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Cuidar lo que no cotiza: el trabajo invisible que sostiene la economía

Juan Carlos Sastre
#Cuidados #AxiologíaFormal #Hartman #ValorIntrínseco #EconomíaFeminista

Durante tres años ayudé a mi madre a cuidar de mi padre. Se le juntaron dos enfermedades: una le fue quitando el movimiento; la otra, la memoria. Al final apenas conservaba unos pocos recuerdos sueltos de su infancia y ya no reconocía a nadie. Se asustaba, se sentía encerrado, nos acusaba de tenerlo retenido contra su voluntad.

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Fue durísimo. No lo voy a maquillar.

Y, aun así, ocurrió algo que no esperaba. Mi padre había sido siempre un hombre que no enseñaba lo que sentía: pasara lo que pasara, todo estaba bien. La enfermedad, que le quitó tanto, me dejó ver por fin su parte más frágil, y me sentí más cerca de él que en toda mi vida, incluso cuando ya no sabía quién era yo. Volveré a esto, porque no es un detalle de paso: es el centro de lo que quiero contarte.

Lo que viví no tiene nada de excepcional, y esa es justo la cuestión. En millones de casas españolas hay alguien sosteniendo una vida que no puede sostenerse sola. Su cara más extrema es la llamada generación sándwich: alrededor de seis millones de personas que cuidan a la vez de hijos pequeños y de mayores dependientes, el 91 % mujeres.1 Un pilar sin el cual el sistema entero se vendría abajo.

Y, sin embargo, para ese sistema, ese trabajo no existe.

Una crisis que no es un accidente

Lo llamamos «crisis de los cuidados», pero la palabra crisis engaña: sugiere algo súbito, una avería pasajera. No lo es. Es el resultado previsible de una economía construida en forma de iceberg, donde solo la punta visible —lo que se produce y se vende— ocupa el centro de las decisiones, y todo lo que la sostiene queda sumergido.

Los números acompañan. España destina en torno al 0,8 % del PIB a la dependencia, frente al 1,7 % de media europea, y cada quince minutos fallece alguien esperando la ayuda que le corresponde.2 Mientras tanto, el 73,6 % de los cuidados familiares recae sobre las mujeres.3

No es que el sistema se haya olvidado de los cuidados. Es que está hecho para no contarlos.

Tres maneras de valer

Para entender por qué, conviene un rodeo breve. Robert S. Hartman no descubrió que las cosas valen de distintas formas —eso ya lo intuía la filosofía—, pero fue quien lo formalizó, lo ordenó y lo hizo medible. Distinguió tres dimensiones del valor.

El valor intrínseco (I) es el de un ser único e irrepetible, valioso por ser quien es. No se compara ni se sustituye: tu madre, tu hija. Se responde a él con presencia, no con cálculo.

El valor extrínseco (E) es el de algo como miembro de una clase: útil, comparable, «bueno como X». Un buen fontanero, un buen coche. Se cambia por otro igual de bueno sin pérdida.

El valor sistémico (S) es el de encajar en una definición o una regla: verdadero o falso, dentro o fuera. La ley, la categoría, la cifra. Una cuenta cuadra o no cuadra. Hartman ordenó estas dimensiones por riqueza: I → E → S, de lo más pleno a lo más esquemático.

El cuidado es la sustancia de lo intrínseco

La persona dependiente —el bebé, el mayor que se apaga— es un lugar de valor intrínseco: insustituible, valiosa al margen de lo que produzca. Y el cuidado es la actividad con la que ese valor se sostiene en pie.

Cuidar no es, en su raíz, prestar un servicio ni ejecutar un protocolo. Es una relación de presencia orientada a alguien concreto, lo que mantiene a esa persona viva como persona y no solo con vida. Hannah Arendt lo habría reconocido como labor: ese trabajo cíclico que sostiene la existencia, que hay que rehacer cada día y que no deja monumento. Por eso resulta invisible para un mundo que solo aprende a mirar lo duradero y lo productivo.

