arrow_back Volver

El uniforme de la autenticidad

Juan Carlos Sastre
#Autenticidad #AxiologíaFormal #Hartman #Espiritualidad

Quería preparar algo sencillo. Una sesión de ecstatic dance en mi salón, para seis personas que conozco bien, sin más pretensión que juntarnos a mover el cuerpo y ver qué pasa. Así que hice lo que haría cualquiera: me puse a ver vídeos para coger ideas. Cómo se ordena el espacio, cómo se hilan las canciones, cómo se abre y se cierra una sesión.

Haz clic para ampliar la ilustración

Y lo que encontré, vídeo tras vídeo, no fueron ideas. Fue un molde.

Los mismos tatuajes de líneas finas y geometría sagrada. El mismo tipo de ropa. Los mismos símbolos colgando de las mismas paredes. Y, sobre todo, los mismos escenarios: un claro en mitad de la selva, una playa al atardecer, una sala de madera bañada en luz dorada, una cúpula en algún retiro perdido. Lugares que se ofrecen como salvajes, remotos, irrepetibles —el fin del mundo, la naturaleza virgen—, y que aun así se repiten idénticos de un vídeo al siguiente, como si hubiera una sola selva, una sola playa, un solo atardecer para todo el mundo. Buscaba inspiración y me topé con un uniforme.

Lo raro es que se trata, en teoría, del territorio de lo único. Espacios que predican que aquí vienes a encontrarte contigo, a soltar la máscara, a ser irrepetiblemente tú. Y sin embargo todo el mundo se parece. ¿Por qué un lugar que promete unicidad produce uniformidad?

La paradoja del que quiere ser distinto

Lo primero que conviene decir es que esto no es nuevo ni exclusivo de lo espiritual. Es una de las paradojas mejor documentadas de la conducta humana: quien se esfuerza por no parecerse a nadie acaba pareciéndose a los demás que se esfuerzan igual.

El matemático Jonathan Touboul lo modeló y lo llamó, con humor, el «efecto hipster». Su idea es simple. En cualquier grupo conviven quienes copian a la mayoría y quienes hacen deliberadamente lo contrario. El problema de los segundos es que reaccionan todos a la vez contra lo mismo, así que terminan sincronizados: idénticos en su gesto de ser diferentes. La barba que te separaba del oficinista afeitado se convierte, en cuanto la llevan cuatro, en el nuevo afeitado.

La psicología social lo explica por debajo. Marilynn Brewer lo formuló como la teoría de la distintividad óptima: cargamos con dos necesidades que tiran en direcciones opuestas, pertenecer y diferenciarnos. Cuando un grupo se vuelve demasiado grande y deja de hacernos sentir especiales, buscamos otro más pequeño; cuando sentimos demasiada soledad, buscamos fundirnos. El punto dulce es un grupo lo bastante reducido para distinguirte del mundo y lo bastante poblado para que no estés a la intemperie. La estética compartida es exactamente ese punto: el uniforme que te separa del mainstream mientras te hermana con tu tribu. Te diferencias hacia fuera y te uniformas hacia dentro, en el mismo gesto.

Aquí es donde quiero desmarcarme de la lectura habitual. La crítica de costumbre apunta al mercado: la espiritualidad se ha mercantilizado, hay una industria del bienestar, todo es marca. Y es verdad, en parte —Carrette y King lo describieron hace veinte años—. Pero esa explicación tiene un agujero que mi propio caso deja a la vista. Yo no estaba comprando nada. Estaba montando una sesión gratis, en mi casa, para seis personas. No hay industria, no hay nadie cobrando, no hay producto. Y aun así el molde estaba ahí, tirando de mí.

Si la uniformidad aparece incluso donde no hay dinero de por medio, entonces el motor no es el capitalismo. Es algo anterior: la forma en que percibimos el valor cuando sentimos ansiedad por pertenecer.

Lo que mide el valor

Para nombrar bien ese «algo anterior» me sirve la axiología formal de Robert S. Hartman, que es la misma que está detrás del perfil de valores que uso en consulta, el HVP. Hartman propuso que valoramos las cosas en tres registros distintos, y que confundirlos es la raíz de buena parte de nuestros líos.

Está el valor sistémico: una cosa vale en la medida en que cumple un concepto, una regla, un ideal. Es el mundo del «correcto o incorrecto», del molde que se ajusta o no se ajusta. Está el valor extrínseco: una cosa vale como miembro de una clase, por comparación con otras, por su función, por para qué sirve. Es el mundo de los bienes, de lo intercambiable, de lo que se puede tener mejor o peor que los demás. Y está el valor intrínseco: el valor de algo singular, irrepetible, que no se compara con nada porque no hay otro igual. Es el registro con el que quieres a una persona concreta, no a «una persona». El que no admite sustituto.

