Cómo hacer un elogio que no suene a peloteo
Hoy has pensado algo bueno de alguien y no se lo has dicho. Si era tu jefa, decírselo habría sonado a peloteo. Si era alguien cercano, te has imaginado su cara de apuro y has preferido ahorrárselo. Así que sigue ahí dentro, con los demás. Lo que no se dice no deja de ser verdad; simplemente no llega.
Elogiar debería ser lo más sencillo del mundo: ves algo bueno y lo dices. En la práctica es de las cosas que más apuro dan, y el apuro va en las dos direcciones —cuesta darlo sin que parezca que quieres algo, y cuesta recibirlo sin encogerse—. Entre las dos incomodidades se queda sin decir una cantidad notable de cosas ciertas.
Hace unos días sostuve aquí que reconocer a alguien no es una forma de ser amable, sino una operación de precisión con tres modos: mirar, elogiar y confiar. Este artículo baja al segundo y se queda en el gesto concreto: qué separa el elogio que reconoce a una persona del que la compra, y cómo se dice uno del primer tipo.
El apuro va en las dos direcciones
Empecemos por quien lo da. Tu recelo a elogiar hacia arriba no es timidez: es una lectura correcta de la situación.
En 1964, el psicólogo social Edward E. Jones estudió el halago estratégico bajo el nombre de ingratiation: un repertorio de conductas dirigidas a mejorar el atractivo propio ante alguien concreto. Y describió la trampa que lo acompaña. Cuanto más evidente resulta que quien elogia tiene algo que ganar, más probable es que el elogio se lea como maniobra. Es el dilema del adulador: lo que querías transmitir se desactiva justo por venir de ti.1
Roos Vonk lo midió después en una forma que cualquiera reconoce: quien es encantador con quien está por encima y áspero con quien está por debajo no cae regular, cae fatal. Lo que importa aquí es la primera mitad. La amabilidad dirigida hacia arriba, por sí sola, ya despierta la sospecha de un motivo oculto; el trato al de abajo solo viene a confirmarla.2
Así que el cálculo que haces antes de callarte es acertado. Lo que no suele contarse es su precio: por evitar parecer interesado, dejas de decir algo que era verdad.
Del otro lado ocurre algo igual de estructural. En 1978, la analista de la conversación Anita Pomerantz estudió qué hace la gente cuando le hacen un cumplido y encontró dos exigencias que tiran en direcciones opuestas: hay que darle la razón a quien habla, y hay que evitar alabarse a uno mismo. Aceptar el elogio cumple la primera y viola la segunda.3
De ahí el repertorio que todos usamos: rebajar el objeto («esto es viejísimo»), repartir el mérito («fue cosa del equipo»), devolver la pelota («pues anda que tú»). No es falsa modestia. Es la salida de emergencia de un conflicto real.
El elogio también es una técnica, y funciona aunque la veas venir
La sospecha tiene además un siglo de historia detrás. Hay toda una tradición de manuales que enseñan a usar el aprecio como palanca de influencia, y su descendiente más doméstico vive en cualquier oficina: el sándwich de feedback, una crítica servida entre dos elogios.
Cuando se ha puesto a prueba, el resultado es tibio. En un experimento con estudiantes universitarios que resolvían problemas de matemáticas, la crítica envuelta en dos frases positivas se percibió como más útil y más eficaz que la crítica a secas, pero no mejoró el rendimiento posterior. Y conviene fijarse en un detalle del diseño: esas dos frases positivas eran genéricas, sin relación con lo que cada persona había hecho.4
Hay algo más incómodo todavía: el halago funciona aunque lo desactives. Elaine Chan y Jaideep Sengupta mostraron que, cuando un elogio llega con un interés comercial evidente, la gente lo descuenta conscientemente —«me está vendiendo algo»— y a la vez conserva por debajo la reacción favorable. Y esa reacción implícita pesa más en lo que hace después que el juicio explícito con el que creía haberse corregido.5
Con estos antecedentes, ponerse en guardia es razonable. Pero la guardia total tiene un precio que nadie contabiliza: un sitio donde ya nadie elogia no es un sitio a salvo de la manipulación, es un sitio donde nada bueno se nombra.
