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El propósito de Año Nuevo que nadie apunta: por qué cumplir la lista entera tampoco arregla lo que falta

Juan Carlos Sastre
#AñoNuevo #AxiologíaFormal #Propósitos #Comienzos

Ocho kilos. Tres mil euros ahorrados. El B2 de inglés. Veinticuatro libros. Dejar de fumar. La lista está bien hecha: es realista, es concreta y no le sobra nada. Lo raro es lo que no está. En todo el papel no aparece nadie.

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El caso que la falta de voluntad no explica

Para el diez de febrero el gimnasio ha recuperado su aforo de siempre, y la explicación que se da es siempre la misma y siempre es moral: falta de constancia, exceso de entusiasmo, poca disciplina.

Hay una explicación mejor, y tiene que ver con la forma. Un propósito enunciado como definición —«ser una persona que»— se cumple entero o no se cumple, así que el día doce no cuenta como doce: cuenta como cero. Por ahí se rompe mucha gente, y con razón.

Pero ni una ni otra cubren el caso que de verdad habría que explicar.

El de quien lo consigue.

Baja los ocho kilos. Saca el B2. Ahorra los tres mil euros y aún le sobra un mes. Y llega al diciembre siguiente con el mismo hueco exacto con el que empezó el año, solo que ahora sin la coartada de tener algo pendiente.

Ese caso desarma la explicación entera. Si el problema fuera la voluntad, cumplir curaría.

No cura.

Haz el recuento de tu lista

Antes de seguir hace falta una distinción, y es corta.

La axiología formal —la ciencia del valor que Robert S. Hartman formalizó a mediados del siglo XX— separa tres maneras de valorar cualquier cosa.1

Valorar sistémicamente es medir contra una definición: se cumple o no se cumple, sin grados. Valorar extrínsecamente es medir dentro de una clase: mejor o peor, más o menos, comparable. Valorar intrínsecamente es no medir contra nada, porque no hay clase con la que comparar.

Las tres hacen falta y ninguna sobra. Pero no valen lo mismo, y Hartman no lo dejó en una cuestión de gusto: las ordenó por riqueza y cerró esa ordenación con una frase seca. «Lo universal tiene el valor más bajo, lo único tiene el valor más alto.»2

Ahora coge tu lista, o la de cualquiera, y clasifícala línea por línea.

«Dejar de fumar.» «Cero azúcar.» «No volver a mirar el móvil en la cama.» Sistémicos: son definiciones con sus condiciones puestas, y solo admiten dos resultados.

«Bajar ocho kilos.» «Ahorrar tres mil euros.» «Correr diez kilómetros.» «Leer veinticuatro libros.» «Sacar el B2.» «Que me asciendan.» Extrínsecos: tienen unidad, cantidad y comparación. Aquí está casi todo.

Y ahora la tercera columna. Intrínsecos:

No hay ninguno.

Repásalo en cualquier recuento de propósitos más repetidos y las categorías salen siempre las mismas —peso, dinero, ejercicio, tabaco, idiomas, trabajo—, y todas caen en las dos primeras casillas.

Lo que nadie apunta

Casi nadie escribe:

  • «Estar de verdad cuando mi hija me cuente algo.»
  • «Volver a habitar mi cuerpo.»
  • «Dejar de tratar a mi pareja como un mueble que ya está montado.»
  • «Sentarme con mi padre sin mirar la hora.»
  • «Perdonar a mi hermano, o decidir de una vez que no voy a hacerlo.»

Y no es porque no importen. Si le preguntas a cualquiera de esas personas qué es lo que más le importa de su vida, va a nombrar exactamente estas cosas y ninguna de las anteriores.

Hay una razón estructural conocida de por qué no entran: una lista enumera, y lo singular no se deja enumerar.3

Pero hay algo anterior y bastante más doméstico. Una lista de propósitos le pide cuatro cosas a cada línea: una unidad, una cantidad, un plazo y una casilla. Sin las cuatro, la línea no se puede escribir.

