Lo he cumplido todo y no siento nada: cuando el problema no es lo que valoras, sino desde dónde
Hay una queja que no encaja en ninguna de las explicaciones de siempre: la de quien no ha fallado en nada. Cumplió el guion entero, sigue cumpliéndolo, y lo que siente al mirarlo es sobre todo lejanía. Este artículo va de una sola cosa: de por qué el sentido depende menos de lo que consigues que del sitio desde el que lo valoras.
La explicación que falta
Cuando alguien dice que su vida va bien y que aun así no siente nada, se le ofrecen explicaciones de repuesto. Que es ingratitud. Que se ha acomodado. Ninguna de las dos aguanta un examen, y el retrato de por qué no lo aguanta —a quién le pasa esto, cuándo aparece y por qué cuesta tanto contarlo sin parecer desagradecido— está hecho en otro artículo de este blog, «El vacío de la vida resuelta». Aquí se da por sabido.
Queda la tercera, que es la que abre la puerta: no sabes lo que quieres. Y es la que peor encaja de todas, porque suele tratarse de gente con un criterio finísimo. Pregúntale cuál de dos ofertas es mejor, qué le falta a un equipo o si un plan se sostiene, y contesta antes de que termines la frase.
Ve bien. Decide bien. Cumple. Y no siente nada.
Hace falta entonces otra clase de explicación. La axiología formal —la ciencia del valor que Robert S. Hartman formalizó a mediados del siglo XX, ordenando y midiendo distinciones que la filosofía llevaba siglos manejando— tiene una que casi nunca se cuenta. No va de cuánto ves. Va de dónde estás puesto.
Tres maneras de valorar, tres distancias
Hartman distinguió tres maneras de valorar cualquier cosa. La sistémica: medir contra una definición, contra la regla, contra el deber ser. La extrínseca: medir dentro de una clase, mejor o peor, más o menos, comparable. Y la intrínseca: no medir contra nada, porque no hay clase con la que comparar.
Hasta aquí, tres criterios. Lo que rara vez se cuenta es lo que escribió después, en el manual de su prueba, y que cambia el asunto entero: esas tres dimensiones indican la distancia a la que está quien valora respecto de lo valorado. Y esa distancia es la que da el tono afectivo que acompaña a la valoración.1
Conviene leerlo despacio, porque es una afirmación fuerte. El sentimiento no sería un añadido que aparece o no según el día. Sería función de la posición.
Hartman nombra los dos extremos. En la valoración intrínseca la distancia es la mínima, «hasta la identificación»: estás dentro de aquello que valoras. En la sistémica es la mayor. Lo extrínseco queda en medio —y ahí lo coloca él mismo unas líneas después, al repartir los papeles de la escena que viene a continuación—: un paso atrás que no es un defecto, sino exactamente lo que hace falta para poder comparar.1
De modo que la pregunta «¿por qué no siento nada?» tiene, dentro de este marco, una respuesta incómodamente simple. Puede que no sientas poco. Puede que estés lejos.
Sentir poco no siempre es una avería del sentimiento. A veces es la consecuencia exacta del sitio desde el que se está mirando.
Cuatro personas en la habitación de un moribundo
Hartman ilustró esa idea con una escena que no es suya, sino de Ortega y Gasset, y que reproduce casi entera en su manual.
Un hombre se está muriendo. Junto a la cama está su mujer. Un médico le toma el pulso. Al fondo hay dos personas más: un periodista, que está allí por trabajo, y un pintor, al que ha traído la casualidad.
Cuatro personas, un mismo acontecimiento, la misma habitación. Y cuatro sucesos distintos, tan distintos —dice Ortega— que apenas tienen nada en común.
Para la mujer la distancia se reduce casi a cero: la escena no le ocurre, la constituye. El médico está dentro, pero con la porción profesional de sí mismo. El periodista observa con vistas a contarlo, y su oficio le exige mantenerse al margen. Y el pintor está, en palabras de Ortega, a cien millas: lo único que ve son luces, sombras y valores de color. Ortega remata que ni siquiera llega a percibir el acontecimiento entero.2
Nadie diría que el pintor ve mal. Ve mejor que los otros tres: distingue matices de color que a los demás se les escapan enteros. Su agudeza es superior y su presencia es nula.