Lo entendí del todo con mi padre. Cuando dejó de reconocerme se cayeron de golpe todas las capas que suelen sostener un vínculo: ya no estaba «mi padre» cumpliendo su papel, ya no había una historia común que él recordara, ya no quedaba nada útil que intercambiar. Y debajo de todo aquello seguía estando él, y seguía estando el lazo. Lo que quedó, cuando se borró el resto, era lo más intrínseco que existe: un ser irrepetible y la relación con él. Por eso, en medio de algo tan duro, hubo también algo luminoso. Esa es la parte que casi nadie cuenta.

Lo que quedó, cuando se borró el resto, era lo más intrínseco que existe: un ser irrepetible y la relación con él.

Esto no significa romantizar. El cuidado tiene también una capa extrínseca: es trabajo real, se hace bien o mal, y puede —y debe— pagarse. Pero su núcleo no es esa capa.

El sistema no invierte el valor: no lo ve

En este blog hemos hablado más de una vez de cómo los sistemas invierten el valor: cuentan a una persona como un número, tratan lo único como si fuera una cosa. Hartman lo llamó transposición. Lo que ocurre con los cuidados es más sutil, y por eso más difícil de combatir: la economía no invierte el cuidado, sencillamente no lo registra.

La razón es técnica y casi inocente. El PIB y el sistema de cuentas nacionales trabajan con una «frontera de producción»: solo cuenta como producción lo que cruza el mercado, lo que se intercambia por dinero. Lo que Marilyn Waring denunció hace casi cuarenta años sigue intacto: lo que queda fuera de caja vale, por definición, cero.

Fíjate en el tipo de criterio. No dice que el cuidado sirva poco; eso sería un juicio extrínseco. Es un criterio sistémico puro: dentro o fuera de la definición. Como el trabajo no pagado nunca cruza el umbral, la cuadrícula no anota poco: no anota nada. Queda fuera de los libros.

Aquí está el punto exacto. Lo sistémico es ciego a lo intrínseco por construcción. La contabilidad no se diseñó para detectar una relación irrepetible, sino transacciones con precio; el vínculo del cuidado nunca fue un objeto que sus ojos pudieran ver. Y lo que no se ve se descarga gratis: el sistema funciona sobre un sustrato que no paga porque ni siquiera sabe nombrarlo.

Lo que no se ve se descarga gratis: el sistema funciona sobre un sustrato que no paga porque ni siquiera sabe nombrarlo.

Lo viví en mi propia piel, y de forma literal. Como las enfermedades de mi padre eran hereditarias, a mí también me hicieron pruebas genéticas para saber si las llevaba. Salí libre. Y ahí está el contraste exacto: había un sistema capaz de leerme hasta el gen y devolverme una respuesta precisa sobre mi propio cuerpo, mientras otro miraba a esa misma persona —yo, cuidando— y no anotaba ni una hora. La diferencia no es que lo sistémico no pueda verte; es qué se diseñó cada cuadrícula para registrar. La del laboratorio incluía mi genoma; la de la economía, solo lo que cruza el mercado.

Conviene ser honesto con el alcance de esta lectura. No afirmo que alguien decidiera un día ignorar los cuidados; describo lo que una convención contable hace cuando la miramos con la lente de Hartman. Como dice la economista Amaia Pérez Orozco, una economía organizada en torno a la acumulación no solo oculta lo que sostiene la vida: tiende a atacarlo. La crisis de los cuidados es el momento en que ese sustrato invisible empieza a agrietarse.

Por qué tiene rostro de mujer

El punto ciego no cae por igual sobre todos. Que el 91 % de la generación sándwich sean mujeres no es casualidad estadística: es la huella de una segunda operación sistémica.

Asignar el cuidado a «la mujer» como atributo —«ellas cuidan, es natural»— convierte una actividad relacional en un rasgo de carácter. Y lo que se da por natural no necesita salario: es, supuestamente, lo que ella es. Así, el sexismo y la invisibilidad se sostienen mutuamente. El cuidado no se ve, en parte, porque se ha adjudicado a una categoría que el sistema ya da por fuera del mercado.

Hacer visible sin aplastar

La respuesta justa empieza por hacer que el cuidado cuente: salarios dignos, derechos laborales, una Ley de Dependencia que funcione, reparto real de la carga. Reconocer, redistribuir, retribuir. Esa es la capa extrínseca, y pesa enormemente.