Lo que vuelve sospechoso a un elogio no es su temperatura, sino quién sale ganando si cuela.
Bueno, ¿como qué?
Está muy extendida la idea de que el elogio se gradúa por intensidad. El filósofo P. H. Nowell-Smith la dejó escrita en 1954: siempre elogiamos con cierto grado de entusiasmo, en algún punto de una escala «entre la recomendación moderada y la adulación histérica».6
Robert S. Hartman, cuya axiología formal sostiene el Mapa de Valores, discutió esa ética, y su objeción sirve aquí entera: lo que decide un juicio de valor no es el entusiasmo con que se pronuncia, sino el concepto bajo el que se pronuncia. Su axioma dice que algo es bueno si cumple el conjunto de propiedades de su concepto.7 De modo que todo elogio está contestando en silencio a una pregunta: bueno, ¿como qué?
Y solo hay tres respuestas, que son las tres dimensiones del valor.
Puedes elogiar a alguien contra una norma o un ideal: «qué responsable eres», «qué generosa eres», «eres brillante». Es un elogio sistémico: mide a la persona contra una definición de cómo hay que ser.
Puedes elogiarla por comparación o por rendimiento: «eres quien mejor redacta del equipo», «nadie prepara las reuniones como tú». Es extrínseco: la coloca en una escala, junto a otros.
O puedes nombrar lo que hizo, tal como lo hizo: «cuando Marta se atascó, dejaste lo que tenías entre manos y te sentaste con ella hasta que salió». Es intrínseco: no la mide contra nada; señala algo que hizo ella y que ocurrió así una sola vez.
Los tres pueden ser verdad y los tres pueden decirse con cariño. La diferencia no está en el afecto que llevan, sino en lo que hacen contigo: los dos primeros te sitúan; el tercero te ve.
Medir a alguien por lo alto sigue siendo medirlo.
El elogio que te deja una nota que mantener
Que te sitúen tiene un efecto secundario documentado. En 1998, Claudia Mueller y Carol Dweck compararon dos maneras de felicitar a niños de quinto curso después de un ejercicio: unos por su inteligencia, otros por su esfuerzo. Los elogiados por inteligencia, cuando más tarde llegó el fracaso, persistieron menos, disfrutaron menos, atribuyeron el fallo a falta de capacidad y rindieron peor. El elogio les había entregado un concepto —«listo»— que a partir de ahí tenían que seguir cumpliendo.8
Veintiséis años antes, Albert Ellis había descrito el mismo mecanismo desde la clínica, y lo había hecho justamente en el libro-homenaje a Hartman: quien se califica globalmente de «bueno» o «superior» tiende a sentirse para siempre inseguro de mantener esa bondad y a gastar tiempo y energía en demostrar cuánto vale.9
Ellis señaló también el otro filo, el que convierte un elogio en moneda sin que nadie haya mentido: evaluar a una persona, «aunque solo sea de forma elogiosa», es a menudo intentar cambiarla; y la evaluación puede hacer que se sienta en deuda con quien la evalúa.9
Ahí está el mecanismo entero, y explica por qué el elogio incomoda tanto por dentro. El que puntúa deja dos cosas puestas: una nota que hay que mantener y una deuda con quien la puso.
Conviene no simplificar las salidas. La de Dweck es elogiar el esfuerzo en lugar del rasgo: resuelve la fragilidad, pero no produce reconocimiento, porque el esfuerzo también es una medida.8 La de Ellis va más lejos y propone dejar de evaluar a las personas del todo. La axiología ofrece una tercera, que es la que sostiene este artículo: el problema no es el entusiasmo ni la evaluación, es el concepto. No se trata de puntuar mejor, sino de nombrar en vez de puntuar.
