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Jubilarse del cargo, no de uno mismo: quién eres cuando ya no eres tu tarjeta

Juan Carlos Sastre
#Jubilación #Identidad #Hartman #MundoInterno #Autoconocimiento

Meses después de la despedida y los discursos, llega una mañana en la que el teléfono no suena, la agenda está en blanco y la frase con la que llevabas cuarenta años presentándote —«soy médico», «soy directora», «llevo la obra»— ya no está disponible. Entonces aparece la pregunta que casi nadie prepara: ¿quién soy, ahora que ya no soy mi cargo?

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España está cruzando esa puerta a una escala nunca vista: las generaciones más numerosas de su historia están llegando, año tras año, a la edad de jubilarse. La parte financiera suele estar pensada —la pensión, los ahorros, los planes—. La otra jubilación, la de la identidad, casi nunca.

Porque el cargo no era solo un empleo. Cada mañana respondía por ti, sin que lo notaras, tres preguntas: qué tienes que hacer (la agenda), cuánto vales (los resultados, el escalafón, la nómina) y quién eres (la presentación en las cenas, la firma del correo, la tarjeta). El día de la jubilación, las tres respuestas se retiran a la vez. La pregunta, no.

Un cargo es un traje de funciones

La axiología formal —la ciencia del valor que Robert S. Hartman formalizó a mediados del siglo XX— distingue tres maneras de valorar una misma cosa. Valorar sistémicamente es preguntar si cumple o no una definición: todo o nada. Valorar extrínsecamente es compararla dentro de su clase: mejor o peor, más útil o menos. Valorar intrínsecamente es verla como única e irrepetible, sin clase con la que compararla.

Un cargo vive en la segunda dimensión. Hartman lo escribió con una precisión que impresiona leída desde aquí: la valoración extrínseca aplicada a personas «muestra a cada persona como una clase de funciones».1 Eso es exactamente un puesto de trabajo: un concepto —médico, directora, maestro, capataz— que se cumple mejor o peor, que se compara, se asciende, se sustituye y se paga.

Y no hay nada malo en ello. La vida profesional funciona en esa dimensión y debe hacerlo: es el terreno de lo útil, de lo que se mide y se intercambia. El problema no es valorar el cargo. El problema es el orden.

Nadie te avisa de que, junto con la agenda, ese día también se jubila la respuesta a quién eres.

Porque a la misma persona se la puede valorar también en la tercera dimensión, la intrínseca: la que, en palabras de Hartman, «muestra la unicidad de cada persona y su cumplimiento o no-cumplimiento de su propio ser».2 Y entre ambas dimensiones no hay empate, hay jerarquía: una persona vale infinitamente más que la suma de sus funciones.

Cuando durante décadas la única dimensión entrenada es la extrínseca, ese orden se invierte sin hacer ruido. Te acostumbras a valorarte como se valora un cargo: por rendimiento, por comparación, por posición. La axiología llama a ese movimiento transposición: tratar un valor intrínseco —una persona— como si fuera extrínseco —una función—.3 Mientras el cargo dura, la transposición ni se nota: el aplauso llega puntual. Se nota el día que el cargo se va.

El colapso: cuando el andamio se retira

Visto así, lo que ocurre al jubilarse deja de ser un misterio y se vuelve casi aritmético. No pierdes solo las funciones. También se disuelve, el mismo día, la dimensión sistémica que las sostenía: el horario, las normas, el organigrama, el título en la puerta. El marco entero del «deber ser» —lo que tocaba hacer y cuándo— se jubila contigo. Por eso el vértigo de la agenda en blanco no es pereza ni falta de recursos: es la desaparición simultánea de dos de las tres dimensiones en las que vivías.

Lo que queda en pie es la tercera: la persona. Que está intacta. Este es el matiz decisivo, y conviene decirlo despacio: la jubilación no destruye tu valor. Destruye el instrumento con el que llevabas décadas midiéndolo. Si ese aparato solo registraba funciones, al retirarlas marca cero — pero el cero es del aparato, no tuyo.

