Dime en qué gastas y te diré qué valoras: por qué el precio de algo no es su valor
Nadie posa para su extracto del banco, y por eso se parece tanto. No recoge lo que dices que te importa, sino lo que pagas: la suscripción que no usas, la cena que no discutiste, el regalo en el que ahorraste, el taxi para no llegar tarde a algo que no querías perderte. Leído de corrido, es un retrato que nadie ha encargado. Este artículo sostiene que ese retrato dice la verdad sobre ti, pero con una sola luz, y que confundir lo que algo cuesta con lo que vale es el error del que salen casi todos los demás.
No es un artículo de finanzas personales ni un sermón contra el consumo. Es un intento de leer el dinero como lo que es: la huella más fácil de seguir de lo que valoras, y la más fácil de malinterpretar.
El anuncio que era un extracto
En 1997, una agencia de publicidad convirtió una lista de gastos en uno de los anuncios más imitados de su tiempo. Un padre y su hijo van a un partido de béisbol. En pantalla va apareciendo lo que cuesta cada cosa de la tarde, y al final llega una línea sin cifra: una conversación de verdad entre los dos, que no tiene precio. Y el lema: «Hay cosas que el dinero no puede comprar. Para todo lo demás, MasterCard».1
Quien lo ideó, Joyce King Thomas, ha contado que el encargo era de lo más prosaico —anunciar que la tarjeta ya se aceptaba en los estadios— y que el equipo partió de un dato de la época: pasados los años ochenta, poder dedicar tiempo a la familia empezaba a funcionar como símbolo de estatus, y los relojes de diseño, a dejar de hacerlo.1
El anuncio acierta en lo principal, y por eso sirve de entrada: la lista de precios solo se entiende por la línea que no lo tiene. Lo que se paga en esa escena no vale nada por sí mismo; vale por la tarde que hace posible. Es el dinero al servicio de algo que no es dinero.
Y trae su trampa, la de todo buen anuncio: la conversación no venía con la tarjeta, solo las entradas.
Qué es el dinero, visto desde el valor
Robert S. Hartman, el filósofo en cuya ciencia del valor se basa el Mapa de Valores, distinguió tres maneras de valorar cualquier cosa.2 La sistémica mira si algo cumple una definición: es o no es, se cumple la norma o no. La extrínseca mira cómo cumple su función, y compara: mejor o peor, más o menos útil, sustituible por otro ejemplar que haga lo mismo. La intrínseca mira lo que algo tiene de único, lo que no admite sustituto.
En ese mapa, el dinero tiene un sitio preciso. «El dinero, por ejemplo», escribió Hartman, «normalmente solo tiene valor extrínseco».3 En su obra técnica lo definió como la medida universal con la que se valoran las cosas cuando se las mira como funciones; el precio es esa medida aplicada a una cosa concreta.3
Lo extrínseco es el terreno de lo comparable y lo sustituible, y el dinero es su caso límite. Un billete de veinte euros es idéntico a cualquier otro billete de veinte euros: no tiene ninguna propiedad que importe salvo aquello por lo que se puede cambiar, y justo por eso sirve para comparar un kilo de tomates con una hora de fontanero. Si se quiere una fórmula, es la dimensión extrínseca hecha objeto: equivalencia pura.
Eso no es un defecto, sino una de las herramientas más útiles que se han inventado. Hartman comparaba sus estructuras de valor con una vara de un metro, que mide longitudes.4 El dinero también es una vara, y excelente. Solo que mide en una de las tres dimensiones.
El «normalmente» de la frase de Hartman no es un adorno. La moneda que guardas porque era de tu abuelo ya no funciona como dinero: no la cambiarías por otra idéntica, y lo que ha cambiado no es el metal, sino la dimensión desde la que la miras.