Cómo se hace, en concreto
Di lo que viste, no lo que vale
«Buen trabajo» es una nota. «Te quedaste hasta que el cliente entendió por qué le habíamos cambiado el plan» es una escena, y es suya. La regla la formuló el psicólogo infantil Haim Ginott en 1965 y sigue intacta: que el elogio trate de los esfuerzos y los logros, nunca del carácter ni de la personalidad. El elogio dirigido de frente a la personalidad, escribió, es como la luz del sol de frente: incomoda y deslumbra.10
Conviene afinarlo, porque describir no es lo mismo que puntuar el esfuerzo. «Te has esforzado mucho» sigue siendo una medida, solo que de otra magnitud; «te quedaste hasta que…» no mide nada, cuenta lo que pasó.
Tiene un beneficio lateral que resuelve el problema del principio. Un elogio descriptivo es mucho más difícil de fingir, porque para decirlo hay que haber estado mirando. Por eso no suena a peloteo: el peloteo no tiene material.
Quita la petición que viene detrás
Nowell-Smith daba por supuesto que elogiar va atado a recomendar, aconsejar y estimular. Hartman deshizo el nudo con un contraejemplo de su época: puedo decir que Jruschov es mucho mejor que Stalin sin aprobar por ello que gobierne Rusia.6 Elogiar no obliga a pedir nada.
En la práctica: si detrás del elogio hay un encargo, sepáralos. Otro momento, otra conversación. El sándwich es la petición disfrazada de elogio, y el pan se nota.
Dilo donde no te renta
El dilema del adulador no se resuelve con el tono, se resuelve con los hechos. Elogia hacia los lados y hacia abajo, donde nadie puede devolverte el favor. Y sobre todo, dilo cuando la persona no está delante: hablar bien de alguien ante un tercero no compra nada, porque quien podría pagártelo no está escuchando.
Lo que dices de alguien cuando no está es la prueba más limpia de lo que de verdad ves.
No lo pongas en una escala
La revisión más completa sobre elogio y motivación concluye que ayuda cuando atribuye el logro a causas que la persona controla, cuando refuerza su competencia sin apoyarse en exceso en comparaciones sociales y cuando transmite expectativas alcanzables; todo ello a condición de que se perciba sincero.11
«Quien mejor redacta del equipo» nombra un puesto, y los puestos se pierden. Quita la comparación y queda lo que hizo, que no se lo quita nadie.
Dilo aunque llegues tarde
Un elogio con dos años de retraso ya no puede pedir nada, y eso es justo lo que lo vuelve creíble. «Nunca te dije lo que significó que te presentaras aquella tarde en el hospital.» No queda nada que negociar; solo la cosa vista.
Y cuando te lo hacen a ti
El apuro de recibir tiene, además del conflicto conversacional, un componente más íntimo. A las personas con baja autoestima les cuesta especialmente aceptar un cumplido de alguien cercano: la información positiva choca con lo que creen de sí mismas, y lo que acaba descartándose es el cumplido, no la creencia.12
El hallazgo fino del equipo de David Kille es otro: esa dificultad aparece sobre todo cuando el elogio se piensa en abstracto, contrastándolo con la propia teoría global sobre uno mismo. Pensado en concreto —el hecho, no lo que el hecho dice de ti—, la diferencia casi desaparece.12
Encaja con todo lo anterior, y por el mismo motivo: un elogio concreto no te pide que te evalúes. No abre expediente.
En términos axiológicos la traducción es directa. Si lees el elogio como una nota, tienes que auditarla: comprobar si la mereces y temer no volver a merecerla. Si lo lees como el nombre puesto a algo que hiciste, no hay nada que merecer. Ocurrió.
Y hay una cortesía que casi nadie ve. Rebajar un elogio es corregir a quien lo hizo: le estás diciendo que no vio bien. Aceptarlo —«gracias», y sostener la mirada dos segundos— no es vanidad.
