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Halloween y Todos los Santos: dos maneras de tratar con los muertos

Juan Carlos Sastre
#Memoria #Ritos #Halloween #Hartman #AxiologíaFormal

El viernes por la noche, un niño disfrazado de esqueleto llama a tu puerta y pide caramelos. El domingo por la mañana, alguien de tu familia limpia una lápida y cambia el agua de unas flores. Es el mismo puente. Y son dos maneras opuestas de tratar con los muertos, aunque casi nunca se discuta por el motivo correcto.

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Cada otoño vuelve la misma conversación de sobremesa. Que si Halloween es una invasión cultural. Que si lo nuestro son los huesos de santo y el Tenorio. Que si a los niños les hace ilusión y no pasa nada.

La discusión está mal planteada, y se ve enseguida mirando el calendario.

Halloween no viene de fuera del calendario

Halloween es una contracción de All Hallows' Even: la víspera de Todos los Santos. No nació enfrente del 1 de noviembre, sino pegado a él.

Sobre su ascendencia celta conviene ser prudente, porque el relato popular —Halloween como supervivencia directa del Samhain, el «año nuevo» de los druidas— es bastante menos firme de lo que suena. El historiador Ronald Hutton mostró que ese calendario ritual celta de cuatro grandes fiestas es en buena medida una construcción erudita de los siglos XVIII y XIX, y que Samhain nunca fue un año nuevo celta.1

Lo que sí está documentado es la parte latina. El 1 de noviembre se consolida como fiesta de Todos los Santos en la Europa altomedieval, y el 2, la conmemoración de los Fieles Difuntos, se extiende desde Cluny en torno al año mil, cuando el abad Odilón la impone a sus monasterios.2

Así que la calabaza no llega desde fuera del calendario. Es la víspera del mismo día, que emigró a Norteamérica y volvió, siglos después, convertida en temporada comercial.

La frontera que importa, entonces, no es geográfica. No es lo de fuera contra lo nuestro. Es otra, y para verla hace falta un instrumento algo más fino que la nostalgia.

Tres maneras de valorar

La axiología formal —la ciencia del valor que Robert S. Hartman formalizó a mediados del siglo XX— distingue tres modos de valorar cualquier cosa, según el tipo de concepto con el que la mides.

Valorar sistémicamente es comprobar si algo cumple una definición: se cumple o no, sin grados. Valorar extrínsecamente es compararlo dentro de su clase: mejor o peor, más útil, más rentable. Valorar intrínsecamente es verlo como único, sin clase con la que compararlo y sin nada que pueda sustituirlo.3

Las tres hacen falta y las tres son legítimas. El error nunca está en usarlas: está en usar una donde tocaba otra. Y con los muertos, la que toca es la tercera.

Los muertos de Halloween no tienen nombre

Mira de qué está hecha la noche del 31.

El esqueleto, el zombi, el fantasma de sábana, la novia cadáver. Cada figura es un concepto cerrado, con sus propiedades enumerables: sábana, cadena, quejido, y ya está — el disfraz se cumple o no se cumple. La muerte comparece ahí como género, con sus reglas de género.

Encima se monta la capa extrínseca, que es el mercado: el disfraz, la decoración del portal, la entrada al pasaje del terror, el paquete grande de golosinas. Todo eso se compara, se elige y se compra. Mejor o peor, más caro o más barato, más original que el del año pasado.

Y entonces llega la pregunta que lo revela: esa calavera, ¿de quién es?

De nadie. Los muertos de Halloween son muertos en general. No tienen nombre, ni biografía, ni fecha. Son un decorado, y un decorado es por definición intercambiable: da igual cuál pongas.

Conviene no despachar esto con desprecio, porque sería injusto y además falso. Jugar con el miedo cumple una función vieja y sensata: reírse de lo que aterra es una manera de poder mirarlo. Un niño que se disfraza de esqueleto está haciendo algo psicológicamente fino — se pone encima aquello que le da miedo y comprueba que puede quitárselo. Y la noche produce vínculos de verdad: la calle llena, los vecinos, la risa compartida en un portal.