Lo que confiesa tu extracto
Por eso el extracto habla. Registra lo que has estado dispuesto a dar a cambio de otras cosas, y esa disposición cuenta de ti lo que no cuentan tus palabras. A finales de los años treinta, Paul Samuelson convirtió la intuición en teoría económica: lo que alguien elige, con unos precios y un presupuesto dados, permite inferir lo que prefiere sin necesidad de preguntárselo. Acabó llamándolo preferencia revelada.5
Cualquiera puede comprobar que la idea tiene fuerza. Quien dice que lo primero es la familia y no recuerda la última vez que gastó algo en verla. Quien dice que la ropa le da igual y la paga a precio de colección. El extracto no discute: anota.
Pero no se lee solo. Dos economistas estudiaron los contratos de tres gimnasios de Estados Unidos, y quienes elegían una cuota plana de más de setenta dólares al mes iban, de media, 4,3 veces: más de diecisiete dólares por visita, cuando con un bono de diez visitas les habría salido a diez.6
¿Qué confiesa ese cargo mensual? No exactamente que esas personas valoren el ejercicio: van bastante menos de lo que pagan. Confiesa algo más fino, y es que pagan por la persona que creen que van a ser. Los autores lo atribuyen a un exceso de confianza en el propio autocontrol futuro; leerlo como el precio de una identidad deseada es una lectura de este artículo, compatible con el dato pero no demostrada por él.6
El extracto retrata, así, a dos personas a la vez: la que vive y la que querría vivir. Y tiene dos límites que conviene tener delante.
El primero es que retrata con una sola luz: solo aparece lo que cruza una caja. La tarde con una amiga que no costó nada no figura. El cuidado de un padre aparece, si acaso, en negativo, en las horas que no se facturaron. Lo que más te importa puede no dejar ni un apunte, y que no esté no significa que no exista.
El segundo es que no todo lo que figura es elección. El alquiler, la luz y el transporte dicen más de lo que no puedes evitar que de lo que valoras, y cuanto menos margen tiene alguien, más se parece su extracto a una lista de obligaciones. La confesión está en el margen: en lo que pagas pudiendo no pagarlo, y en lo que no pagas pudiendo hacerlo.
El error de base: lo que cuesta no es lo que vale
El problema no es que el precio hable. Es que se le deja decir más de lo que sabe.
Oscar Wilde lo resumió en una comedia estrenada en 1892, en boca de uno de sus personajes, con una definición que se cita muchísimo: un cínico es un hombre que conoce el precio de todo y el valor de nada.7 Parece un defecto de cínicos. Un experimento de 2008 sugiere que es bastante más general.
Veinte personas probaron, dentro de un escáner, vinos que creían distintos y que se identificaban por su precio. En realidad eran tres, y dos aparecían dos veces: el mismo vino a 5 dólares y a 45, y otro a 10 y a 90. Con el precio alto, el mismo vino les resultaba más agradable, y subía con él la actividad de una zona del cerebro que se asocia con el agrado de una experiencia. Ocho semanas después, sin precios a la vista, no encontraron diferencias entre los vinos.8
El resultado no dice que la gente mienta sobre lo que le gusta, ni que ese placer sea falso. Dice algo más incómodo: que el precio no se queda fuera de la experiencia, sino que entra en ella. No siempre compras lo que valoras; a veces valoras lo que has comprado.
Para Hartman, algo es bueno en la medida en que cumple las propiedades de su concepto: un buen vino es el que tiene lo que un vino debe tener.2 El precio no es una de esas propiedades. Es la posición de ese vino en un mercado: cuánto se pide por él, cuánta gente lo quiere, cuánto costó hacerlo. Información real y útil, pero sobre el mercado, no sobre la copa.
De ahí las dos mitades del error. Pagar mucho por algo no lo vuelve valioso, aunque lo haga parecerlo. Y pagar poco no lo vuelve despreciable: el agua del grifo o el libro de la biblioteca cumplen su concepto igual que si costaran una fortuna. Solo les falta la cifra que nos ayuda a creérnoslo.
