Lo que dice un abrazo y no dice ninguna frase: la piel como órgano del valor
A alguien a quien quieres acaba de pasarle algo muy grave. Buscas la frase. No la encuentras, porque no existe: todo lo que se te ocurre suena a folleto. Y entonces te acercas y lo abrazas, y algo aterriza. No has explicado nada, no has consolado nada, no has resuelto nada. Pero has dicho lo único que había que decir, en el único idioma capaz de decirlo.
El idioma que no atribuye nada
Toda frase que digas sobre alguien le atribuye algo. «Eres fuerte» le atribuye una cualidad; «vas a salir de esta», un futuro; «eres muy importante para mí», una posición en una lista. Y atribuir es, inevitablemente, comparar, clasificar, medir.
Un abrazo no atribuye nada. No dice que seas bueno en algo ni bueno para algo: no tiene sujeto y predicado. Por eso no se puede discutir, y por eso tampoco se puede fingir del todo.
Hartman describió este callejón con un ejemplo que no tiene nada que ver con abrazos y lo explica entero. Tres frases sobre el dolor: «me duele»; «a esos dos les duele, pero a ella más»; «el paciente de la 18 tiene un dolor reflejo en el esternocleidomastoideo». La palabra es la misma y significa tres cosas distintas.1
La tercera es sistémica: un dato colocado dentro de una red de relaciones. La segunda es extrínseca: compara dos dolores como miembros de una misma clase. Y la primera es intrínseca, y por eso, dice Hartman, es un lenguaje privado: nadie entenderá esas palabras a menos que sufra ese mismo dolor, cosa que no ocurrirá nunca, porque es otra persona.
Ahí está el atasco de cualquier consuelo. Lo que le pasa a quien sufre está dicho en un idioma que no tiene traducción, y todo lo que tú puedes ofrecerle está dicho en los otros dos.
El tacto es lo que tenemos en lugar de una solución. No traduce el dolor ajeno: pone un cuerpo al lado de otro y no le pide que se explique. Por eso el abrazo funciona y la frase no. No es que la frase esté mal elegida. Es que es una frase.
Consolar con palabras es intentar traducir un idioma que no tiene diccionario. Tocar es dejar de intentarlo.
Dos sistemas en la misma piel
La piel no tiene un sentido del tacto. Tiene dos, y están anatómicamente separados.
El primero informa. Fibras gruesas y rápidas que suben a la corteza somatosensorial y te dicen qué, dónde, cuánto y con qué textura. Es el tacto que te permite encontrar las llaves en el bolso a oscuras. Es exacto, es útil, y no siente nada.
El segundo no informa de nada. Son fibras finas y lentas, sin mielina, que solo están en la piel con vello y que responden al máximo ante un roce suave a velocidad de caricia —ni rápido ni lentísimo, la velocidad exacta a la que una mano recorre un brazo—. Y no van a la corteza somatosensorial: van a la ínsula, una región asociada al procesamiento emocional del propio cuerpo.2
Que sean dos rutas y no una se vio con claridad en el caso de una paciente que había perdido las fibras gruesas y conservaba las finas. No podía decir qué la estaba tocando. Y cuando le pasaban un pincel suave por el antebrazo, sentía algo tenue y agradable.3
El canal que informa se había apagado. El canal que valora seguía encendido.
Conviene decir enseguida lo que esto no demuestra. La neuroanatomía no valida una lógica del valor: usar el cerebro como aval de una tesis filosófica es un truco viejo y malo. Lo que sí queda establecido es más modesto y basta: el tacto que valora no es un adorno del tacto que informa, sino otra vía, con sus propias fibras y su propio destino, capaz de funcionar cuando la otra ha dejado de hacerlo.
El primer juicio de valor de una vida
El tacto es el primer sentido que se desarrolla. Empieza a funcionar alrededor de la octava semana de gestación, primero en la zona de alrededor de la boca, y va extendiéndose hasta cubrir casi todo el cuerpo antes de nacer. La piel y el sistema nervioso salen, además, de la misma hoja embrionaria.4
Un recién nacido no puede descifrar una frase. Todo el valor que va a recibir en sus primeras semanas tiene que entrar por la piel. Y entra.