Con esto en la mano, la paradoja del uniforme deja de ser un misterio.

Fíjate en qué tipo de valor es la autenticidad. Por definición, es intrínseca: ser auténtico significa ser singularmente uno mismo, irreductible, no comparable, no replicable. La autenticidad vive entera en el registro de lo intrínseco.

Y aquí está la trampa, en una frase: en el momento en que conviertes la autenticidad en una meta, la sacas de su registro.

Si la autenticidad se vuelve un objetivo —«sé auténtico», «ven a soltar la máscara», «aquí se trata de ser tú de verdad»—, aparece sin querer un modelo de cómo es alguien auténtico. Una plantilla. Y entonces la autenticidad se ha vuelto sistémica: ya no eres singularmente tú, estás cumpliendo, mejor o peor, el concepto de «persona auténtica». Hay un modo correcto de tener los ojos cerrados.

Y si además ser auténtico te da estatus dentro del grupo, si la estética correcta te señala como parte del círculo, la autenticidad se ha vuelto extrínseca: un capital, un signo de distinción que se exhibe y con el que, sin decirlo, compites.

En los dos casos pasa lo mismo, y es lo único que de verdad importa de este artículo: la transposición destruye aquello que prometía. Coges algo intrínseco y lo tratas como sistémico o extrínseco, y al hacerlo lo aniquilas. La autenticidad convertida en plantilla ya no es autenticidad. La singularidad convertida en uniforme ya no es singularidad. Es la inversión de valor en estado puro: el medio devora al fin.

Por eso todos se parecen. No porque sean falsos, sino porque la propia promesa, mal colocada, fabrica el molde que la traiciona.

El símbolo que dejó de mirar

Donde esto se ve con más nitidez es en los símbolos.

Un símbolo espiritual —una hamsa, las fases de la luna, un Sri Yantra, el humo del palo santo— puede funcionar de dos maneras radicalmente distintas, y a simple vista no las distingues.

Puede ser una ventana: algo que media, que te pone delante de una realidad que no cabe en palabras, que participa de aquello que señala. Así han funcionado los símbolos sagrados durante milenios. En ese uso, el símbolo es intrínseco: te orienta hacia lo singular, hacia lo que no se puede decir de otro modo.

O puede ser una etiqueta: un signo dentro de un código que dice, a quien sepa leerlo, «pertenezco». En ese uso, el símbolo es sistémico: no abre nada, clasifica. No te pone delante de un misterio, te coloca en una casilla.

El mismo objeto, las dos funciones. Y aquí viene la observación incómoda: cuando todo el mundo lleva exactamente los mismos símbolos, dispuestos de la misma manera, algo ha pasado. El símbolo ha migrado. Ha dejado de mirar hacia dentro para empezar a señalizar hacia fuera. Cuando una luna en la pared es indistinguible de la luna de la pared de al lado y de la del vídeo siguiente, lo más probable es que haya dejado de mediar y se haya convertido en uniforme. El símbolo que comparte todo el mundo ha dejado, muchas veces, de simbolizar.

No siempre, claro. Y ese «no siempre» es justo lo que me toca decir ahora.

Lo que no sale en el vídeo

Tengo que ser honesto con el material del que parto, porque cambia bastante las cosas.

Yo no he estado en esas salas. He visto vídeos. Y un vídeo no es la experiencia: es lo que de la experiencia se deja grabar, se edita y se publica. Está filtrado, por construcción, hacia aquello que se ve bien, que encaja en el plano, que merece subirse. Es decir: lo que yo observo y llamo «uniforme» es precisamente la cara exhibible del fenómeno. Y la cara exhibible está sesgada hacia la imagen por definición.

Esto tiene una consecuencia que conviene no esquivar. Lo intrínseco —si lo hubo: la vivencia real de quien estaba ahí, el instante en que de verdad soltó algo, el encuentro que no se puede comparar con ningún otro— es justamente lo que no se graba. No cabe en el plano. De modo que mi acceso a ello es casi nulo. Puedo describir el escaparate; no puedo asomarme a lo que pasaba detrás.

Más aún: es posible que parte de la uniformidad que veo no sea del fenómeno entero, sino de qué tipo de ecstatic dance acaba convertido en vídeo. Lo fotogénico se sube; lo torpe, lo feo, lo genuinamente raro, casi nunca. La cámara selecciona. Quizá lo que tengo delante no es «la espiritualidad estética», sino el sesgo de una plataforma.

