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La patria de noventa minutos: por qué te identificas con once desconocidos cada cuatro años

Juan Carlos Sastre
#AxiologíaFormal #Hartman #Mundial #Pertenencia #Comunión

Entra el gol y, antes de pensar nada, ya estás de pie. El tipo de al lado —con el que no has cruzado una palabra en toda la noche— se gira hacia ti con los brazos abiertos y os abrazáis como si os conocierais de toda la vida. Detrás, alguien llora sin disimulo. Una mujer mayor y un adolescente que podría ser su nieto o un completo desconocido saltan agarrados. Durante diez segundos, en ese bar, en esa plaza, en ese salón lleno de gente, no hay extraños. Hay un nosotros que hace un momento no existía y que dentro de un rato volverá a disolverse.

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Conviene quedarse ahí, en ese abrazo, antes de explicar nada. Porque la pregunta honesta no es retórica ni condescendiente: ¿por qué te emocionas así con once personas que no conoces, que no sabrían tu nombre, con quienes no compartes apenas nada salvo un escudo bordado en una camiseta? Si la respuesta fácil fuera "porque te han alienado" o "porque es solo fútbol", este texto sería corto y bastante arrogante. No lo es. Lo que se enciende en ti durante estas semanas merece mucho más respeto que eso.

El abrazo con el extraño

Empecemos por lo que de verdad ocurre, que es lo primero y lo que más importa.

Hay buenas razones para pensar que la pertenencia no es un lujo emocional sino algo cercano a una necesidad: a lo largo de la historia, las personas se han constituido siempre dentro de un nosotros —la familia extensa, el oficio, el barrio, la cuadrilla— y la soledad prolongada nos sienta francamente mal. Y no es una manera de hablar: la psicología lleva décadas describiendo la necesidad de pertenecer como una motivación humana fundamental —del orden del hambre o la sed—, y la falta sostenida de vínculos deja en la salud una huella medible, comparable a la de los factores de riesgo clásicos.1 Conviene no idealizar de más: esas comunidades de antaño también eran vigilancia, chismorreo y exclusión del distinto, y la nostalgia de la aldea perdida es en parte un mito romántico. Pero algo se ha movido, y se nota. Hoy es perfectamente posible vivir rodeado de millones de personas sin saber el nombre del vecino, trabajar en red sin tocar a nadie, tener doscientos contactos y ninguna mano que apretar. La pertenencia, que durante mucho tiempo venía dada, se ha vuelto un bien que hay que salir a buscar.2

Cualquiera que haya formado parte de un grupo así lo reconoce —un coro que entra a la vez, una clase de baile, una ronda que gira tomada de las manos—: el cuerpo recuerda enseguida lo que la vida cotidiana le raciona. Hay una alegría muy concreta, que no se confunde con ninguna otra, en moverse al mismo ritmo que otros, en sostener una mirada, en notar que por un rato el yo se ablanda y aparece algo que no es la suma de individuos sueltos. Ese algo tiene nombre desde hace más de un siglo: «efervescencia colectiva», lo llamó Durkheim al estudiar cómo el rito compartido funde a los presentes en un solo cuerpo emocionado.3 Esa comunión no se calcula ni se compra, y ahí reside justamente su valor. No mejora tu currículum. No sirve para nada práctico. Vale por sí misma.

No elegimos necesitar a los demás: venimos hechos de esa hebra. Lo que cambia es cuánto nos deja saciarla la vida que hemos construido.

En el lenguaje de la axiología de Robert Hartman, eso es valor intrínseco (I): el modo de valorar que trata lo que tiene delante como único e irrepetible, no como medio para otra cosa. Conviene tener el mapa entero a mano, porque lo usaremos hasta el final. Hartman distinguió tres modos de valorar, ordenados de más rico a más pobre: el intrínseco (I), el de lo único e insustituible —una persona, un vínculo, esta tarde y no otra—; el extrínseco (E), el de lo comparable y útil, donde las cosas valen por cómo cumplen su función y se miden unas contra otras; y el sistémico (S), el de lo que solo cuenta como pieza de un sistema o número en una cuenta. Ninguno de los tres es malo en sí —lo sistémico es el reino legítimo de las ideas, las leyes, las matemáticas—; lo que empobrece es la transposición a la baja: valorar algo con una vara más pobre de la que merece, dejarlo caer de I hacia E o hacia S, tratar a una persona como una cifra. Y la comunión, ese nosotros que se enciende en el abrazo, nace arriba del todo, en lo intrínseco. Cuando sientes al de la grada como un y no como un número en un aforo, cuando el desconocido deja de serlo durante el abrazo, estás habitando el nivel más rico del valor. No comparas, no mides, no usas a nadie. Comulgas.

