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Lo que no se pone en la balanza: por qué todos tenemos algo sagrado

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«Mis domingos son sagrados». Quien lo dice no suele estar pensando en Dios. Está diciendo algo más preciso: que ese tiempo no se vende, que no entra en ninguna negociación con el trabajo y que no se usa para adelantar nada. Sin proponérselo, acaba de dar una definición de lo sagrado mejor que muchas. Este artículo va de esa definición: de por qué todos, creyentes o no, tenemos cosas que no aceptamos poner en ninguna balanza, y de qué pasa cuando alguien las pone.

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No es un artículo sobre religión, ni una invitación a reconectar con nada. Es un intento de describir con exactitud una frontera que casi todo el mundo traza sin haberla pensado nunca, y que se nota sobre todo cuando alguien la cruza.

Lo que ofende es la pregunta

Imagina que alguien te ofrece dinero por el anillo de tu abuela. No regatea ni intenta engañarte: te ofrece el triple de lo que pagaría cualquier joyero. Y lo que sientes no es tentación. Es algo parecido a la ofensa, aunque nadie te haya faltado al respeto.

Fíjate en lo raro que es. La oferta es generosa y puedes rechazarla sin perder nada. Si el anillo fuera un objeto como cualquier otro, sería una buena noticia. Lo que molesta no es la cifra, porque ninguna cifra lo arreglaría. Es que la pregunta ha puesto el anillo en el mismo platillo que el dinero.

El idioma tiene registrada esa frontera. El diccionario de la Academia recoge, junto a las acepciones religiosas de «sagrado», dos que no mencionan a ningún dios: «digno de veneración y respeto», con el ejemplo «para mí la familia es sagrada», e «irrenunciable».1 En ese terreno hablas cuando dices que algo es sagrado para ti: no afirmas que lo adores, sino que merece un respeto que no se negocia y que no vas a renunciar a ello, lo pongan como lo pongan.

Casi todo el mundo tiene una lista así, aunque no la haya escrito nunca: una tumba, un juramento, el cuerpo de alguien a quien quiso, ciertas palabras que no se dicen en broma. Nada de eso exige una fe. Exige algo que te niegues a comparar, y alguien que te proponga hacerlo.

Una línea en el suelo

Para lo que aquí interesa, la definición más útil de lo sagrado no la dio un teólogo, sino un sociólogo que buscaba definir la religión sin partir de la idea de Dios. Émile Durkheim llamó sagradas, en 1912, a las cosas «separadas, prohibidas», y advirtió enseguida que no había que pensar en dioses: «una roca, un árbol, una fuente, un guijarro, un trozo de madera, una casa; en una palabra, cualquier cosa puede ser sagrada».2

Lo que vuelve sagrada una cosa, entonces, no es de qué está hecha, sino la línea que la rodea. Las cosas sagradas, escribió, son «las que las prohibiciones protegen y aíslan», y la cosa sagrada es, por excelencia, «aquella que lo profano no debe, no puede tocar impunemente».2 Intocable no significa que no se pueda tocar. Significa que tocarla tiene consecuencias.

Durkheim tenía también una explicación para la frase del principio. En todas las religiones conocidas, lo que distingue a los días de fiesta es que se detiene el trabajo, y no por simple descanso: porque «el trabajo es la forma eminente de la actividad profana». Todo su sistema de prohibiciones desembocaba, según él, en dos fundamentales: lugares apartados y tiempos apartados.3 Hay quien no ha vuelto a pisar un templo y defiende su domingo con uñas y dientes. Sin saberlo, hace exactamente eso: apartar un tiempo del sitio donde todo se cambia por algo.

La palabra «profano» conserva la geografía. En latín, profanus es lo que queda delante del fanum, el recinto consagrado: fuera de la línea.4 Y un jurista romano, Trebacio, dejó la definición que más interesa aquí: profano es, propiamente, lo que ha pasado de lo sagrado «al uso y a la propiedad de los hombres».5 Profanar no es destruir. Es poner en circulación.

Esa línea sigue en pie en sitios que no tienen nada de templo. España es un Estado aconfesional —«ninguna confesión tendrá carácter estatal», dice su Constitución—, y su Código Penal castiga a quien «profanare un cadáver o sus cenizas».6 El artículo está en una sección cuyo título distingue los sentimientos religiosos del respeto a los difuntos. La ley de un Estado sin religión oficial ha conservado el verbo de los sacerdotes, y lo aplica a los muertos de todos.

