Reconocer no es ser amable
Puedes pasar un día entero entre gente amable sin que nadie te haya visto. En la reunión te saludan por tu nombre con los ojos puestos ya en el siguiente. Quien dirige tu equipo te felicita con la frase que usa con todo el mundo. Alguien te asegura que confía plenamente en ti y, en el correo siguiente, pone en copia a medio departamento. Nadie ha sido desagradable. Nadie te ha reconocido tampoco.
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El falso amigo
Amabilidad y reconocimiento se parecen tanto que los usamos como sinónimos: los dos sonríen, dicen cosas buenas y conceden el beneficio de la duda. Son falsos amigos, iguales por fuera y distintos por dentro.
El diccionario guarda la pista. La primera acepción de amable no describe un trato, sino un valor: «digno de ser amado». Solo la segunda habla de trato: «afable, complaciente, afectuoso».1 En el uso corriente ha ganado la segunda, y el cambio dice mucho: la palabra que puede nombrar algo que se ve en otra persona ha quedado para nombrar una manera de tratarla.
Este ensayo sostiene que reconocer a alguien no es una forma intensa de ser amable, sino una operación distinta, de precisión, que se puede hacer bien o mal con cualquier tono. Y que la amabilidad, en su versión pobre, puede ser justo la manera de no hacerla: quedar bien con alguien para no tener que verlo.
No es un alegato contra la amabilidad. Robert S. Hartman, cuya axiología formal sostiene el Mapa de Valores, la cuenta entre las señales de una dimensión intrínseca bien desarrollada, junto a la calidez y la compasión. Pero justo antes define la capacidad que hay debajo, y no habla de trato, sino de discernir: «la capacidad de discernir la individualidad en los demás y en uno mismo».2
La amabilidad es un fruto posible; la operación es el discernimiento. Y un fruto se imita sin raíz: basta con aprender el gesto. Hartman ya había denunciado un error de la misma familia, el de reducir la bondad de alguien a que sea benevolente o amable.3
Lo que se reconoce
Tres palabras piden aquí precisión: valor, valoración y reconocer.
El valor, en la axiología formal, es cumplimiento: algo vale en la medida en que cumple las propiedades de su concepto.4 Una persona, mirada como ser singular, vale por ser quien es, y eso no se lo da nadie desde fuera. Hartman lo dijo sin tecnicismos: nadie puede darme la definición de mí mismo, salvo yo.5
La valoración es el acto de quien mira: poner a alguien bajo un concepto. Puede ser el de su casilla, y la mirada es sistémica; el de su función comparable, y es extrínseca; o el de su singularidad, y es intrínseca, la que Hartman describe como modelo de la creatividad, la espontaneidad y el compromiso.6
Reconocer no es un término técnico de Hartman, aunque él lo use en sentido llano al lamentar que no se haya sabido reconocer la unicidad de cada vida humana.7 En la calle se reconocen también méritos y títulos; aquí lo uso en su sentido más exigente: discernir a alguien como quien es, y no solo por su casilla o su función.
De ahí una corrección. Se dice que reconocer es conceder valor, y en sentido estricto no lo es. Lo que se concede es la mirada, el concepto bajo el que alguien queda a la vista; lo que cada cual vale lo pone cada cual. Reconocer no fabrica el valor de nadie: lo encuentra.5
Eso lo separa también de su pariente más cercano. Hace unos meses escribí aquí que amar es ver lo irrepetible: el amor es esta misma operación en su forma más honda y sostenida, volcada en alguien que para ti no tiene sustituto. El reconocimiento es su forma cotidiana y repartida, y se le debe igual a quien trabaja a tu lado que a quien te atiende en una ventanilla.
Frente a la vieja objeción de que lo único no puede tener nada en común, Hartman respondía que lo tiene: cada vida humana es única, y eso es justo lo que todas comparten.7 Amar es ver lo irrepetible de alguien. Reconocer es no olvidar que cualquiera lo es.
Por eso la amabilidad es un denominador falso. Se puede ser amable sin mirar, halagar sin reconocer y ser cortés con quien no se confía. Mirar, elogiar y confiar no son tres gestos con un talante en común: son tres modos del mismo acto, y cada uno compromete más que el anterior.