Ahí está la figura completa. La calidad de la vista y la distancia a la que se pone el ojo son dos cosas distintas, y solo la segunda decide cuánto de lo que ocurre en la habitación te ocurre a ti.
Cumplir es, por su forma, una operación a distancia
Ahora júntalo con un guion cumplido.
Un guion —la carrera, la hipoteca, el plazo, el estándar, «lo que se hace a mi edad»— es sistémico por su forma: se cumple o no se cumple, y lo que dice lo dice antes de que tú llegues. Un logro es extrínseco: tiene unidad, cantidad y comparación.
Las dos son maneras legítimas y necesarias de valorar. Nadie sostiene una vida sin reglas ni sin resultados, y quien lo intenta acaba pidiéndoselas prestadas a alguien. Pero las dos son, según la distinción de arriba, las dos distancias largas.
Se pueden pasar veinte años valorando con enorme precisión —eligiendo bien, cumpliendo bien, decidiendo bien— y hacerlo casi siempre desde el sitio del periodista y del pintor. Presente en la habitación. Bien situado para contar la escena. Fuera de ella.
Y aquí está lo que retrasa tanto el diagnóstico: desde dentro, esa posición no se vive como una posición. Se vive como madurez. Como criterio. Como no dejarse llevar.
Conviene no confundirlo con algo que se le parece mucho. Hay un patrón vecino en el que lo que falla es el suelo: un «Ser» interno que ha dejado de sostener al «Hacer» y al «Pensar», de modo que cuando una meta se desvanece no queda nada debajo y el golpe lo arrastra todo. De eso trata «Cuando el éxito pierde su sentido». Aquí el suelo puede estar perfectamente firme. Lo que está lejos es el sitio desde el que se mira.
Fabricar el sentido a mano
Hartman describió qué ocurre cuando las tres dimensiones dejan de guardar proporción, cuando una se infla y las otras se encogen. Lo llamó, siguiendo la analogía óptica que recorre todo su manual, astigmatismo axiológico: la vista puede ser buena y el enfoque, malo.
Y escribió esto: cuando el desenfoque es alto, el significado tiene que producirse de manera artificial, porque hace que el mundo y sus situaciones aparezcan axiológicamente borrosos.3
«Producirse de manera artificial» describe con bastante exactitud lo que hace mucha gente al terminar una lista: empezar otra. No por avaricia. Porque mientras queda algo pendiente, lo pendiente hace de sentido — y funciona, mientras dura.
Hartman fue más lejos y describió las salidas típicas. La persona escapa de esa irrealidad hacia un mundo de fabricación propia, y el mundo que fabrica lleva la marca de su desenfoque: romántico si lo inflado es lo intrínseco, materialista si lo extrínseco, dogmático si lo sistémico.3
Por eso tachar la última línea de la lista se parece tanto a que se apague una luz: no se ha perdido nada, se ha acabado el préstamo.
Hace falta buena vista para que esto duela
Queda la pregunta que trae casi todo el mundo a esta conversación: ¿y por qué a mí, que hago las cosas bien, y no al de al lado, que las hace peor?
La respuesta del manual es contraintuitiva. Un desenfoque entre las dimensiones no produce por sí solo angustia existencial. La produce cuando la persona es lo bastante sensible como para notar el desplazamiento; y cuanto más fina es su capacidad de distinguir, más acusa la desproporción y mayor es el malestar.4
Es decir: el malestar no prueba que veas mal. Prueba que ves lo suficiente como para registrar que algo no está donde debería.
Quien distingue con menos finura puede tener el marco igual de torcido y no enterarse. Vive más tranquilo. También vive más lejos.
Esto no convierte el malestar en un mérito, y menos aún en un lujo de gente resuelta. Solo lo saca del registro en el que suele leerse —el de la avería, el de la ingratitud, el del capricho— y lo devuelve al que le corresponde, que es el de un aviso.
El nombre que esto ya tenía
Hay un detalle que sorprende a quien conoce las dos tradiciones por separado.
