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Septiembre, el año que de verdad empieza: por qué los comienzos necesitan forma y no fuerza de voluntad

Juan Carlos Sastre
#Comienzos #Ritos #Hartman #AxiologíaFormal #SentidoVital

Tenemos dos años nuevos. Uno es oficial, viene con uvas y con brindis, y ocupa el primer minuto del calendario. El otro no está señalado en ninguna parte y llega con olor a plástico de forro y a cuaderno recién abierto.

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Todo el mundo sabe cuál de los dos funciona. Lo que casi nadie se pregunta es por qué.

La explicación de siempre es moral: en enero falta constancia, la gente se viene arriba, es la resaca. Pero eso no explica que las mismas personas, con el mismo carácter, aguanten en octubre lo que abandonaron en enero.

La diferencia no está en ti. Está en la forma que le diste al comienzo. Y esa forma se puede describir con bastante precisión.

Tres maneras de valorar un comienzo

La axiología formal —la ciencia del valor que Robert S. Hartman formalizó a mediados del siglo XX— distingue tres modos de valorar cualquier cosa, según el tipo de concepto con el que la mides.1

Valorar sistémicamente es comprobar si algo cumple una definición: se cumple o no se cumple, sin grados. Valorar extrínsecamente es situarlo dentro de su clase: mejor o peor, más o menos, esta semana mejor que la anterior. Valorar intrínsecamente es verlo como único, sin clase con la que compararlo.

Las tres hacen falta. Un comienzo bien hecho las usa las tres. El problema empieza cuando una ocupa el sitio de otra.

La taza y el número

Hartman rescata una observación de Aristóteles que aquí viene como anillo al dedo. Una taza se puede mutilar: le arrancas el asa y sigue siendo una taza. Un número no — si le quitas una unidad, no obtienes un número dañado, obtienes otro número.2

Casi cualquier cosa que empieces puede formularse como una taza o como un número. Y de esa elección, más que del carácter, depende que sobreviva a febrero.

Fíjate en cómo se formula un propósito de Año Nuevo. «Voy a ser una persona que se levanta a las seis.» «Este año soy de los que van al gimnasio.» Eso no es un plan: es una definición, un concepto con sus propiedades enumeradas, y tú te has ofrecido voluntario para ser el caso que lo cumple.

Y el valor sistémico tiene una aritmética que en un brindis parece inofensiva. Hartman lo dice sin rodeos: es el valor de la Perfección. Las cosas sistémicas —un círculo, un número— no pueden ser buenas ni malas; solo pueden ser o no ser esa cosa. Admiten cumplimiento completo o incumplimiento completo, y no hay término medio porque no hay dónde ponerlo.3

Por eso el 12 de enero te quedas en la cama y no tienes un propósito ligeramente peor: tienes otra cosa, y esa otra cosa se llama haber fallado. Doce días no cuentan como doce días. Cuentan como cero. Y si te formulaste como el caso que cumple el concepto, el que falla no es el plan: eres tú, y no un poco. Has medido algo de riqueza inagotable —una vida— con la vara de un sistema, que tiene un número finito y cerrado de propiedades.4

Un propósito de enero nace terminado y desde el primer día solo puede estropearse. Un cuaderno nace vacío y solo puede llenarse.

Lo que septiembre trae, y enero no

Septiembre no te pide que seas nadie. Te trae horas.

Empieza el curso. Las clases tienen día, sala y profesora. La piscina abre a las siete. El grupo se reúne los jueves. Alguien te espera en un sitio concreto a una hora concreta, y lo nota si no apareces.

Esa estructura no la sostienes tú con fuerza de voluntad: viene de fuera, ya encarnada en el tiempo. Y es extrínseca de arriba abajo — se mide, se compara, se ajusta y, sobre todo, admite grados. Una semana en la que fuiste dos veces en lugar de tres es una taza desportillada. Sigue siendo una taza.

Hay un parecido que no es casual: una cuadrícula de calendario y un enrejado de jardín son el mismo dibujo. Líneas que se cruzan y dejan huecos. El enrejado no es bonito, no es el objetivo y nadie lo mira — son cuatro listones clavados contra una pared. Pero es lo que permite que una trepadora suba en vez de arrastrarse por el suelo.

