Durísimo contigo, comprensivo con los demás (o al revés): la asimetría que te delata
Un amigo te cuenta que la ha fastidiado y le dices que no se machaque, que cualquiera, que ya está. Y lo dices en serio. Semanas después la fastidias tú, del mismo modo, y la frase que te dedicas no se la dirías a nadie a quien aprecies. Este artículo va de esa distancia, y de que tiene dos direcciones — no una.
Conviene acotar de entrada. Esto no va de la autoexigencia en general, ni de bajar el listón: exigirse está bien y no está en cuestión. Va de algo más estrecho y más incómodo. Va de que el resultado cambie según a quién estés midiendo.
Las dos direcciones de la misma avería
La primera la reconoce mucha gente. Hacia fuera valoras con una finura que se agradece: ves lo que alguien vale antes de que él lo vea, entiendes por qué hizo lo que hizo, encuentras el matiz que salva la situación.
Hacia dentro, ese mismo ojo se vuelve otra cosa. No más exacto: más corto. Desaparece el contexto, desaparece el atenuante, y queda una frase seca que no admite réplica.
Te tomarías la tarde libre para acompañar a un amigo al médico. Cuando el que tiene fiebre eres tú, la tarde no te la tomas.
Y cuando alguien te lo señala, sueles defenderte. Porque desde dentro la severidad no se parece a la crueldad: se parece a la responsabilidad. A nadie le apetece renunciar a eso.
La otra dirección existe y casi nunca se cuenta. Es la de quien se explica a sí mismo con toda la comprensión del mundo —tenía un mal día, no había otra manera, cualquiera en mi lugar— y no le concede a nadie ese margen.
Cuando el que llega tarde eres tú, hay tráfico. Cuando llega tarde el otro, es que no le importas.
Desde dentro eso no se vive como soberbia. Se vive como estar rodeado de gente que no acaba de estar a la altura, y como una racha de mala suerte que no se termina nunca. La tradición clínica que interpreta este perfil en español tiene un retrato exacto: la persona que tiene «la pésima suerte» de caerle mal a todo el mundo, que venía con la mejor intención y no registra qué está haciendo para provocar tanta antipatía.1
Puestas una junto a otra, las dos parecen contrarias. Una se lee como humildad; la otra, como arrogancia. Es el eje equivocado.
Lo que comparten es más simple y más serio: en las dos, lo que sale de la medida depende de quién esté siendo medido. Eso no es ser exigente ni ser indulgente. Es no estar midiendo.
Puedes estar equivocándote con la persona sobre la que más datos tienes del mundo.
La objeción razonable
Hay una réplica sensata a esto, y conviene atenderla antes de seguir. Claro que te juzgas distinto: de ti lo sabes todo. Conoces la intención, el atajo que tomaste, la vez anterior. Del otro solo ves el resultado.
Es verdad a medias, y la mitad que falta es la que decide. Más información debería hacer el juicio más exacto, no más severo ni más indulgente de forma constante. Si todo lo que sabes de ti aparece siempre en la misma columna —siempre en la de cargo, o siempre en la de descargo—, eso ha dejado de funcionar como información. Funciona como filtro.
La señal está en la constancia. Un juicio que de verdad atiende al caso se mueve: unas veces sale a favor y otras en contra. Cuando el signo no cambia nunca, lo que tienes no es un criterio aplicado a los hechos: es una postura que los hechos ya no pueden tocar.
La prueba mira dos veces
El Perfil de Valores de Hartman no es un test de personalidad: no pregunta cómo eres ni qué opinas. Pide ordenar frases por su valor y mira cómo ordenas. Y tiene una peculiaridad estructural que aquí se vuelve decisiva: no valora una vez, valora dos. Una parte pide ordenar frases sobre el mundo; otra, frases sobre uno mismo. Se puntúan por separado y en la misma escala.2
De ahí salen dos capacidades distintas: la de valorar situaciones exteriores y la de valorarse a uno mismo. No hay ninguna razón para que coincidan. En la mayoría de la gente no coinciden.
