Del pensamiento a la conexión auténtica
Casi todos hemos esperado alguna vez a la persona que iba a encajar sin fisuras, a entendernos sin necesidad de explicarnos, a resolver por dentro lo que llevábamos tiempo sin poder resolver solos. Y casi todos hemos sentido después el desencanto: no es que el otro fallara, es que nunca cupo del todo en la figura que le habíamos puesto encima.
Es una manera muy humana de estar en el mundo: navegar la vida a través de la imaginación y la esperanza en soluciones extraordinarias. Una tendencia tan extendida que quien escribe estas líneas tampoco se excluye. No es un defecto de carácter; es una forma de valorar —de repartir importancia entre las cosas y las personas— que, cuando se descuida, tuerce el modo en que nos vinculamos.
Conviene una distinción de fondo. La axiología formal de Hartman describe tres maneras de valorar según con qué concepto miremos algo: podemos ver a alguien como un ser único e irrepetible —de valor, literalmente, infinito—, como algo útil que se compara, se mide y se puede sustituir, o como el caso de un ideal, una plantilla de cómo «debería ser».1 Las dos dinámicas que siguen son, en el fondo, variaciones de un mismo desajuste: dejar que el ideal —o el propio sistema de ideas— eclipse a la persona de carne y hueso que se tiene delante.
1. La dificultad con las ideas ajenas
La primera dinámica afecta a lo que suele llamarse empatía cognitiva: la capacidad de procesar lo que piensan los demás.2 No se trata de estar de acuerdo con todo, sino de poder escuchar la lógica del otro sin sentirse anulado. Suele torcerse en dos direcciones opuestas.
La primera es la resistencia a lo diferente. Cuando una idea ajena no coincide con la propia, se percibe como «sin valor» o carente de lógica. Es un modo de valorar en blanco y negro: mis ideas son verdad, las tuyas no valen. Dicho con precisión, es tratar el marco propio como un sistema cerrado —se cumple o no se cumple, todo o nada— en lugar de sopesar, comparar y ver qué tiene de cierto lo que dice el otro. La persona se encierra en su discurso y el intercambio se vuelve imposible.
La segunda es la contraria: la pérdida del criterio propio. Aquí uno da por buenas las ideas ajenas sin pasarlas por ningún filtro, como si la otra persona siempre supiera más. Uno se «pierde» en el pensamiento del otro y desatiende su propio discernimiento. Si en el primer caso se absolutiza el sistema propio, en este se abdica de él: se entrega el criterio, que es una de las formas más íntimas de valorarse a uno mismo.
En ambos extremos se rompe el puente. O te aíslas en tu verdad, o te desdibujas en la del otro. Y en los dos falta lo mismo: el encuentro entre dos personas que se reconocen distintas y, aun así, igual de válidas.
Quien no deja entrar otra mirada no defiende su verdad: la encierra hasta que deja de crecer.
2. Los pedestales y la espera del milagro
La segunda dinámica es el refugio en el pensamiento mágico: una manera de suavizar la dureza de lo cotidiano esperando que algo extraordinario venga a arreglarlo.2 También aparece de dos formas.
La primera es construir pedestales. En lugar de ver al otro con sus luces y sus sombras, se le proyecta encima una figura ideal: la pareja perfecta, el amigo salvador, quien traerá la solución que uno no encuentra. Aquí el mecanismo es preciso: se fija de antemano un concepto —el de la persona ideal— y luego se mide a la persona real por cuánto se aparta de él.3 Como ningún ser único cabe entero en una plantilla, la distancia entre el ideal y la realidad se cobra en decepción.
La segunda es esperar al adivino: dar por hecho que los demás deberían saber qué necesitamos sin que se lo digamos. Es la esperanza de que el entorno «adivine» nuestros deseos y así ahorrarnos el trabajo, poco mágico y muy concreto, de comunicarlos y de poner límites. La relación ideal, en esta fantasía, funcionaría sola.
