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Las dos desconexiones: de ti mismo y del mundo

Juan Carlos Sastre
#AxiologíaFormal #Hartman #MundoInterno #MundoExterno #Autoconocimiento

Hay una forma de malestar que no tiene causa visible. Por fuera, la vida cuadra: el trabajo, los planes, la imagen, todo en su sitio. Y, sin embargo, a solas, algo no encaja —una desgana, un vacío, la sensación de interpretar muy bien un papel que no es del todo tuyo—. No es ingratitud ni falta de carácter. Es que dos partes de ti valoran cosas distintas y han dejado de hablarse.

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El Mapa de Valores no lee a la persona «en bloque», sino por mundos. Y dos de ellos sostienen casi todo el peso de la vida cotidiana: el mundo externo —cómo valoras el mundo, tus roles, lo que haces— y el mundo interno —cómo te valoras a ti—. Cuando dejan de estar alineados, aparece ese malestar sin nombre. Este artículo es un zoom sobre esa fractura concreta; el mapa completo de los tres mundos está en la pieza de fondo del blog, enlazada al final.

Dos mundos, dos formas de valorar

El mundo externo es el «Gran Extrínseco»: el yo proyectado hacia fuera, el terreno de los roles, la eficacia y lo que sirve. Responde a la pregunta «¿quién soy yo actuando en el mundo?». El mundo interno es el «Gran Intrínseco»: el yo para ti mismo, tu autoestima, el valor de tu propio ser al margen de logros y fracasos. Responde a «¿quién soy yo para mí?».

Cada mundo tiene su propia salud, y casi nadie está igual de fuerte en los dos. Lo habitual es ser sólido en uno y frágil en el otro. El problema no es esa asimetría —es normal—, sino lo que pasa cuando uno de los dos empieza a tapar al otro.

El conflicto: cuando un mundo eclipsa al otro

El Perfil de Valores de Hartman no mira solo cada mundo por separado; también puede leer la relación entre ambos. A esa relación podríamos llamarla sintonía —no es el término técnico, pero capta bien la idea—: ¿se exigen los dos mundos por igual, o uno absorbe casi toda tu energía de valoración mientras el otro queda desatendido?1 El conflicto adopta dos formas casi opuestas, dos desconexiones de signo contrario: desconectarte de ti —cuando te vuelcas afuera y desatiendes tu interior— o desconectarte del mundo —cuando el centro de gravedad se va hacia dentro y tu potencial deja de aterrizar en lo de fuera—.

La primera, la más común, es vivir volcado hacia fuera. Toda tu capacidad de discernimiento se va al entorno —rendir, resolver, quedar bien, sostener la imagen— y el interior se queda desnutrido. Es el patrón del éxito que sabe a poco: cumples objetivos y no sientes casi nada, te cuidas mal, el motor que mueve la oficina no mueve tu propia vida. El afuera brilla y el adentro está a oscuras: todo el potencial se va al hacer y casi nada al ser, y sin un rumbo propio que lo sostenga, hasta el éxito acaba sintiéndose ajeno.

Por fuera, esa persona suele funcionar de maravilla —brillante, eficaz, a veces admirada—, y por dentro vive en una especie de piloto automático. Regula lo que no sabe tocar volcándose en lo externo: el trabajo, el gimnasio, una agenda que no se detiene; el día que para, le sube una ansiedad sin nombre. Aprende a valorarse solo por sus logros y por cómo la miran —la criatura-trofeo—, como un avión con todo el potencial para volar que, sin embargo, anda por la ciudad sin despegar porque ha olvidado quién es. La imagen, impecable; debajo, a menudo, un sordo rechazo de sí. Son hacedores eficaces y, sin embargo, infelices: su lucidez lo alcanza todo menos a sí mismos.1

Y no siempre es por no querer mirar. Hay quien ya sabe que se ha ido quedando fuera de sí mismo, hace su trabajo terapéutico, lo intenta una y otra vez, y aun así todavía no consigue verse. No es falta de voluntad ni de esfuerzo: volver a habitarse es lento, y a veces uno lleva mucho tiempo llamando a esa puerta antes de que se abra.

