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La disneyficación de la fiesta perfecta: te venden lo irrepetible, te dan un guion

Juan Carlos Sastre
#Disneyficación #CulturaDeConsumo #Festivales #Hartman #AxiologíaFormal

Has tenido esa sensación. Entras en un festival que promete algo único y, sin embargo, todo te suena: el mismo «paraíso tropical» o «mundo futurista», las mismas luces, el mismo vídeo promocional lleno de abrazos y miradas de conexión. La música casi es lo de menos. Lo que se vende es una experiencia, y la experiencia es siempre la misma.1

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¿Por qué un evento que presume de irrepetible se parece tanto a todos los demás? La sociología tiene un nombre para ese proceso. La axiología formal tiene una explicación de por qué duele.

Qué significa disneyficar

Alan Bryman llamó Disneyization a la expansión de los principios de los parques Disney a sectores cada vez más amplios de la vida. No la marca, sino su lógica. La desglosó en cuatro rasgos: tematización (una narrativa impuesta al espacio), desdiferenciación del consumo (comprar, comer, alojarse y divertirse se funden hasta no distinguirse), merchandising (la imagen convertida en producto) y trabajo emocional (la sonrisa a guion del personal).2

Esa lógica está hoy en todas partes: en los centros comerciales con calles temáticas, en Las Vegas, en los aeropuertos convertidos en mini-malls, en el empleado que te atiende con una alegría de catálogo. En Disney el negocio nunca fueron solo las atracciones; durante años, cerca de la mitad de los beneficios del estudio venían del merchandising, y la proporción de adultos sobre niños en los parques se estimó en cuatro a uno.3 El producto era la experiencia. Y la experiencia se podía fabricar en serie.

Conviene una distinción que el español tiende a borrar. Bryman eligió un término neutro, descriptivo: disneyización nombra un proceso. Disneyficación añade el juicio —el «antes esto significaba algo, ahora es un decorado»—.2 Aquí uso el segundo a propósito, porque vamos a emitir un juicio de valor. Y emitir un juicio de valor con rigor exige una teoría del valor.

Tim Turner llevó el marco a los festivales y resorts de Ibiza y le sumó un quinto pilar: las atmósferas, esa sinergia inmersiva pero pasajera que hace que el consumo —incluido el de sustancias— parezca un rasgo natural y casi obligatorio del espacio.4

Las tres maneras de valorar

Robert Hartman no descubrió que valoramos de varias formas. Lo que hizo fue ordenarlas, jerarquizarlas y volverlas medibles. Distinguió tres.

Valorar intrínsecamente (I) es valorar algo como singularidad irrepetible, no sustituible: a una persona como ese ser y no como un ejemplar de su tipo, a un instante por sí mismo. Es el modo más rico y el único que no admite recambio.

Valorar extrínsecamente (E) es valorar por comparación y por función: esto es bueno para algo, mejor o peor que otra cosa, intercambiable. Es el modo del mercado y del medio-fin.

Valorar sistémicamente (S) es valorar por conformidad a un concepto o una regla: cumple o no cumple, encaja o no encaja en el esquema. Es el modo del plan, la definición y el guion.

El orden de riqueza es I > E > S. Y las dimensiones no solo se ordenan: se combinan. Una valoración puede potenciar a otra o degradarla. Cuando degrada —cuando una dimensión se aplica contra lo que la cosa reclama—, Hartman habla de transposición: una desvaloración, un movimiento en dirección contraria al valor intrínseco.5 Guárdate la palabra.

El fraude: se vende en I, se entrega en S

Mira ahora qué te promete el festival y qué te da.

Te lo promete en clave I: comunión, presencia, la noche que no se repetirá, el encuentro con otros. Todo el material gráfico habla ese idioma —abrazos, libertad, conexión—.1 Es el registro más alto del valor, y por eso convence.

Pero la tematización te pide leerlo en clave S. El «paraíso tropical» es un concepto cerrado, y la decoración, las luces, el vestuario e incluso «la actitud del público» deben conformarse al guion. El espacio no es el escenario de algo que ocurre: es la instancia de una idea previa. Para quien lo organiza, además, el tema cumple una función extrínseca clarísima —vender más, retenerte más tiempo—; pero a ti se te entrega como mundo, y ese mundo es una plantilla. Donde se prometía lo irrepetible, hay un molde.