Por eso el Mundial llega y arrasa. No tanto por el juego —que muchas tardes da lo que da—, sino porque ofrece, a una escala que ninguna otra cosa alcanza hoy, una ocasión colectiva y legítima para encender el nosotros. Una patria portátil que dura lo que dura el partido y que, mientras dura, es de verdad. Cuarenta y ocho selecciones, dieciséis ciudades, millones de personas haciendo a la vez el mismo gesto: ponerse de pie con un extraño.

Conviene aquí una precisión, porque es la clave de todo lo que viene. Eso con lo que te identificas —la selección, la camiseta, la nación— no es en rigor un valor intrínseco: es un símbolo, una categoría abstracta que compartes con millones que tampoco conoces —una «comunidad imaginada», como la llamó Benedict Anderson: gente que no llegará a conocerse jamás sosteniendo en la mente la imagen de su comunión—,4 y en el mapa de Hartman un símbolo así vive más bien abajo, en lo extrínseco o lo sistémico. Lo intrínseco no es la camiseta: es el abrazo. La selección es solo el vehículo —frío en sí mismo— que sirve para encender algo que sí lo es: la comunión con el cuerpo concreto que tienes al lado. Y ahí están a la vez la gracia y la trampa del asunto. Como el Mundial arranca de un símbolo que ya es abstracto, ese mismo encendido puede quedarse abajo —en la comparación, en el negocio— o servir de chispa para subir hasta el abrazo. El mismo fuego, según lo que hagas con él, calienta o quema.

Y aquí está la tesis incómoda, la que cuesta más defender que cualquier crítica a la FIFA: esa emoción tuya no es ingenua, ni primitiva, ni algo de lo que haya que reírse desde la distancia ilustrada. Es de lo más sano que te pasa en el año. Es fácil mirarla por encima del hombro —"mira cómo se emocionan por una pelota"—, pero esa distancia no da ninguna superioridad: mirar de lejos algo así no lo vuelve más pequeño, solo deja al que mira más lejos de ello. Analizar la emoción desde fuera no la hace menos verdadera; únicamente la observa sin vivirla. Que se te salten las lágrimas con once desconocidos no dice que seas manipulable. Dice que sigues vivo a algo que la vida adulta tiende a anestesiar.

La pregunta que de verdad pica, entonces, no es "¿por qué la gente pierde la cabeza cada cuatro años?". Es la inversa: ¿por qué hace falta esperar cuatro años para sentir esto? Qué nos dice de los otros mil cuatrocientos días que un torneo de fútbol sea, para tanta gente, la comunión más intensa del calendario. El Mundial no fabrica esa hambre. Solo la deja a la vista.

Cuando el abrazo se enfría

Lo intrínseco no es frágil; frágil es nuestra permanencia en él. La misma emoción que te une puede, casi sin que lo notes, cambiar de naturaleza. Y conviene decir esto con cuidado, porque es fácil pasarse de listo.

El primer cambio es sutil. Se pasa de celebrar lo nuestro a medirnos contra lo suyo. "Qué bien sentirme parte de esto" y "somos mejores que ellos porque les hemos ganado" parecen lo mismo y no lo son. En la primera, el valor está en la experiencia compartida, completa en sí. En la segunda, la pertenencia ha dejado de valer por sí misma y pasa a valer por comparación: el país se convierte en una posición en una tabla, y sube o baja con el marcador.

Visto con Hartman, ahí ocurre el primer descenso, de I a E. El mismo nosotros que valorabas como único e incomparable pasa a valorarse con una vara más pobre, la de lo comparable y medible: el valor extrínseco. No cambias de objeto —sigue siendo tu país—, cambias la dimensión con que lo valoras. Ya no lo quieres por ser el tuyo, sino que lo necesitas mejor que los otros. No es lo mismo querer a los tuyos que necesitar que ganen para sentirte alguien: lo segundo deja tu emoción a merced de la derrota. La psicología social midió ese matiz hace ya medio siglo, y lo encontró donde más se oye: en el lenguaje de la grada. Cuando el equipo gana, decimos «ganamos»; cuando pierde, «perdieron».5

Su síntoma visible es la grada que ya no canta a los suyos sino que insulta a los otros. El chovinismo no es exceso de amor a lo propio: es un amor tan inseguro que solo se sostiene rebajando al rival. La comunión sana no necesita un enemigo.6 Pero —y esto importa— no todo aficionado hace ese viaje, ni lo hace siempre. Millones viven el torneo entero en el primer nivel, disfrutando del suyo sin despreciar a nadie. Señalar la pendiente no es diagnosticar a quien grita un gol; es nombrarla para poder no resbalar.

