arrow_back Volver

Amar es ver lo irrepetible: la diferencia entre amar a alguien y valorar sus cualidades

Juan Carlos Sastre
#Amor #Vínculos #ValorIntrínseco #Axiología #Pascal

«¿Me quieres a mí, o quieres mi lista de cualidades?» La pregunta parece un acertijo de sobremesa hasta que la vida la pone seria: el día en que la belleza cede, el éxito se enfría o la memoria falla, y hace falta saber qué había debajo de todo eso que tanto se admiraba.

Haz clic para ampliar la ilustración

El enigma de Pascal: ¿a quién amas cuando amas?

En un fragmento célebre de sus Pensamientos, Blaise Pascal se hace una pregunta incómoda: ¿qué es ese «yo» que decimos amar? Si alguien me ama por mi belleza, ¿me ama a mí? No, responde: una enfermedad puede apagar la belleza sin apagar a la persona, y aquel amor se apagará con ella. ¿Y si me ama por mi juicio, por mi memoria? Tampoco: puedo perder esas cualidades sin dejar de ser yo.1

Su conclusión es desoladora: no amamos nunca a nadie; solo amamos cualidades. Pascal deja el enigma clavado como una espina, sin resolver. Y ahí sigue, más de tres siglos después, en el centro de nuestra manera de querer.

Porque nuestra época ha hecho de ese modo de amar que Pascal describía —amar cualidades— casi el único que reconoce.

La era del inventario

Fíjate en cómo se habla hoy de las relaciones. Perfiles que son listas de atributos. Requisitos: que tenga ambición, que se cuide, que «aporte». Un lenguaje de mercado aplicado al vínculo: lo que cada uno «trae a la mesa», si el otro «está a tu altura», si la relación «compensa».

No hace falta usar una app de citas para vivir así. Basta con esa contabilidad silenciosa que a veces se instala en una pareja: la sensación de ser querido mientras —mientras rindas, mientras estés bien, mientras sigas pareciéndote a la versión que el otro eligió—. Un cariño en periodo de prueba permanente.

Casi todo el mundo reconoce ese malestar, aunque no sepa nombrarlo. Nadie quiere ser la mejor opción disponible; queremos ser, para alguien, algo que no se pueda comparar.

Tres maneras de valorar a la misma persona

La axiología formal de Robert S. Hartman —la ciencia del valor en la que se basa el Mapa de Valores— pone nombres exactos a lo que aquí se juega. Hartman no descubrió que valoramos de maneras distintas; eso lo intuía cualquiera. Lo que hizo fue formalizarlo: distinguió tres dimensiones del valor y mostró que se pueden ordenar y medir.2

Cualquier cosa, escribió, puede valorarse en las tres dimensiones: «un botón, Dios, mi mujer o yo mismo». Y su propio ejemplo conyugal es de una franqueza que incomoda: mi mujer puede ser valorada sistémicamente en su función de ama de casa o cocinera —«una especie de electrodoméstico animado»—, extrínsecamente en comparación con otras mujeres, e intrínsecamente «en su unicidad y mi amor».3

Ahí están las tres miradas. La sistémica ve el concepto: «mi pareja», el rol, el guion de lo que una relación debe ser; una mirada de todo o nada, donde se cumple o no se cumple. La extrínseca ve cualidades: atributos concretos que se pueden enumerar, comparar y puntuar. Y la intrínseca ve a esta persona: el individuo único que no se deja reducir ni al rol ni a la lista.

La diferencia entre las tres no es poética; es estructural. Un concepto se define con un puñado de propiedades. Las cualidades de una persona son muchas más, pero se dejan ir contando: leal, divertida, impuntual, brillante… En cambio, lo que es una persona singular no se agota nunca: por mucho que la describas, siempre queda más. Hartman lo formuló con precisión matemática: el valor intrínseco es infinito en un sentido técnico, no sentimental.4

Todo lo que se puede medir admite recambio; amar empieza donde el recambio se vuelve impensable.

Amar no es admirar cualidades

Con este mapa, el enigma de Pascal se disuelve. Pascal tenía razón… dentro de la dimensión extrínseca. Si amar fuera valorar cualidades, en efecto no amaríamos nunca a nadie, porque las cualidades son precisamente lo comparable, lo perdible y lo sustituible. Quien te quiere por tu lista puede encontrar, por definición, una lista mejor.

Pero amar no es el grado máximo de admirar: es otro acto. Valorar las cualidades de alguien es tasarlo: medir atributos finitos contra un estándar. Amarlo es concederle valor por ser quien es: el individuo irrepetible que ninguna lista captura. Y lo segundo no se alcanza acumulando lo primero: puedes admirar muchísimo a quien no amas, y amar del todo a alguien cuyo inventario, mirado con frialdad, es mejorable —como el tuyo, como el mío, como el de cualquiera—.