Pero fíjate dónde ha caído ahí el valor intrínseco. No en el muerto: en la noche con los tuyos. La fiesta puede ser estupenda. Los muertos siguen sin nombre.

La calavera de adorno

Hay una escena que viene muy a cuento, y es del propio Hartman.

Cuenta en el primer capítulo de su autobiografía que, con cuatro años, vio pasar al Káiser por el Tiergarten de Berlín. Esperaba un caballero dorado, y lo que le miró desde la gorra fue una calavera con dos huesos cruzados: el emblema de los Húsares de la Muerte. Desde entonces le dio escalofríos. Y observó algo que no se le olvidó: aquellas calaveras no las llevaban solo el emperador y sus oficiales — se vendían en joyerías y se lucían como adorno.4

Años después sacó la conclusión. Aquello simbolizaba a la vez la glorificación y la trivialización de la muerte: glorificarla le pareció una blasfemia contra la vida, y trivializarla, una blasfemia contra la muerte.4

Hay que ser honesto con el préstamo. Hartman hablaba de una cultura militarizada camino de dos guerras, no de una fiesta infantil. Un niño con una máscara de plástico no es un húsar, y sostener que son lo mismo sería una tontería.

Lo que viaja aquí no es el juicio, es la distinción. Siendo un crío, Hartman detectó que una calavera puede llevarse puesta de dos maneras: como algo que te obliga a mirar la muerte, o como algo que sirve para no mirarla nunca.

Un decorado no oculta la muerte: ocupa su sitio, y así ya no hace falta ocultarla.

La vela ante la tumba

Ahora el domingo por la mañana.

Alguien coge el coche, compra unas flores, aparca mal, camina entre calles de nichos y llega a uno. Limpia el mármol. Cambia el agua. Se queda un rato de pie. A veces habla en voz baja. Después se va, y ya está.

Pregúntate qué obtiene a cambio. Y contesta sin adornarlo: nada.

El muerto no le va a devolver el favor. No le va a escribir, ni a recomendarle para un puesto, ni a acordarse de ella el año que viene. No hay reciprocidad posible, no hay utilidad, no hay rendimiento. Es un gesto estructuralmente improductivo.

Por eso es la prueba más limpia de valoración intrínseca que existe.

El valor extrínseco vive de la función: algo vale porque sirve para algo, porque rinde, porque cumple bien su papel dentro de una clase. Cuando la función se acaba, ese valor se acaba con ella — una herramienta rota se tira. El valor intrínseco no depende de eso: lo único vale por ser eso único, y ninguna enumeración de sus propiedades lo agota nunca.5

La muerte hace el experimento por ti. Se lleva absolutamente toda la utilidad de una persona y deja el resto. Si sigue habiendo algo ahí —y para casi todo el mundo lo hay, con una fuerza que sorprende—, ese algo es exactamente lo intrínseco, sin mezcla posible.

Recordar a alguien como irrepetible es seguir valorándolo cuando ya no puede rendirte nada.

Y sin embargo, el rito tiene forma

Aquí hay un detalle que suele leerse al revés.

El rito de Todos los Santos es rígido. Fecha fija, gestos pautados, flores casi tasadas, un recorrido conocido. Y esa rigidez parece lo contrario de la memoria viva: suena a burocracia del sentimiento.

Pero la forma es justamente lo que lo sostiene. Un rito con fecha te lleva al cementerio el año en que no te apetece, el año en que estás bien y casi no te acordabas, y el año en que ir dolería demasiado como para decidirlo tú solo. La capa sistémica del rito —la parte que simplemente se cumple— no está ahí para sustituir al sentimiento, sino para que la memoria no dependa de que ese día te salga.

Cada dimensión en su sitio: la forma sostiene, el nombre valora.