Hay un escalón más abajo, el más frío de todos: el del valor sistémico, donde algo deja de valer por sí mismo o por comparación y pasa a contar solo como pieza de un sistema, número en una cuenta. Se llega por un paso intermedio, y ese paso es el mercado. Cuando la emoción de tanta gente se vuelve tan potente y tan fiable, primero se le pone precio: se empaqueta, se vende, se convierte en producto —y ahí ya ha resbalado a lo extrínseco, a lo que se cambia y se cobra—. Alrededor se organiza una maquinaria entera —la FIFA, las televisiones, los patrocinadores— que proyecta ingresos récord para este ciclo, en torno a los trece mil millones de dólares según sus propios informes, con entradas de inauguración que de media superaron los dos mil quinientos.7 Pero para esa maquinaria tú ya no eres ni siquiera un cliente con rostro: eres una cifra de audiencia, un dato que se optimiza, un renglón que tiene que crecer. Esa es la caída sistémica, la más honda. La comunión sigue siendo gratis; el acceso a ella, cada vez menos.

Detente un segundo en lo que eso significa. La maquinaria toma lo más alto que tienes —tu capacidad de comulgar con desconocidos, puro valor intrínseco— y, saltándose los peldaños, lo archiva como lo más bajo: una cifra, un dato, una pieza del sistema. Es el descenso más brutal de todos: de I a S, de la cima al fondo casi sin escalas. Y lo perturbador es que solo funciona porque tu emoción es auténtica; nadie pagaría por una pasión fingida. Lo que de verdad se explota no es el fútbol: eres tú, emocionándote de veras.

La misma pasión no sube ni baja de nivel por sí sola: somos nosotros quienes decidimos si comulgamos, si competimos o si nos dejamos convertir en cifra.

El mapa no es el abrazo

Habrás notado lo que acabo de hacer: he troceado tu emoción en tres niveles de valor —intrínseco, extrínseco, sistémico— y los he ordenado en una escalera, de más rico a más pobre. Y ordenar la comunión en niveles es, ya de por sí, enfriarla un poco —es mirarla desde fuera, que es justo lo contrario de vivirla desde dentro—. Conviene no confundir el mapa con el territorio. Estos tres niveles no son un retrato de lo que sientes en el bar; son una brújula para orientarte después, en frío, cuando quieras entender qué te pasó. Mientras saltas abrazado al extraño no estás en ningún nivel: simplemente estás.

Con esa cautela por delante, el esquema sirve para lo único que importa aquí. El problema nunca fue identificarse con la camiseta. Fue confundir la altura. La misma pasión se puede vivir como comunión —el abrazo, el nosotros que aparece de la nada—, y eso es habitarla en lo intrínseco, y es salud; o como superioridad sobre el otro, y eso es dejarla caer a lo extrínseco, que la empequeñece; o dejar que una maquinaria la explote, y eso es el secuestro sistémico, convertir en mercancía algo que no lo era. El fútbol no hace por ti ninguna de las tres. No degrada el valor: lo revela. Es un espejo enorme, encendido cada cuatro años, donde se ve con claridad incómoda qué hacemos los humanos con nuestra hambre de pertenecer.

Así que no hay nada que corregir en esa lágrima. Es verdadera, y habla de un hambre real. La pregunta que merece la pena, mientras dura esta patria de noventa minutos, no es "¿debería dejar de querer a mi selección?". Es más sencilla y más tuya: ¿a qué altura estoy viviendo esto?

Y si la respuesta es el abrazo, no lo sueltes. Quedan pocos sitios donde abrazar a un extraño y sentir que perteneces. Que uno de ellos sea un torneo de fútbol dirá lo que diga de la época. Pero que siga ocurriendo —siquiera ahí, siquiera cada cuatro años— es una buena noticia sobre nosotros.

Referencias

Obras de referencia

  • Robert S. Hartman, The Structure of Value: Foundations of Scientific Axiology (1967) — las tres dimensiones del valor (intrínseco, extrínseco, sistémico), su jerarquía y la idea de transposición de valor.
  • Mariano Cruz Zamora, Manual para la interpretación clínica del Perfil de Valores Hartman: en la versión de Alfonso Castro Asomoza (2015) — lectura de las dimensiones del valor y de sus descensos.
  • Émile Durkheim, Las formas elementales de la vida religiosa (1912) — la «efervescencia colectiva»: el rito compartido como generador del sentimiento de un nosotros.
  • Benedict Anderson, Comunidades imaginadas (1983) — la nación como comunidad imaginada: un símbolo compartido entre millones que no se conocerán jamás.
  • Robert D. Putnam, Solo en la bolera (Bowling Alone, 2000) — el declive documentado de la vida asociativa y del capital social en las últimas décadas del siglo XX.