En noviembre de 2022 la Organización Mundial de la Salud cambió una recomendación que llevaba décadas vigente: el contacto piel con piel con la madre o el cuidador debe empezar inmediatamente después del parto, sin el periodo previo de estabilización en incubadora que se daba por bueno. El cambio se apoyó en un ensayo en cinco países que encontró una reducción sustancial de la mortalidad neonatal en bebés de bajo peso.5
Eso no dice que los abrazos curen. Dice algo más sobrio y más incómodo: que el contacto no es un suplemento afectivo añadido a los cuidados físicos. Es uno de ellos.
En la misma dirección apuntan los monos de Harlow, que preferían pasar el tiempo agarrados a una figura de felpa que no daba comida antes que a una de alambre que sí la daba. Hoy esos experimentos serían éticamente indefendibles, y hay que decirlo mientras se usa el resultado: el contacto no era el precio que la cría pagaba por la comida, era lo que buscaba.6
Lo que se le dice a un bebé sosteniéndolo no es una información y tampoco es un juicio: no le atribuye nada, ni siquiera algo bueno. Es una afirmación que no se deja formular —que estés aquí está bien— y llega puntualmente antes de que exista el lenguaje al que traducirla.
Las tres maneras de tocar
El mismo gesto físico —una mano en un hombro— puede ser tres cosas distintas. La axiología formal distingue tres maneras de valorar, y las tres se pueden hacer con las manos.
Extrínseca: el contacto que sirve. La fisioterapia que devuelve un rango de movimiento, el masaje que descarga una contractura, la palmada que anima antes de salir a jugar. Es contacto que se valora por el resultado que consigue: comparable, graduable, mejorable, comprable y sustituible. No es una forma menor: un buen fisioterapeuta es muy bueno en algo que vale dinero, y quien lo confunde con un fracaso moral no ha entendido nada.
Sistémica: el contacto como regla. Los dos besos que se esperan al llegar, la mano que se da al presentarse, el abrazo de la foto institucional, el saludo que se hace porque lo pide una ceremonia, un cargo o una costumbre. No se valora por lo que logra, sino por si encaja en la regla: se hace como corresponde o no. Tampoco es despreciable, pero no dice por sí solo nada sobre quién tienes delante.
Intrínseca: el contacto que no va a ninguna parte. No arregla nada, no mide nada, no lleva a nada. Es el único de los tres que no tiene un «para».
Y aquí está lo importante: la dimensión no está en el movimiento. Dos auxiliares hacen el mismo aseo, con la misma técnica, en los mismos siete minutos que marca el turno. Una está lavando un cuerpo. La otra está con una persona mientras la lava. Desde fuera no se distingue. Quien está siendo lavado sabe perfectamente cuál de las dos le tocó.
En la tradición clínica del perfil que trabajo hay una frase de Alfonso Castro que lo resume mejor que cualquier definición: cuando bañas a un bebé no lo lavas, estás con él; el propósito no es que quede limpio, sino la nutrición del contacto.7
Lo intrínseco no se añade a lo que haces: es la manera de hacer exactamente lo mismo.
El consentimiento no es el trámite previo
La lectura corriente del consentimiento lo coloca fuera del contacto: una puerta legal que hay que cruzar antes de tocar. Bajo esa lectura el consentimiento es sistémico —una norma que se cumple— y produce exactamente la sensación de la que todo el mundo se queja: la de haber metido un formulario dentro de la intimidad.
Axiológicamente es al revés. Valorar intrínsecamente es valorar a alguien único, y alguien único tiene su propio sí y su propio no. Un contacto que no pasa por ellos no está tratando con una persona singular: está tratando con un cuerpo, es decir, con un objeto disponible que tiene ciertas propiedades. Eso ya no es la dimensión intrínseca, es la extrínseca, y aplicada a una persona se llama instrumentalizar.
Por eso lo primero que ocurre en un contacto no consentido no es que se incumpla una norma: es que se trata a alguien en una dimensión inferior a la que le corresponde. La norma llegó después, y hace falta —pone consecuencias donde antes solo había daño—, pero nombra un mal que ya estaba entero antes de que hubiera nada escrito.
Y de ahí sale la prueba que de verdad discrimina. Consentir no es «no haber dicho que no». Es que el no estuviera disponible. Si el no no podía decirse —porque el otro tiene poder sobre ti, porque estabas dormido, porque eres un niño y te lo han pedido delante de toda la familia, porque negarte te habría costado algo— entonces no hubo un sí flojo. No hubo sí.
Un sí que no podía haber sido no nunca fue un sí.
