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No es que no sepas decidir: es que decides siempre hacia el mismo lado

#Indecisión #Decisiones #PerfilHartman #AxiologíaFormal

«No sé tomar decisiones» es una de las frases que más se escriben en un buscador, y casi nunca es verdad. Quien la escribe ha decidido miles de veces; y en el asunto que le tiene atascado lleva decidiendo lo mismo cada mañana desde hace meses. Este artículo va de esa sospecha: que la parálisis no es ausencia de decisión, sino una decisión que se repite.

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El asno que nunca existió

La imagen que hemos heredado para la indecisión es un burro entre dos montones de heno idénticos. No sabe cuál elegir, no se mueve, y acaba muriéndose de hambre a la misma distancia de los dos.

Se la llama «el asno de Buridán», por el filósofo del siglo XIV Juan Buridán. El detalle incómodo es que la escena no aparece en ninguno de sus escritos: se la colgaron después, en son de burla, quienes encontraban absurda su tesis de que ante dos opciones uno elige siempre el mayor bien.1

La versión más antigua es de Aristóteles, y ni siquiera hablaba de decidir: un hombre igual de hambriento que sediento, colocado a la misma distancia de la comida y la bebida, se quedaría inmóvil. Lo traía a cuento discutiendo por qué la Tierra permanece quieta — una analogía sobre equilibrio de fuerzas, no sobre elegir.1

Todo eso daría igual si no fuera por una cosa: la escena exige simetría perfecta. Dos montones idénticos, dos distancias iguales, ningún motivo para preferir. Y tu encrucijada no se parece a eso en nada.

Nunca has tenido delante dos opciones idénticas. Tienes dos opciones muy distintas, con razones de peso desigual a cada lado, y aun así no te mueves. Lo que te frena no es el empate.

La decisión que no cierras ya está tomada

Prueba a contarlo de otra manera. Llevas —pongamos— dos años dándole vueltas a si te vas. En esos dos años no ha habido cero decisiones: ha habido setecientas y pico, una por mañana, y todas con el mismo resultado.

Visto desde fuera, tu indecisión tiene un desenlace perfectamente estable. Y eso cambia la pregunta que hay que hacerse. Deja de ser «¿qué me falta por saber?» y pasa a ser «¿qué está eligiendo por mí con tanta puntualidad?».

Porque una duda de verdad oscila. Un día te inclinas hacia un lado y otro día hacia el otro, y el asunto se abre y se cierra según lo que va apareciendo. Lo que no oscila no es una duda: es un criterio funcionando sin que lo hayas escrito.

La indecisión no produce ninguna decisión. Produce siempre la misma.

Por qué la lista de pros y contras no te saca de ahí

Ante ese atasco casi todo el mundo hace lo mismo: dos columnas, y a ver de qué lado cae. La lista engorda y el atasco sigue.

Hay una explicación conocida —que las razones fuertes de cada lado no son de la misma clase y no existe cambio entre ellas—, y tiene artículo propio en este blog, enlazado al final. Pero hay una segunda, menos cómoda, y es la que interesa aquí: las dos columnas las escribe la misma mano.

La hoja da por supuesto que el instrumento es neutro; que tú eres el fiel y las razones el peso. Si tu manera de valorar tiene una zona torcida, esa zona no se queda esperando fuera mientras escribes. Escribe contigo. Y escribe las dos columnas.

Merece la pena ver cómo se comporta esa clase de error cuando se mide en frío. La prueba de valores que Robert S. Hartman construyó a mediados del siglo XX no pregunta opiniones: pide ordenar por su valor una serie de frases, la mitad de las cuales enuncian valores y la otra mitad, disvalores. La distorsión aparece cuando alguien coloca un disvalor entre lo bueno, o un valor entre lo malo.2

Y el manual anota una consecuencia mecánica que casi nadie subraya: esas confusiones salen siempre en número par, porque cualquier desplazamiento en una mitad de la escala arrastra el correspondiente en la otra.2

Trasladado a tu hoja —y es un traslado, no un resultado de la prueba: lo que el manual describe es el comportamiento de un error dentro de un test—, la cosa suena así. La zona torcida no añade una línea falsa a la columna de los pros. Sube una cosa que te perjudica y, en el mismo gesto, baja una que te sostenía. Dos apuntes, y el saldo intacto.

