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Qué cuentas cuando cuentas un año: por qué tu balance de diciembre solo recoge lo que se deja enumerar

Juan Carlos Sastre
#Balance #AxiologíaFormal #FinDeAño #Propósitos

A las doce menos cinco de la última noche del año, un país entero se pone a contar. Doce campanadas, doce uvas, una por mes. Es la única vez en todo el año que contamos todos a la vez y en voz alta. Y al día siguiente, cuando alguien pregunte qué tal el año, saldrá otra cuenta muy distinta que nadie llama cuenta.

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Doce trozos que caben en la boca

La costumbre es más rara de lo que parece, y su origen no es el que suele contarse. La versión popular la data en 1909, cuando los viticultores del Vinalopó colocaron un excedente de uva como «uvas de la suerte», empaquetadas de doce en doce, una por mes. Pero la prensa madrileña ya recogía la práctica en 1882, y no como rito: como burla a la burguesía afrancesada que brindaba con champán y uvas.1

La burla se quedó. El excedente de 1909 no la inventó: le puso formato.

Y el formato es lo interesante, porque hace algo muy concreto. Coge un año —que no viene en trozos— y lo entrega cortado en doce unidades idénticas, contables y del tamaño de un bocado. Tú solo tienes que ir tragándolas al ritmo que marca un reloj.

No estoy diciendo que las uvas nos hayan enseñado a hacer balance. Sería una tontería. Digo que el rito y el balance comparten gramática, y por eso encajan tan bien esa noche: los dos convierten el tiempo vivido en algo que se puede numerar.

Tres verbos «contar»

El español mete tres operaciones distintas dentro del mismo verbo, y las tres aparecen esa noche. Contar es enumerar: las uvas, las campanadas, los kilos, los meses. Contar es también narrar: lo que pasó, cómo fue, a quién. Y contar es, además, importar: «eso no cuenta», «cuenta conmigo».

No voy a fingir que esos tres verbos sean las tres dimensiones del valor: no lo son, y forzar la simetría sería un truco. Pero el idioma ha guardado ahí la pregunta buena. Enumerar y narrar no son dos maneras de hacer lo mismo, y de cuál elijas depende bastante qué acabe importando.

La axiología formal —la ciencia del valor que Robert S. Hartman formalizó a mediados del siglo XX— separa esas maneras con precisión.2

Valorar sistémicamente es medir contra una definición: se cumple o no se cumple, sin grados. Valorar extrínsecamente es medir dentro de una clase: mejor o peor, más o menos, comparable y por tanto sustituible. Valorar intrínsecamente es no medir contra nada, porque no hay clase con la que comparar: esto, y no otra cosa.

Las tres hacen falta. La pregunta útil no es cuál es la buena. Es cuál llevas puesta sin haberla elegido.

Por qué una lista no llega

Hartman sostiene que los conceptos tienen tamaños distintos de riqueza, y que ese tamaño se puede precisar. Un concepto construido —una definición, una norma— contiene un número finito de propiedades. Un concepto abstraído de la experiencia —una clase, un tipo— contiene una infinidad enumerable. Y un concepto singular —esta persona, este día, no su categoría— contiene una infinidad no enumerable. Cumplir cada uno de esos tres conceptos es lo que produce, respectivamente, valor sistémico, extrínseco e intrínseco.3

Y ahora el detalle que lo decide todo. Hartman explica por qué lo enumerable es enumerable: porque sus propiedades han sido abstraídas una a una. Un conjunto cuyos elementos se pueden identificar uno a uno es, matemáticamente, un conjunto enumerable.4

Una a una. Eso es exactamente lo que hace una lista.

De modo que un inventario no se queda corto por falta de esfuerzo o de sensibilidad. Es un instrumento con un alcance definido, y lo singular no se le escapa por poco: le queda estructuralmente fuera.