Reconocer con la mirada
En 1963, el sociólogo Erving Goffman describió una cortesía de la vida en público. Al cruzarte con alguien desconocido le dedicas la mirada justa para mostrar que has advertido su presencia, y enseguida la retiras para dejar claro que no es objeto de ninguna curiosidad especial. La llamó desatención cortés, y añadió un detalle que parece escrito para este ensayo: en esa cortesía los ojos pueden cruzarse, pero por lo general no se permite ningún «reconocimiento». Las comillas son suyas.8
En la calle es una forma de respeto. Por debajo queda algo peor, mirar a alguien como si no estuviera, y ni entre extraños da igual: en un experimento en un campus universitario, quienes recibieron una mirada a los ojos al cruzarse, con sonrisa o sin ella, se sintieron después menos desconectados que quienes fueron mirados como si fueran aire.9
La cortesía está, pues, a medio camino: reconoce que hay alguien, no quién es. El problema empieza cuando sale de la calle y es así como se mira a quien tienes cerca: la escucha educada de quien solo espera su turno, la sobremesa en la que se asiente a todo sin haber oído nada. Todo es correcto. Nada se posa.
¿Por qué se evita la otra mirada? Casi nunca por frialdad: porque mirar de verdad expone. Georg Simmel lo vio en la mirada mutua, donde el ojo no puede tomar sin dar al mismo tiempo: con el gesto con que descubres a alguien te descubres tú.10 Y lo que has visto ya no puedes no haberlo visto.
Encaja con que Hartman describa la valoración intrínseca como el modelo del compromiso: a un ser singular no se lo valora desde la barrera.6 La cortesía es cómoda justo por eso. Permite estar delante sin entrar.
Piensa en la persona que pide a la puerta del supermercado. Casi nadie la mira a los ojos, y no siempre por desprecio: a menudo porque mirarla obligaría a algo, aunque solo fuera a decirle que no a alguien y no a un bulto. Se le puede dar una moneda sin mirarla. El gesto es amable. No es reconocimiento.
Nadie puede sostener la mirada de todo el mundo, y entre gente desconocida sería invasivo. Se trata de saber cuándo estás siendo cortés y cuándo esquivas a alguien que tenía derecho a ser visto.
Mirar de verdad a alguien es renunciar a quedar a salvo.
Reconocer con la palabra
La mirada no dice nada. Cuando lo visto se pone en palabras se convierte en elogio, y ahí la confusión con la amabilidad tiene hasta manual de instrucciones.
En 1936, Dale Carnegie publicó Cómo ganar amigos e influir sobre las personas. Tenía clara la frontera: la adulación, escribió, es falsa, y como el dinero falso acaba metiéndote en aprietos si intentas hacerla circular; la diferencia con la apreciación es que una es sincera y la otra no.11 Y convirtió el aprecio sincero en la segunda regla de su método.
Su criterio vigila la moneda falsa. No dice nada de la buena, que también es moneda.
Un elogio puede ser sincero y estar pagando algo: la lealtad que se espera a cambio, el esfuerzo del mes que viene. El psicólogo Richard Farson lo resumió en una frase que Albert Ellis recogió en el homenaje a Hartman: a menudo, el cambio que pide un elogio no beneficia necesariamente a quien lo recibe, sino a quien elogia.12
La sinceridad no detecta ese problema; la axiología, sí. Todo elogio es un juicio de valor, y todo juicio de valor lleva dentro una pregunta: ¿bueno como qué?4 Un elogio se decide por el concepto que usa, no por el entusiasmo con que se dice.
Hartman discutió a un filósofo que situaba todo elogio en una escala de entusiasmo, de la recomendación moderada a la adulación histérica, y en esa discusión dejó una línea que vale para cualquier oficina: se puede elogiar dentro de un contexto y condenar el contexto.13 «El mejor del mes» te coloca en una clasificación; «muy profesional», frente a una norma. Son legítimos para reconocer un mérito, y pueden decirse con mucho calor y dejarte donde estabas: en el ranking o en la casilla.