Lo profano no es lo malo, sino lo disponible. Sagrado es aquello que alguien ha decidido apartar.

Lo sagrado no es una clase de cosas

La axiología formal de Robert S. Hartman permite decir qué es exactamente esa línea. Hartman distingue tres maneras de valorar cualquier cosa, según el concepto con que la mires. Sistémicamente, por si encaja en una definición: cumple o no cumple. Extrínsecamente, comparándola con otras de su clase: mejor o peor, más útil, más barata. E intrínsecamente, como única: sin clase con la que compararla y sin nada que pueda ocupar su lugar.7

Lo decisivo es que ninguna cosa trae puesta la manera de valorarla. Hartman lo ilustra con un ejemplo que parece escrito para este artículo. El concepto «silla» se cumple sistémicamente en una fábrica de sillas, extrínsecamente en la vida ordinaria e intrínsecamente en un cuadro, como la silla que pintó Van Gogh. Y el concepto «Dios» se cumple sistémicamente en la teología, extrínsecamente en la religión comparada e intrínsecamente en el místico.8

Léelo despacio, porque desmonta la idea de que lo sagrado es asunto de religión. Un tratado de teología puede tratar a Dios como un sistema, y un manual de religiones, como un caso entre otros; los dos lo hacen con toda legitimidad. Y una silla puede mirarse como única. Lo sagrado no es una clase de objetos. Es una manera de tratarlos.

Con ese mapa se puede afinar la definición. Casi todo admite las tres miradas, y es sano que así sea. Un joyero puede pesar el anillo de tu abuela, comprobar sus quilates y tasarlo, y nada de eso le hace daño: para él es un anillo de oro de tantos gramos. Para ti es este anillo y no otro. Llamarlo sagrado es decidir que ni el peso ni la tasa tienen voz sobre qué se hace con él. Solo la tiene la mirada que lo ve como único.

Por eso, si se quiere decir que lo sagrado es lo intrínseco llevado al extremo, el extremo no está en la cantidad. Lo sagrado no es lo que más vale. Es lo que solo se permite valorar de una manera.

La prohibición que lo protege, esa valla, es a su vez una norma: un «no se vende», un «no se toca», un «eso no se dice». Algo sistémico, pero de una clase particular, porque no dice nada de la cosa: dice qué puedes hacer tú con ella. Es una regla al servicio de algo único, que es el orden en que Hartman colocaba las dimensiones.9 Conviene retener esa estructura, porque las dos maneras de estropear lo sagrado consisten en alterarla.

Cuando dudar ya es cruzar la línea

En un estudio publicado en el año 2000, el psicólogo Philip Tetlock y su equipo contaron a 228 personas la historia de Robert, director de un hospital. Johnny, un niño de cinco años, necesita un trasplante de hígado que costará un millón de dólares, dinero que podría destinarse a equipos y a sueldos para atraer a buenos médicos. A unos se les decía que Robert lo veía fácil y decidía enseguida; a otros, que le costaba mucho y solo decidía tras pensarlo largamente.10

Si Robert elegía el hospital, la indignación era máxima, como cabía esperar. Lo interesante estaba en el otro lado: incluso cuando salvaba a Johnny, se le juzgaba peor si le había costado decidirse. Era como si la gente razonara, escriben los autores, que cualquiera que pase tanto tiempo pensando en el precio de la vida de un niño es moralmente sospechoso.

No se castigaba la duda en sí. En otra versión había dos niños igual de graves y un solo hígado, y ahí el patrón se invertía: cuanto más le costaba decidir, mejor se le juzgaba. A ojos de los demás, dudar entre dos vidas es propio de alguien serio; dudar entre una vida y un presupuesto lo vuelve sospechoso.

Tetlock llamó a lo primero un intercambio tabú, y a lo segundo, uno trágico. Definió los valores sagrados como los que una comunidad trata como si tuvieran una importancia infinita, que impide compararlos o intercambiarlos con valores limitados o seculares, y precisó que no necesitan sanción divina: entre sus ejemplos están la igualdad racial y la autonomía individual.11 El mecanismo lo resumió en tres palabras: «comparar es destruir».

