Lo que se repite: por qué la rutina vacía unas cosas y da forma a otras
Has hecho el mismo café unas tres mil veces. El de hoy no lo recuerdas: sabes que te lo tomaste porque la taza está en el fregadero. En otra cocina, alguien repite ese gesto exacto —la misma agua, la misma taza, los mismos cuatro minutos— y ese rato es lo que le sostiene el día. La acción es idéntica en los dos sitios. La diferencia está en otra parte, y se puede describir con bastante precisión.
Haz clic para ampliar la ilustración
El día de la marmota
En Atrapado en el tiempo (1993), un hombre del tiempo antipático se queda encerrado en el 2 de febrero. Se despierta cada mañana en el mismo hostal de Punxsutawney, con la misma canción en la radio y el mismo charco esperándole en la acera.1
Es una comedia y el caso es deliberadamente extremo: nadie vive un día literalmente idéntico. Pero como experimento resulta limpísimo, porque elimina de un golpe la variable que solemos culpar. Ahí no hay nada nuevo que encontrar. Ninguna.
Y aun así, lo que le ocurre a Phil cambia tres veces.
Primero usa el día. Se aprende de memoria lo que va a decir cada persona y lo aprovecha para conseguir cosas: como al día siguiente nadie recuerda nada, la gente le sale gratis. Después se hunde: si nada tiene consecuencia, nada importa. Y al final, sin que el día cambie ni un minuto, empieza a aprender piano, a esculpir hielo, a saber quién es cada vecino y qué le está pasando.
El 2 de febrero es exactamente el mismo en los tres tramos. Lo que cambia es bajo qué concepto llega él a ese día.
La ley que adelgaza la taza
La axiología formal de Robert S. Hartman arranca de una definición sencilla: algo es bueno en la medida en que cumple las propiedades del concepto bajo el que lo miras.2 De ahí salen los tres modos de valorar, según qué clase de concepto sea. Lo sistémico cumple una definición: se cumple o no, sin grados. Lo extrínseco cumple un concepto de clase: admite comparación, mejor y peor, y por tanto sustitución. Lo intrínseco cumple un concepto singular: esto, y no otro parecido.
Falta una pieza que casi nunca se cuenta, y es de dónde salen los conceptos de clase. Salen de abstraer lo que un grupo de cosas tiene en común. Y esa operación arrastra una ley que Hartman enuncia sin ningún dramatismo, en mitad de un capítulo de lógica: cuantas más cosas metes en el grupo, menos propiedades comparten.3
Vuelve a leerlo pensando en tu café, porque ahí está el artículo entero.
El primer café de tu vida no pertenecía a ninguna clase. El segundo ya permitió abstraer: lo que los dos tenían en común. El de esta mañana ha llegado bajo un concepto amasado con lo que comparten tres mil mañanas — y lo que comparten tres mil mañanas es poquísimo. Caliente. Amargo. Antes de salir.
Ahí está el mecanismo, y no tiene nada que ver con el aburrimiento ni con la falta de gratitud. Si el valor es el cumplimiento de las propiedades del concepto, y del concepto quedan tres, no hay gran cosa que cumplir. La taza está llena. El concepto no.
Conviene distinguir esto de su vecina, con la que se confunde a diario. Una rutina también puede vaciar por el lado contrario: convirtiéndose en una norma rígida que se cumple o se incumple, con su culpa el día que falla. Eso es valoración sistémica, y hace ruido — se nota, duele, se puede contar a un amigo. Lo que describe la ley de arriba es más silencioso: aquí nadie ha fallado, no hay culpa ninguna y no pasa nada. Simplemente se ha ido quedando cada vez menos que ver.
Conviene decir en voz alta lo que acabo de hacer, porque no es lo que Hartman escribió. Él enuncia una regla lógica sobre la extensión y la comprehensión de los conceptos, no una descripción de las mañanas de nadie. Llevarla a la repetición vivida es un razonamiento hecho con sus herramientas, no un resultado de la axiología formal.
Lo que la costumbre desgasta no es la cosa, sino el concepto con el que llegas a ella.
Y sin embargo, abstraer es un triunfo
Antes de convertir esto en una queja hay que decir lo contrario, que es igual de cierto: sin esa ley no podrías vivir.