Hasta aquí, poco nuevo para quien haya leído sobre la prueba. Lo que casi nunca se cuenta es que la distancia entre las dos también tiene su propia medida.
El índice que mide la distancia
Se llama balance relativo, y no puntúa ninguna de las dos miradas: puntúa la relación entre ellas. Cuando ambas capacidades están desarrolladas en el mismo grado, las dos puntuaciones se igualan; cuanto más se aparta el cociente de ese punto, más asimétrica es la manera de valorar.3
Conviene detenerse aquí, porque es contraintuitivo. Dos miradas mediocres pero parejas están, en este aspecto concreto, mejor que una mirada brillante junto a otra pobre. No informa el nivel. Informa la diferencia.
Y el manual describe qué cuesta cada dirección.
Cuando la valoración de uno mismo queda muy por debajo de la del mundo, habla de «un gran potencial sin usar y tensión interior».4 Merece la pena leerlo despacio, porque no dice lo que uno teme que diga. No dice que la persona valga menos: dice que hay capacidad que no llega a emplearse.
En la dirección contraria —cuando alguien se valora a sí mismo bastante mejor de lo que valora las situaciones objetivas— el manual describe fracasos inmerecidos por un mal manejo de esas situaciones y roces frecuentes con el entorno. Y añade una frase que cuesta olvidar: esa persona no recibe todas las oportunidades que merece, «aunque las que sí recibe bastarían para hacer afortunado a otro».5
Un lado se paga en tensión; el otro, en tropiezos que no entiendes. Los dos se pagan.
Hay algo casi cruel en esa segunda descripción. No es que la vida te trate peor. Es que lo que te da no te llega.
Por qué la asimetría delata
Hasta aquí, la descripción. La pregunta de fondo es por qué esa distancia importa tanto, y la respuesta está en cómo define Hartman a una persona.
Su axioma dice que algo es bueno cuando cumple las propiedades de su concepto. Aplicado a las cosas, es sencillo. Aplicado a una persona concreta se vuelve extraño, porque ¿cuál es el concepto de alguien irrepetible? La respuesta que da es que cada uno lleva su propia definición dentro, y que esa definición es «Yo soy Yo». Eres bueno en la medida en que la cumples: en la medida en que eres tú y no otro.6
Lo contaba desde su propia biografía, y sin solemnidad. Soy un profesor entre diez mil profesores, un marido entre maridos, alguien que come entre los que comen. ¿Dónde estoy yo? Y concluía que la pregunta no era qué soy, sino quién soy.6
Ahora lo que importa. Cuando el manual de la prueba describe la estructura del yo, nombra las dos maneras de fallar esa definición, y son dos y contrarias: sobrevalorarse y desvalorarse. La primera la describe como una tentativa de falsedad, de inautenticidad. La segunda, como una tentativa de anulación de uno mismo. Ninguna de las dos cumple «Yo soy Yo»; las dos cumplen la definición contraria.7
Ahí está lo que la asimetría delata. No delata que seas humilde ni que seas arrogante: eso es un juicio moral, y llega tarde. Delata que en una de las dos direcciones dejaste de mirar, y que llevas tiempo poniendo, en el sitio de lo que verías, una frase escrita de antemano.
Por eso duele leerlo. Uno espera que le digan que se pasa de duro. Lo que le dicen es que se ha dejado de ver.
Lo que el instrumento no mide
Toca ser exacto, porque aquí es fácil prometer de más.
«Duro conmigo mismo» no es una escala. La prueba no mide dureza ni benevolencia, ni el tono con que te hablas: mide capacidad de juicio de valor en cada dirección, y la relación entre ambas. Que una asimetría medida se corresponda con esa dureza vivida es una lectura clínica —coherente y frecuente— pero es una lectura, no un resultado.
Tampoco encontrarás aquí umbrales. Los que publica el manual y los que usa la tradición clínica que lo interpreta en español no coinciden del todo, y una tabla de cifras en un artículo divulgativo solo sirve para que alguien se autodiagnostique con ella.8
Y una precisión que descarga: cierta asimetría es lo normal. Casi nadie tiene las dos miradas igual de afinadas, y tenerlas algo desparejas no es un defecto de carácter. Lo que se lee no es que exista distancia, sino su tamaño y su signo.