Todos los Santos también se puede vaciar

Sería muy cómodo terminar aquí, con la fiesta importada haciendo de mala y la de casa de buena. No se sostiene.

Ir al cementerio también se degrada, y se degrada de las dos maneras conocidas.

Se vuelve sistémico cuando se cumple: se va porque hay que ir, se pone la flor porque se pone, y ni un minuto de ese rato ha ido dirigido a nadie en concreto. Hay lápidas impecables ante las que no se ha recordado nada.

Y se vuelve extrínseco cuando se compara: la corona que se ve, el ramo que costó lo suyo, el repaso a qué nichos están cuidados y cuáles no, la conversación posterior sobre quién fue y quién no fue. Ahí el muerto ya no es el destinatario del gesto: es su ocasión.

Conviene desactivar también el argumento fácil, el del comercio. Sí, Halloween mueve mucho dinero. Los huesos de santo y los buñuelos de viento también se venden, las floristerías hacen su temporada esa semana y el Don Juan Tenorio se representa por estas fechas desde el siglo XIX cobrando entrada.6 El dinero no distingue nada aquí. Lo que distingue es a quién va dirigido el gesto: si a alguien con nombre, o a la temporada.

México no encaja en el dilema

Y para que quede claro que el eje no es solemnidad contra diversión, está el caso que rompe el esquema.

El Día de Muertos mexicano —inscrito por la UNESCO en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial en 2008— tiene todo lo que se le reprocha a Halloween: calaveras por todas partes, azúcar, color, disfraces, mercado, risa.7 No es sobrio ni silencioso.

Y sin embargo hace lo contrario, porque en el centro tiene una ofrenda con la foto de alguien, su nombre escrito, el plato que le gustaba y el vaso de lo que bebía. Todo el aparato festivo está montado alrededor de una persona concreta a la que se espera.

La conclusión es incómoda para los dos bandos de la sobremesa: no hay que elegir entre la fiesta y la memoria. Una calavera de azúcar con el nombre de tu abuela escrito encima ya no es una calavera genérica. Es tu abuela.

Un rito no se mide por lo triste que sea, sino por lo concreto que llegue a ser el recuerdo.

Qué hace exactamente un rito de memoria

Cuando alguien muere, la valoración intrínseca se queda sin su alimento natural. Ya no hay encuentros, ni conversaciones, ni cosas nuevas que descubrirle. Ese modo de valorar se sostenía en el trato, y el trato se ha terminado.

Un rito colectivo de memoria es, en términos axiológicos, la infraestructura que impide que esa valoración se apague por falta de ocasiones. Una vez al año, en una fecha que no eliges tú y a la que acuden también otros, vuelves a mirar a alguien como único.

Y hay una manera sencilla de saber si está funcionando: fíjate en qué se dice.

«Era muy buena persona» es un predicado de clase. Describe un ejemplar de una categoría y encaja igual de bien en miles de personas. Es valoración extrínseca, por muy afectuosa que suene. Es un resumen.

«Guardaba las bolsas de plástico dobladas en un cajón y se enfadaba si las tirabas» no encaja en nadie más. Eso es lo intrínseco: lo que no cabe en el resumen porque no era propiedad de una clase, sino de alguien.

Por eso las anécdotas concretas hacen más por un muerto que los elogios. El elogio lo ordena dentro de una categoría. La anécdota lo devuelve a su singularidad.

Un nombre, una vez al año

Todo esto es una lectura, no una medición. Nadie ha pesado tu 1 de noviembre. Lo que aporta la axiología aquí no es un veredicto sobre qué fiesta es mejor, sino una distinción que te deja ver qué estás haciendo exactamente cuando haces cada cosa.

Y de esa distinción sale algo pequeño y bastante practicable.

Puedes ir al cementerio o no ir. Puedes disfrazarte, vaciar una calabaza, llevar a los niños de puerta en puerta y pasarlo bien; nada de eso ofende a nadie ni te convierte en un desmemoriado. Lo que sí decide algo es si en algún momento de ese fin de semana alguien dice un nombre en voz alta y cuenta una cosa concreta que solo le pasaba a esa persona.