La cultura pop lo retrató antes que muchos manuales. En plena Movida, Mecano le cantaba a la chica que se maquilla para salir: toda la atención puesta en la cara que se prepara para el mundo, en el brillo de fuera mientras el dentro espera, a oscuras, a que termine la función. Es un ejemplo deliberadamente extremo —la caricatura alegre y bailable de una vida volcada a la imagen—; en el día a día el factor es más velado: alguien que funciona de maravilla y solo ha dejado, sin notarlo, de atender su interior.

Mecano — «Maquillaje» (1982).

La segunda, menos visible, es vivir volcado hacia dentro. Tienes mucha claridad sobre tu propio ser y poca sobre el mundo de fuera, así que a menudo tu potencial no termina de aterrizar en resultados. No es que hagas poco —puedes estar muy ocupado—: es que actúas sin acabar de entender las reglas del afuera, o te guardas lo que tienes por miedo a fallar. Te analizas sin descanso, la reflexión se vuelve refugio, y dejas de registrar el efecto real de lo que haces. Hartman lo llamaba, con cierta ironía, «mala suerte»: no que el mundo te trate mal, sino que has perdido el contacto entre tu acción y sus resultados.2

Visto desde fuera, esa desconexión a veces tiene su propia torpeza: cuesta rematar lo práctico, cumplir plazos, moverse con soltura entre los demás —de ahí la sensación de «mala suerte»—. Para defenderse de un mundo que no acaba de entender, y que en el fondo se niega a aceptar tal como es, la persona se repliega en su propio criterio: una idea fija, un círculo cerrado que solo le confirma lo que ya piensa, a veces revestido de superioridad —el mundo está mal y yo bien—. El precio es dejar de leer el entorno: se pierde información útil, no se aprende de lo que pasa y se tropieza dos veces con la misma piedra.1

Y esta desconexión no siempre se ve como una ausencia, ni como un fracaso. Hay quien parece plenamente en el mundo —trabaja, resuelve, ejecuta sus planes con éxito, incluso brilla en lo social— y, aun así, algo no acaba de entrar: no se toma del todo en serio lo que ocurre, o no consigue aceptar el mundo tal como es. Otras veces la desconexión sí se nota y la persona se retira, física y mentalmente, de la gente y de las situaciones. Lo que une un extremo y otro no es la torpeza —muchas veces no la hay—, sino una tristeza callada por dentro y una realidad que se mira de reojo.

Porque el afuera no se deja ignorar para siempre. Tarde o temprano llega una experiencia —un tropiezo, una pérdida, un límite— que ya no puedes esquivar y que te obliga a mirar el mundo tal como es. La realidad, cuando se la desatiende demasiado tiempo, termina cobrándose la atención que no le diste.

El reverso lo cantó Parálisis Permanente, desde un post-punk mucho más sombrío. «Autosuficiencia» —bastarse a uno mismo, no necesitar a nadie— lleva al extremo, hasta el aislamiento, lo que en realidad suele ser más sutil: no hace falta encerrarse para vivir volcado hacia dentro; basta con perder el hilo del efecto que uno tiene en el mundo. La canción es la caricatura que ilumina el polo.

Parálisis Permanente — «Autosuficiencia» (1982).
La «mala suerte» no siempre es el mundo tratándote mal; a veces es haber perdido el hilo entre lo que haces y lo que pasa.

Ese desajuste tiene además dos planos. Uno consciente —el contacto que mantienes, a plena luz, con lo que te ocurre— y otro inconsciente, el que no llega a tu «darte cuenta» y asoma de noche: en sueños, en lapsus, en olvidos.2 Por eso a veces uno «funciona» de día y, sin saber por qué, duerme mal.

Por qué se rompe la sintonía

En el fondo de casi todos estos conflictos hay un mismo movimiento: valorarte por tu función. Empiezas a medirte por lo que produces, lo que rindes, lo que los demás reconocen. Es decir, te tratas a ti mismo como un valor extrínseco —útil, comparable, sustituible— cuando tu propio ser es un valor intrínseco: único e infinito, que no se mide por resultados.3

Cuando ocurre esa inversión, es lógico que el mundo externo se dispare y el interno se apague: has puesto tu valor a cotizar fuera. El afuera responde —ascensos, logros, aprobación—, y el adentro se queda sin alimento propio, dependiente de la próxima validación. La fractura no es un defecto de carácter; es un error de contabilidad del valor.

