Nadie preside un círculo: la geometría del valor igual
Varias personas se cogen de la mano y forman un círculo. Ninguna ocupa la cabecera; cada una tiene a alguien a su derecha y a su izquierda. La forma se mantiene porque todas están ahí. Antes de que nadie diga nada, sus cuerpos ya han hecho una propuesta: mirarse a la cara y sostener juntos un espacio que no pertenece a ninguno.
Practico biodanza, y en sus sesiones el círculo es esencial. Me he cogido muchas veces de las manos con otras personas y he mirado hacia el centro con ellas. Esa experiencia me hizo preguntarme qué ofrece la forma por sí sola y qué depende de cómo nos tratamos dentro de ella.
Tres maneras de estar juntos
La axiología formal distingue tres maneras de valorar la misma cosa: por su definición, por su comparación con las otras de su clase, y por lo que la hace única. Sistémica, extrínseca e intrínseca. No son grados de una escala, son operaciones distintas.1
Las formas sociales hacen visibles esas diferencias. Un mismo grupo puede organizarse de tres maneras y cambiar con ello lo que espera de cada persona.
La pirámide ordena por rango. Una persona arriba, otras debajo. Tu sitio no depende de lo que hagas hoy, sino de la casilla que ocupas en un organigrama, y una casilla es una definición: eres el director o no lo eres.
La posición más alta no pertenece a quien la ocupa, sino a su cargo. La persona se va y el lugar sigue esperando a otra.
La fila ordena por turno. Es la geometría de lo comparable: primero, segundo, tercero, una serie que se cuenta y en la que se puede mejorar de puesto llegando antes o puntuando más alto.
Es más justa que la pirámide, y por eso la inventamos. Pero fíjate en cómo lo consigue: es justa porque hace irrelevante quién eres. Ahí están juntas su virtud y su límite. En una fila eres un caso de una clase, y la prueba es que otro cuerpo puede guardarte el sitio sin que la fila se entere.
El círculo reúne sin asignar puestos. Las personas se cogen de la mano. Cada una recibe una mano y ofrece la otra; ninguna cierra la ronda por sí sola. No hay cabecera porque no hay esquinas, ni una primera persona porque cualquiera puede ser el principio. El rango y el turno dejan de estar dibujados en la forma.
Lo que queda, cuando quitas el rango y el orden, es quién está. Cada mano pertenece a alguien irrepetible. La geometría permite ver esa presencia; reconocer su valor sigue siendo tarea de quienes forman la ronda.
En la ronda nadie sostiene a todos. Cada persona sostiene a dos y, a la vez, es sostenida.
El centro vacío
Cuando las personas cierran la ronda, todas miran hacia un espacio compartido. El centro queda vacío: ninguna de ellas tiene que ocuparlo para que las demás sepan dónde mirar. Si alguien se sitúa allí para dirigirlas, la atención cambia de dirección. Las manos pueden seguir unidas, pero la relación ya no es la misma.
Los griegos tenían una expresión para esto. Poner algo es meson, «en medio», significaba ponerlo en común: el botín que se deja en el centro para repartirlo, la palabra que se deposita ahí para que sea de todos. Vernant mostró que «en medio» y «en común» funcionaban como sinónimos, y que la ciudad igualitaria se pensó con la figura de un centro rodeado de puntos equidistantes.2
La imagen de las manos unidas añade algo a esa idea: lo común no flota por encima del grupo. Existe mientras las personas mantienen la relación entre ellas. Nadie puede apropiarse del centro; tampoco puede sustituir las manos de los demás.
Un centro vacío no es un centro que falte: es el único que no puede pertenecer a nadie.
Una mano recibe, la otra ofrece
Cogerse de la mano introduce una diferencia respecto a sentarse en corro. Hay contacto. Si una persona aprieta demasiado, las dos que tiene al lado lo notan. Si afloja, también. La relación deja de ser una idea sobre la igualdad y se vuelve un gesto que pide atención.
Ese gesto no reparte una emoción idéntica. Alguien llega alegre, alguien está distraído, alguien preferiría guardar distancia. El círculo no borra esas diferencias: las pone juntas sin ordenar a las personas de mejor a peor. Nadie necesita sentir lo mismo que los demás para estar ahí.
Y nadie debe tener que dar la mano para demostrar que pertenece. El contacto solo expresa encuentro cuando puede aceptarse o rechazarse. Una persona puede formar parte del círculo dejando un pequeño espacio entre su cuerpo y los otros. La igualdad incluye esa decisión.
La igualdad también se cuida
Un círculo de manos puede expresar una voluntad sincera de encuentro. La forma ayuda: retira la cabecera, permite verse las caras y deja el centro libre. Lo que ocurra después depende de cómo se traten quienes están en él.
Jo Freeman observó que incluso los grupos que aspiran a la horizontalidad desarrollan formas de influencia informal. Las amistades, la confianza y los hábitos de conversación pueden dar más peso a unas voces que a otras. Hacer visibles esas dinámicas abre la posibilidad de hablar de ellas y corregirlas.3
En una ronda, esa atención se concreta en preguntas sencillas: quién toma la palabra con facilidad, a quién se escucha cuando interviene, si alguien siente que puede discrepar o apartarse sin dejar de pertenecer. Son preguntas que ayudan al gesto a estar a la altura de lo que promete.
La forma ofrece una ocasión para mirar mejor a quienes están dentro. Si una voz queda fuera o una costumbre pesa demasiado, el grupo puede darse cuenta y cambiar su manera de estar junto.
La forma abre un lugar común; la atención a cada persona lo mantiene abierto.
Qué nos ofrece la ronda
Tres cosas concretas, visibles incluso antes de que alguien hable.
