que no admite la respuesta «esto no significó nada» ha dejado de consolar y ha empezado a mandar.

Cómo distinguir una relectura de un consuelo automático

No hay que elegir entre releer el pasado y quedarse mudo. Hay que poder distinguir. Tres preguntas bastan, y se pueden hacer en voz baja.

¿Ha llegado un hecho, o solo la necesidad de que lo hubiera? Una relectura honesta se apoya en algo posterior que existe: un oficio, una persona, una manera de hacer las cosas que antes no estaba. Si al preguntar «¿y qué salió de ahí?» lo único que aparece es la sensación de que algo tuvo que salir, no estás releyendo. Estás necesitando.

¿Podría haber salido que no? Formula la lectura de manera que admita el resultado contrario. «Aquello resultó ser el comienzo de esto» admite perfectamente no serlo. «Todo pasa por algo» no admite nada. La primera es una descripción; la segunda, una póliza.

¿Estás describiendo o absolviendo? «Esto resultó ser una bisagra» y «esto tenía que pasar» parecen la misma frase y no lo son. La primera dice qué salió de ahí. La segunda dice que estuvo bien que ocurriera, que es un juicio muy distinto, casi nunca necesario y a menudo falso. Se puede reconocer que de una pérdida salió algo sin firmar que la pérdida mereciera la pena. Son dos operaciones separadas, y la segunda no viene incluida en la primera.

Queda una cautela más, y va en dirección contraria a todo lo anterior. La misma distancia que te deja ver el hilo te permite coserlo. Mirando atrás, uno tiende a ordenar lo que fue desordenado y a convertir en decisión lo que fue casualidad; la coherencia de un relato es un mal indicio de su exactitud. No hace falta ir más lejos que esto para tenerlo en cuenta: si la relectura te deja siempre en el papel de alguien que sabía lo que hacía, probablemente estés cosiendo.

Con estas cuatro comprobaciones, la mayoría de las relecturas honestas pasan sin despeinarse. Y algunas cosas no pasan ninguna — porque no todo pasado esconde un sentido que rescatar. Hay pérdidas que no abrieron nada. Sostener eso sin taparlo también es una forma de tomárselo en serio.

La cosecha, sin destino

Viktor Frankl es la voz obvia en este territorio, y conviene traerla por donde de verdad ayuda, que no es por donde suele citarse.

Frankl usa una imagen doméstica: la de quien arranca cada día una hoja del calendario de taco. El pesimista ve adelgazar el bloque y cuenta lo que le queda. El otro arranca la hoja, escribe por detrás lo que ese día vivió y la archiva con las anteriores. Al final los dos tienen lo mismo, un taco vacío. Y uno de los dos tiene además un montón de hojas escritas.6

De ahí sale su formulación más conocida: haber sido es la forma más segura de ser. Lo vivido queda a salvo de todo lo que venga después. No se puede deshacer, ni empeorar, ni retirar.

Fíjate en lo que esa frase no dice. No dice que lo que pasó estuviera bien. No dice que estuviera previsto. No promete que vaya a servir para nada.

Dice solo que ya está guardado — y eso no exige creer en ningún plan. No hace falta destino, ni providencia, ni karma para que un hecho consumado sea indeleble: es la propiedad menos milagrosa que tiene el pasado.

Esa es la cosecha, y conviene medir bien lo que promete. No un sentido escondido que haya que salir a buscar y traer, sino lo que efectivamente se vivió y ya no depende de nadie. Jobs pedía confiar en el destino. Frankl no necesita ninguno.

Y mientras tanto, hoy

Todo esto tiene una consecuencia incómoda para quien está en medio de algo y quiere saber ya qué significa: que no puede saberlo. Y no por falta de lucidez.

Hay dos maneras de usar eso, una mala y una buena.

La mala es la coartada. Si nada se entiende hasta después, para qué elegir con cuidado. Pero que el presente no se deje leer no suspende la responsabilidad: suspende el veredicto. Sigues teniendo que decidir hoy, con lo que hay, y que aún no se pueda calificar no significa que dé igual.

La buena es más sencilla: dejar de exigirle al presente un juicio que todavía no puede emitir. «No sé si esto ha sido un error» es a veces la respuesta exacta, y no una manera de escurrir el bulto.

Queda una última cosa, y es la única que sí está disponible hoy. El sentido de lo que estás viviendo no se puede adelantar; la nitidez con la que lo estás valorando, sí se puede mirar. Un perfil de valores no te dice qué significará esto dentro de diez años. Te dice con qué instrumento lo estás mirando mientras ocurre: qué dimensión tienes afinada, cuál borrosa, y hacia dónde se te va la mano cuando hay que decidir sin saber.

No es saber cómo acaba. Es saber con qué lo estás mirando.