Esto pone bajo sospecha justo los contactos que la costumbre da por inocentes: el abrazo del jefe, el del terapeuta, el del profesor, el «dale un beso al tío» de la comida de Navidad. Obligar a un niño a besar no le produce un trauma; le da una clase. Y la clase es muy precisa: que el no de su cuerpo no cuenta cuando hay público delante. Diez años después le pediremos que sepa poner límites y nos extrañará que no sepa.
El consentimiento tampoco es una firma: es un estado que dura lo que dura. Se puede retirar a mitad. Un abrazo termina cuando el otro se suelta, no cuando tú has terminado.
El cuidado es la otra condición, y es distinta
El consentimiento decide si el contacto es posible. El cuidado decide si el contacto es bueno. No son lo mismo y no se sustituyen.
Un abrazo puede estar plenamente consentido y ser, aun así, un abrazo para el que abraza: el que dura de más, el que aprieta más de lo que el otro puede sostener, el que necesita que el otro lo reciba para que quien lo da se quede tranquilo. Eso no es cuidado. Es uso con permiso.
Cuidar, en el contacto, significa seguir atento al estado del otro durante el acto: cuánto, cuánto tiempo, cuándo parar. Es lo que convierte el tacto en una forma de atención y no en una forma de expresión. La diferencia está en la dirección: la expresión va de dentro hacia fuera y necesita un receptor; la atención va hacia el otro y no necesita nada.
Hartman escribió que la compasión es la piedra de toque de la moralidad, y una piedra de toque es literalmente aquella sobre la que se frota el oro para comprobar su ley.8 Es una buena descripción de lo que pasa cuando alguien te toca: en un segundo, y sin que se pueda disimular, queda comprobado de qué está hecho el gesto.
No hace falta que sepas qué decir; casi nunca hay nada que decir. Lo que hay delante es un cuerpo esperando que alguien le confirme, sin argumentos, que estar aquí está bien. Eso sí sabes hacerlo. Lo sabías antes de saber hablar.
Referencias
Obras de referencia
- Robert S. Hartman, La estructura del valor: fundamentos de la axiología científica (1959) — las tres dimensiones del valor y los tres lenguajes del dolor.
- Robert S. Hartman, Freedom to Live: The Robert Hartman Story (edición de Arthur R. Ellis, 1994) — la compasión como piedra de toque de la moralidad.
- Mariano Cruz Zamora, Manual para la interpretación clínica del Perfil de Valores Hartman: en la versión de Alfonso Castro Asomoza (2015) — la nutrición del contacto y el «de mí conmigo».
- Ashley Montagu, Touching: The Human Significance of the Skin (Columbia University Press, 1971) — el estudio fundacional sobre la piel y el desarrollo del comportamiento.
- Francis McGlone, Johan Wessberg y Håkan Olausson, «Discriminative and Affective Touch: Sensing and Feeling», Neuron, 82(4), 2014 — la revisión de referencia sobre los dos sistemas del tacto.
Fuentes
- ↩ El ejemplo de Hartman es literal: «Tengo dolor», «Ellos dos tienen dolor, pero ella más que él» y «El paciente en el n.º 18 tiene un dolor reflejo en el esternocleidomastoideo». El primero es un (des)valor intrínseco, el segundo extrínseco y el tercero sistémico. Sobre el primero escribe que nadie entenderá esas palabras a menos que sufra el mismo dolor, «lo cual nunca sucederá, puesto que es otra persona», y añade que el lenguaje privado que Wittgenstein consideró imposible es precisamente el del valor intrínseco. Conviene precisar la atribución: Hartman no descubrió las tres maneras de valorar —venían de la tradición filosófica—, sino que las formalizó, las ordenó y construyó un instrumento para medirlas. Fuente: Hartman, La estructura del valor (1959), capítulo sobre la jerarquía de los valores.
- ↩ Las fibras del segundo sistema se conocen como aferentes táctiles C (CT): mecanorreceptores de umbral bajo, sin mielina, presentes en la piel con vello y no en la glabra. En el trabajo de Löken y colaboradores respondieron con máxima intensidad a velocidades intermedias de roce —entre 1 y 10 cm/s—, que fueron también las que los participantes calificaron como más agradables, con una relación en forma de U invertida respecto a la velocidad. Fuentes: L. S. Löken, J. Wessberg, I. Morrison, F. McGlone y H. Olausson, «Coding of pleasant touch by unmyelinated afferents in humans», Nature Neuroscience, 12(5), 2009, pp. 547-548; F. McGlone, J. Wessberg y H. Olausson, «Discriminative and Affective Touch: Sensing and Feeling», Neuron, 82(4), 2014, pp. 737-755.