La axiología permite afinar esa frase. Lo que ofende no es elegir: a veces hay que elegir entre dos cosas sagradas, y eso es una tragedia, no una profanación. Lo que ofende es poner lo sagrado en la misma escala que lo que se compra, que es la escala de la mirada extrínseca, donde todo tiene un equivalente. Quien sopesa la oferta por el anillo ya lo ha tratado como sustituible, aunque al final no lo venda. Para profanar no hace falta vender: basta con cotizar.12

Tetlock observó algo más. Quien había tenido que contemplar esos intercambios se mostraba después más dispuesto a apuntarse a una campaña para impedirlos, aunque no hubiera hecho daño a nadie. Lo llamó limpieza moral.10 Algo parecido haces cuando cuentas lo del anillo con una indignación que la oferta, en sí, no justificaba: vuelves a poner la valla en su sitio.

Conviene medir el alcance. Son escenarios imaginados, con participantes estadounidenses de hace un cuarto de siglo, y miden cómo se juzga, no cómo se actúa ni cómo debería actuarse: quien dirige un hospital de verdad tiene que repartir recursos que no alcanzan para todo. El propio Tetlock advierte de que proclamar que algo vale infinito no garantiza que las decisiones lo respeten.11 Pero el patrón no se ha quedado en el laboratorio. En conflictos reales, ofrecer dinero a cambio de ceder en lo que un grupo considera sagrado ha endurecido las posturas en lugar de ablandarlas.13

Hay preguntas que ofenden antes de que nadie las conteste.

Cuatro cosas que casi nadie pone en la balanza

Con esa estructura delante, los ejemplos del principio se leen solos.

Una tumba ajena. No sabes quién está enterrado ahí ni qué creía, y aun así no te sentarías encima a comer, ni te harías una foto sonriente con la lápida de fondo para colgarla. Nadie paga nada en esa escena y, sin embargo, la palabra que viene a la boca es «profanar». Lo que cruza la línea no es solo el dinero, también el uso: convertir lo único en decorado es otra manera de ponerlo en circulación.

El cuerpo de alguien a quien quisiste. Después de morir, sigue siendo él o ella, no «un cuerpo». Y el cuerpo humano, en general, se puede dar pero no vender: el Convenio de Oviedo, que España ratificó, dispone que «el cuerpo humano y sus partes, como tales, no deberán ser objeto de lucro».14 Una donación y una venta pueden acabar en el mismo quirófano. Lo que cambia es que en un caso hay precio y en el otro no, y eso basta para saber de qué lado de la línea estás.

Un juramento. «Te lo juro por mis hijos». Quien jura así pone lo intocable como garantía, y por eso usar ese juramento para vender un coche con un golpe escondido resulta peor que una mentira corriente: es usar lo sagrado como herramienta para cerrar un trato.

Ciertas palabras. Un «te quiero» dicho para conseguir algo. El nombre de alguien que ha muerto, usado como arma en una discusión familiar. Daniel Christoff, en el volumen de homenaje a Hartman, observó que si las palabras necesitan prohibiciones es porque no pueden defenderse solas, como se defienden las cosas con el obstáculo que oponen.15 Una lápida se resiste a que la muevas; una palabra se deja decir por cualquiera.

En los cuatro casos pasa lo mismo: algo único, una norma que lo aparta y una profanación que consiste en usarlo para otra cosa.

Dos maneras de perder lo sagrado

La primera es que la valla se borre. Casi nunca ocurre de golpe, con una venta escandalosa; ocurre por desgaste. Lo que estaba apartado empieza a estar a mano: el domingo se usa «solo para una llamada», la promesa se renegocia «dadas las circunstancias», la tumba pasa a ser un gasto de mantenimiento. Nadie ha vendido nada, y aun así la cosa ha cambiado de régimen, que es exactamente lo que Trebacio llamaba profanar.5

Conviene no confundirlo con otra cosa, porque el dinero ronda lo sagrado todo el tiempo sin profanarlo. Se paga el entierro, la lápida, el anillo. El dinero puede servir a lo sagrado; lo que no puede es medirlo. La línea se cruza cuando el precio deja de estar al servicio de lo único y pasa a decidir sobre ello.

Y lo que se pierde cuando todo queda a la venta no es solo lo que se vende. Si nada está fuera de la balanza, tampoco queda nada que pueda servir de garantía: un juramento vale porque compromete algo que no se negocia. Quien lo negocia todo tiene un problema curioso, y es que su palabra también entra en la negociación.