Lo que pagas por algo se mete en cómo lo vives. En lo que ese algo es, no.
Lo que se estropea al ponerle precio
Hay un paso más, y es el que menos se ve: a veces el precio no solo informa mal del valor, sino que lo cambia.
En 1998, dos economistas estudiaron diez guarderías de Haifa, en Israel. Algunas familias llegaban tarde a recoger a sus hijos, y una educadora tenía que quedarse con ellos. En seis de las guarderías, elegidas al azar, se introdujo una multa pequeña por cada retraso de más de diez minutos.
Los retrasos no bajaron. Subieron, hasta casi duplicarse. Y cuando se retiró la multa, doce semanas después, no volvieron a su nivel anterior: se quedaron altos.9
La explicación que propusieron los autores está en el título de su artículo: una multa es un precio. Antes, pasada la hora de cierre, la educadora era sencillamente una persona amable de cuya paciencia no convenía abusar. Con la multa, ese rato se convirtió en un servicio con tarifa, y comprar algo que está a la venta no da culpa ni vergüenza: se compra cuanto haga falta. Al retirarla no volvió la culpa; quedó el servicio, ahora gratis. «Una vez mercancía, siempre mercancía», escribieron.9
Leído con las tres dimensiones, lo que cambió fue el concepto bajo el que se miraba el retraso: antes era un favor pedido a alguien concreto; después, una unidad de servicio, igual a cualquier otra y con su precio. La multa no añadió información. Cambió la pregunta. Y lo que valía precisamente por no estar tasado —la paciencia de una persona— no sobrevivió a la tasación.
No todo se estropea así, y conviene decirlo. Una barra de pan no pierde nada por tener precio: su valor es exactamente el de una buena barra de pan. Lo que se degrada es lo que valía por ser dado, como el favor que alguien intenta saldar con un billete.
Qué cosas no deberían venderse nunca es otra pregunta, más amplia y de otra naturaleza.10 Aquí interesa algo más cercano: lo que pasa en tu propia vida cuando le pones precio a algo que no lo tenía.
El cínico y el sentimental
Con todo lo anterior se puede caer en dos sitios, y los dos parecen sensatos.
Wilde no dejó sola la frase del cínico. En la misma escena, otro personaje replica enseguida: y un sentimental es un hombre que ve un valor absurdo en todo y no conoce el precio de mercado de una sola cosa.7 La primera frase la cita todo el mundo; la segunda, casi nadie, y es la que hace falta aquí.
El precipicio del cínico es el de las finanzas personales convertidas en filosofía: todo se reduce a lo que sale a cuenta y a lo que rinde cada hora. El del sentimental es el de la moralina: el dinero es sucio, lo importante no tiene precio y quien piensa en números ha traicionado algo. Parece más noble, pero tiene un problema práctico serio. Quien se niega a mirar el dinero no deja de usarlo; solo deja de ver cómo lo usa.
El filósofo Robert S. Brumbaugh describió esta bifurcación en el volumen de homenaje a Hartman de 1972. Tenemos, escribe, dos intuiciones a la vez. Una dice que hay valores que no se suman: no hay precio en efectivo ni grado de comodidad que convenza a Sócrates de abandonar su búsqueda de la sabiduría, y si todo se sumara, al dragón le bastaría con ofrecerle a Beowulf un tesoro lo bastante grande para ahorrarse el combate. La otra dice que decidir exige comparar, y comparar, de algún modo, contar. Los poetas, observa, han solido resolver el choque negando el cálculo; los comerciantes, con cálculos que en la práctica niegan lo primero.11
La salida que Brumbaugh atribuye a Hartman es quedarse con las dos: dentro de cada dimensión se compara y se calcula, y entre dimensiones no hay suma que lleve de una a otra. Comparabilidad sin reducción.11 Dicho en llano: el dinero sirve de maravilla para elegir entre dos lavadoras, y no dice nada sobre si una tarde con tu madre vale más que un encargo extra, aunque el encargo venga con cifra y la tarde no.
