arrow_back Volver

El culto a la rutina perfecta: la autooptimización como huida del ser

Juan Carlos Sastre
#AxiologíaFormal #Hartman #Biohacking #SentidoVital

Te despiertas a las 5:00 a.m. Tomas un vaso de agua con sal del Himalaya y limón antes de que la luz del sol toque tus ojos. Meditas exactamente 15 minutos usando una diadema de ondas cerebrales, pasas a una sesión de red light therapy, te sumerges en hielo para hackear tu sistema nervioso y cierras con un diario de gratitud rígidamente cronometrado. Todo esto antes de empezar a trabajar.

Haz clic para ampliar la ilustración

Te doy la bienvenida a la era de las morning routines, el biohacking y la hiperproductividad. Un ecosistema digital millonario diseñado bajo una premisa implícita: si no estás optimizando activamente cada minuto de tu existencia, estás fracasando.

En internet, esto se vende como el camino definitivo hacia el bienestar y la autorrealización. Sin embargo, desde la perspectiva de la Axiología Formal de Robert S. Hartman, lo que estamos presenciando no es una búsqueda de plenitud, sino un sofisticado mecanismo de defensa. Una huida masiva del ser a través del hacer.

Hace poco analizamos cómo el algoritmo de Tinder nos empuja a tratar a los demás como meras mercancías sustituibles (una transposición de valor donde lo intrínseco se rebaja a extrínseco). En el culto a la autooptimización, aplicamos exactamente ese mismo movimiento violento contra nosotros mismos. Te has convertido en tu propio capataz, en un producto que debe ser constantemente empaquetado, pulido y actualizado.

La doble trampa: cuando el ser queda al servicio del hacer y del medir

Para entender por qué la obsesión por el rendimiento nos debilita emocionalmente, debemos mirar el mapa de cómo asignamos valor. La axiología de Hartman distingue tres dimensiones del valor, tres modos distintos de valorar la realidad:

  • Lo Intrínseco (I): El mundo del ser, de la unicidad, el autodescubrimiento, la conexión íntima, el amor y la dignidad incondicional. Tú vales por lo que eres, no por lo que produces.
  • Lo Extrínseco (E): El mundo de las funciones, los roles prácticos, las tareas y los resultados medibles.
  • Lo Sistémico (S): El mundo de las ideas puras, las estructuras, las leyes, los horarios y las métricas perfectas.

El orden natural y saludable de la vida dicta que lo Intrínseco debe gobernar sobre lo demás. Las estructuras (lo sistémico) y las acciones (lo extrínseco) deberían estar al servicio de sostener y nutrir tu ser interior.1

¿Qué ocurre en la cultura del biohacking y las rutinas milimétricas? Ocurre una inversión patológica, y conviene ver que opera en dos frentes a la vez: lo Intrínseco queda subordinado tanto a lo Sistémico como a lo Extrínseco.

Por un lado, sobrevaloramos masivamente la dimensión sistémica (S). La rutina deja de ser una herramienta flexible para facilitarte la vida y se convierte en la meta en sí misma. El ritual se vuelve rígido. El valor de tu día ya no se mide por cómo has habitado tu presencia, por tu capacidad de asombro o por la calidad de tus vínculos, sino por el porcentaje de checks completados en tu aplicación de hábitos. Lo sistémico aporta los barrotes: el ideal abstracto y la lógica del todo-o-nada en la que basta fallar un solo día para sentir que el sistema entero colapsa.

Por otro lado —y aquí está la herida real— opera la lógica extrínseca (E) que ya mencionamos: la del capataz y el producto. Has supeditado tu valor humano, incondicional por definición, al cumplimiento de un rendimiento medible. Es el mismo movimiento del algoritmo de Tinder, solo que esta vez vuelto contra ti.

Conviene no confundir ambos planos, porque señalan cosas distintas. La rutina perfecta (S) es el instrumento: la jaula con barrotes que puedes contar. La autocosificación (E gobernando sobre I) es la herida: tu ser tratado como una función. Y como el contenedor sistémico siempre es más visible y controlable que el contenido intrínseco, resulta facilísimo confundir el mantenimiento de la jaula con cuidarte de verdad.

Perfeccionar el contenedor para no mirar el contenido

Optimizarse sin fin es el truco perfecto del ego. ¿Por qué resulta tan atractivo pasar dos horas diseñando la rutina de mañana ideal o midiendo el sueño profundo con un anillo inteligente? Porque planificar y estructurar nos da una falsa ilusión de control.