Hartman lo dice de la manera menos abstracta posible, hablando de su mujer. Cuando la piensa como es debido —no como ama de casa, no comparada con otras esposas—, es única; y entonces se pregunta cuántas propiedades tiene. La respuesta es que tiene una infinidad de propiedades y que él no puede realmente enumerarlas ni definirlas. No la abstrae: vive su vida con ella.5

Lo que falta en tu balance no se quedó fuera por poco importante. Se quedó fuera porque las listas no tienen manos para cogerlo.

La versión industrializada ya la conoces: el resumen anual que te regala una aplicación, con sus minutos escuchados y tu posición respecto a otros usuarios. Hace bien su trabajo. Lo que no puede hacer —ni promete— es decirte qué significó una canción concreta a las tres de la mañana de un martes de marzo. Un algoritmo cuenta tu año en el primer sentido del verbo; en el segundo no tiene nada que decir.

«No he hecho nada este año»

La frase la dice gente que acaba de pasar doce meses acompañando a un padre que se moría. O sosteniendo una casa. O saliendo despacio de una enfermedad.

Dicho con precisión: eso no es un dato sobre el año. Es un dato sobre el instrumento. Se aplicó una vara que solo registra lo enumerable, y lo no enumerable no marcó.

Conviene separar aquí dos fallos que suenan parecido y no lo son.

«He hecho menos que el año pasado» es una valoración extrínseca. Compara, admite grados, mide una práctica y mañana admite otro número. Fastidia, y se sobrevive.

«He perdido un año» es otra cosa. Ahí el año se mide contra la definición de Año Que Cuenta, y esa definición se cumple entera o no se cumple. El año no saca mala nota: en esa dimensión no hay notas, hay cumplimiento o inexistencia, y doce meses se saldan con una sola palabra. Es la aritmética de lo sistémico aplicada a una vida.

Eso es una inversión, en el sentido exacto que Hartman le da: medir algo de riqueza no enumerable con la vara de un sistema, que por definición tiene un número finito y cerrado de propiedades.

Y hay un segundo giro, que es el que convierte esto en un autorretrato. Para Hartman, «Yo» es también un concepto singular, y el valor moral de una persona es el grado en que cumple su propio concepto de sí misma.5

Traducido: cuando haces balance no estás midiendo un año, sino tu concepto de ti con el año como excusa. Y la forma del balance delata con qué clase de concepto te tienes agarrado: si tu «Yo» funciona como una definición con requisitos, diciembre será siempre un examen.

En esa aritmética no existe la resta

Fíjate en la palabra que usamos. Balance: una balanza, dos platillos, lo que entra menos lo que sale, un resultado neto. La palabra ya confiesa en qué dimensión estamos operando antes de que empecemos.

Un balance resta. Es lo que sabe hacer.

Y aquí Hartman deja caer, casi de pasada, una de las cosas más raras y más serias de toda su obra. En la aritmética de los números transfinitos —la que corresponde a lo intrínseco— la resta no está definida. Si a una infinidad le restas una infinidad, sigues teniendo una infinidad. La sustracción, sencillamente, no es una operación posible ahí.6

Lo escribe como matemático, no como consuelo, y conviene no confundir las dos cosas. Pero la consecuencia formal es esta: en la dimensión donde vive lo que eres, las pérdidas del año no se descuentan de ti. Puedes haber perdido cosas —y quizá las has perdido— sin que eso reste nada de tu valor intrínseco, porque ahí no hay resta que hacer. Lo que se descuenta, se descuenta en la columna de los resultados.

Eso no borra ninguna pérdida. Solo dice en qué libro se anota.

Contar mal un año no es contar poco: es contar en una sola de las tres maneras y creer que ya has terminado.

Pero el balance de cifras no es el enemigo

Este argumento se puede llevar a un sitio falso y muy cómodo, así que conviene frenar. Hartman fue explícito: no toda valoración sistémica es mala; es importantísima y necesaria, y solo se vuelve mala cuando se aplica de forma inapropiada y poco inteligente a situaciones humanas.7

Un año sin ninguna cuenta es un año que no puedes gobernar. Los números te dicen cosas que tu sensación no sabe: que viste a tus amigos tres veces y no «bastante»; que el proyecto lleva catorce meses parado y no «un tiempo»; que dormiste mal doscientas noches. La memoria negocia. Las cifras no.