El elogio que reconoce hace algo más modesto y más difícil: nombra. Señala lo que esta persona hace de un modo que no se puede intercambiar. No «buen trabajo», sino «nadie más habría visto que el problema estaba en la segunda página». Y no pide nada a cambio, que es la comprobación más sencilla de que no era moneda.
La sombra es real, pero huir de ella hacia el otro extremo tampoco sirve: si todo elogio es sospechoso de transacción, nadie se atreve a elogiar. Que un elogio pueda volverse moneda no es razón para callarlo, sino para decirlo con exactitud.
Un elogio que reconoce no deja deuda.
Reconocer con el riesgo
Mirar y elogiar responden a lo que ya está ahí. Confiar se adelanta, y es la única de las tres en la que quien reconoce se juega algo que puede perder.
Un despertador del que dependes puede estropearse y decepcionarte, pero no traicionarte. La filósofa Annette Baier puso ahí la marca de la confianza: puede ser traicionada, o al menos defraudada, y no solo decepcionada.14
Con las categorías de Hartman, la distinción se afina. De una función se espera un rendimiento, y cuando falla, falla. Traicionar solo puede hacerlo alguien, porque solo alguien es libre de no hacer lo que esperabas. Confiar es tratar a la otra persona como ese alguien, que podría fallarte y por quien apuestas igual.
Por eso la confianza no se deja probar del todo, y no por falta de datos. Lo que sabes de alguien es su historial, una lista de actos larga pero contable; en quien confías es en la persona, que no es una lista y cuya próxima decisión no está escrita en las anteriores.15 Lo que se adelanta no es su valor, que no depende de ti, sino el lugar desde el que la miras: la tratas como alguien antes de que su conducta te dé la razón.
Quien lo vigila todo no confía, y quien no mira nada, tampoco.
Tiene dos falsificaciones, y las dos son amables.
La primera es la cortesía con garantías: trato exquisito y supervisión de todo lo demás, con copia a los superiores y contrato hasta para lo mínimo. A menudo es sensato, pero no es confianza, es fiabilidad asegurada. Quien no tiene margen no puede traicionarte, y por eso tampoco estás reconociendo a nadie.
La segunda se confunde con la generosidad: la confianza que no quiere mirar, la de quien firma sin leer lo que le traen «porque hay confianza». Quien no concibe que la otra persona pueda fallarle no confía en alguien libre, sino en un retrato fijo. Y valorar un retrato fijo en lugar de a alguien es, en términos de Hartman, una operación sistémica: la del esquema que prejuzga a los seres reales.16
La diferencia entre confiar y no querer ver tiene una prueba sencilla. La confianza verdadera separa lo que la ciega mezcla: el valor de la persona, que no depende de lo que haga, y lo que hace, que siempre se puede mirar.16 Por eso puede seguir atenta a los actos sin sentir que traiciona a nadie. Quien no quiere ver cree que revisar un acto sería dudar de la persona, y deja de mirar para no dudar.
Tres sombras, un mismo acto
Vistas juntas, las tres versiones amables fallan por el mismo sitio: la cortesía mira sin posarse, el halago habla sin nombrar y la confianza ciega apuesta sin mirar. En las tres falta ver a la persona y sobra la comodidad de no comprometerse.
Las tres formas verdaderas, a su vez, tienen su sombra: la mirada expone, el elogio puede volverse moneda, la confianza puede acabar en ingenuidad. Esas sombras son la razón de que reconocer sea una operación de precisión y no un gesto blando: lo que puede fallar de tres maneras no se hace solo con buena voluntad, sino con puntería.
Lo afirmativo, cuando es riguroso, no es lo que no tiene sombra. Es lo que la nombra y aun así sostiene el valor.
Afinar, no ablandar
Nada de esto se arregla proponiéndose ser más amable. Se arregla afinando, con tres preguntas pequeñas, una por movimiento.
Antes de ser cordial con alguien cercano: ¿lo he mirado o lo he despachado con educación? Antes de elogiar: ¿qué estoy nombrando y qué espero a cambio? Antes de decir que confías: ¿confío en la persona o he dejado de mirar lo que hace?