A ese desplome de todo un sistema de medición podemos llamarlo colapso axiológico. No es, en sí, una depresión —aunque a veces la desencadene, y entonces merece atención profesional—; es la quiebra de una forma de valorar. Y por eso los consejos de catálogo —mantente ocupado, apúntate a algo, viaja— suelen quedarse cortos: reponen actividades cuando lo que ha quebrado es la contabilidad.

Conviene decir también lo contrario: no todas las jubilaciones colapsan. Quien llega a ese día con la dimensión intrínseca habitada —vínculos cuidados, un mundo interno frecuentado, cosas que hacía por el gusto de hacerlas— suele vivirlo como una liberación. El colapso aparece, específicamente, cuando la identidad estaba apuntalada casi por entero en el rol. No es un problema de la jubilación: es un problema de dónde estaba puesto el peso.

Quién eres cuando ya no eres tu tarjeta

La pregunta solo tiene respuesta en la dimensión intrínseca. Y ahí está la dificultad real: para muchas personas es una dimensión desentrenada. Cuarenta años de gimnasia diaria en valorar por función —qué produce esto, para qué sirve, cuánto rinde— y casi ninguna en la otra mirada: valorar sin comparar, estar sin rendir, ser sin justificarse.

La jubilación no te pregunta qué vas a hacer: te pregunta quién queda cuando ya no hay nada que demostrar.

Jung lo dijo con una imagen que parece pensada para esto: la vida tiene una mañana y una tarde, y la tarde no puede vivirse con el programa de la mañana — lo que por la mañana era verdad, al atardecer se ha vuelto mentira.4 La jubilación es el caso más literal de ese cambio de programa: seguir aplicando por la tarde las reglas de la mañana —rendir, escalar, funcionar— produce exactamente ese sabor a impostura, la sensación de seguir actuando en una obra que ya terminó.

Lo que el perfil mapea: qué queda y qué puede desplegarse

Aquí es donde un mapa ayuda más que un consejo. El Perfil de Valores de Hartman no mide rasgos de personalidad: mide, por separado, la nitidez con la que valoras el mundo y la nitidez con la que te valoras a ti. En su lectura clínica, esas dos miradas se llaman mundo externo —el «yo en el mundo»: los roles, la acción, la eficacia— y mundo interno —el «yo conmigo»—.5

La jubilación es, casi por definición, el momento en que el mundo externo pierde su escenario y el interno queda al mando. Y el perfil de quien construyó la identidad sobre el cargo es un patrón bien conocido en la práctica clínica: un mundo externo entrenado, preciso, brillante incluso — y un mundo interno borroso de puro desuso.5 No borrado: borroso. La diferencia importa, porque lo desenfocado se puede volver a enfocar.

Eso es lo que el perfil mapea en este momento vital. Primero, qué queda: tu capacidad de valorar no se jubila; el mapa muestra qué partes de tu mirada están intactas y dónde sigue estando tu fineza — que ahora puede aplicarse a otra cosa. Segundo, qué puede por fin desplegarse: la dimensión que el cargo postergó durante décadas. La atención que no cabía en la jornada. Los vínculos que quedaron en «cuando me jubile». El oficio sin mercado: lo que hacías —o querías hacer— por el puro gusto de hacerlo bien.

Hay una trampa conocida en este punto, y conviene nombrarla: rellenar la agenda. Convertir a los nietos en proyecto, el viaje en currículum, el huerto en indicador de productividad. Es comprensible —es el único idioma que el cargo dejó entrenado—, pero es el mismo movimiento con otro decorado: reponer extrínseco con extrínseco. El malestar vuelve en cuanto la nueva agenda se detiene.