Y lo intrínseco no tiene ninguna de las cuatro. No hay unidad de presencia. No hay cantidad de perdón. No hay fecha límite para querer bien a alguien. Y sobre todo no hay casilla: nadie termina de estar presente con su hija, igual que nadie termina de estar vivo.

De modo que el formato descarta una dimensión entera antes de que llegues a elegir nada. No es que hayas elegido mal. Es que el molde venía decidido y solo admite dos tercios de lo que sabes valorar.

Por eso el error de enero no es de voluntad. Es de dimensión. Y ni siquiera es del todo tuyo.

Tu lista no dice lo que valoras. Dice lo que cabía.

El nombre técnico de este error

Hartman tenía un nombre para valorar algo con la vara de otra dimensión. Cuando el resultado enriquece lo valorado lo llamó composición; cuando lo empobrece, transposición.4

Y reservó una expresión para el caso extremo: la transposición trágica. La escribió pensando en Roma y en el Estado, no en propósitos de Año Nuevo. Su tesis es que una civilización empieza a enfermar cuando una construcción del pensamiento —algo sistémico— pasa a considerarse más importante que la vida misma.5

La escala no tiene nada que ver, y conviene no inflar la comparación. Pero la operación sí es la misma, y cabe entera en una servilleta: cuando el único idioma disponible para decir qué quieres de tu año es el de los kilos y los euros, has puesto lo más rico bajo la vara de lo más pobre.

Sin decidirlo. Sin darte cuenta. Con la mejor intención del mundo, y en muy buena compañía.

Por qué las métricas no alimentan

Aquí hay que frenar, porque el argumento fácil sería decir que los propósitos extrínsecos son el problema, y es falso.

Ahorrar es bueno. Aprender un idioma es bueno. Un cuerpo que funciona mejor es mejor que uno que funciona peor, y quien haya salido de una lesión larga sabe que eso no es una frase de folleto.

El problema no es que haya propósitos extrínsecos en la lista. Es que estén todos.

Hartman deja una imagen que lo explica mejor que cualquier advertencia moral: cada valor intrínseco es el punto límite de un conjunto infinito de valores extrínsecos.6

Traducido, y quitando las matemáticas: lo intrínseco es aquello hacia lo que apuntan infinitos logros y que ninguno de ellos llega a ser. No existe una cantidad de resultados que, sumada, se convierta en la otra cosa. No porque sean pocos, sino porque son de otra especie, y entre las dos no hay tipo de cambio.

Puedes cumplir quince años de listas con una constancia que nadie te va a discutir y no haberte acercado un milímetro a lo que faltaba. Es exactamente lo que le pasa a quien cumple.

Hay un hambre que no se quita comiendo más de lo mismo, y toda la lista está hecha de lo mismo.

Cómo suena un propósito en cada dimensión

El cierre práctico no es un método. Es un oído.

Coge un deseo tuyo de los de verdad, de los que están debajo de la lista, y escúchalo dicho de tres maneras.

El cuerpo

Sistémico: «Este año soy una persona que no come azúcar.» Es una definición. El día nueve te comes un trozo de tarta de cumpleaños y no llevas ocho días buenos: llevas un fracaso.

Extrínseco: «Bajar ocho kilos antes de junio.» Esto ya es otra cosa: se mide, se compara, admite grados y admite semanas malas. Es un propósito honesto y bien formulado. También es un propósito que puedes cumplir del todo sin haber vuelto a tu cuerpo ni una sola vez.

Intrínseco: «Una hora a la semana en la que mi cuerpo no esté sirviendo para nada: ni para producir, ni para mejorar, ni para gustar.»

Los vínculos

Sistémico: «Ser mejor padre.» Definición pura. No hay dónde poner «voy por la mitad».

Extrínseco: «Cenar en familia cuatro noches por semana.» Se cuenta, se ajusta, se compara con el mes pasado. Y es útil de verdad: pone horas donde no las había.

Intrínseco: «Cuando mi hijo empiece a contarme algo, soltar lo que tenga en la mano y mirarle a la cara hasta que termine.»

