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La máscara de tres días y la de todo el año: por qué una libera y la otra encierra

Juan Carlos Sastre
#Carnaval #Identidad #Ritos #Hartman #AxiologíaFormal

Un martes de febrero, alguien que lleva veinte años siendo prudente sale a la calle vestido de cualquier cosa y canta en público una barbaridad. El resto del año, esa misma persona no se atreve ni a discrepar en una reunión. Las dos cosas ocurren detrás de una máscara. La diferencia es cuál de las dos se puede quitar.

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Solemos hablar de la máscara como si fuera siempre lo mismo: engaño, fachada, algo que hay que arrancar para llegar a la verdad. Pero el Carnaval lleva siglos demostrando lo contrario.

Es la única fiesta del año diseñada expresamente para que te tapes la cara, y a casi nadie le parece una fiesta deshonesta. Al revés: la gente sale de ahí diciendo que ha sido ella misma como no lo es nunca.

Eso merece explicación. Y la explicación no está en la máscara.

Un disfraz es una definición

La axiología formal —la ciencia del valor que Robert S. Hartman formalizó a mediados del siglo XX— distingue tres modos de valorar cualquier cosa, según el tipo de concepto con el que la mides.

Valorar sistémicamente es comprobar si algo cumple una definición: se cumple o no, sin grados. Valorar extrínsecamente es compararlo dentro de su clase: mejor o peor, más útil, más caro. Valorar intrínsecamente es verlo como único, sin clase con la que compararlo y sin nada que pueda sustituirlo.1

Un disfraz pertenece de lleno al primer grupo. Es un concepto cerrado con sus propiedades enumerables: capa, antifaz, tricornio de cartón. Se cumple o no se cumple.

Y ahí está su gracia, que es también su poder: una definición no tiene interior. Nadie le pregunta a un pierrot por su infancia. Ponerte una máscara es meterte dentro de algo que no admite profundidad, y por eso mismo deja de haber nada tuyo que examinar.

Lo que el Carnaval te tapa no es la cara

Fíjate en qué desaparece exactamente cuando te disfrazas.

No desaparece tu rostro, que en el fondo importa poco. Desaparece tu ficha: el cargo, el apellido, la edad aparente, el coche, el barrio, la carrera que hiciste, lo bien o mal que te ha ido. Todo eso es material extrínseco puro — datos que solo significan algo comparados con los de otro.

El Carnaval no suspende tu identidad. Suspende tu clasificación.

Por eso funciona el «mundo al revés» que describió Mijaíl Bajtín al estudiar la cultura cómica popular: la fiesta invierte las jerarquías, corona a un rey de mentira, deja hablar a quien normalmente calla y ríe de lo que normalmente se acata.2 La antropología describió después esa forma como rito de inversión de estatus: un intervalo en el que la estructura social se afloja deliberadamente.3

Las chirigotas de Cádiz son el ejemplo más limpio que tenemos cerca. Un grupo de vecinos se pinta la cara y le canta a la ciudad —al alcalde, al obispo, al banco— cosas que ninguno diría con su nombre en la puerta de la oficina. La máscara no les da valentía. Les retira el expediente.

Y lo que sale por ese hueco tiene una cualidad muy reconocible: es gratis. Cantar mal, bailar sin que te miren la técnica, hablar con desconocidos, coquetear sin currículum. Nada de eso rinde, ninguna de esas cosas se compara con la de nadie.

Es decir: es lo intrínseco, que llevaba once meses sin sitio.

No libera la máscara: libera el marco

Conviene no romantizar el objeto. Un trozo de cartón pintado no tiene poderes.

Lo que libera es el conjunto: máscara más fecha, más acuerdo colectivo, más garantía de que el martes se acaba. Umberto Eco lo formuló con una claridad incómoda: la transgresión cómica solo funciona porque la norma sigue ahí y todo el mundo sabe que vuelve; un carnaval permanente sería indistinguible de la vida normal, y por tanto no sería carnaval.4

Dicho en términos de valor: lo intrínseco no necesita que le den permiso para existir. Necesita que le retiren el examen. Y un examen solo se retira si hay alguien que garantiza cuándo vuelve a ponerse.

Hay un detalle de nuestra historia reciente que lo confirma por la vía negativa. En España, el Carnaval fue prohibido por orden gubernativa en 1937 y quedó fuera del calendario oficial durante décadas, hasta recuperarse públicamente con la Transición.5 Un régimen que exigía a cada cual llevar su papel puesto los 365 días no podía tolerar tres en los que se lo quitara.

Prohibir el disfraz de tres días es la forma más eficaz de obligar a alguien a llevar el suyo todo el año.

La objeción del desahogo

Hay una réplica seria a todo esto y merece contestarse antes de seguir.

La antropología política observó hace tiempo que estos ritos de rebelión suelen acabar reforzando el orden que parecen atacar: se permite la burla precisamente porque desahoga, y quien se ha desahogado obedece mejor el jueves.6

Como análisis del efecto político, es probablemente cierto. El Carnaval no ha derribado ningún gobierno.