Montaigne lo dijo de una vez para siempre. Cuando intentó explicar por qué había querido como quiso a su amigo Étienne de La Boétie, se rindió a la única respuesta honesta: «porque era él, porque era yo».5 Fíjate en lo que esa frase no contiene: ni una sola cualidad. No dice «porque era brillante» ni «porque me hacía bien». Nombra dos seres singulares, no dos inventarios.

Cinco mil rosas y la tuya

Antoine de Saint-Exupéry contó lo mismo en forma de cuento. El principito descubre un jardín con cinco mil rosas idénticas a la suya y se derrumba: creía tener una flor única en el mundo y tiene una rosa corriente. Extrínsecamente es cierto: comparada pétalo a pétalo, su rosa no gana nada.6

El zorro le enseña la salida: «es el tiempo que has perdido con tu rosa lo que hace a tu rosa tan importante». La unicidad de la rosa no está en sus pétalos —ahí es una más—, sino en el vínculo desde el que se la mira. Amar no fabrica la singularidad del otro: la ve. Y solo se ve desde dentro del vínculo; nunca desde el escaparate.

Hartman describía el matrimonio por amor —a diferencia del contrato y del arreglo social— justo en esos términos: una relación «de núcleo interno a núcleo interno», entre dos personas que se han hecho la única pregunta que no se termina de responder: ¿quién es esta persona?3

Lo que la incondicionalidad no es

Llegados aquí conviene desactivar dos malentendidos, porque «valor infinito e incondicional» puede sonar a manual de resignación.

Primero: amar incondicionalmente a una persona no obliga a aceptar incondicionalmente sus conductas. Las conductas sí se evalúan; pertenecen al terreno de lo extrínseco y lo sistémico: se pueden juzgar, discutir y acotar con límites, incluido el límite de marcharse. Lo que la valoración intrínseca sostiene es otra cosa: que el valor del ser del otro no cotiza al ritmo de su comportamiento. Se puede dejar una relación sin degradar a nadie a la categoría de inventario fallido.

Segundo: amar así no es idealizar. Idealizar es casi lo contrario: sustituir a la persona por un concepto perfecto de ella —una operación sistémica— y amar el concepto. La valoración intrínseca mira a la persona real, con sus defectos a la vista; simplemente se niega a que la lista tenga la última palabra sobre lo que el otro vale.

Hartman, además, ordenó las tres dimensiones: lo intrínseco vale más que lo extrínseco, y lo extrínseco más que lo sistémico. «Una sola vida es infinitamente más valiosa que todos los pensamientos reales o posibles», escribió; herir a una persona en nombre de una «causa» o un ideal es una perversión de los valores.7 Traducido al terreno del amor: la persona por encima de su utilidad, y su utilidad por encima del guion de lo que la pareja «debería» ser. Cuando ese orden se invierte —cuando mandan el guion o la lista—, el vínculo se degrada.

Quien te quiere por tu inventario te ha puesto, sin saberlo, fecha de caducidad.

Desde dónde quieres, desde dónde te quieren

¿Cómo distinguir, en lo cotidiano, desde qué dimensión estás queriendo —o siendo querido—? Hay señales. La contabilidad: llevar un libro mayor de méritos y agravios («con todo lo que yo hago por ti»). La sustitución flotante: esa sensación de que hay un casting silencioso que nunca termina de cerrarse. El «mientras»: notar que el cariño depende del rendimiento de esta semana.

La valoración intrínseca deja otra huella: descanso. Poder ser visto entero —lo bueno y lo mejorable— sin que el conjunto entre en liquidación. No es un premio por encajar; es el suelo firme desde el que, de hecho, una persona puede cambiar y crecer.

Y hay una aplicación más incómoda: cómo te valoras tú. Tratarte como un activo que debe justificar su cotización —rendir, optimizar, demostrar— es aplicarte a ti la mirada del inventario. La capacidad de concederte valor por ser, antes que por hacer, es exactamente la misma que este artículo describe, apuntada hacia dentro.8

Esa capacidad no es un talento místico repartido al azar: se puede observar, medir dónde está clara y dónde bloqueada, y trabajar. Mientras tanto, cabe un gesto pequeño: mira esta semana a alguien a quien quieres y hazte la pregunta de Hartman —¿quién es esta persona?— en lugar de la pregunta del inventario —¿qué me da?—. La respuesta a la primera no se termina nunca. Por eso se parece tanto al amor.

Referencias

Obras de referencia

  • Robert S. Hartman, La estructura del valor: fundamentos de la axiología (FCE/DIÁNOIA, 1959) — las tres dimensiones del valor y su fundamento lógico-matemático.
  • Robert S. Hartman, Freedom to Live: The Robert Hartman Story (Rodopi, 1994) — cap. «What Is Good?»: la valoración de una misma persona en las tres dimensiones y el matrimonio por amor como relación de núcleo a núcleo.
  • Robert S. Hartman, Axiología formal. La ciencia de la valoración (UNAM, 1956) — la jerarquía axiológica del valor.
  • Mariano Cruz Zamora, Manual para la interpretación clínica del Perfil de Valores Hartman (2015) — sistematización clínica de las tres dimensiones en la tradición Roquet–Castro.
  • Janine Rodiles-Hernández, Axiometría Cognitiva (Astrolabio, 2024) — la dimensión intrínseca como empatía y autoestima en el Inventario Axiométrico Hartman-Roquet.
  • Blaise Pascal, Pensamientos (póstumo, 1670) — el fragmento sobre el yo y las cualidades.
  • Michel de Montaigne, Ensayos, libro I, cap. XXVIII, «De la amistad» (1580) — «porque era él, porque era yo».
  • Antoine de Saint-Exupéry, El principito (1943), caps. XX–XXI — el jardín de rosas y la enseñanza del zorro.