Es mucho más fácil y controlable medir los miligramos de suplementos que tomamos en ayunas (dimensión sistémica) que sentarnos en silencio a sostener el dolor de una herida emocional, la incertidumbre existencial o el vacío de no saber quiénes somos fuera de nuestro rol profesional (dimensión intrínseca).

El perfeccionismo en el "hacer" funciona como una anestesia de alta tecnología. Cuanto más te ocupas y te obsesionas intentando alcanzar tu "mejor versión" conceptual, más postergas el encuentro con tu versión real, la única que existe en el presente. Construyes una piel mental extremadamente gruesa —una armadura de racionalizaciones y disciplinas— para evitar entrar en contacto con la vulnerabilidad del ser.

En mi práctica clínica y en la supervisión de casos veo a menudo que, cuando una persona se vuelca exclusivamente en las exigencias externas o en sus estructuras racionales ideales, se desconecta de su interioridad. Se mecaniza, se automatiza y, en esa rigidez funcional, la experiencia viva del yo termina por diluirse.2

El síntoma: la ansiedad del optimizador

El resultado de esta distorsión axiológica es paradójico pero inevitable: una profunda insatisfacción existencial acompañada de altos niveles de ansiedad. Cuando tu autoimagen está ligada a un estándar sistémico perfecto (un ideal abstracto), cualquier desviación de la norma se experimenta como una falta de valor personal. Si te quedas dormido, si un día no meditas o si comes algo fuera de tu plan nutricional, el sistema colapsa y aparece la culpa. No te estás tratando como a un ser humano que late, cambia y cicla; te estás tratando como a una máquina de producción a la que le ha fallado un engranaje.

El culto a la rutina perfecta promete libertad, pero entrega una celda con barrotes medibles.

Un diagnóstico compartido: otras voces frente al culto del rendimiento

Esta lectura axiológica no está sola. Desde tradiciones muy distintas, varios pensadores contemporáneos llevan décadas describiendo el mismo fenómeno, cada uno con su propio vocabulario.

El filósofo Byung-Chul Han lo llama la sociedad del rendimiento: ya no hace falta un amo externo que nos discipline, porque cada cual se explota voluntariamente, con sensación de libertad. El explotador y el explotado son ahora la misma persona.3 En términos de Hartman, es el capataz extrínseco internalizado: nadie te obliga a medir tu sueño; te obligas tú, y lo llamas progreso.

Mucho antes, Erich Fromm ya había distinguido dos modos de existencia: el modo del tener y el modo del ser.4 Quien vive en el modo del tener acumula: posesiones, credenciales y, hoy, también métricas de sueño, rachas de hábitos y marcadores biológicos. Quien vive en el modo del ser habita su experiencia sin necesidad de poseerla. Llevado al extremo, el biohacking es eso: tener salud en lugar de habitar un cuerpo vivo. La diferencia exacta entre la dimensión extrínseca y la intrínseca.

Los investigadores Carl Cederström y André Spicer han documentado cómo el bienestar dejó de ser un deseo para convertirse en un mandato moral: quien no madruga, no medita o no se ejercita ya no es simplemente alguien con otras prioridades, sino alguien sospechoso, casi culpable.5 Es la dimensión sistémica en su versión más dura: la norma ideal convertida en tribunal que dictamina el valor de las personas.

Y el sociólogo Hartmut Rosa aporta la pieza que cierra el círculo. La modernidad se ha empeñado en hacer el mundo disponible —calculable, controlable, optimizable—, pero la experiencia que de verdad nos toca, lo que él llama resonancia, ocurre precisamente donde no controlamos del todo.6 Una vida completamente optimizada es, por definición, una vida que ya no puede sorprenderte.

Ninguno de estos autores trabaja con las herramientas de la axiología formal. Y sin embargo, todos apuntan a la misma inversión que el mapa de Hartman permite nombrar con precisión: el ser (I) puesto al servicio del hacer medible (E) y de la norma ideal (S). Lo que ellos describen como malestar de época, el Perfil de Valores de Hartman lo puede leer, caso a caso, en la estructura valorativa de una persona concreta.

Romper el truco: recuperar el automaternaje afectivo

¿Significa esto que debamos abandonar la disciplina, los buenos hábitos o el deseo de cuidar nuestro cuerpo? En absoluto. La estructura es necesaria. Como enseña la axiología formal, el mundo externo y sus normas nos orientan y nos dan anclaje, pero siempre que actúen como un soporte, no como un sustituto de la identidad.