Bajas una escalera sin mirar los escalones. Conduces mientras piensas en otra cosa. Cocinas de memoria. Eso es la abstracción funcionando bien: el concepto se ha adelgazado hasta caber en el fondo de la cabeza, y eso libera la atención para lo demás. Una vida en la que cada acto fuera único sería una vida sin capacidades — te pasarías la mañana descubriendo el picaporte.
Así que la rutina que vacía no es un fallo moral ni una falta de sensibilidad. Es el precio de una maquinaria que en conjunto nos conviene muchísimo.
El problema es que esa maquinaria no pide permiso y no distingue. Adelgaza con la misma eficacia el picaporte y a la persona con la que vives. Nadie decide un martes dejar de mirar a alguien: se acumularon las veces y la ley hizo su trabajo.
La pregunta útil, entonces, no es cómo dejar de abstraer. No se puede, y tampoco conviene. Es cuál de las cosas que repites estás dispuesto a que se convierta en una clase.
Lo que no se deja adelgazar
La otra mitad de la ley está en la misma página, y es la que abre la puerta: una cosa individual tiene una infinidad de propiedades que no tiene ninguna otra cosa.3
Mientras la clase se adelgaza a medida que crece, lo singular no se agota nunca. Así que delante del mismo acto repetido hay siempre dos opciones abiertas, y ninguna de las dos depende del acto: o lo recibes como un caso más de la serie, o lo sacas de la serie.
Sacarlo de la serie es, literalmente, lo que la axiología llama valorar intrínsecamente: mirar algo bajo un concepto singular, sin clase con la que compararlo.
Y eso es lo que hace un rito, dicho sin misticismo ninguno. Un rito no añade novedad: no hay nada nuevo en una mesa puesta igual que siempre. Lo que hace es interrumpir el archivado. En lugar de «el café de todas las mañanas», este.
Hay una fórmula japonesa vinculada desde antiguo a la ceremonia del té que lo dice mejor que cualquier definición: ichi-go ichi-e, «una vez, un encuentro».4 Y ahí está la paradoja que desarma el tópico de que la forma mata lo vivo.
La ceremonia más codificada que existe —gestos fijados, orden invariable, siglos de repetición— se sostiene sobre el recordatorio de que esta reunión concreta no va a repetirse jamás. Todo el aparato está montado para producir lo contrario de una rutina: que alguien mire lo que tiene delante como si no fuera a volver, porque de hecho no va a volver.
El tiempo que vuelve y el tiempo que cuenta
Hay dos maneras de leer un mismo hecho repetido, y no son intercambiables.
Una es lineal. Esta es la vez trescientos cuarenta. Llevo once semanas seguidas. Van cuatro años de cenas de los domingos. Contar solo es posible dentro de una clase —únicamente se cuentan miembros de algo—, así que en cuanto llevas la cuenta ya has decidido que estás en la serie.
La otra es cíclica. Otra vez. Es domingo. Volvió el invierno. Aquí no hay ningún total que alcanzar ni ningún número que proteger: hay algo que vuelve y que se espera.
La diferencia se nota en el fallo. Cuando se corta una racha, los treinta y cuatro días anteriores se quedan sin destino, porque eran medios para un total que ya no va a existir. El domingo siguiente, en cambio, no dependía del anterior. No iba hacia ninguna parte.
Eso explica de paso el tramo intermedio de la película, que es el más incómodo de ver. Phil se hunde cuando comprende que nada de lo que haga se acumula. Su desesperación no viene del día: viene de seguir leyendo en clave lineal un tiempo que ha dejado de serlo — busca un total y ya no hay ninguno al que sumar. Sale de ahí cuando empieza a tratar cada 2 de febrero como el único que hay, que es justo lo contrario de contar.
Una racha hay que sostenerla. Un ciclo solo hay que esperarlo.
De ahí que la aplicación de hábitos, con su contador y su llamita, sea una máquina de convertir ciclos en líneas. No es un detalle de diseño: al poner un número delante, cada repetición pasa a ser un medio para el número, y lo que era el asunto se vuelve el trámite.