Por eso la hoja te sale empatada una vez tras otra. Y por eso añadir información no rompe el empate: lo nuevo entra por las mismas manos.

Conviene decirlo con todas las letras: leer una parálisis como el efecto de una zona torcida es una aplicación de la axiología a la experiencia de decidir, no un resultado de la prueba. La prueba mide una propensión a confundir valor y disvalor; que esa propensión sea lo que te tiene parado es una hipótesis de trabajo. Lo que la sostiene es que explica dos cosas que el diagnóstico habitual no explica: por qué el bloqueo no cede con más datos, y por qué se repite con tanta regularidad.

Una hoja de pros y contras no mide tu vida: retrata tu manera de pesarla.

La objeción razonable

Nada de esto convierte toda espera en avería. Hay decisiones que conviene no cerrar todavía, porque falta que ocurra algo: un contrato, un diagnóstico, el curso escolar de alguien. Esperar así es una elección, y de las buenas.

La diferencia está en si el motivo cambia. Cuando la espera es sensata, la razón para esperar se agota: llega el contrato, se sabe el diagnóstico, termina el curso — y entonces se decide. Cuando lo que hay debajo es una regla, la razón se renueva sola. Se cae una y aparece otra, distinta en la superficie y con el mismo efecto.

Ese es el contraste que hay que buscar: no cuánto llevas esperando, sino si el argumento con el que aplazas es el mismo de hace un año con otra ropa.

Torcido no es lo mismo que borroso

Conviene separar dos cosas que se confunden siempre. Una es ver poco: tener una idea vaga de lo que vale cada cosa. Otra es ver torcido: distinguir con muchísima finura y aun así invertir el signo en una zona concreta.

El manual las mide por separado y avisa de que no van del brazo. Se puede tener una capacidad de valorar muy baja y, aun así, no distorsionada: poca vista, pero recta.3 Y también al revés.

De ahí que pensar más no desatasque. Pensar más es usar más veces el mismo instrumento.

Nadie vive su confusión como confusión

Hay además un motivo por el que una zona así no se detecta desde dentro: la tradición clínica que interpreta esta prueba en español subraya que la confusión no se produce como acto de elección consciente, sino por la propia problemática de quien la tiene — de ahí que el perfil no juzgue a nadie, sino que describa un funcionamiento.4 Una zona torcida no se presenta nunca como error, porque es ella la que decide qué te va a parecer razonable. Cuando llega el momento, lo que te desgasta se presenta con el aspecto de lo maduro.

No «una zona» en general: una zona concreta

Aquí es donde la medida deja de ser una cifra. La axiología distingue tres maneras de valorar cualquier cosa: por lo que tiene de único e insustituible, por lo que sirve y se puede comparar, y por si encaja o no en un esquema. Además de contar cuántas confusiones hay, el manual mira en cuál de las tres se amontonan: cuál concentra el mayor número de inversiones y cuál el menor.5

La lectura clínica en español baja eso a la vida. En cómo lees el mundo, las confusiones pueden agruparse en lo afectivo —quién es de fiar, qué vale un vínculo—, en lo práctico y la proyección social —qué vale un puesto, un resultado, un reconocimiento— o en tu relación con la norma y la autoridad —qué vale un deber, un permiso, una regla—.6

Puesto en concreto: si tus inversiones se agrupan en el registro de la norma, cada obligación te parecerá más vinculante de lo que es y cada permiso, una frivolidad. No dudarás entre irte y quedarte. Dudarás con el pulgar puesto en un platillo, y sin notarlo, durante años.