La estructura no crece. Lo que crece es la planta, y sin la estructura no habría subido. Eso es un horario de septiembre bien puesto: los jueves a las siete no son la vida que quieres, son los listones. El propósito de enero, en cambio, es la planta sin el enrejado — pura intención de trepar, sin nada a lo que agarrarse.

Por eso el rito de septiembre es más honesto que el de enero. No te promete una versión nueva de ti. Te promete un jueves.

El cuaderno dice lo mismo con otro material. No es un símbolo de perfección: está rayado, tiene márgenes y está diseñado para que lo llenes con tachones. Nadie ha estrenado nunca una agenda pensando que va a salir impecable.

Fíjate en lo poco que te pide septiembre comparado con lo que te pedía el brindis. No una identidad nueva: una hora, un sitio y la disposición a aparecer estando regular. Es una promesa lo bastante pequeña como para cumplirla el día que no te apetece, que es el único día en el que un comienzo se juega algo.

Cuidado: el calendario no es dueño de ninguna dimensión

Conviene frenar aquí, porque el argumento se puede llevar a un sitio falso.

No es que enero sea sistémico y septiembre extrínseco. Los meses no tienen dimensión: la pone quien empieza. Puedes hacer un 1 de enero perfectamente extrínseco —apuntarte a algo que tiene día y hora— y puedes convertir septiembre en el enero más sistémico de tu vida.

El ejemplo contemporáneo lo tienes en el bolsillo: la racha. Treinta y cuatro días seguidos marcando la casilla en una aplicación de hábitos, y el día treinta y cinco te pones enfermo y el contador vuelve a cero. Eso ya no es una práctica que se mide: es un número que no se puede mutilar, disfrazado de rutina. Aritmética de enero con interfaz de septiembre.

Y hay una segunda trampa, más elegante. Que la forma se convierta en el objetivo. La agenda llena, los hábitos monitorizados, el sistema de organización cada vez más fino — y ninguna respuesta a la pregunta de para qué. Una estructura que se justifica a sí misma es una jaula bien diseñada, aunque venga con muy buena tipografía.

La culpa aparece cuando lo que se evalúa eres tú. El cansancio aparece cuando lo que se evalúa es la práctica — y del cansancio se vuelve.

Para qué sirve un rito

Aquí es donde entra la tercera dimensión, y donde se decide si todo lo anterior vale para algo.

La forma es sistémica: un rito es una estructura, con sus reglas, su hora y su sitio. Eso no hay que quitarlo. Hartman, de hecho, incluyó el Ritual entre los campos a los que la axiología puede aplicarse, junto a la ley, la técnica o la gramática: no es un adorno, es una manera seria de organizar el mundo.5

Eso no contradice lo de antes, aunque lo parezca. La regla es sistémica: «los jueves a las siete» se cumple o no se cumple. Lo que la regla ordena —aparecer, con más o menos constancia— es extrínseco y admite grados. El enrejado es rígido; lo que trepa por él, no.

Lo que distingue a un rito de un examen no es que tenga menos forma. Es hacia dónde apunta la forma.

Conviene distinguirlo de su vecino, que se le parece y no es lo mismo. Un hábito se mide por su repetición: cuenta los días y se rompe cuando fallas —de ahí la racha—. Un rito se mide por lo que sostiene: puedes faltar un jueves y el jueves sigue ahí, porque no lo sostenías tú. El hábito te pertenece. Al rito perteneces tú.

Vas el jueves a esa clase, y no vas porque debas ser una persona que hace ejercicio. Vas porque hay gente esperándote, porque tu cuerpo te lo pide, porque esa hora es tuya de una manera que ninguna otra hora de la semana lo es. La estructura es el vehículo. Lo que viaja dentro es lo insustituible.

Y ahí se cierra la figura. El propósito de enero era la planta sin enrejado; la agenda que se justifica a sí misma es el enrejado sin planta. Un rito bien puesto es lo único que sostiene las dos cosas a la vez: una estructura que aguanta y algo vivo subiendo por ella.

Cuatro maneras de empezar sin castigarte

De todo lo anterior salen cuatro cosas concretas, y ninguna es un método de productividad.

Uno: ponlo en la agenda, no en la cabeza. Un propósito sin hora es un concepto, y ya sabes cómo se comportan los conceptos. Con día y hora se convierte en una cosa del mundo, y las cosas del mundo se pueden hacer regular.

Dos: diseña el fallo antes de empezar. Decide de antemano qué pasa el día que falles, porque vas a fallar. Un comienzo que no sobrevive a un fallo no era un comienzo: era un examen con otro nombre.