La objeción obvia

Una hora a la semana es una cantidad. Cuatro noches también. ¿En qué se diferencian entonces?

En qué queda evaluado.

La hora es el envase, y hace falta: sin ella no ocurre nada. Pero en «cenar cuatro noches» lo que se evalúa es la frecuencia, y una frecuencia se puede cumplir con la cabeza en otro sitio. En «mirarle a la cara hasta que termine» lo que se evalúa es un chico concreto contando una cosa concreta, y eso no tiene marcador.

La dimensión no está en la gramática de la frase. Está en qué queda medido cuando la frase se cumple. Y la prueba es rápida: pregúntate si lo que has escrito se puede puntuar. Si se puede, has escrito el vehículo. Si no se puede y aun así sabrías decir si ocurrió, has escrito lo otro.

Cómo se rompen los tres

Fíjate en lo que las formulaciones intrínsecas tienen en común: todas tienen ocasión y ninguna tiene puntuación.

Eso cambia la manera en que se rompen, que es lo que decide si algo llega vivo a marzo.

Un propósito sistémico se rompe entero el día que fallas. Uno extrínseco se rompe despacio, en el saldo. El intrínseco no lleva cuentas: si esta semana no ocurrió, la semana que viene vuelve a estar entero, porque nunca hubo un acumulado que perder.

No es que sea más fácil. Es que no se puede suspender.

Qué estatuto tiene esto

Conviene decirlo, porque es fácil leer un artículo así como si fuera un diagnóstico.

Lo que es axiología formal, y no opinión mía, es la parte estructural: que hay tres maneras de valorar, que están ordenadas por riqueza y que lo único ocupa el lugar más alto de esa jerarquía. Eso no depende de cómo te haya ido el año.

Que las listas de propósitos salgan casi enteramente extrínsecas y sistémicas es una observación, no un dato medido: cuéntalo en la tuya y en las de la gente que conoces, y decide tú si te parece cierto. Y que el hueco de diciembre sea la firma de una dimensión ausente es una lectura —una manera de ordenar algo que ya te pasaba—, no un hallazgo.

Queda además lo incómodo del ejercicio. El recuento lo haces con la lista delante, que es la parte fácil. Lo difícil no es ver qué escribiste: es acordarte de lo que se te pasó por la cabeza y descartaste antes de escribirlo, porque «eso no es un propósito».

La línea que no se puede tachar

Este año, cuando hagas la lista, deja una línea aparte.

Y sí: proponerte que añadas una línea a la lista es meter lo intrínseco en la lista, que es justo lo que llevo todo el artículo describiendo como el problema. No hay manera limpia de decirlo. Lo que sí se puede hacer es que esa línea no compita: sin número al lado, sin plazo y sin casilla detrás, para que en marzo no se la coman las otras.

Las demás te dirán en diciembre, con toda exactitud, si has cumplido.

Esa no te va a decir nada. Tendrás que mirar tú.

Referencias

Obras de referencia

  • Robert S. Hartman, La estructura del valor: fundamentos de la axiología (FCE, 1959) — las tres dimensiones del valor, la jerarquía que resulta de su distinta riqueza conceptual y el valor intrínseco como punto límite de un conjunto infinito de valores extrínsecos.
  • Robert S. Hartman, Arthur R. Ellis y Rem B. Edwards, Freedom to Live: The Robert Hartman Story (Rodopi, 1994) — la exposición más llana de las tres dimensiones, la distinción entre composición y transposición de valores y la expresión «transposición trágica».
  • Robert S. Hartman, «The Nature of Valuation», en John William Davis (ed.), Value and Valuation: Axiological Studies in Honor of Robert S. Hartman (University of Tennessee Press, 1972) — la formulación en inglés de los tres tipos de concepto y del tamaño de sus conjuntos de atributos.