Y eso reordena la encrucijada entera. La decisión que no cierras no es «la oferta A contra la oferta B». Es que llevas años pagando de más en uno de esos tres registros y, en el mismo movimiento, pagando de menos en otro. La oferta A y la oferta B solo son la ocasión donde eso vuelve a ocurrir.

El perfil no decide: mira la mano que pesa

Hartman fue explícito con lo que su prueba mide y lo que no. No mide tus intereses concretos —si prefieres esto o aquello—, sino capacidades previas a cualquier preferencia; y la última que enumera es, literalmente, la de elegir sin confundir los rasgos valorativos fundamentales.7

Fíjate en dónde queda situada esa capacidad: no entre las opciones, sino antes que ellas. La prueba no opina sobre tu encrucijada. Mira si la mano que pesa está recta, y dónde no lo está.

Por eso un perfil funciona como árbitro y no como oráculo. No es un mapa de tus opciones: es un mapa de quien las pesa. Eso es lo que hace el Mapa de Valores, y el proceso de acompañamiento consiste, básicamente, en leer ese mapa contigo.

No te dirá si irte o quedarte. Te dirá en qué registro se te tuerce el juicio — y con eso sabrás cuál de las dos columnas hay que releer con lupa.

Mira las decisiones que sí cerraste

Si quieres hacer algo esta semana sin instrumento ninguno, no mires la decisión abierta. Mira cuatro o cinco que sí cerraste, de la misma familia: trabajos, mudanzas, relaciones, encargos que aceptaste.

Y no apuntes lo que elegiste. Apunta lo que perdió. Qué quedó en la columna que no ganó, cada vez. No el objeto concreto —el sueldo de aquel puesto, aquella ciudad—, sino de qué clase era la cosa que sacrificaste.

Si en cada ocasión perdió algo distinto, estabas deliberando. Si perdió siempre lo mismo —siempre la tranquilidad, siempre el dinero, siempre la persona, siempre la norma—, no estabas deliberando: estabas aplicando una regla.

Y esa regla no la escribiste a conciencia. La escribió la zona.

Ahí está el desplazamiento que propone este artículo. La decisión que no cierras no está esperando un dato que te falta. Está esperando a que leas la regla con la que cerraste todas las anteriores.

Referencias

Obras de referencia

  • Robert S. Hartman, The Hartman Value Profile: Manual of Interpretation (Robert S. Hartman Institute, 2.ª ed., 2006) — la definición de la medida de distorsión, su comportamiento por pares, su lectura por dimensiones y su independencia respecto de la agudeza valorativa.
  • Mariano Cruz Zamora, Manual para la interpretación clínica del Perfil de Valores Hartman: en la versión de Alfonso Castro Asomoza (2015) — la lectura clínica de la distorsión y su reparto por dimensiones y por mundos.
  • Aristóteles, Acerca del cielo, II, 13 (295b) — el hombre igual de hambriento que sediento, usado como analogía sobre el equilibrio de fuerzas.