Ninguna pide más calidez; piden más exactitud, que es lo que el instrumento de Hartman mira en esta dimensión: no lo amable que resulta alguien, sino con qué nitidez discierne la individualidad ajena y la propia.2 La exactitud no depende del carácter. Se practica, mañana mismo, en el siguiente saludo.
Referencias
Obras de referencia
- Robert S. Hartman, La estructura del valor: fundamentos de la axiología científica (Fondo de Cultura Económica, 1959) — el axioma de la axiología formal, las tres dimensiones del valor y su cardinalidad.
- Robert S. Hartman, El conocimiento del bien: crítica de la razón axiológica (Fondo de Cultura Económica, 1965) — la discusión con Nowell-Smith sobre el elogio y con Everett W. Hall sobre la bondad y la benevolencia.
- Robert S. Hartman, The Hartman Value Profile (HVP): Manual of Interpretation (1973; 2.ª ed., Robert S. Hartman Institute, 2006) — la dimensión intrínseca como capacidad de discernir la individualidad y la valoración intrínseca como modelo del compromiso.
- Robert S. Hartman, Freedom to Live: The Robert Hartman Story (ed. Arthur R. Ellis, Rodopi, 1994) — la autodefinición de la persona y la unicidad como lo que todas las vidas tienen en común.
- John William Davis (ed.), Value and Valuation: Axiological Studies in Honor of Robert S. Hartman (University of Tennessee Press, 1972) — en particular, el capítulo de Albert Ellis sobre la psicoterapia y el valor de la persona.
- Erving Goffman, Behavior in Public Places: Notes on the Social Organization of Gatherings (Free Press, 1963) — la desatención cortés.
- Georg Simmel, Soziologie (1908), «Exkurs über die Soziologie der Sinne» — la mirada mutua como reciprocidad.
- Dale Carnegie, Cómo ganar amigos e influir sobre las personas (1936) — la adulación como dinero falso y el aprecio sincero como regla.
- Annette Baier, «Trust and Antitrust», Ethics (1986) — la confianza frente a la mera dependencia.
- Axel Honneth, La lucha por el reconocimiento (1992), y Charles Taylor, «La política del reconocimiento» (1992) — la tradición filosófica que puso el reconocimiento en el centro del debate contemporáneo.
Fuentes
- ↩ Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española, Diccionario de la lengua española, s. v. «amable»: 1. «Digno de ser amado». 2. «Afable, complaciente, afectuoso». El diccionario da las dos acepciones y su orden; la lectura del desplazamiento entre ellas en el uso corriente es de este ensayo, no una historia de la palabra.
- ↩ Manual of Interpretation, §8.1 y §8.1.1 (p. 136). La definición axiológica de la dimensión intrínseca en el perfil es «Development of the capacity for discerning individuality in others and individuality in oneself» —el desarrollo de la capacidad de discernir la individualidad en los demás y en uno mismo—, que Hartman glosa como «capacity for personal valuation». A continuación enumera lo que indica esa capacidad bien desarrollada: «understanding of the individuality of others, warmth and humanity, responsibility for others, compassion, kindness, humility, the capacity for identification with others and for seeing people from within». Traducción propia. La frase de definición se ha leído sobre la imagen de la página original, porque la capa de texto digitalizada la trae corrupta. No se reproducen puntuaciones ni criterios de lectura: publicar la mecánica estropea la prueba para quien vaya a hacerla. Y conviene recordar que el perfil mide la capacidad de juicio de valor, no la conducta. Marcas 2 y 2b.
- ↩ El conocimiento del bien (1965), cap. «Fórmulas analíticas y sintéticas», p. 259. Everett W. Hall (What Is Value?, 1952) sostenía que no sería «demasiado inadecuado» leer «Juan es bueno», en ciertos contextos, como forma elíptica de «es bueno que Juan sea siempre benevolente». Hartman objeta que entonces «la bondad de x se identificaría con la bondad del hecho de que x tiene alguna propiedad distinta de lo bueno, es decir, benevolencia o amabilidad; y esta identificación es un aspecto de la falacia en cuestión», la naturalista. Hartman habla de la bondad, no del reconocimiento: la analogía entre los dos errores —tomar un rasgo del trato por una operación de valor— es de este ensayo.