Fuentes

  1. «¿Qué es el yo? […] ¿Y si alguien me ama por mi juicio, por mi memoria, me ama a mí? No, porque puedo perder esas cualidades sin perderme a mí mismo. […] No amamos, pues, nunca a nadie, sino solamente cualidades». Blaise Pascal, Pensées, fragmento 323 en la numeración de Brunschvicg (688 en la de Lafuma). En el mismo fragmento aparece el ejemplo de la belleza destruida por la enfermedad (la viruela, en el original) sin que la persona deje de existir. Traducción propia.
  2. Las tres dimensiones del valor (sistémica, extrínseca, intrínseca) las formalizó Hartman a partir de la clasificación de los conceptos en definitorios, expositivos y singulares; no las «descubrió». Fuente: Robert S. Hartman, La estructura del valor (1959). La sistematización clínica del ejemplo (la valoración sistémica como todo-o-nada, la extrínseca como comparación de propiedades, la intrínseca como lo «único e irrepetible») sigue a Mariano Cruz Zamora, Manual para la interpretación clínica del Perfil de Valores Hartman (2015).
  3. «Not only the entire world but anything in and out of it can be valued in each of these dimensions, whether a button, God, my wife or myself. […] My wife is valued systemically in her function as housekeeper or cook (a kind of animate household appliance), extrinsically in comparison with other women, and intrinsically in her own uniqueness and my love». Del mismo capítulo procede la descripción del matrimonio por amor: «a true love marriage has nothing whatever to do with a social relationship. It's a relationship from inner core to inner core», entre dos personas que se han preguntado «Who is this person?». Robert S. Hartman, Freedom to Live (1994), cap. «What Is Good?». Traducciones propias. Marcas 3 y 3b.
  4. En el sistema de Hartman la riqueza de propiedades crece por dimensión: un concepto sistémico (una definición) tiene un conjunto finito de propiedades; un concepto extrínseco (las cosas y funciones comparables del mundo), un conjunto numerable —infinito, pero enumerable—; y el concepto singular de una persona, un conjunto no numerable, del orden del continuo. Por eso «infinito» no es aquí una hipérbole romántica sino una cardinalidad: nunca se termina de describir a quien se ama. Fuente: Robert S. Hartman, La estructura del valor (1959).
  5. «Si l'on me presse de dire pourquoi je l'aimais, je sens que cela ne se peut exprimer qu'en répondant: parce que c'était lui, parce que c'était moi». Michel de Montaigne, Essais, libro I, cap. XXVIII, «De l'amitié», sobre su amistad con Étienne de La Boétie. Traducción propia.
  6. El jardín de las cinco mil rosas y el llanto del principito están en el cap. XX de El principito (1943); la enseñanza del zorro —«c'est le temps que tu as perdu pour ta rose qui fait ta rose si importante»— y su «lo esencial es invisible a los ojos», en el cap. XXI. Antoine de Saint-Exupéry, Le Petit Prince. Traducción propia.
  7. «Es la vida infinitamente más valiosa que las cosas, y las cosas infinitamente más valiosas que los pensamientos. […] La jerarquía axiológica de los valores […] demuestra que una sola vida es infinitamente más valiosa que todos los pensamientos reales o posibles. El herir corpórea, intelectual o espiritualmente a un solo hombre a favor de alguna "causa" —llamada "ideal"— es una perversión de los valores». Robert S. Hartman, Axiología formal. La ciencia de la valoración (México: UNAM, 1956), pág. 17; citado en Cruz Zamora (2015).
  8. En la tradición clínica del Perfil de Valores Hartman (Inventario Axiométrico Hartman-Roquet), la dimensión intrínseca dirigida a los demás se describe como empatía: «capacidad para reconocer la singularidad y el valor fundamental de cada persona; capacidad de amar y dejarse amar»; y dirigida a uno mismo, como autoestima: «comprensión de la singularidad del yo». Janine Rodiles-Hernández, Axiometría Cognitiva (2024).
Reflexión final

El amor que tasa produce rendimiento; el amor que ve, descanso. Y suele ser desde ese descanso —no desde el casting permanente— desde donde las personas pueden de verdad crecer.

¿Y si miraras cómo valoras a quienes quieres?

Explora tu Mapa de Valores —cómo miras el mundo, a los demás y a ti— con un proceso guiado de 3 sesiones.

Explorar el método