Referencias

Obras de referencia

  • Robert S. Hartman, La estructura del valor: fundamentos de la axiología científica (Fondo de Cultura Económica, 1959) — el axioma de la axiología formal, la fórmula «x es un buen C» y los modos de las proposiciones de valor.
  • Viktor E. Frankl, El hombre en busca de sentido (1946) — la transitoriedad de la vida, la imagen del calendario de taco y el «haber sido» como el modo más seguro del ser.
  • Steve Jobs, discurso de graduación en la Universidad de Stanford, 12 de junio de 2005 — la clase de caligrafía y los puntos que solo se unen mirando atrás. Texto íntegro publicado por Stanford News.

Fuentes

  1. ↩ Steve Jobs, discurso de graduación en Stanford, 12 de junio de 2005. Original: «you can't connect the dots looking forward; you can only connect them looking backwards. So you have to trust that the dots will somehow connect in your future. You have to trust in something — your gut, destiny, life, karma, whatever». Traducción propia. La anécdota de la caligrafía es del mismo discurso: Jobs deja Reed College a los seis meses, se queda dieciocho meses más asistiendo a clases sueltas y, sobre la de caligrafía, dice que «none of this had even a hope of any practical application in my life», hasta que diez años después diseñaron el primer Macintosh. La observación sobre el problema de muestra —que los discursos de graduación los pronuncian personas a las que les salió bien— es de este artículo, no de Jobs. Marcas 1 y 1b.
  2. ↩ La estructura del valor (1959), «El axioma de la axiología formal»: «Una cosa es buena si, y únicamente si, cumple con el conjunto de propiedades de la comprehensión de su concepto». Las tres dimensiones del valor se definen como cumplimientos, respectivamente, de conceptos singulares (intrínseco), analíticos (extrínseco) y sintéticos (sistémico). Precisión de siempre: Hartman no descubrió que valoramos de tres maneras —eso está en la filosofía desde antiguo—; formalizó la distinción y construyó un instrumento para medirla.
  3. ↩ La estructura del valor (1959), p. 286: «x es un buen C quiere decir que x tiene todas las propiedades expositorias de C». En las líneas anteriores Hartman lo desarrolla con el caballo y el león: un buen caballo y un buen león comparten la bondad «aun cuando la bondad de z es leonina y la de x equina», porque en ambos casos consiste en poseer las propiedades expositorias del concepto respectivo. De ahí que «bueno» no funcione nunca solo: sin C no hay predicado de valor, solo una palabra suelta.
  4. ↩ La estructura del valor (1959), pp. 248-249, al clasificar los modos de las proposiciones de valor. Tomando como ejemplo «Juan es un buen estudiante», Hartman enumera lo que el hablante supone: que Juan es un estudiante; que «el concepto estudiante corresponde a lo que la persona que habla dice que Juan es»; y que Juan tiene todas las propiedades que el hablante considera propias de un estudiante. En la nota al pie correspondiente añade: «las modalidades son suposiciones, y no hechos». El uso que se hace aquí de ese pasaje —que el concepto bajo el que juzgas un episodio de tu vida lo aportas tú y puede cambiar— es una aplicación de este artículo; Hartman lo escribe en el contexto de la lógica de las proposiciones de valor, no de la biografía.
  5. ↩ Esta afirmación es una tesis de este artículo y no de Hartman, y conviene marcarla como tal. Las propiedades descriptivas de un hecho pasado no cambian: lo que cambia es el conjunto de relaciones en que ese hecho queda inscrito a medida que ocurren cosas después. «Haber sido el principio de X» es una propiedad relacional y solo se cumple una vez que X existe. Si eso constituye un cambio real en el hecho o solo en lo que se puede decir de él es una discusión filosófica abierta que aquí no se resuelve; para el argumento basta la versión débil, que es que la información necesaria para juzgar no estaba disponible en su momento.
  6. ↩ Viktor E. Frankl, El hombre en busca de sentido, segunda parte, en el apartado dedicado a la transitoriedad de la vida. Ahí desarrolla la imagen de las hojas del calendario —quien las arranca y las tira frente a quien las archiva tras anotar por detrás lo vivido— y la idea de que en el pasado nada se pierde de forma irrecuperable, sino que todo queda guardado; de ahí que «haber sido» sea, para él, el modo más seguro de ser. La lectura que se hace aquí subraya lo que esa idea no afirma: no dice que lo ocurrido fuera bueno ni que estuviera previsto, y por eso no exige ninguna creencia sobre un plan. El mismo motivo del «haber sido» se usó en este blog al hablar de memoria digital, allí aplicado a los muertos; aquí se aplica a la relectura de la propia vida.
Reflexión final

Que algo solo se entienda después no es un defecto de tu mirada: es una propiedad del tiempo. Lo que sí está en tu mano hoy es saber con qué estás mirando.

¿Con qué estás mirando lo que te está pasando ahora?

El sentido de lo que vives no se puede adelantar; la nitidez con la que lo valoras, sí se puede mirar. El Mapa de Valores muestra qué dimensión tienes afinada y cuál borrosa, en un proceso guiado de 3 sesiones.

Explorar el método