Por eso no voy a decir que detrás de esas imágenes no hay nadie. No lo sé, y nadie que mire un vídeo puede saberlo. Sociólogos como Paul Heelas llevan años advirtiendo, con razón, contra la tentación de despachar estas prácticas como «mero consumo»: hay en ellas, a menudo, experiencia real de conexión, de comunidad, de salir de uno mismo. La uniformidad que veo se explica de sobra por Touboul y por Brewer, sin necesidad de suponer que nadie siente nada.

La crítica, entonces, no es a las personas. Es al dispositivo: a ese mecanismo, en parte cultural y en parte de plataforma, que premia el escaparate y deja fuera de plano lo que no se exhibe. Maldecir a la gente sería, además de injusto, un error de análisis.

El salón

Vuelvo a mi salón, que es de donde salió todo esto.

Seis personas. Sin cámara. Sin nada que enseñar luego, porque no va a haber un «luego» publicado. Nadie va a saber qué llevábamos puesto ni qué había en las paredes. Y precisamente por eso, lo único que puede quedar de esa tarde es lo que no se graba: cómo se movió cada cual, lo que se soltó, el encuentro concreto entre estas seis y no otras. Lo intrínseco, que es lo que no tiene plano.

Byung-Chul Han, recogiendo una intuición vieja de Hegel, lo dice de un modo que me parece exacto: lo verdaderamente bello no se promociona. No te tienta a poseerlo ni a consumirlo. Se sustrae al mercado y al like. Solo te invita a demorarte, a quedarte. En cuanto algo se ofrece para ser exhibido, ha dejado de ser bello en ese sentido fuerte y se ha vuelto otra cosa: liso, agradable, consumible, igual a sí mismo en todas partes.

No se trata de elegir entre la estética y la verdad, ni de despreciar a quien sigue una estética. La ropa no es el problema; el símbolo no es el problema. El problema es de registro: confundir el escaparate con lo que se vive detrás. Tomar el uniforme por la singularidad.

La sesión que quiero hacer no será más auténtica por renunciar a los símbolos. Sería ridículo montar un molde «anti-molde». Será auténtica, si lo es, por una razón mucho menos vistosa: porque no habrá nada que enseñar. Y lo que no se puede enseñar es, casi siempre, lo único que importa.

Referencias

  • Brewer, M. B. (1991). The social self: On being the same and different at the same time. Personality and Social Psychology Bulletin, 17(5), 475–482. (La teoría de la distintividad óptima.)
  • Carrette, J. y King, R. (2005). Selling Spirituality: The Silent Takeover of Religion. Londres: Routledge. (La crítica clásica a la mercantilización de lo espiritual.)
  • Han, B.-C. (2015). La salvación de lo bello (A. Ciria, trad.). Barcelona: Herder. (Lo liso, la pérdida de la negatividad y la belleza como fin en sí —retomando a Hegel—. Original: Die Errettung des Schönen, 2015.)
  • Hartman, R. S. (1959). La estructura del valor: Fundamentos de la axiología científica. México: Fondo de Cultura Económica. (La obra fundacional de la axiología formal; jerarquía intrínseco–extrínseco–sistémico. Original en inglés: The Structure of Value: Foundations of Scientific Axiology, Southern Illinois University Press, 1967. Sobre esa jerarquía se construyó el Perfil de Valores Hartman, HVP.)
  • Heelas, P. y Woodhead, L. (2005). The Spiritual Revolution: Why Religion Is Giving Way to Spirituality. Oxford: Blackwell. (El «giro subjetivo» en la espiritualidad contemporánea.)
  • Heelas, P. (2008). Spiritualities of Life: New Age Romanticism and Consumptive Capitalism. Oxford: Blackwell. (La defensa frente a la lectura de estas prácticas como «mero consumo».)
  • Touboul, J. (2014). The hipster effect: When anticonformists all look the same. arXiv:1410.8001. (El modelo del «efecto hipster».)
Reflexión final

Lo que no se puede enseñar es, casi siempre, lo único que importa.

¿Quieres comprender en qué registro valoras tu autenticidad —y la de los demás?

La Prueba de Valores de Hartman ayuda a distinguir lo intrínseco de lo sistémico y lo extrínseco: un mapa útil cuando el escaparate se confunde con la vivencia.

Explorar el método
Zoom ilustración: seis personas en fila bajo símbolos espirituales en luz anaranjada