Y hay una trampa simétrica, más elegante y por eso más peligrosa: el balance «solo intrínseco», el que se niega a mirar una cifra porque lo importante no se mide. Se puede pasar un año sin que nada de lo que decías que te importaba llegue a ninguna parte, y contarse encima una historia bonita. No ser medible no es una virtud: a veces es solo no querer mirar.

La jerarquía de Hartman no es un ranking moral en el que lo intrínseco es bueno y lo sistémico malo. Es un orden de riqueza. Lo pequeño sostiene. El problema empieza cuando lo pequeño se pone a juzgar lo grande.

Doce preguntas para las doce uvas

De todo lo anterior sale algo concreto, y no es un método de productividad. La regla de construcción es simple: si una pregunta se puede contestar con un número o con un sí, no es de estas. Estas solo se contestan contando, en el segundo sentido del verbo.

No es un test. No hay puntuación, no hay que contestarlas todas y no pasa nada por dejar huecos. Doce es el guiño, no el requisito.

  1. ¿Qué momento de este año no le habría servido a nadie más?
  2. ¿Quién te vio este año como no te vio nadie más?
  3. ¿A quién viste tú así?
  4. ¿Qué hiciste que no habría salido igual en otras manos?
  5. ¿Qué conversación te cambió algo sin cambiar nada medible?
  6. ¿Dónde estuviste del todo, sin calcular lo que venía después?
  7. ¿Qué te costó caro y volverías a hacer?
  8. ¿Qué soltaste, y qué se hizo sitio cuando lo soltaste?
  9. ¿Qué aprendiste que no sabrías explicar en una frase?
  10. ¿Qué parte de ti volvió este año después de mucho tiempo fuera?
  11. ¿Qué le debes a alguien que no te lo va a cobrar?
  12. ¿Qué te gustaría que alguien recordara de haber estado contigo este año?

Y sí: acabo de darte una lista numerada para salir de las listas numeradas. No es un descuido. Una forma con número y orden es justo lo que sostiene aquello que no cabe en ella; eso hace un rito. La lista no es el balance: es el envase.

Fíjate en lo que tienen en común: ninguna se puede contestar sin nombres propios. Ese es el indicador de que has cambiado de instrumento. Cuando el repaso empieza a llenarse de nombres en vez de cifras, ya no estás haciendo un balance: estás contando el año.

Propósitos de otra estirpe

El inventario que haces en diciembre decide qué propósito puede nacer en enero. Esa es la parte que casi nadie ve.

De un inventario de cifras solo puede salir más cifra: más, mejor, antes. Es coherente. Si la pregunta fue cuánto, la respuesta va a ser cuánto.

Del otro sale algo de otra especie. No un propósito que declare quién vas a ser, sino uno que nombre qué no quieres perder. «Que los jueves sigan siendo de esa gente.» «Que el año que viene alguien pueda contestar la pregunta doce con mi nombre.»

No es que ese segundo tipo sea más fácil ni que se sostenga solo. Sigue necesitando hora, sitio y forma: un propósito sin cuerpo se evapora igual, venga de donde venga. Pero apunta a otro sitio, y eso cambia qué se evalúa cuando falles.

Qué estatus tiene todo esto

Lo que es axiología formal, y no opinión mía, es la parte estructural: que hay tres tamaños de riqueza conceptual, que lo enumerable lo es porque se abstrae una a una, y que por eso una lista no alcanza lo singular. Eso no depende de cómo te sientas el 31 de diciembre.