La segunda manera es más difícil de ver, porque se parece a la devoción: poner la valla alrededor de algo que no la merece. Hartman lo describió con precisión. Cuando veneramos un sistema, escribió, aplicamos una valoración intrínseca a una cosa sistémica, como quien idolatra un botón, un zapato o un pie; axiológicamente, eso es fetichismo, y es irracional. Y dejó dicho por qué es peligroso: en lo sistémico solo cuenta el sistema, de modo que cualquier mal puede recibir un estatus sistémico y parecer justificado.16

Una doctrina, una organización o un Estado pueden recibir el trato que corresponde a alguien. Cuando ocurre, la valla cambia de sitio: lo intocable pasa a ser la norma, y las personas quedan al otro lado, disponibles, sacrificables. Un principio puede ser sagrado mientras protege a alguien; deja de serlo el día en que se sacrifica a alguien por él. En la primera manera se pierde la valla. En la segunda, lo que había dentro.

Mirar de cerca no es profanar

Queda una objeción, y es seria. Si comparar ya destruye, ¿no es esto mismo —desmontar lo sagrado en dimensiones, explicarlo— una manera de profanarlo?

Hartman se la planteó. Adorar es una cosa, escribió, y analizar la adoración es otra, y por eso «es falaz decir que se pierde la reverencia a Dios cuando se analiza esta reverencia». Concedía algo: el análisis del amor lo destruye en el momento del análisis. Pero si es verdadero amor, añadía, no se puede destruir por el análisis, y se vuelve a él después, «más profundo que antes». La verdadera adoración, concluía, «debe tolerar el análisis».17

No contradice a Tetlock. Pesar y mirar son operaciones distintas. Pesar es poner lo sagrado en la misma escala que otra cosa; mirar es entender por qué no se deja poner. Lo primero lo saca de su sitio. Lo segundo, según Hartman, lo ahonda.

De ahí sale una prueba sencilla, que es de este artículo y no suya. Si la reverencia verdadera aguanta que la mires de cerca, la que no lo aguanta merece una sospecha. Lo sagrado resiste las preguntas. El fetiche necesita que no se hagan.

Una lista corta y dos preguntas

Nada de esto pide venerar más ni creer en nada. Pide un ejercicio corto. Escribe tres cosas que no pondrías en ninguna balanza, a ningún precio. No las que deberían ser sagradas, sino las que lo son: las que te ofenderían si alguien te preguntara cuánto.

Después hazles dos preguntas. La primera: ¿sigue la valla en su sitio, o has empezado a tratarlas como algo que se administra, se aplaza o se amortiza? La segunda: lo que hay dentro, ¿es alguien o algo irrepetible, o es una regla, un grupo o una idea a la que has dado trato de persona?

Si te inquieta la primera respuesta, no hace falta ningún gesto solemne: basta con devolver a su sitio lo que habías dejado a mano. Si te inquieta la segunda, el remedio es el contrario: mirarlo de cerca, que es justo lo que un fetiche no soporta.

Lo sagrado no te pide que no pienses. Te pide que no lo peses.

Referencias

Obras de referencia

  • Robert S. Hartman, El conocimiento del bien. Crítica de la razón axiológica (Fondo de Cultura Económica, 1965) — el cumplimiento de un mismo concepto en las tres dimensiones del valor y la falacia del método: analizar un valor no lo destruye.
  • Robert S. Hartman, La estructura del valor: fundamentos de la axiología científica (Fondo de Cultura Económica, 1959) — las tres dimensiones, su jerarquía y el mapa de las ciencias axiológicas.
  • Robert S. Hartman, Freedom to Live: The Robert Hartman Story (ed. Arthur R. Ellis, Rodopi, 1994) — la veneración de sistemas como fetichismo.
  • Daniel B. Christoff, «Value of Authenticity and Value of Revelation of the Sign», en John William Davis (ed.), Value and Valuation: Axiological Studies in Honor of Robert S. Hartman (University of Tennessee Press, 1972) — las prohibiciones que protegen a los signos.
  • Émile Durkheim, Les formes élémentaires de la vie religieuse (Alcan, 1912) — lo sagrado como lo separado y prohibido, y las dos grandes interdicciones: de lugar y de tiempo.
  • Philip E. Tetlock, Orie V. Kristel, S. Beth Elson, Melanie C. Green y Jennifer S. Lerner, «The Psychology of the Unthinkable: Taboo Trade-Offs, Forbidden Base Rates, and Heretical Counterfactuals» (2000) — los valores sagrados, los intercambios tabú y trágicos, la indignación y la limpieza moral.
  • Macrobio, Saturnales, libro III — la definición de «profano» del jurista Trebacio.
  • Immanuel Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785), sección segunda — la distinción entre precio y dignidad.