En ese mismo manual, al describir esta clase de angustia, Hartman escribe que puede no tener origen emocional: puede ser noógena, en el sentido de Viktor Frankl, y nacer del vacío existencial de la persona. Y añade la frase que ata los dos mundos: una de las razones de ese vacío puede ser el astigmatismo axiológico.5
No es un guiño de cortesía. Unas páginas después sostiene que, cuando el caso es puramente existencial, el alivio no vendrá de la psicoterapia, sino de la logoterapia en el sentido de Frankl. Y al describir el uso de su prueba con personas sanas que solo quieren revisar y reordenar lo que valoran, lo llamó axioterapia y remitió, en la nota correspondiente, a tres obras de Frankl.5
Dos hombres que llegaron por caminos opuestos —uno desde un campo de exterminio, el otro desde la lógica del valor— coincidieron en algo muy concreto: hay una clase de malestar que no se cura tratando el ánimo, porque no vive ahí.
Qué se puede hacer con esto
Aquí no hay un «cambia de vida», que además sería mal consejo. Casi nadie necesita tirar lo que ha construido, y quien lo tira por este motivo suele reconstruir lo mismo un poco más lejos.
Lo que sí se puede hacer es más pequeño. La próxima vez que estés dentro de algo que te importa —una conversación con tu hija, una comida con quien quieres, un trabajo que hace años elegiste—, hazte una sola pregunta, y que no sea sobre el contenido: ¿estoy en esto, o lo estoy administrando?
Administrar no es un delito. Es una distancia, y la mayor parte del tiempo hace falta. El problema empieza cuando es la única que uno sabe ocupar.
Un perfil de valores no contesta esa pregunta por ti, y conviene decirlo porque se espera lo contrario. No dice qué hacer con tu vida, no diagnostica y no reparte etiquetas: una misma configuración puede leerse como espontaneidad, como rebeldía o como algo que conviene mirar despacio, y sin una conversación detrás no se cierra ninguna de las tres.6
Lo que sí hace es enseñar desde fuera la forma de un marco que desde dentro no se ve: hacia dónde se te va la mirada, qué dimensión se te ha ensanchado a costa de las otras y si tu manera de valorar es igual de fina cuando se dirige al mundo que cuando se dirige a ti.
Eso no da sentido. Da algo más modesto y bastante más útil: la posibilidad de acercarse a propósito, en vez de esperar a que la vida te acerque a empujones.
Referencias
Obras de referencia
- Robert S. Hartman, The Hartman Value Profile: Manual of Interpretation (Robert S. Hartman Institute, 2.ª ed., 2006) — las dimensiones del valor como distancias del que valora, el astigmatismo axiológico y su relación con el vacío existencial.
- Robert S. Hartman, La estructura del valor: fundamentos de la axiología (FCE, 1959) — el axioma del valor y la formalización de las tres dimensiones.
- José Ortega y Gasset, La deshumanización del arte (1925) — la escena del moribundo y la «distancia emocional» entre cada espectador y el acontecimiento; Hartman la cita por la edición de Princeton, 1948.
- Viktor E. Frankl, El hombre en busca de sentido — el vacío existencial y la logoterapia, a los que Hartman remite dentro de su propio manual.
- Mariano Cruz Zamora, Manual para la interpretación clínica del Perfil de Valores Hartman: en la versión de Alfonso Castro Asomoza (2015) — la lectura clínica en español de las tres dimensiones.
Fuentes
- ↩ Manual of Interpretation, §8.5.1.4 (p. 237): «Hay un espacio axiológico, solo que no tiene las dimensiones geométricas sino las axiológicas. Estas dimensiones indican, precisamente, la distancia del que valora respecto del objeto valorado. Esta distancia nos da el tono afectivo que acompaña a la valoración. Que estemos máximamente involucrados en el valor intrínseco y mínimamente en el sistémico significa, precisamente, que en la valoración intrínseca la distancia entre el que valora y el objeto valorado es la menor, hasta la identificación, mientras que en la valoración sistémica es la mayor». Traducción propia; «distancia» y «tono afectivo» (feeling tone) van subrayados en el original. Hartman enuncia ahí solo los dos extremos: la posición intermedia de lo extrínseco no está dicha con esas palabras, sino que se sigue del reparto que él mismo hace acto seguido de los cuatro puntos de vista de Ortega, donde el periodista es «extrínseco-sistémico» y está «muy lejos» del suceso, pero no tanto como el pintor, «puramente sistémico». En el cuerpo se presenta así, y no como cita literal. Las tres dimensiones tampoco las descubrió Hartman: venían de la tradición filosófica, y lo que él hizo fue formalizarlas, ordenarlas y hacerlas medibles (La estructura del valor, 1959).