Lo demás es lectura. Que el balance típico salga extrínseco describe la forma de la operación, no cuánta gente lo hace; y que la culpa de fin de año sea la firma emocional de una valoración sistémica de uno mismo es una manera de ordenar algo que ya te pasaba, no un dato medido. No conozco ninguna medición de eso y no la doy por supuesta.

Y queda lo incómodo: cuál de las tres dimensiones llevas puesta por defecto sí se puede medir, pero no repasando el año. El repaso viene hecho con el mismo instrumento que querrías examinar, y un balance no puede auditarse a sí mismo, igual que una regla no mide su propia longitud.8

Las dos respuestas

Esta noche vas a contar hasta doce con todo el mundo. Es un buen rito: tiene hora, tiene forma y no te pide ser nadie.

Mañana, cuando alguien te pregunte qué tal el año, vas a tener dos respuestas disponibles. Una cabe en una lista y se despacha en treinta segundos. La otra no cabe, y hay que contarla.

Elige la segunda al menos una vez. No por el año: por quien te preguntó.

Referencias

Obras de referencia

  • Robert S. Hartman, El conocimiento del bien: crítica de la razón axiológica (1965) — la correspondencia entre el tipo de concepto (sintético, analítico, singular), el número de propiedades que puede contener (finito, enumerablemente infinito, no-enumerablemente infinito) y la dimensión de valor que resulta de cumplirlo.
  • Robert S. Hartman, La estructura del valor: fundamentos de la axiología científica (1959) — la infinidad de propiedades de la cosa individual, la no-enumerabilidad como Gestalt y el valor moral como cumplimiento del propio concepto singular «Yo».
  • Robert S. Hartman, Arthur R. Ellis y Rem B. Edwards, Freedom to Live: The Robert Hartman Story (1994) — la exposición más llana de las tres dimensiones, la aritmética transfinita del valor y la advertencia de que no toda valoración sistémica es mala.
  • Robert S. Hartman, Manual of Interpretation of the Hartman Value Profile (1967) — el instrumento con el que las tres dimensiones dejan de ser una distinción filosófica y pasan a ser algo que se mide.