Tres: que tenga cuerpo y, si puede ser, testigos. Un sitio, una hora, alguien que note tu ausencia. Los ritos que duran casi nunca son privados; los propósitos que se evaporan casi siempre lo son.

Cuatro: pregúntate para quién y para qué. Si al final de toda la estructura no hay nada ni nadie irrepetible esperando, tienes un sistema impecable y ninguna razón para sostenerlo.

Qué estatus tiene todo esto

Conviene decirlo con honestidad, porque es fácil leer un artículo así como si fuera un diagnóstico.

Nadie ha medido tu enero. Que la culpa sea la firma emocional de una valoración sistémica de uno mismo es una lectura, no un dato: una manera de ordenar algo que ya te pasaba. Lo que la axiología aporta aquí no es una prueba, sino una distinción fina —tres modos de valorar que solemos manejar mezclados— y la posibilidad de ver cuál llevas puesto por defecto cuando empiezas algo.

Eso, por cierto, sí se puede medir. Pero no leyéndote a ti mismo: es justo lo que la introspección no alcanza.

Un jueves a las siete

Septiembre no promete que serás otra persona. Promete el jueves a las siete, con su sala, su hora y su gente. Es una promesa mucho más pequeña, y por eso se puede cumplir.

Empezar bien no es prometerse más. Es prometerse menos, y con hora.

Referencias

Obras de referencia

  • Robert S. Hartman, La estructura del valor: fundamentos de la axiología (FCE, 1959) — las tres dimensiones del valor, su cardinalidad, el valor sistémico como valor de la Perfección y la tabla final de ciencias axiológicas aplicadas.
  • Aristóteles, Metafísica — la observación sobre lo que puede y no puede ser mutilado, que Hartman recoge para ilustrar la diferencia entre lo sistémico y lo empírico.

Fuentes

  1. Robert S. Hartman, La estructura del valor: fundamentos de la axiología (FCE, 1959). La dimensión sistémica corresponde a conceptos definitorios o sintéticos; la extrínseca, a conceptos expositivos —admiten comparación y grado—; la intrínseca, a lo singular. Las tres dimensiones no las descubrió Hartman: venían de la tradición filosófica. Lo suyo fue formalizarlas, ordenarlas jerárquicamente y hacerlas medibles.
  2. Hartman, La estructura del valor (1959), en nota al pie de la exposición del valor de los conceptos sintéticos: «Como Aristóteles dice correctamente, un número no puede ser "mutilado", pues la pérdida de una unidad lo convierte en otro número. Pero una taza sí puede ser mutilada, pues la pérdida del asa no la hace dejar de ser taza.» La aplicación de la imagen a los propósitos de Año Nuevo es una extensión propia de este artículo, no un ejemplo de Hartman.
  3. Hartman, La estructura del valor (1959), en la exposición del valor de los conceptos sintéticos. En el original: «Los círculos geométricos, los triángulos, los electrones, los números y cosas similares —cosas sistémicas— no pueden como tales ser buenos ni malos. Sólo pueden ser o no ser tales cosas. Los valores relacionados con los conceptos sintéticos, en consecuencia, pueden ser únicamente ente sintético o no ente, cumplimiento completo o no-cumplimiento completo, perfección o no-perfección. El valor sistémico es el valor de la Perfección.»
  4. Hartman, La estructura del valor (1959). La jerarquía entre las dimensiones no es retórica en su sistema: cada una tiene una cardinalidad distinta —finita la sistémica, enumerable la extrínseca, del continuo la intrínseca—, de modo que un ser único posee una riqueza de propiedades que ninguna enumeración agota. Medir a una persona con un criterio sistémico es, en esos términos, aplicar la vara más pobre a lo más rico.
  5. Hartman, La estructura del valor (1959), capítulo «Resumen y perspectiva», donde traza el mapa de las ciencias axiológicas aplicadas e incluye el Ritual entre ellas, junto a la ley de la propiedad, los juegos, la ingeniería, la lógica o la gramática. La misma enumeración aparece recogida en la introducción de Value and Valuation (1972). La lectura del rito que se hace en este artículo es propia; Hartman solo señala el campo.
Reflexión final

El cuaderno nuevo no te está pidiendo que lo llenes bien. Solo te está pidiendo que lo abras.

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