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La paradoja de Tinder: el algoritmo del descarte frente al valor infinito del ser

Juan Carlos Sastre
#AxiologíaFormal #Hartman #Tinder #Vínculos #RedesSociales

A lo largo de mis sesiones analizando la estructura del pensamiento humano a través de la Prueba de Valores de Hartman, observo un patrón clínico y social tan nítido como alarmante: una profunda fatiga vincular. Vivimos en una sociedad fracturada, y en la consulta veo con frecuencia una autoestima que se sostiene a duras penas sobre un mundo interno bloqueado. Al no encontrar tierra firme dentro de nosotros, nos lanzamos al exterior buscando un reflejo, una anestesia o una validación afectiva que cure nuestra parálisis de sentido.

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Uno de los escenarios principales de esta búsqueda son las aplicaciones de citas. Pero conviene precisar su genealogía, porque no es de una sola raíz. El mecanismo del descarte —tratar al otro como un catálogo de cuerpos entre los que elegir con un juicio inmediato— no nació en las redes sociales: se fue gestando en las apps de ligue geolocalizadas, de Grindr en adelante. Lo que sí venía de las redes era la otra mitad: la autopresentación curada y el "me gusta" como moneda de validación. Tinder no inventó nada; fundió esas dos herencias —el descarte y la máscara— y las destiló en su forma más pura. Por eso la primera mitad de esa lógica, la del escaparate y la validación, opera hoy también de forma indirecta en una red que nació para otra cosa: Instagram.

Conviene dejar algo claro desde el principio: no se trata de caer en moralismos rancios. El impulso original de gran parte de la gente que se descarga estas aplicaciones es legítimo y profundamente humano; entran intentando encontrar algo de verdad, un destello de intimidad real, una grieta por la que conectar con otro ser humano. El problema surge cuando este anhelo sagrado colisiona frontalmente con una arquitectura digital diseñada, precisamente, para desmantelar la jerarquía formal del valor.

La gran colisión: de la singularidad íntima a la línea de producción digital

Para entender el sufrimiento que esto genera, debemos acudir a la lógica de Robert S. Hartman. En la axiología formal, una persona se valora de manera adecuada en la dimensión Intrínseca (I): la valoración propia de un ser único, indivisible, con un número infinito de propiedades que no se pueden cuantificar.1 Cuando valoramos intrínsecamente a alguien, lo abrazamos en su totalidad misteriosa, imperfecta y singular.

Sin embargo, las plataformas de citas operan una violenta inversión jerárquica. Toman al ser humano y lo trasladan a la dimensión Extrínseca (E) —un escaparate de roles, estaturas, profesiones y fotos seleccionadas— para ser gobernado de manera implacable por la dimensión Sistémica (S): un algoritmo rígido de emparejamiento, filtros binarios de sí o no, y dinámicas de descarte en milisegundos. Al deslizar perfiles de forma compulsiva en un scroll infinito, nuestra mente empieza a procesar a los seres humanos con la lógica propia de la dimensión Sistémica: la de los objetos intercambiables de una línea de producción en serie, definidos por su función y desprovistos de alma.

Esta distorsión sistémica ha colonizado también espacios que en principio no nacieron para el cortejo directo. Pensemos en Instagram: hoy funciona como la antesala perfecta de la cita indirecta, un territorio donde predomina de forma absoluta la imagen. Allí, la mercantilización del ser es aún más sutil. El perfil no se muestra como una persona real, sino como una maqueta sistémica e idealizada, una coreografía estética de lo que "debería ser" una vida feliz. Buscamos el encuentro intrínseco a través de una máscara conceptual pixelada.

Deslizamos rostros con la misma frialdad con que se elige una pieza de catálogo: lo infinito, reducido a miniatura.

Lo que el dispositivo premia: las conductas que induce el descarte

Al analizar la realidad de estas redes, observo que el sufrimiento no proviene solo del diseño de la interfaz, sino de las conductas que ese diseño induce y recompensa. Y aquí conviene ser preciso para no traicionar la propia premisa de Hartman: las personas que entran a estas aplicaciones no se dividen en "tipos" buenos y malos. Casi todas entran con el mismo anhelo legítimo del que hablábamos. Lo que ocurre es que la arquitectura toma ese impulso y lo encauza hacia comportamientos que, fuera de la pantalla, a la mayoría le repugnarían. No describo aquí una fauna de personas; describo lo que el sistema entrena.

La primera conducta que el dispositivo premia es la instrumentalización del cuerpo. La interfaz, al reducir al otro a una sucesión de imágenes deslizables, facilita que la dimensión más íntima del ser humano se procese como un mero objeto extrínseco de consumo, una transacción biológica sin espacio para la alteridad. No es que la aplicación esté llena de personas incapaces de intimidad; es que el diseño abarata el coste de tratar al otro como un objeto y, al abaratarlo, lo multiplica.

La segunda conducta es más invisible y, por eso, más dolorosa: la captura de atención. El dispositivo convierte cada "Match" y cada mensaje respondido en un pequeño analgésico para la baja autoestima. Quien entra angustiado encuentra ahí un alivio inmediato, y el sistema —que vive precisamente de retener nuestra atención— premia que volvamos una y otra vez en busca de ese alivio, no de un vínculo. Así, el prójimo termina funcionando como una pantalla de proyección donde calmar la propia rumiación; una vez succionada la dosis de validación, la conversación se apaga sin dejar rastro. No es necesariamente crueldad deliberada: es el comportamiento que la máquina recompensa cuando entramos vacíos.