Sirviente o amo
Hace más de dos mil años, Horacio lo dejó en un verso: el dinero reunido, a cada cual, o le manda o le sirve.12 No dijo que fuera malo. Dijo que no se queda quieto.
Hartman, que no tenía nada de asceta, lo planteó a su manera. En las entrevistas de selección de directivos en las que trabajaba en México preguntaba a los candidatos para qué estaban en el mundo, y cuando se hacía la pregunta a sí mismo descartaba la respuesta de ganar mucho dinero: «El dinero puede ser un fetiche. Es agradable tenerlo, pero no tan importante como para que tenga que considerar que ganarlo es mi principal razón de ser».13
De ahí sale la distinción de la que cuelga todo lo demás. El dinero es sirviente cuando tu escala de valor decide qué merece la pena y el dinero ejecuta: el precio te ayuda a elegir el camino, no el destino. Es amo cuando la cifra decide qué merece la pena y tu escala se acomoda a ella.
Tu relación con el dinero no se decide por cuánto tienes ni por cuánto gastas. Quien no disfruta de nada porque cada gasto le parece una pérdida está tan gobernado por el número como quien compra para sentirse alguien: uno obedece a la cifra que no quiere ver bajar; el otro, a la que quiere enseñar. Cambia el sentido de la obediencia, no el amo.
Hay señales que ayudan a distinguirlo, y no son un test: son preguntas. El dinero manda cuando lo caro te parece bueno por ser caro y lo barato, poca cosa por ser barato. Cuando «¿me compensa?» sustituye sin que lo notes a «¿me importa?». Cuando la opción que trae cifra gana siempre a la que no la trae, porque la cifra se defiende sola y lo demás necesita que alguien lo defienda. Y cuando empiezas a medir a las personas por lo que ganan o por lo que tienen.
Hay también una forma de mando más discreta: la cifra convertida en regla. El ahorro que no se toca ni para aquello para lo que se ahorró; el presupuesto que se cumple aunque ya no sirva a nada. Una regla vale de manera sistémica —se cumple o no se cumple— y es útil mientras sirve a algo. Cuando solo se sirve a sí misma, manda.
El dinero sirve, en cambio, cuando puedes decir en una frase para qué es lo que pagas, cuando aceptas pagar de más por lo que te importa y no pagar por lo que no, y cuando no necesitas saber cuánto costó algo para saber si es bueno.
Nadie elige entre usar el dinero o no usarlo. Lo que se elige es quién da las órdenes.
La misma pregunta, en otros sitios
Esta pregunta —quién decide, tu escala o la cifra— no se queda en el extracto. Vuelve en el sueldo, donde es fácil confundir lo que te pagan con lo que vales. En la herencia, que es dinero que llega cargado de un vínculo y casi nunca es solo dinero. En lo que das, donde el mismo billete puede ser un gesto o un pago. Y en el momento de ponerle precio a tu propio trabajo, que obliga a meter en una cifra algo que no se reduce a ella. Cada caso merece su propia lectura; el fondo es el mismo.
Cómo leer tu extracto sin hacerte trampas
Nada de esto pide ahorrar más ni gastar distinto. Pide leer, y cabe en un rato: coge los movimientos del último mes y haz tres marcas.
La primera, en lo que volverías a pagar aunque costara el doble. Ahí está, con bastante fidelidad, lo que valoras de verdad. El precio no mide el valor de esas cosas: mide lo que estás dispuesto a dejar por ellas, y eso sí dice mucho de tu escala.
La segunda, en lo que no volverías a pagar ni a mitad de precio. Ahí suele haber decisiones que no tomaste tú, sino una oferta, una costumbre o la propia cifra.
La tercera no se puede hacer sobre el extracto. Apunta aparte lo que más te importó ese mes y no aparece en ningún movimiento. Es la parte del retrato que el dinero no ve, y conviene que tú sí la veas, porque es la que pierde cada vez que compite con algo que trae precio.