Fuentes

  1. ↩ El llamado «asno de Buridán» no aparece en la obra conservada de Juan Buridán (c. 1300–c. 1360). Lo que él sostenía era un determinismo moral: salvo por ignorancia o impedimento, quien se enfrenta a dos cursos de acción elige siempre el mayor bien. Fueron autores posteriores quienes satirizaron esa tesis con la escena del asno que muere de hambre y de sed mientras delibera. La versión más antigua conocida está en Aristóteles, Acerca del cielo (295b), donde el hombre igual de hambriento que sediento sirve para discutir la explicación de por qué la Tierra permanece inmóvil: los griegos lo usan como analogía del equilibrio de fuerzas físicas, no como problema de la decisión humana. Al-Ghazali recoge una variante con dos dátiles iguales. Aquí la escena se trae solo para descartarla: su condición es la simetría perfecta, que es justamente lo que no ocurre en una encrucijada real.
  2. ↩ Manual of Interpretation, §3.2.9: la medida de disimilitud «mide la propensión del sujeto a la distorsión valorativa, esto es, a la confusión entre valoración y desvaloración (composición y transposición de valores). Cualquier confusión de ese tipo es o bien una desvaloración de una valoración, o bien una valoración de una desvaloración. Idealmente, la puntuación de distorsión debería ser 0. Teóricamente, puede llegar hasta 18. La puntuación aparece siempre como número par, ya que todo desplazamiento en una mitad de la escala se corresponde con un desplazamiento en la otra mitad». Traducción propia. Cruz Zamora (2015) recoge el mismo pasaje en español y precisa la estructura: cada parte de la prueba consta de dieciocho frases que son fórmulas axiológicas, nueve valores y nueve disvalores, tres de cada dimensión. No se publican aquí umbrales ni criterios de lectura: una tabla de cifras en un artículo divulgativo solo sirve para autodiagnosticarse con ella, y el criterio concreto le estropea la prueba a quien fuera a hacerla.
  3. ↩ Manual of Interpretation, §8.4.3: «Teóricamente, es posible tener una puntuación de diferenciación de 80 sin ninguna disimilitud, esto es, tener una visión valorativa extremadamente baja pero no distorsionada». Traducción propia. La independencia general entre las cuatro medidas fundamentales está enunciada en §3.2.3.1, dentro de la analogía óptica de la que salen los nombres clásicos —astigmatismo axiológico para el desenfoque entre dimensiones, estrabismo axiológico para la confusión que trata este artículo—. Conviene no fundirlas: son medidas distintas y responden a preguntas distintas.
  4. ↩ Cruz Zamora (2015): la distorsión ocurre cuando la persona «confunde lo que le beneficia con lo que le perjudica, al valorar un valor como disvalor o un disvalor como valor (transposición del valor), no como acto de elección consciente, sino debido a su propia problemática». Y de ahí la consecuencia interpretativa: «el Perfil de Valores no persigue juzgar a la persona, sino observar y describir su funcionamiento». El mismo texto añade una lectura de momento y no de carácter: pocas distorsiones indican un momento de claridad; muchas, un momento de cuestionamientos.
  5. ↩ Manual of Interpretation, §3.2.9 (b), medida dimensional de disimilitud: «el mayor número […] indica la dimensión de mayor propensión a la disimilitud valorativa; el menor número, la dimensión de menor propensión». Traducción propia; se omite la referencia a la hoja de evaluación donde el manual señala cómo se lee. Es esta lectura por dimensiones —y no el recuento total— la que sostiene la idea de «zona» que recorre el artículo.
  6. ↩ Cruz Zamora (2015) reparte las distorsiones por dimensión dentro de cada parte de la prueba. En la que mira el mundo externo: las intrínsecas se refieren a confusiones en las relaciones afectivas; las extrínsecas, a las dinámicas de proyección social; las sistémicas, a la manera de asumir y expresar la autoridad personal. En la que mira el mundo interno, el mismo reparto se vuelve hacia uno mismo. El informe que se entrega hoy en español suele traer una tercera parte, añadida después por la tradición clínica mexicana, que queda fuera de lo que discute este artículo.
  7. ↩ Manual of Interpretation, §2.1.3: la prueba «no mide los intereses particulares del sujeto», sino su capacidad de seleccionar un interés, de hacer elecciones relevantes, de perseguirlo con un sentido apropiado de la proporción y de hacerlo «sin confusión de los rasgos valorativos fundamentales» — que es la capacidad de la que se ocupa este artículo. Traducción propia. Hartman lo apoya en §2.1.1 con una comparación: antes de preguntarle a alguien si prefiere el rojo o el verde conviene saber si distingue los colores. Cautela necesaria: «no sé decidir» no es ninguna escala de la prueba, y el instrumento advierte en §0.2 que no mide la energía ni el empuje de una persona. Leer una indecisión desde estas medidas es una lectura, no un resultado.
Reflexión final

No hace falta que decidas mejor. Hace falta que sepas qué lleva años decidiendo en tu nombre: una regla que no has leído no se discute, se obedece; una que por fin has leído se puede discutir.

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