Pero no anula lo que pasa dentro de la persona esas horas, que es de lo que va este artículo. Que una experiencia sea funcional para el sistema no la convierte en falsa para quien la vive. Ambas cosas son verdad a la vez, y solo se contradicen si damos por hecho que lo único real de un gesto es su consecuencia política.

La máscara que no tiene miércoles

Ahora la otra.

Existe una máscara que se lleva todos los días, que nadie ha convocado, que no tiene fecha de retirada y que además se perfecciona con el uso. La versión de ti que se publica. El personaje profesional afinado durante quince años. La cara que pones para que no te pregunten.

Se parece a la de Carnaval en el material —las dos son un concepto cerrado, las dos tapan— y hace exactamente lo contrario.

Porque esta tapa lo intrínseco y deja fuera lo extrínseco. Lo que se ve es el escaparate comparable: logros, cifras, aspecto, opiniones presentables. Lo que queda dentro y sin salida es lo que no se compara con nada.

Es la misma pieza girada del revés. En febrero te oculta la ficha para que respire lo único; el resto del año te oculta lo único para que luzca la ficha.

Por qué esta no se siente como una cárcel

El giro decisivo no es que engañes a los demás. Es que la definición acaba ocupando el lugar del sujeto.

La sociología del rol lo describió pronto: a fuerza de sostener un papel, uno termina creyéndoselo, y la máscara pasa a ser el sí mismo que uno reconoce como propio.7 Hartman recogía, reseñando la antropología axiológica de Francisco Larroyo, una tipología que nombra el desenlace sin rodeos: hay una persona auténtica, una persona trivial y una persona máscara.8

Cuando eso pasa, el modo sistémico se instala donde no le tocaba. Tú, que eres un valor intrínseco, empiezas a evaluarte como se evalúa un formulario: cumples o no cumples.

Y aparece el síntoma que delata la captura. Cualquier cosa tuya que no figure en la lista —una duda, un cansancio, un deseo raro, un cambio de gusto— deja de leerse como una novedad y pasa a leerse como un fallo.

Ahí está el error axiológico exacto: lo intrínseco es, por definición, aquello que ninguna enumeración de propiedades llega a agotar.9 Si te mides contra una definición cerrada, todo lo que en ti es irrepetible aparecerá siempre como error de sistema.

Por eso la cárcel no se siente como una cárcel: se siente como exigencia. Y quitarse esa máscara no da vergüenza, da algo bastante peor. Si tú eres la definición, salir de ella no se parece a desnudarse, se parece a desaparecer.

Una máscara se vuelve cárcel el día en que ya no hay nadie detrás a quien pueda incomodar quitársela.

El carnaval que no termina

Hay un caso contemporáneo que impide leer todo esto como «máscara temporal buena, máscara larga mala».

El anonimato de internet es, formalmente, una máscara de Carnaval: tapa la ficha, retira las consecuencias, permite decir lo que con tu nombre no dirías. Tiene la estructura completa menos una pieza — no tiene miércoles.

Y sin esa pieza no libera nada. Lo que aparece detrás de la máscara sin fecha de caducidad no suele ser espontaneidad, sino crueldad: precisamente porque nunca hay que volver a mirar a nadie a la cara con la propia.

El Carnaval, en cambio, es una fiesta de vecinos. Te quitas el disfraz y sigues viviendo en la misma calle donde cantaste. Esa es la diferencia entera.

La máscara sin retorno no protege una libertad. Protege una impunidad, que se le parece mucho durante un rato.

Quién gobierna a quién

Nada de esto convierte llevar máscara en un defecto de carácter. Hay roles que se sostienen durante años y están perfectamente bien puestos.

La contención de un médico dando una mala noticia, la neutralidad de un juez, la calma de alguien al frente de un equipo en una semana mala: eso no es falsedad, es oficio. Un papel bien llevado protege a los demás del ruido interno de quien lo lleva, y retirarlo sería una forma de abandono.

Así que la pregunta útil no es cuánto dura, ni si es sincera. Es quién manda.

Conviene decir qué es esto y qué no es. Ninguna máscara aparece etiquetada en un informe, y nadie ha medido la tuya: lo que sigue es una lectura, no una medición. Tres comprobaciones bastante honestas, que puedes hacer tú solo.

Plazo. ¿Existe algún momento previsto en que se quita? El Carnaval lo tiene escrito en el calendario. Un rol profesional sano lo tiene en la hora de salida. Una máscara sin ningún plazo pactado ya no la llevas tú.

Autoría. ¿La elegiste o te la encontraste puesta? Muchas máscaras largas se montaron a los nueve años, para sobrevivir a una casa concreta, y siguen ahí por inercia mucho después de que aquella casa dejara de existir.

Testigo. ¿Hay alguien delante de quien ya no la llevas? Con una persona basta. Si la respuesta es que no hay ninguna, el dato relevante no es que mientas mucho: es que nadie está valorándote intrínsecamente, porque nadie tiene acceso a lo que habría que valorar.

Miércoles de Ceniza

El Carnaval termina siempre igual y el final forma parte del diseño.