Si las tres listas se parecen a la persona que crees ser, el dinero te está sirviendo. Si no se parecen, no hace falta culpa: es información, y de la buena.
Nadie posa para su extracto, y por eso merece la pena leerlo con calma. No para saber cuánto vales, que eso no lo dice ninguna cifra, sino para ver quién ha estado decidiendo en tu nombre.
Referencias
Obras de referencia
- Robert S. Hartman, La estructura del valor: fundamentos de la axiología científica (Fondo de Cultura Económica, 1959) — el axioma, la jerarquía de los valores y el lugar del «dinero» y el «precio» en el esquema de aplicaciones de la dimensión extrínseca.
- Robert S. Hartman, Freedom to Live: The Robert Hartman Story (ed. Arthur R. Ellis, Rodopi, 1994) — el dinero como valor extrínseco y el dinero como fetiche.
- Robert S. Brumbaugh, «Changes of Value Order and Choices in Time», en John William Davis (ed.), Value and Valuation: Axiological Studies in Honor of Robert S. Hartman (University of Tennessee Press, 1972) — las dos intuiciones sobre comparar valores y la salida de Hartman.
- Horacio, Epístolas, I, 10 (h. 20 a. C.) — el dinero que manda o sirve.
- Oscar Wilde, El abanico de lady Windermere (1892), acto III — el cínico y el sentimental.
Fuentes
- ↩ ↩ Vicki Hyman, «How one word became a cultural phenomenon», Mastercard Newsroom, 7 de noviembre de 2022, entrevista con Joyce King Thomas, la publicista de McCann que creó la campaña en 1997, y con Pierre Lipton. De ahí salen los datos que se citan: que el primer anuncio iba de un niño y su padre en un partido de béisbol; que «aquel primer spot era el anuncio de que MasterCard se aceptaba en un estadio de béisbol»; que el equipo manejaba estudios según los cuales, pasados los años ochenta, «poder pasar tiempo con la familia estaba creciendo como símbolo de estatus, mientras cosas como los relojes de diseño caían como símbolos de estatus»; y que la marca describe la estructura del anuncio como «un recuento de los objetos cotidianos que ayudan a que un momento sea imborrable». El lema original es «There are some things money can't buy. For everything else, there's Mastercard»; la traducción es propia y las adaptaciones al español variaron según el país. Las cifras concretas que aparecían en el anuncio se omiten porque no se han podido cotejar en una fuente primaria.
- ↩ ↩ La estructura del valor (1959), el axioma de la axiología formal: «Una cosa es buena si, y únicamente si, cumple con el conjunto de propiedades de la comprehensión de su concepto». Las tres dimensiones corresponden a tres clases de concepto: construidos o sintéticos (sistémico), abstractos o de clase (extrínseco) y singulares (intrínseco). Precisión de siempre: Hartman no descubrió que valoramos de tres maneras, distinción muy anterior a él; la formalizó, la ordenó y construyó un instrumento para medirla.
- ↩ ↩ La primera frase, en Freedom to Live: The Robert Hartman Story (1994), cap. «What Is Good?», p. 64: «El dinero, por ejemplo, normalmente solo tiene valor extrínseco. Pero todos los valores sociales o extrínsecos son limitados». La segunda, en La estructura del valor (1959), p. 309: «El valor extrínseco aplicado a las cosas individuales muestra a cada cosa como una clase de funciones empíricas. La valoración de las cosas como funciones conduce a la ciencia de la Economía; las cosas así consideradas son "bienes". El concepto universal que sirve como medida del valor de cada cosa se llama "dinero", y el valor extrínseco específico en cuestión se llama "precio"». Traducción propia de la primera; ambas cotejadas sobre la imagen de la página. Que el dinero sea «la dimensión extrínseca hecha objeto» es una fórmula de este artículo, no de Hartman.