Fuentes

  1. ↩ Real Academia Española y ASALE, Diccionario de la lengua española, s. v. «sagrado»: la cuarta acepción es «Digno de veneración y respeto», con el ejemplo «Para mí la familia es sagrada», y la quinta, «irrenunciable», con el ejemplo «Sus costumbres son sagradas». Las tres primeras remiten a la divinidad, a fuerzas sobrenaturales o al culto. La segunda acepción de «profanar» es igual de laica: «Deslucir, desdorar, deshonrar, prostituir, hacer uso indigno de cosas respetables». Consultado el 23 de septiembre de 2026.
  2. ↩ ↩ Émile Durkheim, Les formes élémentaires de la vie religieuse (París, Alcan, 1912), libro I, cap. 1. La definición de religión, en la p. 65: «un sistema solidario de creencias y de prácticas relativas a cosas sagradas, es decir, separadas, prohibidas». La lista, en la p. 51: «por cosas sagradas no hay que entender simplemente esos seres personales a los que se llama dioses o espíritus; una roca, un árbol, una fuente, un guijarro, un trozo de madera, una casa; en una palabra, cualquier cosa puede ser sagrada». En las pp. 55 y 56: «La cosa sagrada es, por excelencia, aquella que lo profano no debe, no puede tocar impunemente», y «las cosas sagradas son las que las prohibiciones protegen y aíslan; las cosas profanas, aquellas a las que se aplican esas prohibiciones y que deben mantenerse a distancia de las primeras». En la p. 53 advierte de que esa oposición no es la del bien y el mal: bien y mal son dos especies contrarias de un mismo género, lo moral, mientras que lo sagrado y lo profano se han concebido siempre como géneros separados. Traducción propia sobre el texto de la edición de 1912.
  3. ↩ Durkheim, Les formes élémentaires, libro III, cap. 1, pp. 438-440: «El carácter distintivo de los días de fiesta, en todas las religiones conocidas, es la detención del trabajo». Ese reposo no es una simple tregua para la alegría, porque también lo exigen las fiestas tristes, dedicadas al duelo y a la penitencia; se explica porque «el trabajo es la forma eminente de la actividad profana». El sistema de prohibiciones, concluye, desemboca en dos interdicciones fundamentales: la vida religiosa y la profana no pueden coexistir en un mismo espacio —de ahí los templos y los santuarios— ni en las mismas unidades de tiempo —de ahí las fiestas—. Traducción propia. Que el domingo defendido por quien ya no practica sea un caso de lo mismo es lectura de este artículo.
  4. ↩ Charlton T. Lewis y Charles Short, A Latin Dictionary (1879), s. v. profanus: «pro-fanum; propiamente, delante del templo, es decir, fuera de él; de ahí, por oposición al templo como objeto sagrado, no santo, no sagrado, común, profano». Traducción propia.
  5. ↩ ↩ Macrobio, Saturnales, III, 3, 3-4. Macrobio recoge que casi todos coinciden en que profano es lo que queda fuera del ámbito del templo, «como apartado del templo y de la religión», y añade la definición del jurista Trebacio, tomada del libro primero de su tratado sobre asuntos religiosos: profano se dice propiamente de «lo que ha pasado de lo religioso o sagrado al uso y a la propiedad de los hombres» (quod ex religioso vel sacro in hominum usum proprietatemque conversum est). Traducción propia. Conocemos la definición de Trebacio por esta cita de Macrobio.
  6. ↩ Constitución Española (1978), art. 16.3: «Ninguna confesión tendrá carácter estatal». Código Penal (Ley Orgánica 10/1995), art. 526, en la redacción de la Ley Orgánica 15/2003: «El que, faltando al respeto debido a la memoria de los muertos, violare los sepulcros o sepulturas, profanare un cadáver o sus cenizas o, con ánimo de ultraje, destruyere, alterare o dañare las urnas funerarias, panteones, lápidas o nichos será castigado con la pena de prisión de tres a cinco meses o multa de seis a 10 meses». El artículo pertenece a la sección 2.ª del capítulo IV del título XXI, «De los delitos contra la libertad de conciencia, los sentimientos religiosos y el respeto a los difuntos». Consultados en el BOE el 23 de septiembre de 2026.