Jubilarse del cargo, no de uno mismo

La distinción práctica cabe en dos preguntas. «¿Qué hago ahora?» es legítima, pero es la segunda. La primera —la que el cargo respondió por ti durante décadas sin dejarte hacerla— es «¿quién soy, ahora que nada me obliga a ser otra cosa?». No hace falta responderla en un fin de semana; de hecho, no se puede. Pero sí se puede dejar de taparla.

Porque del cargo se jubila uno entero, y está bien así: se entrega la tarjeta, la firma, el organigrama. La persona que lo sostuvo —la que madrugó, la que aprendió el oficio, la que sacó adelante a otros— no se jubila. Se queda. Y por primera vez en mucho tiempo, queda disponible a jornada completa para lo único que nunca fue una función: su propia vida.

Referencias

Obras de referencia

  • Robert S. Hartman, La estructura del valor: fundamentos de la axiología (FCE, 1959) — las tres dimensiones del valor (sistémica, extrínseca, intrínseca) y sus aplicaciones a la persona.
  • Carl Gustav Jung, «Las etapas de la vida», en Obra completa, vol. 8 (ensayo de 1930-1931) — la mañana y la tarde de la vida como dos programas distintos.
  • Mariano Cruz Zamora, Manual para la interpretación clínica del Perfil de Valores Hartman: en la versión de Alfonso Castro Asomoza (2015) — la lectura clínica de los mundos externo e interno y del factor de desconexión.

Fuentes

  1. Robert S. Hartman, La estructura del valor: fundamentos de la axiología (FCE, 1959). En el capítulo final («Resumen y perspectiva»), Hartman esquematiza las aplicaciones de cada dimensión: la valoración extrínseca aplicada a personas individuales «muestra a cada persona como una clase de funciones» — el fundamento, señala, de una psicología entendida como ciencia del valor. Las tres dimensiones no las descubrió Hartman —venían de la tradición filosófica—; él las formalizó, las ordenó y las hizo medibles.
  2. Misma obra y capítulo: el valor intrínseco aplicado a personas individuales «muestra la unicidad de cada persona y su cumplimiento o no-cumplimiento de su propio ser» — el terreno que Hartman asigna a la ética. La jerarquía entre dimensiones es explícita en su axiología: el valor intrínseco (una persona) es superior al extrínseco (sus funciones) y este al sistémico (sus definiciones); en una formulación suya recogida por la tradición clínica, «una sola vida es infinitamente más valiosa que todos los pensamientos» (citada en Cruz Zamora, 2015).
  3. La transposición —valorar en una dimensión lo que pertenece a otra y, en particular, tratar a una persona (valor intrínseco) como función o mercancía (valor extrínseco)— es una de las operaciones centrales del análisis axiológico de Hartman y de su uso clínico posterior. Fuentes: Hartman, La estructura del valor (1959); Cruz Zamora (2015).
  4. Carl Gustav Jung, «Las etapas de la vida» (1930-1931), recogido en la Obra completa, vol. 8 (La dinámica de lo inconsciente). La imagen es suya: la mañana y la tarde de la vida obedecen a programas distintos, y lo que era verdadero por la mañana se vuelve falso al atardecer. Aquí se parafrasea, no se cita verbatim.
  5. La lectura por «mundos» pertenece a la tradición clínica del Perfil de Valores Hartman: el mundo externo («yo en el mundo»: roles, acción, eficacia) y el mundo interno («yo conmigo»: la autovaloración), medidos por separado. La «nitidez» del cuerpo del artículo es el nombre llano de la claridad o agudeza valorativa (las medidas DIF), no un término técnico. El patrón de nitidez externa con desenfoque interno corresponde al llamado factor de desconexión: la persona volcada al exterior con el interior desatendido. Fuente: Mariano Cruz Zamora, Manual para la interpretación clínica del Perfil de Valores Hartman: en la versión de Alfonso Castro Asomoza (2015).
Reflexión final

La jubilación retira el andamio, no el edificio. Cuando el traje de funciones vuelve a su percha, lo que queda no es un vacío: es la parte de ti que nunca cupo en una tarjeta.

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