- ↩ La estructura del valor (1959), p. 289, en el apartado «La jerarquía de los valores»: la comprehensión sintética no contiene predicados, sino solo relaciones formales; la analítica contiene un número finito o potencialmente infinito de predicados; la singular, una infinidad real. Y a continuación: «Estas estructuras, entonces, miden el valor; y en este respecto no son diferentes de cualquier otra clase de medida, digamos por ejemplo varas de un metro que miden longitudes». Cotejado sobre la imagen de la página. Llamar «vara» al dinero es una extensión de este artículo: Hartman habla ahí de sus estructuras axiométricas, no del dinero.
- ↩ Paul A. Samuelson, «A Note on the Pure Theory of Consumer's Behaviour», Economica, 5(17), 1938, pp. 61-71, y «Consumption Theory in Terms of Revealed Preference», Economica, 15(60), 1948, pp. 243-253. Como resume Hal R. Varian, el artículo de 1938 «contiene la primera descripción del concepto que más tarde llamaría "preferencia revelada"», y la terminología inicial era «seleccionado sobre». La teoría infiere preferencias de las elecciones observadas a unos precios y una renta dados; no dice nada sobre el valor en el sentido de Hartman, y leer un extracto bancario con ella es de este artículo.
- ↩ ↩ Stefano DellaVigna y Ulrike Malmendier, «Paying Not to Go to the Gym», American Economic Review, 96(3), 2006, pp. 694-719, con datos de 7.752 personas socias de tres gimnasios de Estados Unidos a lo largo de tres años. Del resumen: quienes eligen un contrato con cuota plana de más de 70 dólares al mes asisten de media 4,3 veces al mes y pagan un precio por visita esperada de más de 17 dólares, cuando podrían pagar 10 por visita con un bono de diez. Los autores lo explican por sobreestimación del uso futuro y problemas de autocontrol. Traducción propia.
- ↩ ↩ Oscar Wilde, Lady Windermere's Fan (estrenada en 1892), acto III. Lord Darlington define al cínico como «un hombre que conoce el precio de todo y el valor de nada»; Cecil Graham replica: «Y un sentimental, mi querido Darlington, es un hombre que ve un valor absurdo en todo y no conoce el precio de mercado de una sola cosa». Traducción propia. Wilde escribe una comedia, no una teoría del valor: las dos réplicas se usan aquí como retrato de dos maneras de equivocarse, no como autoridad.
- ↩ Hilke Plassmann, John O'Doherty, Baba Shiv y Antonio Rangel, «Marketing actions can modulate neural representations of experienced pleasantness», PNAS, 105(3), 2008, pp. 1050-1054. Participaron veinte personas (once hombres, de 21 a 30 años). Se usaron tres vinos presentados con cinco precios: el primero a 5 y a 45 dólares, el segundo a 10 y a 90, y el tercero a 35. Subir el precio aumentaba tanto lo agradable que decían encontrar el vino como la actividad en la corteza orbitofrontal medial, la zona que suele asociarse con el agrado experimentado. En una sesión de seguimiento ocho semanas después, con los vinos presentados sin información de precio, «no hubo diferencias declaradas entre los vinos». Traducción propia. Muestra pequeña y en resonancia magnética: el resultado habla de cómo se experimenta el sabor, no de la calidad del vino.