Fuentes

  1. La formulación clásica de la pertenencia como necesidad es de Roy Baumeister y Mark Leary: su «hipótesis de la pertenencia» sostiene que formar y mantener vínculos estables y positivos es una motivación humana fundamental, no un deseo accesorio («The Need to Belong: Desire for Interpersonal Attachments as a Fundamental Human Motivation», Psychological Bulletin, 1995). Sobre el coste de su ausencia: un metaanálisis sobre más de 300.000 personas encontró que la fuerza de los vínculos sociales predice la supervivencia con una magnitud comparable a la de fumar y superior a la de la obesidad o la inactividad física (Julianne Holt-Lunstad, Timothy B. Smith y J. Bradley Layton, «Social Relationships and Mortality Risk», PLoS Medicine, 2010). John Cacioppo mostró además que la soledad opera como una señal biológica de alarma —análoga al hambre o la sed— que se enciende cuando faltan los vínculos (John T. Cacioppo y William Patrick, Loneliness: Human Nature and the Need for Social Connection, 2008).
  2. Robert Putnam documentó con series de décadas el declive de la vida asociativa en Estados Unidos —clubes, parroquias, sindicatos, cenas con amigos— en Bowling Alone (2000; ed. española: Solo en la bolera, Galaxia Gutenberg, 2002). La imagen que da título al libro resume el diagnóstico: nunca tanta gente jugó a los bolos, y nunca tan poca lo hizo en liga con otros.
  3. Émile Durkheim describió la «efervescencia colectiva» en Las formas elementales de la vida religiosa (1912): en el rito colectivo, la proximidad y el gesto compartido generan una corriente emocional en la que el individuo se siente transportado fuera de sí y fundido con el grupo. En una línea cercana, William H. McNeill llamó «vínculo muscular» (muscular bonding) a la euforia de moverse rítmicamente al unísono —danza, instrucción militar, canto—, que crea cohesión visceral incluso entre extraños (Keeping Together in Time, 1995).
  4. Benedict Anderson, Comunidades imaginadas (1983; ed. española: FCE, 1993). Su definición célebre de la nación: «es imaginada porque aun los miembros de la nación más pequeña no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán ni oirán siquiera hablar de ellos, pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión».
  5. Robert Cialdini y colaboradores, «Basking in Reflected Glory: Three (Football) Field Studies» (Journal of Personality and Social Psychology, 1976): tras las victorias del equipo universitario de fútbol americano, los estudiantes vestían más los colores del equipo y decían «ganamos»; tras las derrotas, «perdieron». El fenómeno —brillar con la gloria reflejada del grupo y despegarse de él cuando pierde— muestra hasta qué punto el resultado ajeno se usa como fuente de valía propia. El marco general es la teoría de la identidad social de Henri Tajfel y John Turner (1979): parte de la imagen que tenemos de nosotros mismos procede de los grupos a los que pertenecemos, lo que empuja a compararlos favorablemente con otros; los experimentos del «grupo mínimo» mostraron que basta una categorización arbitraria para que aparezca el favoritismo hacia lo propio.
  6. Marilynn Brewer, «The Psychology of Prejudice: Ingroup Love or Outgroup Hate?» (Journal of Social Issues, 1999): tras revisar décadas de evidencia, concluye que el apego al grupo propio es psicológicamente primario e independiente de la hostilidad hacia el ajeno. El favoritismo hacia lo propio no exige despreciar a nadie; el odio al de fuera requiere condiciones añadidas —amenaza, competición, politización— que no vienen dadas por la mera pertenencia.
  7. Cifras del ciclo comercial 2023-2026 de la FIFA: su presupuesto revisado proyecta ingresos en torno a los 13.000 millones de dólares para el ciclo, frente a los 6.500 del ciclo anterior. Las entradas se rigen por «precio dinámico»; la localidad más barata del partido inaugural (México–Sudáfrica, en el Estadio Azteca) partía de unos 3.250 dólares, de modo que la media superó con holgura los 2.500. Fuentes: FIFA, presupuesto revisado 2023-2026, y coberturas de prensa especializada (SportsPro, 2026).
Reflexión final

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