- ↩ Hartman reproduce la escena en §8.5.1.4 (pp. 237-238) citando a José Ortega y Gasset, The Dehumanization of Art and Notes on the Novel (Princeton, 1948), pp. 14-19 — el ensayo publicado en español en 1925 como La deshumanización del arte. Las expresiones entrecomilladas en el cuerpo («a cien millas», los «valores de color») proceden de la versión que Hartman transcribe; el resto es paráfrasis. Ortega mide los cuatro puntos de vista por «la distancia emocional entre cada persona y el acontecimiento que todos presencian», y Hartman anota que esa medida coincide con la jerarquía de la axiología formal.
- ↩ Manual of Interpretation, §8.5.1.3.2: «el significado tiene que producirse de manera artificial, pues el astigmatismo hace que el mundo y sus situaciones aparezcan axiológicamente borrosos», y en el mismo apartado: «igual que en el astigmatismo óptico la visión puede ser buena y el enfoque malo, en el astigmatismo axiológico la visión de valor, esto es, la diferenciación, puede ser buena y el enfoque de las dimensiones malo». Las salidas típicas, en el segundo de los dos apartados que el manual numera ambos como §8.5.1.6 (p. 238): «la persona escapa entonces de la irrealidad de su astigmatismo a la pseudorrealidad de la imaginación y crea su mundo según su clase particular de astigmatismo: romántico cuando es intrínseco, materialista cuando es extrínseco, dogmático cuando es sistémico». Traducciones propias; la duplicación del número es del original. La figura del astigmatismo axiológico se explica con detalle en otro artículo de este blog; lo que aquí se añade es lo que ocurre con el sentido cuando aparece.
- ↩ Manual of Interpretation, §§8.5.1.6-8.5.1.7 (pp. 238-239). El manual señala que la desproporción entre dimensiones indica «una vaga sensación de irrealidad, insatisfacción o depresión ocasional, y todo ello sin razón objetiva» cuando la agudeza valorativa es buena, y que «cuanto mayor es la sensibilidad valorativa de la persona, mayor es su incomodidad por el astigmatismo axiológico»; y precisa que una desproporción alta «no significa por sí misma angustia existencial, sino solo si es alta en relación con» la agudeza, «esto es, si la persona es lo bastante sensible como para sentir el desplazamiento existencial». Traducciones propias. Este blog no publica las siglas de los índices, sus fórmulas ni sus escalas: la prueba se contesta ordenando frases, y conocer de antemano qué se calcula sobre ese orden cambia la manera de ordenarlo.
- ↩ Manual of Interpretation, §8.5.1.1: ciertas angustias «pueden ser también noógenas, como ha mostrado Frankl, y surgir del vacío existencial de la persona. Una razón de tal vacío puede ser el astigmatismo axiológico». Y, al cierre del segundo de los dos apartados numerados §8.5.1.6 (p. 238): «si son casos puramente existenciales, el alivio no puede venir de la psicoterapia, sino solo de la logoterapia en el sentido de Frankl». Y §3.1.5 (p. 43), sobre el uso de la prueba con quien no necesita psicoterapia «y sin embargo desea un nuevo significado para su vida»: Hartman llama a ese proceso axioterapia y remite en su nota 13 a tres obras de Frankl (The Doctor and the Soul, Knopf, 1957, cap. I; Das Menschenbild der Seelenheilkunde, Hippokrates, Stuttgart, 1959; y From Death-Camp to Existentialism, Beacon, 1959, segunda parte). Traducciones propias.
- ↩ Manual of Interpretation, §8.4.3. El manual describe el caso de quien tiene «una visión de valor muy aguda» y a la vez unas pocas desviaciones que le hacen tomar, «casi deliberadamente», por disvalor lo que es valor y al revés; y concluye que tales rasgos «han de tomarse como signo de espontaneidad, excentricidad, capricho, rebeldía o afectación». Traducción propia. El mismo hallazgo admite, por tanto, lecturas muy distintas: es la razón de que un perfil no se interprete a solas ni sirva como diagnóstico.
El sentido no se consigue, como se consiguen las líneas de una lista. Se acerca. Y cualquier cosa que de verdad te importe va a pedirte lo mismo: dejar de mirarla desde la puerta.