El polo contrario nace de otra raíz. Cuando el afuera se vive como algo que no se entiende —y que, en el fondo, uno se niega a aceptar tal como es—, el mundo interno se vuelve refugio. Uno se repliega en su propio criterio no por capricho, sino para no exponerse a un fracaso que da por descontado: se sobrevalora el juicio propio y se desvalora una realidad que no encaja en él.

La desconexión no siempre es enfermedad

Conviene decir algo, para no caer en el reproche fácil. Desconectarse de un mundo puede ser, a veces, un mecanismo de supervivencia. Viktor Frankl contó cómo, en los campos de concentración, refugiarse en el pensamiento y en la imagen de los seres queridos permitía resistir un dolor insoportable; la película La vida es bella dramatiza esa misma idea.4 En su parte sana, no estar del todo «ahí» es lo que a veces permite seguir vivo.

El problema no es desconectarse alguna vez. Es hacerlo sin saberlo, de forma crónica, hasta perder el contacto con una parte entera de la propia vida sin haberlo elegido. La desconexión se vuelve daño cuando deja de ser refugio y pasa a ser domicilio.

Cuando se cronifica, se nota incluso en el cuerpo: uno está físicamente presente pero habitando en otro sitio, con la mirada algo ausente. Para no sentir, aparecen las muletillas —pantallas, sustancias, a veces la pornografía— y la mente se escapa hacia la fantasía: unas veces endulzando la realidad para no sufrir, otras ennegreciéndola hasta el victimismo. Lo que empezó como refugio acaba amueblando la casa entera.

En mi propio caso

Permíteme salir un momento del «tú» y hablar en primera persona, porque esto lo he vivido. Durante buena parte de mi vida, en cada crisis me he replegado hacia dentro y me he desconectado del mundo de fuera. Perdía información, sí —dejaba de enterarme de cosas, de atender lo externo—, pero, poco a poco, recuperaba el equilibrio y sanaba heridas.

Lo curioso es que mi peor época no fue ninguna de esas. Fue justo la contraria: una temporada en la que vivía todo el día volcado hacia fuera, atendiendo el mundo externo mucho más que el interno, sin darme cuenta de que me estaba desatendiendo a mí. Ahí llegaron la ansiedad y las somatizaciones. Por fuera funcionaba; por dentro me estaba rompiendo.

Lo ideal, lo sé, es habitar bien los dos mundos a la vez. Pero con los años he hecho las paces con mi manera de equilibrarme: he aprendido a entrar de forma deliberada y consciente en ese repliegue —desconectarme del mundo una semana, o unos meses si hace falta— para volver a mi centro. La diferencia con aquella desconexión que me dañaba es justo esa: ahora sé que lo hago, por qué lo hago y cuándo toca volver.

Qué hacer con el conflicto

Conviene entender por qué ninguno de los dos mundos basta por sí solo, porque cada uno te da algo que el otro no puede. El mundo interno es donde sabes quién eres: vivido solo hacia fuera, te quedas sin centro —sigues funcionando, pero un poco al azar, sin una identidad que ordene lo que haces—. El mundo externo, en cambio, es tu principio de realidad: te va dando toques, te corrige y te recoloca, te enseña cómo son de verdad las cosas; encerrado solo en ti, pierdes esa información y quedas a merced de tus propias fantasías. Uno te da identidad; el otro, realidad.

La trampa es intentar «arreglarlo» reforzando el mundo fuerte: más logros para llenar el vacío interno, o más introspección para no tener que actuar. Eso es más de lo mismo: el mundo dominante engorda y el conflicto se enquista.

El objetivo no es elegir un mundo, sino que los dos vuelvan a hablarse. En la lectura clínica del perfil hay un criterio fino: uno se vive desde su dimensión más libre, pero conviene regirse —tomar las riendas— desde la más bloqueada. Integrar es, justamente, que lo que haces afuera esté enchufado a quién eres dentro; que tu mundo interno encuentre respuestas para los retos que le pone el externo, y que el externo deje de ser una huida del interno. En el fondo, madurar es eso: llegar a ver el mundo y a uno mismo con una nitidez parecida, sin que una mirada eclipse a la otra.

El conflicto no se cura reforzando el mundo que ya domina: eso solo lo engorda.

Por eso el mapa no devuelve un veredicto, sino una pregunta mejor. No «¿soy de los de fuera o de los de dentro?», sino «¿por qué un mundo está tapando al otro, y de qué me está protegiendo ese desajuste?». Esa segunda pregunta sí se puede trabajar.