- ↩ El caso es el de la paciente identificada como G. L., que había perdido las aferencias mielinizadas de gran diámetro y conservaba las fibras finas. El roce suave con pincel en piel con vello producía una sensación tenue y agradable, y la resonancia magnética funcional mostró activación de la región insular, no de las áreas somatosensoriales S1 y S2. Los autores lo describen como un sistema de «tacto límbico». Fuente: H. Olausson, Y. Lamarre, H. Backlund et al., «Unmyelinated tactile afferents signal touch and project to insular cortex», Nature Neuroscience, 5, 2002, pp. 900-904. La lectura axiológica que hago aquí —dos rutas, una que informa y otra que valora— es una analogía, no una demostración: la anatomía no prueba una tesis sobre la estructura lógica del valor, y presentarla así sería el mismo error que este artículo critica en otras partes.
- ↩ La sensibilidad táctil aparece hacia la octava semana de gestación en la región perioral y se extiende progresivamente hasta cubrir casi todo el cuerpo hacia la semana 32. La epidermis y el sistema nervioso derivan ambos del ectodermo, la hoja embrionaria más externa, aunque por vías distintas: el ectodermo superficial forma la piel y el neuroectodermo el tubo neural. Ashley Montagu construyó sobre este hecho buena parte de su argumento en Touching (1971). Fuentes: literatura estándar de embriología del desarrollo sensorial; Montagu (1971).
- ↩ El 15 de noviembre de 2022 la OMS publicó nuevas directrices recomendando el contacto piel con piel («método madre canguro») inmediatamente después del nacimiento para todos los bebés prematuros o de bajo peso, sin el periodo previo de estabilización en incubadora que recomendaban las guías anteriores. El cambio se apoya en el ensayo multicéntrico Immediate KMC, realizado en cinco países, que halló una reducción de la mortalidad neonatal en torno al 25 % respecto al cuidado convencional. Fuentes: OMS, «WHO advises immediate skin to skin care for survival of small and preterm babies» (2022); WHO Immediate KMC Study Group, «Immediate "Kangaroo Mother Care" and Survival of Infants with Low Birth Weight», New England Journal of Medicine, 2021.
- ↩ Harry F. Harlow, «The Nature of Love», American Psychologist, 13, 1958. Las crías de macaco pasaban la mayor parte del tiempo con la figura de felpa incluso cuando era la de alambre la que proporcionaba el alimento, y acudían a ella ante un estímulo atemorizante. Harlow llamó a esto contact comfort. El diseño experimental implicaba privación materna deliberada y no se aprobaría hoy en ningún comité de ética: usar el resultado obliga a decirlo.
- ↩ La formulación pertenece a la enseñanza clínica de Alfonso Castro Asomoza (1953-2013) recogida por Mariano Cruz Zamora: «Cuando se baña al bebé, no lo lavas, estás con él. El propósito no es que quede limpio, sino la nutrición del contacto». En el mismo pasaje Castro traslada la pregunta al terreno del «de mí conmigo»: qué contacto tengo yo conmigo para peinarme, para hidratarme la piel, para elegir una prenda. Fuente: Cruz Zamora, Manual para la interpretación clínica del Perfil de Valores Hartman (2015).
- ↩ «Compassion is the touchstone of morality», escribe Hartman en Freedom to Live, y en otro pasaje «compassion is the touchstone of moral value». La idea de la compasión como fundamento de la moral es anterior a él —Schopenhauer la formuló así— y Hartman no la reclama como propia en ninguno de los dos pasajes. La piedra de toque es una piedra oscura y dura sobre la que se frota una pieza de oro: por la raya que deja se estima su ley. Que la palabra contenga «toque» en castellano y touch en inglés es casualidad etimológica y no un juego de palabras de Hartman. Fuente: Hartman, Freedom to Live (ed. Ellis, 1994).
El tacto es la única forma de valoración que no atribuye nada: no dice que seas útil, ni correcto, ni suficiente. Por eso no se puede sustituir por palabras. Y por eso deja de funcionar en cuanto el otro no ha podido decir que no.