Aceptar un elogio es la parte del reconocimiento que le toca a quien lo recibe.
Nada de esto obliga a tragar con todo. Si el elogio venía con un encargo pegado, las dos cosas se separan igual de bien desde este lado: puedes aceptar el elogio y decir que no al encargo. De hecho, es la única manera de averiguar si era moneda.
El que ya tienes pensado
Hace unos meses escribí aquí que amar es ver lo irrepetible de alguien; allí el riesgo era confundir a la persona con la suma de sus cualidades. El elogio es ese mismo ver, pero dicho en voz alta, y al salir por la boca el riesgo cambia de sitio: ya no está en si ves bien, sino en lo que tu frase hace al llegar. Nombrar o cobrar.
Lo bueno es que la prueba es barata y la tienes a mano. Casi seguro que hoy has visto algo que alguien hizo bien y no has dicho nada. No hace falta preparar una frase: basta con contar lo que viste, sin nota y sin pedir nada detrás.
Decir en voz alta lo que alguien hace bien no le añade nada que no tuviera ya. Solo hace que lo sepa.
Referencias
Obras de referencia
- Robert S. Hartman, El conocimiento del bien: crítica de la razón axiológica (Fondo de Cultura Económica, 1965) — la discusión con P. H. Nowell-Smith sobre el elogio, la escala de entusiasmo y la lógica contextual.
- Robert S. Hartman, La estructura del valor: fundamentos de la axiología científica (Fondo de Cultura Económica, 1959) — el axioma de la axiología formal y las tres dimensiones del valor.
- P. H. Nowell-Smith, Ethics (Penguin, 1954) — el elogio como grado de entusiasmo y sus vínculos contextuales con aprobar, aconsejar y estimular.
- John William Davis (ed.), Value and Valuation: Axiological Studies in Honor of Robert S. Hartman (University of Tennessee Press, 1972) — en particular el capítulo de Albert Ellis, «Psychotherapy and the Value of a Human Being».
- Edward E. Jones, Ingratiation: A Social Psychological Analysis (Appleton-Century-Crofts, 1964) — el halago estratégico y el dilema del adulador.
- Haim G. Ginott, Between Parent and Child (Macmillan, 1965) — el elogio descriptivo frente al elogio del carácter.
- Anita Pomerantz, «Compliment Responses: Notes on the Co-operation of Multiple Constraints», en Jim Schenkein (ed.), Studies in the Organization of Conversational Interaction (Academic Press, 1978) — las dos exigencias en conflicto al recibir un cumplido.
- Jennifer Henderlong y Mark R. Lepper, «The Effects of Praise on Children's Intrinsic Motivation: A Review and Synthesis», Psychological Bulletin (2002) — las condiciones bajo las cuales el elogio ayuda o estorba.
Fuentes
- ↩ Edward E. Jones, Ingratiation: A Social Psychological Analysis (Appleton-Century-Crofts, 1964). Jones define la ingratiation como una clase de conductas estratégicas dirigidas ilegítimamente a influir sobre alguien concreto en lo tocante al atractivo de las cualidades propias. El «dilema del adulador» nombra la situación en que quien tiene información favorable que transmitir se arriesga, al transmitirla él mismo, a ser visto como manipulador; el riesgo crece cuanto más depende del destinatario. Traducción propia.
- ↩ Roos Vonk, «The Slime Effect: Suspicion and Dislike of Likeable Behavior Toward Superiors», Journal of Personality and Social Psychology, 74(4), 1998, pp. 849-864. Quien se comporta de forma agradable con los superiores y desagradable con los subordinados es juzgado como especialmente antipático; la amabilidad hacia arriba induce por sí sola la sospecha de un motivo ulterior, que el trato a los de abajo confirma. Los participantes detectaban el patrón —«lamer hacia arriba, patear hacia abajo»— de forma espontánea. El estudio mide juicios de observadores sobre personajes descritos, no conducta real en oficinas: se cita como indicio de cómo se lee el halago ascendente.