Cambia el nombre
La salida no es tratarte mejor. Pedirle amabilidad a una mirada que ve mal es pedirle a un instrumento averiado que dé un número más agradable: seguirá sin medir.
Lo que sí se puede hacer es comprobar el instrumento, y para eso hay un gesto de dos minutos.
Coge la última frase que te dedicaste. La exacta, con sus palabras, no el resumen amable que harías si te oyera alguien. Escríbela. Y pon encima el nombre de una persona a la que quieras.
Si al leerla con ese nombre te parece injusta, desproporcionada o directamente falsa, ya tienes el dato. No era exigencia: era una medida que solo aplicas contigo.
Después, el mismo gesto al revés, que es el que casi nadie hace. Coge lo último que pensaste de otro —el que llegó tarde, la que no contestó, el que no dio la talla— y pon encima tu nombre. Si de pronto aparecen los atenuantes, el contexto, el mal día y la explicación que lo cambia todo, también tienes el dato. Y es el mismo dato.
Ninguno de los dos gestos te dará una puntuación. Te dará algo más incómodo y más aprovechable: el nombre de la dirección en la que llevas tiempo sin mirar de verdad.
Y ahí está la buena noticia, que es pequeña y concreta. No hace falta que te quieras más. Hace falta que mires con lo mismo.
Referencias
Obras de referencia
- Robert S. Hartman, The Hartman Value Profile: Manual of Interpretation (Robert S. Hartman Institute, 2.ª ed., 2006) — la definición de las dos capacidades de valorar, el índice que compara ambas y la estructura del yo de la que salen las dos maneras de fallarse.
- Robert S. Hartman, Freedom to Live: The Robert Hartman Story (Rodopi, 1994) — la formulación autobiográfica de «Yo soy Yo» y la distinción entre el yo íntimo y los papeles sociales.
- Robert S. Hartman, La estructura del valor: fundamentos de la axiología (FCE, 1959) — el axioma del valor y las tres dimensiones de las que se deduce la norma del test.
- Mariano Cruz Zamora, Manual para la interpretación clínica del Perfil de Valores Hartman: en la versión de Alfonso Castro Asomoza (2015) — la lectura clínica de las medidas de equilibrio y el retrato de las dos direcciones del desajuste.
Fuentes
- ↩ Cruz Zamora (2015), sobre el factor de desconexión: «Entonces yo tengo la pésima suerte, por ejemplo, de caerle mal a todo el mundo, no sé por qué, si yo venía con tan buena intención, yo me los quería ganar. Pero no registro qué estoy haciendo para provocar tanta antipatía». El manual atribuye a Alfonso Castro la lectura de estas medidas y usa dos imágenes emparejadas para las dos direcciones: el «loto en el mar embravecido» cuando el mundo interno va muy por delante del externo, y el «náufrago en un mar en calma» cuando ocurre lo contrario. Aquí se recoge el retrato, no el aparato de puntuación: los factores clínicos que ese manual describe y el índice que se comenta más abajo pertenecen a familias de medidas distintas, y conviene no fundirlos.
- ↩ Manual of Interpretation, §3.2.11: la puntuación de valor «mide la capacidad de valoración objetiva de la persona, esto es, su capacidad de valorar situaciones exteriores»; §3.2.13: la puntuación del yo «mide la capacidad de la persona para valorarse a sí misma». En ambas, la primera cifra recoge la capacidad total y la segunda la califica según la armonía o el desacuerdo internos. Traducciones propias. El informe que se entrega hoy en español suele traer una tercera parte —la que mira la regulación de la energía vital, añadida después por la tradición clínica mexicana—; queda fuera de lo que discute este artículo.