Fuentes

  1. Las dos versiones conviven, y el orden cronológico es el que decide. La prensa madrileña recoge menciones de la costumbre ya en 1882: la clase burguesa y afrancesada acostumbraba a brindar con champán y tomar uvas en la cena de Nochevieja, y grupos populares salieron a tomar uvas frente a la Puerta del Sol durante las campanadas en son de burla. La historia del excedente de uva es posterior: en 1909 los viticultores del Bajo Vinalopó, en Alicante, se encontraron con una cosecha sobrante y la comercializaron como «uvas de la suerte» en paquetes de doce, una por cada mes del año. Es decir, 1909 no originó la costumbre; le dio formato comercial y la extendió. Fuentes: reportajes de National Geographic España y elDiario.es sobre el origen de la tradición, y la entrada «Doce uvas» de Wikipedia en español, que recoge ambas hipótesis y la datación hemerográfica.
  2. Precisión de atribución, porque se confunde a menudo: las tres maneras de valorar —intrínseca, extrínseca y sistémica— no son un descubrimiento de Hartman, sino una herencia de la tradición filosófica que él formalizó, ordenó jerárquicamente y convirtió en medible. Su axioma fundacional es que una cosa es buena si y solo si cumple el conjunto de propiedades de la comprensión de su concepto. Fuentes: La estructura del valor (1959) y Freedom to Live (1994).
  3. «Dependiendo de que los conceptos sean sintéticos (construcciones), analíticos (abstracciones), o singulares, el número de propiedades posibles que pueden contener es respectivamente finito, enumerablemente infinito, o no-enumerablemente infinito. El cumplimiento de estos conceptos respectivos da como resultado, respectivamente, valor sistémico, extrínseco e intrínseco, es decir, diferentes dimensiones de valor.» El pasaje pertenece al capítulo sobre la ciencia axiológica, donde Hartman deriva la medición del valor a partir de la intensión del concepto como norma. Fuente: El conocimiento del bien (1965), p. 221.
  4. «Las propiedades de tales conceptos son enumerables, es decir, contables una a una. Porque han sido abstraídas una a una. Un conjunto de elementos que pueden identificarse uno a uno es, matemáticamente, un conjunto enumerable.» En La estructura del valor lo formula al revés, definiendo por contraste lo singular: la extensión de una comprehensión no-enumerable «debe ser singular, pues significa un continuo no-enumerable, es decir, una Gestalt», mientras que la no-singularidad «presupone abstracción, es decir, denumerabilidad de las propiedades comprehensionales», ya que las propiedades comunes a dos cosas «no pueden ser abstraídas excepto una a una, o conjunto a conjunto». Traducciones propias. Fuentes: Freedom to Live (1994) y La estructura del valor (1959).
  5. «Cuando pienso en mi mujer como debería —no como ama de casa ni como esposa en comparación con otras esposas—, ella es única. En ese caso el concepto "mi mujer" es un concepto singular. ¿Cuántas propiedades tiene? Tiene una infinidad de propiedades, y yo no puedo realmente enumerarlas ni definirlas. La veo, como dirían los psicólogos, como un todo ininterrumpido o una gestalt, o, como dirían los matemáticos, como un continuo. Ni la abstraigo ni la defino. Vivo su vida, identificándome con ella.» Y unas líneas después: «"Yo" es también un concepto singular.» La formulación paralela de La estructura del valor es la que uso para el paso al balance: «el valor moral aparecerá como el cumplimiento, por parte de una persona, de su propio concepto de sí mismo. Este concepto es un concepto singular, "Yo"». Traducciones propias. Fuentes: Freedom to Live (1994) y La estructura del valor (1959).
  6. «Supongamos que sumas una infinidad a una infinidad, ¿cuál es el resultado? Pues una infinidad. Resta una infinidad de una infinidad y —esto es lo más significativo— el resultado sigue siendo una infinidad. La sustracción no es posible en la aritmética infinita.» Hartman lo escribe exponiendo la aritmética transfinita que sostiene su definición del valor intrínseco, no como consuelo ante las pérdidas. La lectura existencial que hago de ello en este apartado es mía, y la señalo para que se sepa de quién es cada parte: lo que la fuente autoriza es la afirmación formal de que la resta no está definida en esa aritmética; que de ahí se siga algo sobre cómo llevar un mal año es una extensión, razonable pero extensión al fin. Traducción propia. Fuente: Freedom to Live (1994).
  7. «Por otro lado, no toda valoración sistémica es mala. Es enormemente importante y necesaria. Solo es mala cuando se aplica de manera inapropiada y poco inteligente a situaciones humanas.» La frase va inmediatamente después del pasaje donde describe el carácter dictatorial de lo sistémico, y es la que impide leer a Hartman como un enemigo de las normas y de las cuentas. Traducción propia. Fuente: Freedom to Live (1994).
  8. Lo que un instrumento axiométrico como la Prueba de Valores de Hartman evalúa no es el contenido de tu año ni la calidad de tus decisiones, sino la nitidez con la que distingues las tres dimensiones y cuál de ellas gobierna cuando hay que ordenar. Son cosas distintas y conviene no confundirlas: la claridad de la valoración es un índice, el equilibrio entre los mundos es otro, y ninguno de los dos es una nota sobre tu biografía. La razón de que un repaso introspectivo no sirva para esto es la del texto: el repaso se hace con el mismo aparato de valoración que se quiere describir, de modo que confirma su propio sesgo en lugar de exponerlo. Fuente: Manual of Interpretation of the Hartman Value Profile (1967).
Reflexión final

Todo balance de fin de año es un autorretrato: no dice tanto cómo fue el año como con qué vara te mides. Si al repasar doce meses solo aparecen logros, cifras e hitos, el retrato ha salido en blanco y negro, y no porque el año no tuviera color. Porque el instrumento no recoge color.

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