Puede ser ante una lápida. Puede ser en una cena, con los disfraces todavía puestos. El sitio importa bastante menos de lo que parece.

Porque un rito de la memoria no sirve para recordar que la gente se muere. Eso ya lo sabemos. Sirve para recordar que alguien fue irrepetible, y que lo sigue siendo aunque ya no esté aquí para demostrarlo.

Referencias

Obras de referencia

  • Robert S. Hartman, La estructura del valor: fundamentos de la axiología (FCE, 1959) — las tres dimensiones del valor (sistémica, extrínseca, intrínseca) y su distinta cardinalidad.
  • Robert S. Hartman, Freedom to Live: The Robert Hartman Story (ed. Arthur R. Ellis, 1994) — la autobiografía filosófica donde relata la escena del Tiergarten y distingue glorificación y trivialización de la muerte.
  • Ronald Hutton, The Stations of the Sun: A History of the Ritual Year in Britain (Oxford University Press, 1996) — revisión histórica del calendario festivo británico y de las supuestas raíces celtas de Halloween.

Fuentes

  1. Ronald Hutton, The Stations of the Sun (OUP, 1996). Hutton sostiene que el «año ritual celta» de cuatro fiestas trimestrales es en gran parte una reconstrucción erudita de los siglos XVIII y XIX, y que Samhain no fue un año nuevo celta. La continuidad entre las fiestas prerromanas y el Halloween contemporáneo es, por tanto, mucho menos directa de lo que afirma la versión divulgativa.
  2. La conmemoración de todos los fieles difuntos el 2 de noviembre se atribuye a Odilón, abad de Cluny, que hacia el año 998 la impuso a los monasterios de su congregación; desde ahí se difundió por la Europa latina. La fiesta de Todos los Santos del 1 de noviembre se había generalizado antes, entre los siglos VIII y IX.
  3. Robert S. Hartman, La estructura del valor (FCE, 1959). La dimensión sistémica corresponde a conceptos definitorios: se cumplen o no, sin grados. La extrínseca, a conceptos expositivos, que admiten comparación y grado. La intrínseca, a lo singular. Las tres dimensiones no las descubrió Hartman —venían de la tradición filosófica—: lo suyo fue formalizarlas, ordenarlas y hacerlas medibles.
  4. Robert S. Hartman, Freedom to Live (1994), capítulo «I Was Born to Die». En el original: «not only were the death head insignia worn proudly by the Emperor and his Army dignitaries, they were sold in jewelry shops and worn as decorations by girls with an aesthetic weakness for the military uniform»; y más adelante: «Glorification of death, I came to feel, was blasphemy against life, and trivialization was blasphemy against death». Traducción propia. El contexto de Hartman es la Alemania imperial anterior a 1914; la aplicación a las fiestas de otoño es una extensión de este artículo, no un ejemplo suyo.
  5. Hartman, La estructura del valor (1959). La no-comparabilidad de lo intrínseco no es una metáfora en su sistema: cada dimensión tiene una cardinalidad distinta —finita la sistémica, enumerable la extrínseca, del continuo la intrínseca—, de modo que lo único posee una riqueza de propiedades que ninguna enumeración agota.
  6. José Zorrilla estrenó Don Juan Tenorio en 1844. La costumbre de representarlo en torno a Todos los Santos —por la escena del cementerio y la aparición de los muertos— se consolidó en los teatros españoles a lo largo del siglo XIX y sigue viva en muchas ciudades.
  7. UNESCO, «Las fiestas indígenas dedicadas a los muertos» (México): proclamada Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial en 2003 e inscrita en 2008 en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Reflexión final

La muerte se lleva todo aquello para lo que una persona servía. Lo que queda después —y algo queda— es exactamente lo que valía por sí mismo.

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