- ↩ Manual of Interpretation, §3.2.14: «Esta puntuación mide el balance entre las capacidades de Valoración y Auto-Valoración. Cuando estas capacidades están desarrolladas en el mismo grado, las puntuaciones VQ y SQ se igualan […]. Cuanto más cerca están de ese punto, más en equilibrio se encuentran las dos capacidades de valorar, tanto en cantidad (primera cifra) como en calidad (segunda cifra)». Traducción propia; se omiten deliberadamente las cifras del original (ver nota 8). En el original el índice se llama Relative Balance Score (BQr); la tradición clínica que lo interpreta en español lo agrupa entre las medidas de equilibrio.
- ↩ Manual of Interpretation, §3.2.14: «[Un cociente lo bastante alto] indica que la puntuación del yo es muchísimo peor que la puntuación de valor. Esto significa un gran potencial sin usar y tensión interior». Traducción propia; el corchete sustituye el umbral numérico del original.
- ↩ Manual of Interpretation, §3.2.14: «[Un cociente lo bastante bajo] indica problemas en la capacidad de manejar el mundo exterior. En este caso […] la persona es significativamente mejor en su Auto-Valoración que en su Valoración de situaciones exteriores objetivas. Esto podría dar lugar a fracasos inmerecidos por un mal manejo de las situaciones objetivas, y a menudo a conflictos con la sociedad que la rodea. Tal persona es propensa a la “mala suerte”, o atychal, pero solo en términos relativos respecto de su puntuación de valor absoluta. No recibe todas las oportunidades que merece, aunque las que sí recibe bastarían para hacer afortunado a otro». Traducción propia; los corchetes sustituyen los umbrales numéricos del original.
- ↩ Freedom to Live (1994), capítulo «What Is Good?»: «Como profesor estoy entre otros diez mil profesores. Soy un marido entre maridos, alguien que come entre los que comen, alguien que duerme entre los que duermen, un maestro entre maestros. Pero ¿dónde estoy yo? […] Así que tuve que preguntar, no qué soy, sino quién soy. Y tuve que responder: yo soy yo; soy el que soy. Esta es la definición que tengo que cumplir». Y unas líneas después: «No debo confundir mi Yo íntimo, moral, intrínseco, con mi yo externo, social, extrínseco». Traducciones propias. La misma definición aparece formalizada en el Manual of Interpretation, §8.1.14: una persona es «ese ser que tiene su propia definición de sí mismo dentro de sí», y es buena si la cumple, «esto es, si es él mismo y no otro».
- ↩ Manual of Interpretation, §8.1.14: «Los cumplimientos fragmentarios de la definición yo soy yo son los intentos de autenticidad, y los intentos fragmentarios de cumplir la definición yo no soy yo son o bien tentativas de falsedad e inautenticidad, o bien de anulación de uno mismo. La primera puede indicarla una sobrevaloración de Dim-I2; la segunda, una desvaloración». Traducción propia; el reconocimiento óptico del original desordena las líneas de este pasaje y la reconstrucción es directa. Precisión necesaria: Dim-I2 es la dimensión intrínseca de la segunda parte de la prueba —la valoración del propio yo—, no el balance entre las dos miradas del que trata el resto del artículo. Que las dos maneras de fallar «yo soy yo» iluminen las dos direcciones de la asimetría es una lectura de este artículo, y se marca como tal.
- ↩ El Manual of Interpretation publica una escala de calificación para este índice; la tradición clínica que lo interpreta en español, siguiendo a Alfonso Castro, trabaja con un rango de adecuación distinto y con dos planos del índice —uno consciente y otro no—. Las direcciones coinciden en ambas fuentes; los umbrales concretos, no del todo. Cuando un dato técnico no cuadra entre fuentes, este blog lo mantiene cualitativo. Además, el Manual advierte en §0.2 que la prueba «no pretende medir la energía o el empuje que tiene una persona»: mide capacidad de juicio, y de ahí a la vida hay un tramo que el propio instrumento no cubre.
No se trata de que te trates mejor, sino de que te midas con lo mismo. Si tu frase, leída con otro nombre encima, te parece injusta, no era exigencia: era un instrumento que solo se estropea cuando el objeto eres tú.