El verdadero avance no es el biohacking, es el automaternaje afectivo. Es la capacidad de madurar existencialmente, asumir el propio cuidado afectivo y preguntarte en cada momento desde un lugar real, compasivo y sensible: "¿Qué es lo mejor para mí en este momento de mi vida? ¿Esta estructura me está ayudando a florecer y desarrollarme, o la estoy usando para no sentir?"

La próxima vez que sientas la urgencia compulsiva de registrar cada aspecto de tu vida en una gráfica o de forzarte a un ritual de productividad espartano, detén el cronómetro. Desmonta el truco. Recuerda que no necesitas optimizarte para tener derecho a ser. El valor intrínseco no se revaloriza con KPIs. Ya está completo. Solo requiere que te atrevas a habitarlo.

Referencias

Obras de referencia

  • Robert S. Hartman, The Structure of Value: Foundations of Scientific Axiology (1967) — las tres dimensiones del valor (intrínseco, extrínseco, sistémico) y su jerarquía.
  • Mariano Cruz Zamora, Manual para la interpretación clínica del Perfil de Valores Hartman: en la versión de Alfonso Castro Asomoza (2015) — lectura clínica de la desconexión de la interioridad cuando el valor se vuelca en lo externo o en las estructuras ideales.
  • Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio (2010; ed. española: Herder, 2012) y Psicopolítica (Herder, 2014) — la sociedad del rendimiento, la autoexplotación vivida como libertad y la autooptimización como técnica de poder.
  • Erich Fromm, ¿Tener o ser? (1976) — los dos modos fundamentales de existencia: la orientación hacia la posesión frente a la orientación hacia el ser.
  • Carl Cederström y André Spicer, The Wellness Syndrome (2015) — el bienestar como ideología y como exigencia moral en las sociedades contemporáneas.
  • Hartmut Rosa, Lo indisponible (2018; ed. española: Herder, 2020) — el impulso moderno de hacer el mundo controlable y por qué la resonancia exige lo que no se puede controlar.

Fuentes

  1. Hartman no descubrió las tres dimensiones del valor (intrínseco, extrínseco, sistémico): las formalizó, las ordenó y las hizo medibles dentro de una ciencia formal del valor. De esa formalización procede la jerarquía —una persona, de valor intrínseco e infinito, vale más que cualquier función o sistema—. Subordinar el propio ser a un rendimiento medible equivale a tratar lo intrínseco como si fuera extrínseco. Fuente: Hartman, The Structure of Value (1967).
  2. La descripción clínica —que volcarse en las exigencias externas o en estructuras racionales ideales desconecta de la interioridad y mecaniza la experiencia del yo— procede de la interpretación clínica del Perfil de Valores de Hartman. Fuente: Cruz Zamora (2015).
  3. Byung-Chul Han describe el paso de la sociedad disciplinaria a la sociedad del rendimiento, en la que el sujeto se explota a sí mismo de forma voluntaria y con sensación de libertad, siendo a la vez explotador y explotado. En Psicopolítica añade que la optimización personal es la forma que adopta hoy esa dominación. Fuentes: Han, La sociedad del cansancio (2010) y Psicopolítica (2014).
  4. Fromm distingue el modo de existencia del tener (orientado a la posesión y la acumulación) del modo del ser (orientado a la experiencia viva y la presencia), y sostiene que la sociedad industrial privilegia sistemáticamente el primero. Fuente: Fromm, ¿Tener o ser? (1976).
  5. Cederström y Spicer analizan el bienestar como ideología: la salud y la optimización personal se convierten en un imperativo moral, de modo que quien no lo cumple es percibido como alguien que falla no solo a su cuerpo, sino a su deber. Fuente: Cederström y Spicer, The Wellness Syndrome (2015).
  6. Rosa sostiene que la modernidad busca ampliar sin cesar lo disponible —lo calculable, predecible y controlable—, y que esa expansión asfixia la resonancia: la relación viva con el mundo, que solo surge ante lo que no dominamos por completo. Fuente: Rosa, Lo indisponible (2018).
Reflexión final

Una estructura que te sostiene te devuelve a ti; una que te sustituye te aleja. La diferencia no está en la disciplina, sino en para qué la usas.

¿Quieres comprender qué estructura de valores sostiene —o debilita— tu relación contigo?

Explora cómo tu mapa interno ordena el cuidado, la disciplina y la autovaloración con un proceso guiado de 3 sesiones.

Explorar el método