El martes se entierra la sardina, se quema el muñeco, se apaga la música. El miércoles alguien te pone ceniza en la frente y te recuerda, con muy poca delicadeza, que eres mortal. Después de tres días sin nombre, el rito te devuelve la cara y encima te dice que dura poco.

No es un castigo por haberte divertido. Es la otra mitad del mecanismo. Una máscara solo es una válvula si alguien garantiza que se abre y se cierra; sin cierre, deja de ser una fiesta y se convierte en un estado.

Y de ahí sale lo único práctico que tiene todo esto.

No hace falta que te quites nada esta semana. Basta con que sepas cuál de las tuyas tiene fecha de retirada y cuál no la ha tenido nunca. Esa segunda es la que conviene mirar, no para arrancártela de golpe —eso rara vez sale bien—, sino para comprobar que sigue habiendo alguien debajo capaz de sostenerla en la mano y decir: esto lo llevo puesto, no lo soy.

Referencias

Obras de referencia

  • Robert S. Hartman, La estructura del valor: fundamentos de la axiología (FCE, 1959) — las tres dimensiones del valor (sistémica, extrínseca, intrínseca) y su distinta cardinalidad.
  • Robert S. Hartman, El conocimiento del bien: crítica de la razón axiológica (FCE, 1965) — panorama crítico de las teorías del valor, incluida la antropología axiológica de Francisco Larroyo.
  • Mijaíl Bajtín, La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento: el contexto de François Rabelais (1965) — la risa carnavalesca y el «mundo al revés».
  • Victor Turner, The Ritual Process: Structure and Anti-Structure (1969) — liminalidad, communitas y ritos de inversión de estatus.
  • Erving Goffman, La presentación de la persona en la vida cotidiana (1959) — el rol como actuación y la creencia en el propio papel.

Fuentes

  1. Robert S. Hartman, La estructura del valor (FCE, 1959). La dimensión sistémica corresponde a conceptos definitorios: se cumplen o no, sin grados. La extrínseca, a conceptos expositivos, que admiten comparación y grado. La intrínseca, a lo singular. Las tres dimensiones no las descubrió Hartman —venían de la tradición filosófica—: lo suyo fue formalizarlas, ordenarlas y hacerlas medibles.
  2. Mijaíl Bajtín, La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento (escrito hacia 1940, publicado en ruso en 1965). La caracterización del carnaval como «segunda vida» del pueblo, con suspensión temporal de jerarquías y coronación burlesca, es de Bajtín; el resumen del texto es paráfrasis, no cita literal. Conviene recordar que su lectura es una interpretación literaria muy influyente, discutida por historiadores posteriores, no una descripción etnográfica neutral.
  3. Victor Turner, The Ritual Process (1969), donde distingue los ritos de elevación de estatus de los ritos de inversión de estatus y desarrolla las nociones de liminalidad y communitas: el intervalo en que las diferencias estructurales quedan momentáneamente suspendidas.
  4. Umberto Eco, «The frames of comic freedom», en Carnival! (Mouton, 1984). Su tesis es que la transgresión carnavalesca depende de la vigencia de la regla que viola y de su carácter autorizado y limitado en el tiempo; de ahí su reserva ante las lecturas del carnaval como liberación genuina.
  5. Una orden gubernativa de febrero de 1937 prohibió las fiestas de Carnaval en la zona sublevada, y la prohibición se mantuvo formalmente durante el franquismo, con celebraciones toleradas o encubiertas en algunos lugares. La recuperación pública y masiva —Cádiz y Tenerife como casos más visibles— llega con la Transición. La lectura axiológica de esa prohibición es de este artículo, no de las fuentes históricas.
  6. La tesis de los «ritos de rebelión» —que la inversión ritual autorizada canaliza el conflicto y acaba reforzando el orden social— procede de la antropología social británica, en particular de Max Gluckman (Custom and Conflict in Africa, 1956). Se recoge aquí como objeción legítima, no como conclusión del artículo.
  7. Erving Goffman, La presentación de la persona en la vida cotidiana (1959). Goffman distingue entre el actor que no cree en su propia actuación y el que sí, y recoge la observación de Robert E. Park de que la máscara que uno sostiene termina siendo la concepción que uno tiene de sí mismo. Paráfrasis; no cita literal.
  8. Robert S. Hartman, El conocimiento del bien (FCE, 1965), p. 172. La tipología —persona auténtica, persona trivial y persona máscara, según la relación entre aptitud y vocación— es de Francisco Larroyo (La antropología concreta, México, 1963); Hartman la expone al reseñar la axiología ontológica de los pensadores latinos. La atribución correcta es, por tanto, a Larroyo, citado por Hartman.
  9. Hartman, La estructura del valor (1959). La no-comparabilidad de lo intrínseco no es una metáfora en su sistema: cada dimensión tiene una cardinalidad distinta —finita la sistémica, enumerable la extrínseca, del continuo la intrínseca—, de modo que lo único posee una riqueza de propiedades que ninguna enumeración agota.
Reflexión final

Una máscara no dice nada por sí misma. Lo dice todo la mano que la sostiene: si aún puedes bajarla, es un disfraz; si no encuentras la mano, ya es una cara.

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