- ↩ ↩ Uri Gneezy y Aldo Rustichini, «A Fine is a Price», The Journal of Legal Studies, 29(1), 2000, pp. 1-17. Diez guarderías privadas de Haifa, de enero a junio de 1998, durante veinte semanas. Las cuatro primeras se limitaron a contar los retrasos; al empezar la quinta se introdujo en seis guarderías, elegidas al azar, una multa de 10 séquels por cada niño recogido con diez minutos o más de retraso —pequeña pero no insignificante: la de aparcamiento indebido era de 75—, que se pagaba a la dueña del centro, no a la educadora que se quedaba. Los retrasos subieron hasta estabilizarse «en un nivel más alto, casi el doble que el inicial». La multa se retiró al empezar la semana diecisiete, sin explicación, y en las cuatro semanas siguientes los retrasos se mantuvieron altos. La interpretación, en las pp. 13-14: antes, «la educadora es sencillamente una persona amable y generosa» de cuya paciencia no conviene abusar; con la multa, «esa actividad tiene un precio (que se llama "multa")», y «no cabe culpa ni vergüenza en el acto de comprar una mercancía a voluntad». De ahí las dos normas que los autores postulan, «una multa es un precio» y «una vez mercancía, siempre mercancía». Traducción propia. Los propios autores advierten de que el efecto no tiene por qué darse con cualquier multa: con una muy alta, suponen, nadie llegaría tarde. Los autores no usan las dimensiones de Hartman; esa lectura es de este artículo.
- ↩ Qué debería poder venderse y qué no —órganos, votos, cuidados, favores— es el terreno de los límites morales del mercado, y es un debate distinto: normativo, y sobre lo que una sociedad permite. Este artículo se queda en lo anterior: qué es un precio, qué dice de quien lo paga y qué le hace a lo que se tasa. Tampoco repite lo que ya tratan otros artículos de este blog, donde el mismo material se mira desde otro sitio: el descuento que acaba decidiendo qué merece la pena querer, el regalo que puede funcionar como símbolo o como tarifa, y el cuidado que la contabilidad no registra porque no cruza el mercado.
- ↩ ↩ Robert S. Brumbaugh, «Changes of Value Order and Choices in Time», en J. W. Davis (ed.), Value and Valuation (1972), pp. 49-50. En la p. 49: «No hay precio en efectivo, ni grado de comodidad, que pueda persuadir a un Sócrates de abandonar su búsqueda de la sabiduría, o a un Beowulf su búsqueda de gloria y honor»; y, si los valores se sumaran, «el dragón debería poder evitar el combate ofreciendo un tesoro lo bastante grande como soborno», cosa que «iría contra el carácter de Beowulf y arruinaría la epopeya». En la p. 50: Hartman vio que, extendiendo los números cardinales a los transfinitos, las dos intuiciones se vuelven compatibles —tres órdenes de valor con cardinales n, alef-cero y alef-uno—, de modo que «conservamos la comparabilidad pero sin reducibilidad entre órdenes»; y, sobre la bifurcación, «históricamente los poetas y los dramaturgos han tendido a resolverla negando la segunda del par —la pertinencia del cálculo para la acción—, mientras que los comerciantes y los científicos sociales la resuelven […] mediante cálculos que rechazan operativamente la primera». Traducción propia, cotejada sobre la imagen de las páginas.
- ↩ Horacio, Epístolas, I, 10, vv. 47-48: «Imperat aut servit collecta pecunia cuique, / tortum digna sequi potius quam ducere funem». En traducción propia: el dinero acumulado, a cada cual, o le manda o le sirve, y merece más seguir la cuerda trenzada que tirar de ella. La carta va dirigida a Aristio Fusco y contrapone la vida del campo a la de la ciudad.
- ↩ Freedom to Live (1994), cap. «George's — and Everyone's — Problem», p. 124. Hartman cuenta que en Ciudad de México colaboraba con una empresa de selección que evaluaba a candidatos a puestos directivos, y que en las entrevistas les preguntaba para qué estaban en el mundo; muchos contestaban «para ganarme la vida» o «para ganar dinero y mantener a mi familia». Al responderse a sí mismo, descarta esa vía: «¿Para ganar mucho dinero? El dinero puede ser un fetiche. Es agradable tenerlo, pero no tan importante como para que tenga que considerar que ganarlo es mi principal razón de ser». Traducción propia, verificada sobre la imagen de la página.
El precio dice cuánto te costó algo; el valor, para qué lo querías. El dinero sirve mientras lo segundo decide lo primero. Cuando es al revés, manda, y casi nunca se nota.