Fuentes

  1. Precisión de atribución, porque se confunde a menudo: las tres maneras de valorar —sistémica, extrínseca e intrínseca— no son un descubrimiento de Hartman, sino una herencia de la tradición filosófica que él formalizó, ordenó jerárquicamente y convirtió en algo medible. La dimensión sistémica corresponde a conceptos definitorios o sintéticos; la extrínseca, a conceptos expositivos, que admiten comparación y grado; la intrínseca, a lo singular. Fuentes: Hartman, La estructura del valor (1959) y Freedom to Live (1994).
  2. Hartman, La estructura del valor (1959), en la exposición de la jerarquía de los valores. El pasaje completo sostiene que el valor intrínseco —cumplimiento de la comprehensión singular— es «más valor» que el extrínseco, y este a su vez más que el sistémico, por la distinta estructura axiométrica de cada comprehensión; y cierra: «Esta jerarquía está opuesta a la jerarquía que surge de la abstracción. Lo universal tiene el valor más bajo, lo único tiene el valor más alto.» Conviene leerla como un orden de riqueza y no como un ranking moral: lo sistémico no es malo, es pequeño, y el problema aparece cuando lo pequeño se pone a juzgar lo grande.
  3. El fundamento es de cardinalidad, no de esfuerzo. En la formulación en inglés de 1972: el valor sistémico es el cumplimiento de un concepto sintético cuya intensión es un conjunto finito de atributos; el extrínseco, el de un concepto analítico cuya intensión es un conjunto infinito enumerable; el intrínseco, el de un concepto singular cuya intensión es un conjunto infinito no enumerable. Y lo enumerable es enumerable precisamente porque sus propiedades se han abstraído una a una, que es justo lo que hace una lista. Fuentes: Hartman, La estructura del valor (1959); Hartman, «The Nature of Valuation», en Davis (ed.), Value and Valuation (1972).
  4. En el original: «A composition of values is a positive valuation of one dimension of value by another; a transposition is a negative valuation of one dimension by another». El criterio de qué cuenta como positivo o negativo es explícito en el mismo pasaje: el valor más valioso es el intrínseco, de modo que todo movimiento que se aleja de él es negativo y todo movimiento que se acerca, positivo. Hartman llegó a sistematizar y simbolizar estas combinaciones hasta obtener miles de formas distintas; aquí solo se usa la distinción básica. Traducción propia. Fuente: Freedom to Live (1994), capítulo «What Is Good?».
  5. El contexto original importa y no es el de este artículo: Hartman está escribiendo sobre el Estado militar, la caída de Roma y la distinción evangélica entre lo que es del César y lo que no. La frase es: «Tendemos hacia la transposición trágica […]. Hemos llegado a considerar una construcción del pensamiento —algo sistémico— como más importante que la vida misma». Traducción propia. La aplicación de esa forma lógica a una lista de propósitos personales es una extensión mía; Hartman no habla en ningún momento de propósitos de Año Nuevo, y la diferencia de escala entre una civilización y una servilleta es evidente. Lo que se traslada es la estructura del error, no su gravedad. Fuente: Freedom to Live (1994), capítulo «It's Not Too Late».
  6. En el original: «Si llamamos al cumplimiento de un axioma valor intrínseco, y al de una categoría o concepto valor extrínseco —la bondad de una cosa en su clase más bien que en sí misma—, entonces cada valor intrínseco es el punto limital de un conjunto infinito de valores extrínsecos». Hartman lo escribe como observación formal dentro de su discusión del descubrimiento axiomático, no como consejo vital. La lectura que hago aquí se apoya en una propiedad topológica del punto límite: es aquello a lo que un conjunto tiende sin que tenga que pertenecerle. Que de ahí se siga algo sobre listas de propósitos es una extensión mía, no una tesis de Hartman. Fuente: La estructura del valor (1959), en la discusión de la jerarquía que surge de la distinción entre axioma y categoría.
Reflexión final

Lo que más te importa de tu vida no ha entrado nunca en una lista de propósitos. Escríbelo igual, aunque quede raro entre los ocho kilos y los tres mil euros. Es la única línea que en marzo seguirá queriendo decir algo.

¿Qué está gobernando de verdad tus decisiones?

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