- ↩ Anita Pomerantz, «Compliment Responses: Notes on the Co-operation of Multiple Constraints», en Jim Schenkein (ed.), Studies in the Organization of Conversational Interaction (Academic Press, 1978), pp. 79-112. Pomerantz identifica dos exigencias en conflicto al responder a un cumplido: (A) mostrar acuerdo con quien lo hace y (B) evitar la autoalabanza. La primera explica la aceptación —típicamente con una muestra de agradecimiento—; la segunda motiva rebajar el objeto del cumplido o desviar el mérito. Es análisis de conversación sobre corpus en inglés estadounidense; las formas concretas varían entre lenguas y culturas, el conflicto de fondo es el que aquí se usa.
- ↩ Jakub Procházka y cols., «Sandwich Feedback: The Empirical Evidence of Its Effectiveness», Learning and Motivation, 71, 2020. Noventa y un estudiantes universitarios resolvieron doce problemas matemáticos de nivel de secundaria y fueron asignados al azar a recibir retroalimentación correctiva, esa misma retroalimentación intercalada entre dos frases positivas generales sin relación con su desempeño, o ninguna. El método sándwich se asoció a una percepción de mayor utilidad y eficacia, pero no influyó en el rendimiento posterior. Es un experimento único, con estudiantes y una tarea de laboratorio: no zanja la cuestión. La crítica conceptual al método está desarrollada en C. W. Von Bergen, Martin S. Bressler y Kitty Campbell, «The Sandwich Feedback Method: Not Very Tasty», Journal of Behavioral Studies in Business, 7, 2014.
- ↩ Elaine Chan y Jaideep Sengupta, «Insincere Flattery Actually Works: A Dual Attitudes Perspective», Journal of Marketing Research, 47(1), 2010, pp. 122-133, doi:10.1509/jmkr.47.1.122. Cuando el halago viene acompañado de un motivo ulterior evidente que lleva a descontarlo, la reacción favorable inicial —la actitud implícita— sigue coexistiendo con la evaluación ya corregida —la actitud explícita—, y la implícita tiene consecuencias más influyentes que la explícita. El contexto estudiado es comercial (agentes de marketing); su traslación al elogio entre personas es una analogía de este artículo, no un resultado del estudio.
- ↩ El conocimiento del bien (1965), cap. «No-cognoscitivistas y semi-cognoscitivistas», pp. 77-78. Hartman cita a P. H. Nowell-Smith (Ethics, 1954): «Siempre elogiamos algo con cierto grado de entusiasmo que se encuentra en algún punto de una escala entre la recomendación moderada y la adulación histérica». Nowell-Smith añade que elogiar está «lógicamente ligado» a aprobar, a estimular y a aconsejar. Hartman responde que esas ataduras se rompen en cuanto se cuestionan los contextos, y lo ilustra: «Yo puedo decir que Jruschov es mucho mejor que Stalin, sin aprobar por ello que sea el gobernante de Rusia». La aplicación a separar el elogio de la petición que suele acompañarlo es de este artículo. Marcas 6 y 6b.
- ↩ La estructura del valor (1959): «Una cosa es buena si, y únicamente si, cumple con el conjunto de propiedades de la comprehensión de su concepto». De ahí que todo juicio de valor presuponga un concepto —se es bueno como algo— y que las tres dimensiones correspondan a tres tipos de concepto: sintéticos o construidos (sistémico), analíticos o de clase (extrínseco) y singulares (intrínseco). Hartman no descubrió que valoramos de tres maneras, idea antigua en filosofía: la formalizó, la ordenó y construyó un instrumento para medirla. Que los ejemplos de elogio de este artículo caigan en una u otra dimensión es una lectura, no una medición: el mismo enunciado puede cambiar de dimensión según lo que quien habla tenga en la cabeza.