La desdiferenciación y el merchandising operan en clave E. Cada momento es convertible en transacción —barra, comida, extras, mercadillo— y en signo: la pulsera, la camiseta, el post que dice «yo estuve». Eco lo formula de manera casi literal al describir Disneyland como un espacio donde las fachadas te invitan a entrar, pero por dentro todo es «un supermercado disfrazado, donde compras obsesivamente creyendo que todavía estás jugando».7 La experiencia existe, en buena parte, para ser intercambiada y exhibida.

Y el trabajo emocional pone S donde debería haber I. El calor humano se produce a especificación: la sonrisa del personal, y cada vez más la del propio público, sigue un libreto de euforia. Es la diferencia que marcaba Martin Buber entre el Yo-Tú —el otro como presencia plena— y el Yo-Ello —el otro como función—. El festival escenifica un Yo-Tú que por dentro es Yo-Ello: la multitud como fondo de tu propia foto.

Nada se parece tanto entre sí como las noches que se venden como únicas.

Conviene ser honesto sobre el estatuto de esta lectura: no es una medición, es una manera de ver. Pero deja ver algo que «mercantilizar el ocio» no alcanza a nombrar. Lo que ocurre es una transposición sistemática: aquello que pide ser valorado como singular se administra como instancia de un esquema. Y el truco es que el descenso se disfraza de ascenso. Más espectacular, más producción, más wow: parece más, y es menos. Una clave más pobre de valor, vendida como la más alta.

La seguridad como decorado

Aquí está lo que la mirada sociológica roza pero no termina de nombrar. El festival disneyficado fabrica una sensación de seguridad que, como ya señalan estos análisis, es simbólica.6 En términos de Hartman, presenta el concepto de seguridad —clave S, un mundo curado y sin aristas— en lugar de la seguridad real.

Y la seguridad real tiene dos caras, ninguna de ellas sistémica. Una es extrínseca, funcional: sustancias analizadas, agua, sombra, zonas de descanso, información accesible. La otra es intrínseca: gente que se cuida entre sí porque te ve como alguien, no como público. La fantasía de seguridad (S) desplaza a las dos a la vez.

La promesa hablaba de encuentro; la entrega venía con instrucciones.

De ahí una hipótesis —no un dato que yo pueda medir, sino una lectura del mecanismo—: el riesgo real sube precisamente porque una representación de seguridad se siente como seguridad. Byung-Chul Han llamaría a ese entorno lo pulido: una superficie sin fricción, sin negatividad, agradable como un «me gusta». Lo pulido tranquiliza porque ha borrado las asperezas; el problema es que, junto con lo incómodo, borra también las señales de peligro. El decorado no avisa.

Viktor Frankl añade la última pieza. Cuando la voluntad de sentido se frustra, su lugar lo ocupa la voluntad de placer, y el placer buscado de frente se vuelve insaciable. El festival disneyficado es una máquina de intensidad: ofrece más estímulo para tapar un vacío que el estímulo no llena, lo que pide más estímulo todavía. Promete éxtasis y administra escalada. Por eso el exceso deja de ser un accidente de la fiesta y pasa a sentirse como parte indisoluble del guion.

Qué hacer con esto

Entender el mecanismo no busca aguar la fiesta. El placer y el cuidado no son incompatibles. Busca recolocar el orden del valor.

El antídoto de un mundo demasiado pulido no es la austeridad: es la fricción. Lo no guionizado, el rato que no estaba previsto, la conversación con un desconocido que se sale del libreto. Y la seguridad de verdad no la pone el decorado: la ponen un servicio de análisis, una zona de sombra, alguien que te mira a los ojos cuando lo estás pasando mal. Eso es valor intrínseco hecho operación, no atmósfera.

La próxima vez que algo te lo vendan en la clave de lo irrepetible, fíjate en qué clave te lo cobran y en qué clave te lo guionizan. Casi siempre hay una distancia. Y en esa distancia está, con frecuencia, lo único que de verdad valía.