La trampa: llamar rito a la costumbre
Todo lo anterior tiene una falsificación que conviene mirar de frente, porque está de moda y suena muy bien: llamar «mi ritual» a cualquier cosa que se repite.
Hay dos maneras habituales de equivocarse.
La primera es la costumbre que solo evita. El valor entero del acto no está en el acto, sino en lo que sentirías si no lo hicieras. Ahí no se está valorando nada: se está tapando algo, y el gesto concreto da lo mismo — podría ser otro y cumpliría igual. La señal es bastante fiable: no se puede omitir ni una vez sin que el día se descoloque.5
La segunda es el rito decorado: la misma inercia de siempre, con velas, vocabulario y una foto. Nombrar no hace el trabajo. Lo único que saca un acto de la serie es que alguien lo mire, y eso no lo consigue ningún atrezo.
Y una cosa más, para que esto no acabe siendo otra exigencia. La mayor parte de lo que repites no aspira a nada y está perfectamente bien así. Nadie tiene que habitar el lavavajillas. La trampa no es tener costumbres: es creer que por llamarlas ritos ya has mirado algo.
Tres preguntas que lo distinguen
De todo esto salen tres preguntas concretas, y ninguna es un método.
¿Lo cuentas o lo esperas? Si sabes cuántas veces llevas, estás en la serie. No siempre es malo: para entrenar es justo lo que hace falta. Pero conviene saber en qué tiempo se está.
¿Hacerlo más rápido lo mejora? Si sí, es una tarea, y optimizarla es lo correcto — la eficiencia es la virtud propia de lo extrínseco. Si al acelerarlo se estropea sin que falte ningún paso, tienes delante algo que no era un medio para nada.
¿Daría igual quién lo hiciera? Si alguien pudiera hacerlo por ti y no se perdería nada, era una función. Si se perdería algo, es que dentro había alguien; y eso es lo primero que borra la repetición, porque es también lo que menos se nota cuando falta.
Lo que la repetición construye
Queda la mitad afirmativa, que es la menos obvia de las dos.
Hay cosas que no están en ninguna de sus veces. Un vínculo no está en la conversación del martes ni en la del jueves: está en que haya otra. Una casa no son los metros ni los muebles, sino el orden en que ocurren las cosas dentro. Un oficio no es lo que sabes hacer una tarde, sino lo que llevas repetido.
Esto también es un razonamiento propio y conviene marcarlo.6 Si lo singular tiene una comprehensión que no se agota, hacen falta ocasiones para seguir encontrándola — y la repetición es lo único que las suministra. Nada intrínseco sobrevive a un solo encuentro: lo que se da una vez y no vuelve no llega a ser un vínculo, se queda en un recuerdo.
De modo que la repetición no es solo la amenaza de lo intrínseco. Es también su único medio de transporte.
Solo llega a tener forma lo que vuelve; lo que pasa una vez, pasa y se va.
Con una consecuencia incómoda, porque la forma es neutral. Lo que se repite acaba teniendo forma, sea lo que sea: también la tiene el no mirar. Nadie decide una mañana dejar de ver a su pareja. Lo deciden treinta mañanas en las que no hubo nada que decidir.
Mañana vas a repetir casi todo
No se puede habitar todo. El consejo de vivir cada instante como si fuera único es, además de imposible, una manera bastante fina de no vivir ninguno: la atención es finita y hay que repartirla.
Lo que sí se puede es elegir dos o tres cosas que no vas a dejar que se conviertan en clase. Dos o tres, no veinte.
Y para elegirlas hay un criterio rápido. Piensa a qué le dirías que no si alguien se ofreciera a hacerlo por ti, o a hacértelo más deprisa. Lo primero que se te ocurra es lo que hay que proteger de la ley.
Mañana vas a repetir casi todo lo que hiciste hoy. Esa parte no la eliges. La que eliges es a cuál de todas esas cosas vas a llegar sin el concepto puesto.
Referencias
Obras de referencia
- Robert S. Hartman, La estructura del valor: fundamentos de la axiología científica (Fondo de Cultura Económica, 1959) — el axioma de la axiología formal, los tres tipos de concepto que sostienen las tres dimensiones, la variación inversa entre extensión y comprehensión, y la infinitud de propiedades de la cosa individual.