- ↩ Claudia M. Mueller y Carol S. Dweck, «Praise for Intelligence Can Undermine Children's Motivation and Performance», Journal of Personality and Social Psychology, 75(1), 1998, pp. 33-52. Seis estudios con alumnado de quinto curso: quienes fueron elogiados por su inteligencia, frente a quienes lo fueron por su esfuerzo, se orientaron más a metas de rendimiento que de aprendizaje y, tras el fracaso, mostraron menos persistencia, menos disfrute, más atribuciones a la falta de capacidad y peor desempeño; además describieron la inteligencia como un rasgo fijo. La observación de que elogiar el esfuerzo sigue siendo una medida —y por tanto no equivale a lo que aquí se llama nombrar— es de este artículo, no de las autoras. Marcas 8 y 8b.
- ↩ Albert Ellis, «Psychotherapy and the Value of a Human Being», en John William Davis (ed.), Value and Valuation (1972). En las pp. 136-137: cuando alguien se califica globalmente de «bueno», «superior» o «adecuado», «tiende a sentirse para siempre inseguro de mantener su "bondad", a gastar tiempo y energía considerables en "demostrar" cuánto vale, y aun así a sabotear su relación consigo mismo y con los demás». En las pp. 131-132: «al evaluar a un individuo, aunque solo sea de forma elogiosa, a menudo se está intentando cambiarlo, controlarlo o manipularlo», y «la evaluación puede inducir al individuo a sentirse obligado hacia quien lo evalúa». Traducciones propias. Ellis va más lejos que este artículo: recomienda dejar de evaluar globalmente a las personas, también para bien. Marcas 9 y 9b.
- ↩ Haim G. Ginott, Between Parent and Child (1965), cap. sobre el elogio. La regla central es que el elogio trate solo de los esfuerzos y los logros, y no del carácter y la personalidad; de ahí su distinción entre elogio descriptivo y elogio evaluativo, y la observación de que «el elogio directo de la personalidad, como la luz del sol directa, resulta incómodo y deslumbra». Traducción propia. Ginott escribe sobre la crianza; su extensión al elogio entre adultos es de este artículo.
- ↩ Jennifer Henderlong y Mark R. Lepper, «The Effects of Praise on Children's Intrinsic Motivation: A Review and Synthesis», Psychological Bulletin, 128(5), 2002, pp. 774-795. La revisión concluye que el elogio beneficia a la motivación cuando favorece atribuciones a causas controlables, promueve la autonomía, refuerza la competencia sin apoyarse en exceso en comparaciones sociales y transmite estándares y expectativas alcanzables, siempre que se perciba como sincero. Es literatura sobre infancia; las condiciones se citan aquí como criterio de diseño de un elogio, no como resultado establecido en adultos.
- ↩ David R. Kille, Richard P. Eibach, Joanne V. Wood y John G. Holmes, «Who Can't Take a Compliment? The Role of Construal Level and Self-Esteem in Accepting Positive Feedback from Close Others», Journal of Experimental Social Psychology, 68, 2017, pp. 40-49, doi:10.1016/j.jesp.2016.05.003. Las personas con baja autoestima tienden a rechazar las implicaciones positivas de un cumplido porque chocan con sus propias teorías sobre sí mismas. La diferencia con quienes tienen alta autoestima se reducía de forma notable cuando se inducía un modo de pensamiento concreto, frente al abstracto, que es el que lleva a contrastar el cumplido con la teoría global sobre uno mismo. Importa el matiz: el estudio manipula el modo de pensar de quien recibe, no la redacción del cumplido. Que un elogio formulado en concreto empuje al mismo modo de procesamiento es una hipótesis razonable de este artículo, no un resultado medido. Marcas 12 y 12b.
Nadie recuerda la nota que le pusieron. Se recuerda la frase en la que alguien describió, con exactitud, algo que hiciste y creías que no había visto nadie.