Referencias

Obras de referencia

  • Robert S. Hartman, La estructura del valor: fundamentos de la axiología científica (FCE, 1959) — la formalización de las tres dimensiones del valor (intrínseco, extrínseco, sistémico) y su jerarquía.
  • Robert S. Hartman, The Hartman Value Profile: Manual of Interpretation (1967) — las combinaciones entre dimensiones: composiciones y transposiciones de valor.
  • Alan Bryman, The Disneyization of Society (Sage, 2004; el ensayo germinal es de 1999) — define la disneyización y sus cuatro rasgos.
  • Tim Turner, «Disneyization: A framework for understanding illicit drug use in bounded play spaces», International Journal of Drug Policy, 58 (2018) — el marco aplicado a festivales y resorts; el quinto pilar, las atmósferas.
  • Byung-Chul Han, La salvación de lo bello (2015) — la estética de lo pulido: positividad sin negatividad ni fricción.
  • Viktor E. Frankl, El hombre en busca de sentido (1946) — voluntad de sentido frente a voluntad de placer y vacío existencial.
  • Martin Buber, Yo y tú (1923) — la distinción entre el encuentro Yo-Tú y la relación instrumental Yo-Ello.
  • Umberto Eco, La estrategia de la ilusión (1986) — en el pasaje sobre Disneyland lo describe como un «supermercado disfrazado» en el que compras obsesivamente creyendo que todavía juegas; ed. inglesa: Travels in Hyperreality.

Fuentes

  1. La caracterización de la promoción de festivales —la experiencia como producto; imágenes de risas, abrazos y conexión— procede de Bustos Vargas, Alicia, «La disneycización o disneyficación de los festivales: consumo, ocio y percepción de los riesgos», Energy Control, 24 de abril de 2026. energycontrol.org/disneycizacion-o-disneyficacion-de-festivales
  2. Bryman, Alan, The Disneyization of Society (Sage, 2004). Las cuatro dimensiones —tematización, desdiferenciación del consumo, merchandising y trabajo emocional— se exponen en el ensayo germinal «The Disneyization of Society», The Sociological Review, 47 (1999). El propio Bryman reservó «disneyización» como término neutro y descriptivo frente a la carga crítica que «Disneyfication» arrastraba ya en autores anteriores: Richard Schickel la usó para el proceso por el que cualquier obra original quedaba reducida a los términos limitados del estudio Disney.
  3. Ambos datos figuran en Bryman (1999): la estimación de que cerca de la mitad de los beneficios del estudio provenían del merchandising, que Bryman recoge de Klein, N. M., Seven Minutes: The Life and Death of the American Animated Cartoon (1993), y la proporción estimada de adultos sobre niños en los parques (4:1).
  4. Turner, Tim, «Disneyization: A framework for understanding illicit drug use in bounded play spaces», International Journal of Drug Policy, 58 (2018), 37–45. A partir de trabajo etnográfico en Ibiza, añade a las dimensiones de Bryman un quinto pilar: las atmósferas afectivas.
  5. En el cálculo axiológico las dimensiones se combinan: cada una puede valorar positivamente (composición) o negativamente (transposición) a las demás y a sí misma. De las dieciocho combinaciones posibles, la mitad potencian el valor y la otra mitad lo degradan «en dirección opuesta al valor intrínseco». Hartman, R. S., The Hartman Value Profile: Manual of Interpretation (1967), §2.7.2. En El conocimiento del bien (FCE, 1965), Hartman interpreta las valoraciones patológicas como «transposiciones de valor», exactamente definidas.
  6. La idea de que la seguridad ofrecida en estos espacios es simbólica, y de que puede minimizar o invisibilizar los riesgos del consumo, procede de Bustos Vargas (2026), op. cit.
  7. Eco, Umberto, La estrategia de la ilusión (1986), en el pasaje dedicado a Disneyland. En la edición inglesa, Travels in Hyperreality, la frase aparece como: “The Main Street facades are presented to us as toy houses and invite us to enter them, but their interior is always a disguised supermarket, where you buy obsessively, believing that you are still playing.”
Reflexión final

Entender el truco no es renunciar al placer: es saber dónde buscarlo. Lo irrepetible no se vende en taquilla; ocurre donde el guion se queda corto, y solo si le dejas hueco.

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