Devuelve las caras. Cada persona puede mirar a las otras y dejarse ver. En filas hacia el frente, la mayoría está presente como cuerpo pero no como rostro.
Acerca la palabra. No la reparte —eso acabamos de verlo—, pero rebaja su precio de entrada. Quien habla se dirige a otras caras, no a una espalda colectiva. Escuchar también exige sostener la mirada de alguien.
Hace visible el vínculo. Para saber que el círculo está completo basta seguir la línea de brazos y manos. Pero la línea no dice si alguien fue acogido: eso se averigua escuchando a quienes la forman y respetando a quien prefiere no tocar.
Todo esto nos ha llevado de la forma a las personas: de cómo se colocan a cómo se escuchan, se sostienen y pueden apartarse. Hemos seguido llamando círculo a esa forma, mientras que para el encuentro entre quienes la componen hemos usado otra palabra: ronda. Esa diferencia merece una última mirada.
La ronda no es un círculo
Cuando Hartman necesitó un ejemplo de lo sistémico —de lo que es o no es, sin grados— eligió precisamente el círculo geométrico. Una curva plana cerrada equidistante de un centro: si le falta una sola de esas propiedades, no es un círculo malo, es que no es un círculo. Los círculos, escribió, no pueden ser buenos ni malos; solo pueden ser o no ser.4
Una ronda de personas no es eso. Nunca sale redonda: alguien se adelanta un paso, otra persona se aparta un poco, dos manos se separan por un momento. Medida como círculo, es un círculo pésimo. Y puede ser un buen encuentro.
Ahí está la diferencia entre las dos maneras de valorar: lo sistémico exige cumplir la definición entera o no ser nada, y lo intrínseco no tiene ninguna definición que cumplir. Solo tiene presencias, y una presencia no admite grados.
La ronda, entonces, no es un círculo. Es lo que un círculo no puede permitirse ser: imperfecta y buena.
La próxima vez que veas a un grupo cogerse de la mano en círculo, mira algo más que la figura: quién puede hablar, quién puede soltar la mano y quién sigue contando cuando se aparta. Ahí se decide si la igualdad que promete la ronda llega a las personas.
Referencias
Obras de referencia
- Robert S. Hartman, La estructura del valor: fundamentos de la axiología científica (1959) — las tres dimensiones del valor y el valor sistémico como valor de la perfección.
- Robert S. Hartman, Freedom to Live: The Robert Hartman Story (edición de Arthur R. Ellis, 1994) — el círculo geométrico como ejemplo de concepto sintético.
- Jean-Pierre Vernant, Les origines de la pensée grecque (Presses Universitaires de France, 1962) — el espacio circular, el centro común y la isonomía.
- Jo Freeman, «The Tyranny of Structurelessness» (1970; The Second Wave, 1972) — las élites informales de los grupos sin estructura formal.
Fuentes
- ↩ Conviene precisar la atribución: Hartman no descubrió las tres maneras de valorar —venían de la tradición filosófica—, sino que las formalizó, las ordenó y construyó un instrumento para medirlas. En su formulación, el valor sistémico es el cumplimiento de un concepto sintético, construido por la mente y con un número finito de propiedades; el extrínseco, el de un concepto analítico, cuyas propiedades son enumerables; y el intrínseco, el de un concepto singular, cuyas propiedades no lo son. Fuentes: Hartman, La estructura del valor (1959); Freedom to Live (ed. Ellis, 1994), capítulo «What Is Good?».
- ↩ Vernant sostiene que las expresiones es meson y en mesōi («en medio») funcionan como sinónimas de es koinon («en común»): depositar algo en el centro es pasarlo al dominio público. Y traza la analogía entre la representación presocrática del universo —señaladamente la de Anaximandro— y la ciudad concebida según el esquema igualitario de la isonomía: en ambos casos, la figura de un centro rodeado de puntos equidistantes. Fuentes: Jean-Pierre Vernant, Les origines de la pensée grecque (PUF, 1962); para la discusión posterior del par es meson / es koinon, «Two Forms of the Common in Ancient Greece», Annales HSS, 2014. La aplicación a personas cogidas de la mano es una interpretación de este artículo: Vernant habla de espacio político, no de contacto físico.
- ↩ Jo Freeman, «The Tyranny of Structurelessness». Primera versión como charla, en mayo de 1970, en una conferencia convocada por la Southern Female Rights Union en Beulah (Misisipi); primera publicación formal en The Second Wave, vol. 2, n.º 1 (1972). Freeman define las élites como grupos pequeños con poder sobre un grupo mayor del que forman parte, normalmente sin responsabilidad directa ante él y a menudo sin su conocimiento ni su consentimiento. El texto es una crítica interna al movimiento feminista de su época, no un alegato contra la horizontalidad: su tesis es que la estructura informal existe siempre y que solo la formalizada puede pedirse cuentas.
- ↩ En Freedom to Live, Hartman usa el círculo geométrico como ejemplo de concepto sintético: definido como una curva plana cerrada equidistante de un centro, con tal precisión que si a una curva le falta una sola de esas propiedades no es un círculo malo, sencillamente no es un círculo; y añade que por la misma razón no hay electrones malos ni raíces cuadradas de menos uno malas. En La estructura del valor la formulación es: «Los círculos geométricos, los triángulos, los electrones, los números y cosas similares —cosas sistémicas— no pueden como tales ser buenos ni malos. Sólo pueden ser o no ser tales cosas […] El valor sistémico es el valor de la Perfección». Fuentes: Hartman, Freedom to Live (ed. Ellis, 1994), capítulo «What Is Good?»; La estructura del valor (1959).
La pirámide te coloca por rango; la fila, por turno. En un círculo de manos, tu sitio se forma entre otras dos personas. La figura promete igualdad; el trato que recibe cada cual decide si esa promesa se cumple.