El malestar que empieza a tener nombre

La coherencia entre lo que haces y lo que eres no es un lujo de gente realizada. Es, casi literalmente, donde se sostiene una vida: el punto en que tus dos mundos se reconocen y dejan de tirar en direcciones contrarias.

Cuando vuelven a hablarse, ese malestar sin causa empieza, por fin, a tener nombre. Y lo que tiene nombre se puede mirar de frente.

Referencias

Obras de referencia

  • Robert S. Hartman, The Structure of Value: Foundations of Scientific Axiology (1967) — las tres dimensiones del valor (intrínseco, extrínseco, sistémico) y su jerarquía.
  • Mariano Cruz Zamora, Manual para la interpretación clínica del Perfil de Valores Hartman: en la versión de Alfonso Castro Asomoza (2015) — fuente principal de las Medidas de Equilibrio (BQr), la lectura de la relación entre mundos y la desconexión.
  • Janine Rodiles-Hernández, Axiometría Cognitiva (Astrolabio, 2024) — naturaleza axiométrica del perfil y procesamiento valorativo.
  • Viktor E. Frankl, El hombre en busca de sentido — la desconexión como mecanismo de supervivencia frente al dolor extremo.
  • Mecano, «Maquillaje» (1982), y Parálisis Permanente, «Autosuficiencia» (1982) — canciones citadas como ejemplo cultural (deliberadamente extremo) de los dos modos: la vida volcada a la imagen externa frente a la que se basta a sí misma.

Fuentes

  1. Lo que en el texto llamamos «sintonía» —no es un término técnico consagrado— describe la lectura comparativa de la claridad valorativa (la «agudeza de visión», o medida DIF) hacia el mundo externo frente al interno. Hay equilibrio cuando ves los dos con una nitidez parecida; cuando ves mucho mejor el afuera que tu propio interior, se habla de un Factor de Desconexión (volcado al exterior, con el interior desatendido); cuando ves mucho mejor tu interior que el afuera, de un Factor de Compensación (refugio en el propio criterio ante un mundo que no se entiende ni se acepta). No debe confundirse con el Balance de Valor (BQr), que mide otra cosa —el peso o la tensión entre ambos mundos—: tiende a la ansiedad cuando se sobrevalora el afuera, y a la «mala suerte» (tendencia atychal) cuando se sobrevalora el adentro. Los rasgos observables de cada factor proceden de la interpretación clínica del PVH (Cruz Zamora, 2015).
  2. En la interpretación clínica, las Medidas de Equilibrio BQr distinguen dos planos de la relación entre mundos: BQr1, el plano consciente (el contacto que la persona mantiene con lo que le ocurre), y BQr2, el inconsciente (lo que, existiendo, no llega al «darse cuenta» y asoma en sueños, lapsus u olvidos); ambas atribuidas a Alfonso Castro. Un fuerte predominio del mundo interno sobre el externo se lee como «desconexión» de la responsabilidad sobre la propia acción —lo que Hartman llamaba «mala suerte»—. En su forma más honda se vive como una escisión —«el cuerpo está aquí, pero uno está en otro lado»—, con apoyo en muletillas (sustancias, pantallas) y en la fantasía, que suaviza o agrava la realidad para no habitarla. Fuente: Cruz Zamora (2015).
  3. Las tres dimensiones del valor (intrínseco, extrínseco, sistémico) y la jerarquía —una persona, valor intrínseco e infinito, vale más que cualquier función— son de Hartman. Valorar el propio ser por su rendimiento equivale a tratar lo intrínseco como si fuera extrínseco. Fuentes: Hartman, The Structure of Value (1967); Cruz Zamora (2015); Rodiles-Hernández (2024).
  4. El ejemplo de la desconexión como mecanismo de supervivencia —Viktor Frankl en los campos de concentración (El hombre en busca de sentido) y la película La vida es bella— se recoge en la interpretación clínica del PVH, que subraya la «parte sana» de la desconexión consciente frente al dolor extremo. Fuente: Cruz Zamora (2015).
Reflexión final

La coherencia entre lo que haces y lo que eres no es un lujo: es el punto donde tus dos mundos se reconocen y dejan de tirar en direcciones contrarias.

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