- ↩ La estructura del valor (1959), el axioma de la axiología formal: «Una cosa es buena si, y únicamente si, cumple con el conjunto de propiedades de la comprehensión de su concepto». De ahí que todo juicio de valor presuponga un concepto —se es bueno como algo— y que las tres dimensiones correspondan a tres tipos de concepto: sintéticos (sistémico), analíticos (extrínseco) y singulares (intrínseco). Hartman no descubrió que valoramos de tres maneras, una idea antigua en filosofía: la formalizó, la ordenó y construyó un instrumento para medirla. Marcas 4 y 4b.
- ↩ La frase del cuerpo es de Hartman, The Individual in Management (1962), p. 11, tal como la cita Albert Ellis en «Psychotherapy and the Value of a Human Being», en J. W. Davis (ed.), Value and Valuation (1972), p. 121: «Of course, nobody can give me the definition of myself but myself». En Freedom to Live (1994), cap. «What Is Good?», la misma idea aparece como autodefinición —«I am I; I am the one that I am. This is the definition I have to fulfill» (pp. 60-61)— y como medida del valor moral: «I have moral value to the degree that I fulfill my definition of my Self» (p. 80). Traducciones propias. Sobre la corrección del cuerpo: «conceder valor» se usa a menudo, también en otros textos de este blog, como abreviatura de mirar a alguien en la dimensión que le corresponde. En sentido estricto, el valor es cumplimiento de un concepto y no lo otorga quien mira; lo que depende de quien mira es bajo qué concepto lo hace. Marcas 5 y 5b.
- ↩ Manual of Interpretation, §2.6.1.3 (p. 32). Los conceptos singulares —con ejemplos como «my wife» o «my baby»— corresponden a cosas únicas, «incomparable and irreplaceable», en cuya valoración quien valora queda por completo implicado. «The fulfillment by a thing of a singular concept constitutes intrinsic value», y «Intrinsic valuation is the model of creativity, spontaneity and commitment; of emphatic and empathic thinking». Traducción propia. El cuerpo respeta la distinción: valor intrínseco es lo que cumple un concepto singular; valoración intrínseca, el modo de valorar. En la misma sección Hartman cuenta entre quienes valoran intrínsecamente a poetas y amantes, pero también a publicistas y políticos: la capacidad no es por sí misma un certificado de bondad. Marcas 6 y 6b.
- ↩ «Reconocimiento» no es un término técnico de la axiología formal. Como categoría filosófica procede de Hegel y, en el debate contemporáneo, de Axel Honneth y Charles Taylor. Hartman usa el verbo en sentido llano y valorativo, por ejemplo en Freedom to Live (1994), p. 169: «This failure to recognize the uniqueness of each human life has held back the development of human ethics and axiological science»; y en la p. 186 habla de la bondad «that recognizes the infinite intrinsic value of the human person». En las pp. 168-169 responde a la objeción aristotélica de que lo único no puede tener nada en común: «The thing is unique because it has all the properties it has, but the property "having all the properties it has" is not itself one of the properties the thing is said to have. Thus, things can have uniqueness in common and yet be different». Traducción propia. El reparto del reconocimiento en tres modos —mirar, elogiar, confiar— es de este ensayo. Marcas 7 y 7b.
- ↩ Erving Goffman, Behavior in Public Places (1963), p. 84. La desatención cortés (civil inattention) consiste en dar al otro la atención visual suficiente para mostrar que se ha advertido su presencia y retirarla enseguida, «so as to express that he does not constitute a target of special curiosity or design». Y añade: «In performing this courtesy the eyes of the looker may pass over the eyes of the other, but no 'recognition' is typically allowed». Traducción propia.
- ↩ Eric D. Wesselmann, Florencia D. Cardoso, Samantha Slater y Kipling D. Williams, «To be looked at as though air: Civil attention matters», Psychological Science, 23(2), 2012, pp. 166-168, doi:10.1177/0956797611427921. En un camino transitado del campus de la Universidad de Purdue, una ayudante del estudio establecía contacto visual con quien se cruzaba, lo establecía y además sonreía, o dirigía la vista hacia sus ojos pero a través, «como si fuera aire». Después se preguntaba a esas personas cuán desconectadas se sentían de los demás en ese momento. Es un estudio breve y hecho en un solo campus: se cita como indicio, no como ley.