- Atrapado en el tiempo (Groundhog Day), dirigida por Harold Ramis (1993) — el día que se repite idéntico y los tres modos sucesivos de habitarlo.
Fuentes
- ↩ Atrapado en el tiempo (Groundhog Day), dirigida por Harold Ramis, con Bill Murray y Andie MacDowell (1993). El personaje, Phil Connors, es un hombre del tiempo que cubre la fiesta de la marmota en Punxsutawney (Pensilvania) y queda atrapado en el 2 de febrero. Los tres tramos que se describen —aprovechar el día, hundirse y aprender— son la estructura de la película. El número de repeticiones nunca se especifica en el metraje, y por eso aquí no se da ninguna cifra.
- ↩ La estructura del valor (1959), «El axioma de la axiología formal»: una cosa es buena si, y solamente si, cumple el conjunto de propiedades de la comprehensión de su concepto. Las tres dimensiones se definen como cumplimientos, respectivamente, de conceptos singulares (intrínseco), analíticos o de clase (extrínseco) y sintéticos o definitorios (sistémico). Precisión de siempre: Hartman no descubrió que valoramos de tres maneras —eso viene de lejos en la tradición filosófica—; lo que hizo fue formalizar la distinción, ordenarla y construir un instrumento para medirla.
- ↩ La estructura del valor (1959), capítulo sobre conceptos analíticos y sintéticos, al exponer la variación inversa entre extensión y comprehensión: «puesto que el concepto de clase surge por abstracción de las propiedades que tienen en común un grupo de cosas, mientras más sean estas cosas menos serán las propiedades que tienen en común, y, a la inversa, mientras menos sean estas cosas, más serán las propiedades que tengan en común. Una cosa individual tiene, obviamente, una infinidad de propiedades que no tiene ninguna otra cosa». Hartman lo escribe como regla lógica sobre conceptos, no como descripción de la experiencia: la aplicación a los actos que se repiten en una vida es de este artículo, y es un razonamiento hecho con sus herramientas. También conviene el matiz: la ley no dice que un acto pierda propiedades al repetirse —el café de hoy tiene las que tiene—, sino que el concepto abstraído de muchos casos es más pobre que el de unos pocos, y es ese concepto el que se interpone. ↩
- ↩ Ichi-go ichi-e (一期一会) es una expresión japonesa tradicionalmente asociada al chanoyu, la ceremonia del té, que suele glosarse como «una vez, un encuentro» o «cada encuentro, una sola vez en la vida». Se recoge aquí por conocimiento establecido y no desde una edición consultada; su formulación canónica se atribuye de distintos modos según la fuente, de manera que no se le asigna aquí ni autor ni fecha. No sostiene ninguna afirmación técnica del artículo: ilustra una tesis que se apoya en Hartman.
- ↩ La lectura axiológica de esa señal es directa: un acto cuya omisión no admite grados —o se hace o el día se estropea— se está valorando sistémicamente, porque así funcionan los conceptos definitorios en Hartman: número finito de propiedades, cumplimiento completo o incumplimiento completo, sin término medio (La estructura del valor, 1959). Ahora bien, que la angustia ante la omisión indique eso en una persona concreta es una interpretación, no un dato: sirve para orientarse, no para diagnosticarse.
- ↩ Tesis propia, marcada como tal. Hartman sostiene que la comprehensión de lo singular no es enumerable; de ahí no se sigue formalmente que se necesiten encuentros repetidos para recorrerla, porque una comprehensión no enumerable no se recorre nunca del todo, por muchas ocasiones que haya. Lo que se afirma aquí es más modesto y es un razonamiento con sus herramientas: si lo singular no se agota, cada vuelta puede encontrar algo que la anterior no encontró, y sin vueltas no hay dónde encontrarlo. La consecuencia —que ningún vínculo se constituye en un solo encuentro— es de este artículo, no de la axiología formal.
La repetición no decide nada por su cuenta: multiplica lo que ya estabas haciendo con eso. Por eso el mismo gesto, tres mil veces, puede acabar siendo un vínculo o una anestesia.