El match no cura la soledad: la aplaza y cobra intereses.

El filósofo Byung-Chul Han ofrece aquí la pieza que faltaba. En la sociedad del rendimiento, dice Han, nadie nos explota desde fuera: nos convertimos en nuestros propios capataces y nos autoexplotamos creyendo que nos realizamos.2 Esto es decisivo para entender el descarte, porque nos impide echarle toda la culpa al "diseño malvado". No hay una mano externa deslizando por nosotros: somos nosotros quienes deslizamos compulsivamente, quienes optimizamos el amor como quien optimiza una métrica. El algoritmo no nos obliga; explota una avidez que ya traíamos. Entrenamos voluntariamente una mirada clínica del descarte —si el otro muestra la más mínima fisura en la primera cita, si no encaja milimétricamente en el patrón idealizado de la pantalla, el sistema nos susurra que hay miles de opciones esperando en el catálogo— y, en ese acto, somos a la vez la víctima y el capataz. El compromiso se desploma y el desierto interior se ensancha, pero la decisión de deslizar fue nuestra.

Reconstruir el propósito desde el canal analógico

Esta crisis vincular tiene un profundo correlato en lo que la escuela de axiología clínica de Salvador Roquet denominaba el área bioenergética y sexual del Perfil de Valores de Hartman.3 Cuando bloqueamos la dimensión intrínseca por miedo a ser heridos —miedo al compromiso—, la sexualidad se vacía de amor, se vuelve una actuación defensiva, una mera "performance" técnica o un rito postergado. Buscamos en el "hacer" de las pantallas o en la acumulación de interacciones fugaces lo que somos incapaces de sostener desde el "ser".

La salida a esta fatiga digital pasa por la valentía de apagar las pantallas y volver a habitar los canales analógicos de relación. No se trata de un aislamiento puritano ni de una nostalgia ingenua, y conviene decirlo sin idealizar: el café, la librería o el encuentro fortuito nunca fueron un edén de valoración intrínseca. El cortejo presencial siempre tuvo sus propias jerarquías y sus propios descartes; también ahí juzgamos por la apariencia y la primera impresión. La diferencia no es que lo analógico sea inocente, sino que es más lento. Y esa lentitud lo cambia todo.

Porque el espacio analógico obliga a la mente a ralentizarse. Requiere sostener la incertidumbre, escuchar el tono de voz, oler, mirar sin filtros, aguantar el silencio incómodo. Nos obliga a permanecer el tiempo suficiente frente al otro como para que su infinita riqueza de propiedades —la dimensión Intrínseca— alcance a asomar antes de que emitamos el veredicto conceptual o utilitario. El algoritmo del descarte gana porque es instantáneo; lo analógico no garantiza el encuentro intrínseco, pero le da una oportunidad que la pantalla, por diseño, le niega.

Tu valor como persona no depende del veredicto de un algoritmo ni aumenta porque una máscara en Instagram te dé un "me gusta", como tampoco disminuye porque alguien deslice tu rostro hacia la izquierda. Volviendo a la premisa fundacional de Hartman: el mayor valor de una persona reside en lo que es, no en su utilidad, su apariencia o su rendimiento en un catálogo digital. Si queremos volver a vincularnos con sentido, debemos estar dispuestos a arriesgar de nuevo el cuerpo y el ser en el mundo real. La máquina puede automatizar el contacto, pero solo dos seres humanos de carne y hueso son capaces de habitar un vínculo.

Referencias

Obras de referencia

  • Robert S. Hartman, The Structure of Value: Foundations of Scientific Axiology (1967) — las tres dimensiones del valor (intrínseco, extrínseco, sistémico) y su jerarquía.
  • Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio (Herder, 2012; ed. original alemana, 2010) — la autoexplotación del sujeto en la sociedad del rendimiento.
  • Mariano Cruz Zamora, Manual para la interpretación clínica del Perfil de Valores Hartman: en la versión de Alfonso Castro Asomoza (2015) — fuente de la lectura clínica del área bioenergética y sexual.

Fuentes

  1. Las tres dimensiones del valor —intrínseco, extrínseco y sistémico— y su jerarquía (una persona, de valor intrínseco e infinito, vale más que cualquier función o cualidad) son de Robert S. Hartman. En rigor no son «cajones» donde las cosas están, sino modos de valorar: tratar a alguien como un rol o una cifra es aplicar una valoración extrínseca o sistémica a lo que pide una valoración intrínseca. Fuente: Hartman, The Structure of Value (1967).
  2. La tesis de la autoexplotación —en la sociedad del rendimiento el sujeto es a la vez amo y esclavo, y se explota a sí mismo creyendo que se realiza— es de Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio (Herder, 2012; ed. original alemana, 2010).
  3. El área bioenergética y sexual pertenece a la lectura clínica del Perfil de Valores de Hartman desarrollada en la escuela de Salvador Roquet, de la que fue discípulo Alfonso Castro —autor de la versión clínica del perfil, sistematizada más tarde por Cruz Zamora (2015)—. Es una interpretación clínica, no un enunciado formal del propio Hartman. La relación entre el bloqueo de la valoración intrínseca —por miedo al vínculo— y el empobrecimiento de la sexualidad procede de esa lectura.
Reflexión final

El algoritmo puede facilitarte el contacto, pero solo el alma sostiene el encuentro.

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