Pero aquí aparece una trampa axiológica, y es la razón de fondo por la que esto cuesta tanto. Si el único arreglo consiste en arrastrar el cuidado al otro lado de la frontera del mercado para que la cuadrícula por fin lo vea, corremos el riesgo de convertir la relación intrínseca en puro servicio extrínseco: comparable, sustituible, una unidad de producto. Visible, sí; pero aplanado.

Mi posición —y la marco como lo que es, un juicio de valor— es que el reconocimiento tiene que operar en dos planos a la vez. Como E: es trabajo, hay que pagarlo como tal. Como I: es un vínculo con alguien irrepetible que ninguna nómina captura del todo. Aquí esto enlaza directamente con el trabajo sobre el vínculo: el lazo es esa capa intrínseca que sobrevive incluso a un sistema profesionalizado y bien pagado. Un cuidado que solo fuera servicio eficiente habría perdido justo aquello que lo hacía cuidado.

Cierre: lo que tú sí puedes ver

No hace falta reformar las cuentas nacionales esta noche. Pero sí puedes empezar por mirar.

Vuelve a tu propia casa. Alguien sostiene ahí tu valor intrínseco —te alimenta, te escucha, te espera despierto, te carga cuando no puedes— y ningún libro de contabilidad lo registra en ninguna parte. Ponle nombre. Agradécelo. Repártelo.

Y mira también la otra cara. En ese punto ciego del sistema no solo se esconde una injusticia que alguien acaba pagando gratis; se esconde, a veces, lo más valioso que nos pasa. Yo fui a cuidar a mi padre esperando solo dureza, y me encontré además con la conexión más honda de mi vida. Lo que para las cuentas vale cero puede ser, para ti, lo único que de verdad importa.

Fui a cuidar a mi padre esperando solo dureza, y me encontré además con la conexión más honda de mi vida.

Lo que el sistema no sabe ver, tú sí. Y lo que aprendes a ver, puedes empezar a valorarlo como merece.

Referencias

Obras de referencia

  • Robert S. Hartman, The Structure of Value: Foundations of Scientific Axiology (1967; ed. española La estructura del valor, FCE) — formaliza y ordena las tres dimensiones del valor: intrínseca, extrínseca y sistémica.
  • Marilyn Waring, If Women Counted: A New Feminist Economics (1988) — texto fundacional de la economía feminista; muestra cómo la «frontera de producción» de las cuentas nacionales borra el trabajo no remunerado.
  • Amaia Pérez Orozco, Subversión feminista de la economía. Aportes para un debate sobre el conflicto capital-vida (Traficantes de Sueños, 2014) — sitúa la «sostenibilidad de la vida» frente a la lógica de acumulación.
  • Hannah Arendt, La condición humana (1958) — distingue labor, trabajo y acción; el cuidado pertenece a esa labor cíclica que sostiene la vida y no deja monumento.
  • Carol Gilligan, In a Different Voice (1982; ed. española La moral y la teoría) — abre la lectura de la ética del cuidado.
  • Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio (2010) — describe la lógica del rendimiento que no sabe ver el descanso ni el cuidado.

Fuentes

  1. Oxfam Intermón, «El problema de los cuidados: tres crisis, una solución» — generación sándwich: alrededor de 6 millones de personas en España, el 91 % mujeres (consultado en junio de 2026). oxfamintermon.org/es/trabajo-cuidados-crisis-global-desigualdad
  2. Oxfam Intermón, El problema de los cuidados — España destina en torno al 0,8 % del PIB a la dependencia, frente al 1,7 % de media europea; cada quince minutos fallece alguien esperando la ayuda de la Ley de Dependencia (consultado en junio de 2026). oxfamintermon.org/es/trabajo-cuidados-crisis-global-desigualdad
  3. Oxfam Intermón, El problema de los cuidados — el 73,6 % de los cuidados familiares recae sobre las mujeres (consultado en junio de 2026). oxfamintermon.org/es/trabajo-cuidados-crisis-global-desigualdad
Reflexión final

Lo que el sistema no sabe ver, tú sí. Y lo que aprendes a ver, puedes empezar a valorarlo como merece.

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Zoom ilustración: cuidado nocturno junto a la ventana con la ciudad al fondo