El desenlace es casi inevitable. Como la expectativa no estaba anclada en lo que el otro realmente es o puede dar, cuando el milagro no llega aparecen la frustración, el vacío y el resentimiento. Se estaba enamorado del ideal, no de la persona; y con un ideal no se puede convivir.
Nos enamoramos del concepto que proyectamos y después culpamos a la persona por no caber en él.
El error común: el ideal por encima de la persona
Las dos dinámicas comparten una misma raíz. Absolutizar el propio marco, abdicar del criterio, encumbrar al otro o esperar que adivine: en todos los casos, un sistema —una idea fija, una plantilla de cómo deberían ser las cosas— acaba pesando más que la persona concreta, la de enfrente o la de uno mismo.
Y ahí la axiología es tajante en su jerarquía: una persona, por ser única e irrepetible, vale más que cualquier idea o ideal.1 Poner el sistema por encima del ser es, en el fondo, la forma matriz del desajuste de valor. En lo íntimo se traduce en algo muy reconocible: vínculos intensos en la fantasía y frágiles en la convivencia, encendidos mientras dura el ideal y rotos en cuanto la realidad asoma.
De la plantilla al encuentro
Entender que esto es una tendencia general, y no una tara personal, ayuda a quitarle dramatismo y a tratarlo como lo que es: un aprendizaje. Trabajar la escucha —para no encerrarse ni disolverse— y enraizar las expectativas —para ver al otro tal como es— es lo que permite pasar de la confusión al encuentro, con más autonomía y más responsabilidad en cada vínculo.
Cuando esta lectura se hace con la Prueba de Valores de Hartman (Hartman Value Profile), resulta más fácil separar dos cosas que suelen ir enredadas: qué parte del conflicto nace de una expectativa idealizada —un ideal puesto donde debería haber una persona— y qué parte pide, simplemente, acciones concretas para cuidar mejor el vínculo.
Referencias
Obras de referencia
- Robert S. Hartman, La estructura del valor: fundamentos de la axiología (1959; ed. inglesa The Structure of Value, 1967) — el axioma del valor y las tres dimensiones (intrínseca, extrínseca, sistémica) con su jerarquía.
- Mariano Cruz Zamora, Manual para la interpretación clínica del Perfil de Valores Hartman: en la versión de Alfonso Castro Asomoza (2015) — sistematización clínica de la axiología de Hartman y de su jerarquía de valor.
Fuentes
- ↩ La axiología formal de Hartman distingue tres maneras de valorar según el tipo de concepto con que miramos algo: lo sistémico (una idea, una regla o un ideal: se cumple o no, en términos de todo o nada), lo extrínseco (lo útil y comparable: mejor o peor, más o menos) y lo intrínseco (el ser único e irrepetible, de valor infinito porque nunca se termina de describir). En su jerarquía, una persona —valor intrínseco— vale más que cualquier cosa útil, y ambas más que cualquier sistema o ideal; subordinar la persona al ideal invierte ese orden. Fuentes: Hartman, The Structure of Value (1967); Cruz Zamora (2015).
- ↩ Los términos «empatía cognitiva» y «pensamiento mágico» se emplean aquí en sentido amplio y descriptivo —la dificultad para procesar las ideas ajenas y la tendencia a esperar soluciones extraordinarias—, no como categorías clínicas o diagnósticas.
- ↩ El axioma de la axiología formal: algo es bueno en la medida en que cumple las propiedades de su concepto (una buena persona es la que reúne lo que ser persona pide; un buen queso, las propiedades de un queso). Idealizar consiste en fijar por adelantado el concepto de «la figura perfecta» y medir después a la persona real por cuánto se aparta de él. Como ningún ser único cabe entero en un concepto, la decepción viene incorporada. Fuente: Hartman, La estructura del valor (1959; ed. ampliada 1967).
La conexión verdadera no nace de la perfección ni de la magia, sino del respeto por la alteridad y la aceptación de la realidad tal cual es.