- ↩ Georg Simmel, «Exkurs über die Soziologie der Sinne», en Soziologie (1908), pp. 646-651; versión inglesa en Robert E. Park y Ernest W. Burgess, Introduction to the Science of Sociology (University of Chicago Press, 1921): «By the glance which reveals the other, one discloses himself. [...] The eye cannot take unless at the same time it gives». Simmel considera la mirada mutua la reciprocidad más perfecta de todas las relaciones humanas. Traducción propia.
- ↩ Dale Carnegie, Cómo ganar amigos e influir sobre las personas (1936), primera parte, cap. 2, que se cierra con la «Regla 2: Demuestre aprecio honrado y sincero». En la traducción castellana: «La adulación es falsa y, como el dinero falso, nos pone eventualmente en aprietos si queremos hacerla circular. La diferencia entre la apreciación y la adulación es muy sencilla. Una es sincera y la otra no». La observación de que ese criterio no distingue el aprecio sincero usado como medio es de este ensayo.
- ↩ Albert Ellis, «Psychotherapy and the Value of a Human Being», en John William Davis (ed.), Value and Valuation (1972), p. 131. Ellis sostiene que evaluar a una persona, «even if only in a complimentary way», es a menudo intentar cambiarla, controlarla o manipularla, y cita a Richard Farson: «Often [...] the change which praise asks one to make is not necessarily beneficial to the person being praised but will redound to the convenience, pleasure or profit of the praiser». El texto de Farson es «Praise Reappraised», publicado en Harvard Business Review (1963) y reimpreso en Encounter (1966). Traducción propia. Ellis va más lejos que este ensayo, porque desaconseja evaluar globalmente a las personas incluso para bien; aquí se distingue entre puntuar a alguien y nombrar lo que tiene de singular.
- ↩ El conocimiento del bien (1965), cap. «No-cognoscitivistas y semi-cognoscitivistas», pp. 77-78. Hartman discute la ética de P. H. Nowell-Smith (Ethics, 1954), a quien cita así: «Siempre elogiamos algo con cierto grado de entusiasmo que se encuentra en algún punto de una escala entre la recomendación moderada y la adulación histérica». Frente a la idea de que elogiar va lógicamente ligado a aprobar, Hartman responde: «Yo puedo elogiar dentro de un contexto y condenar el contexto. En realidad, los problemas moralmente profundos son de este tipo». La aplicación a los elogios de oficina es de este ensayo.
- ↩ Annette Baier, «Trust and Antitrust», Ethics, 96(2), 1986, pp. 231-260, doi:10.1086/292745. La distinción entre confiar y simplemente depender está en la p. 235: «trusting can be betrayed, or at least let down, and not just disappointed». Traducción propia. El ejemplo del despertador es una ilustración de este ensayo, y también lo es la lectura de la distinción con las categorías de Hartman.
- ↩ Tesis de este ensayo, apoyada en la cardinalidad de Hartman: en La estructura del valor (1959), las propiedades de lo extrínseco forman un conjunto enumerable y las de lo singular, un continuo no enumerable, de modo que ninguna lista, por larga que sea, agota a una persona. Aplicarlo a la confianza —que un historial, por enumerable, no puede probar lo que alguien hará— es una interpretación, no un hallazgo medido.
- ↩ Manual of Interpretation, §2.6.1.1 (pp. 31-32): la valoración sistémica ve las cosas en blanco o negro y, como pertenece a las construcciones de la mente, «when applied to actual beings it "prejudges" them»; es «the model of dogmatism and prejudice, of rigid and schematic thinking». La separación entre el valor de la persona y lo que hace procede de Hartman, «Sputnik's Moral Challenge» (Texas Quarterly, 1960), p. 22, tal como la cita Ellis (1972), p. 121: «intrinsic value has nothing to do with what a person does, but only with what he is». Traducciones propias. Leer la confianza ciega como una valoración sistémica es de este ensayo. Marcas 16 y 16b.
Ser amable cuida el trato; reconocer acierta con la persona. Cuando falta lo segundo, lo primero no lo sustituye: lo disimula.