  7. ↩ Hartman hace depender cada dimensión de la complejidad del concepto con que se valora: la constructiva (sistémica), la abstractiva (extrínseca) y la singular (intrínseca), en la formulación de El conocimiento del bien (1965), p. 222 —ver la nota siguiente—, y con todo detalle en La estructura del valor (1959). Precisión de siempre: Hartman no descubrió que valoramos de tres maneras, distinción muy anterior a él; la formalizó, la ordenó y construyó un instrumento para medirla.
  8. ↩ Robert S. Hartman, El conocimiento del bien. Crítica de la razón axiológica (Fondo de Cultura Económica, 1965), cap. «Cognoscitivistas no-naturalistas», p. 222: «el concepto C puede tener cualquiera de las tres complejidades intensionales: la constructiva, la abstractiva y la singular, de modo que sus cumplimientos pueden ser valores sistémicos o extrínsecos o intrínsecos. Así, pues, el concepto "silla" se cumple sistémicamente en una fábrica de sillas, extrínsecamente en la vida ordinaria, intrínsecamente en una naturaleza muerta (por ejemplo, el "Retrato de una silla", de Van Gogh). El concepto "Dios" se cumple sistémicamente en la teología, extrínsecamente en la religión comparada, intrínsecamente por el místico. El concepto "hombre" se cumple sistémicamente en la fisiología, extrínsecamente en la sociología, intrínsecamente en la ética». Cotejado sobre la imagen de la página.
  9. ↩ Lectura de este artículo, no fórmula de Hartman. «Sagrado» no es un término técnico de su axiología: no aparece como categoría en La estructura del valor, ni en El conocimiento del bien, ni en el Manual del perfil, y en Freedom to Live solo sale de pasada. Lo que aquí se propone es traducirlo a sus categorías: una valoración intrínseca que se vuelve exclusiva, protegida por una norma que no describe el objeto, sino la conducta de quien lo trata. Que esa norma sea sistémica y esté al servicio de lo intrínseco respeta la jerarquía que Hartman establece entre las dimensiones —de más a menos rica, intrínseca, extrínseca y sistémica— en el capítulo «La jerarquía de los valores» de La estructura del valor.
  10. ↩ ↩ Philip E. Tetlock, Orie V. Kristel, S. Beth Elson, Melanie C. Green y Jennifer S. Lerner, «The Psychology of the Unthinkable: Taboo Trade-Offs, Forbidden Base Rates, and Heretical Counterfactuals», Journal of Personality and Social Psychology, 78(5), 2000, pp. 853-870. El experimento 2 (pp. 857-860) tenía 228 participantes y ocho versiones de la historia: intercambio tabú o trágico, decisión fácil y rápida o difícil y lenta, y Johnny salvado o no. En el tabú, la indignación fue máxima cuando Robert tardaba y elegía el hospital, y mínima cuando elegía a Johnny enseguida; aun eligiendo a Johnny, se le juzgaba peor si le había costado. En el trágico, el patrón fue el contrario: la deliberación larga se juzgó mejor, fuera cual fuera el niño elegido. En la p. 860, los autores escriben que era como si los participantes razonaran que «cualquiera que piense tanto rato en el valor en dólares de la vida de un niño es moralmente sospechoso». La limpieza moral apareció en los dos primeros experimentos: más disposición a colaborar con una campaña contra la compraventa de derechos de adopción (experimento 1) o a favor de la donación de órganos (experimento 2), aunque los participantes, subrayan, no habían hecho daño a nadie ni estaban acusados de nada. Los propios autores admiten que el resultado es compatible con otras interpretaciones. Traducción propia.
  11. ↩ ↩ Tetlock y otros (2000), p. 853: un valor sagrado es «cualquier valor que una comunidad moral trata, implícita o explícitamente, como dotado de una importancia infinita o trascendente, que excluye las comparaciones, los intercambios o, de hecho, cualquier otra mezcla con valores limitados o seculares». En nota, los autores precisan que los valores sagrados «a menudo son, en último término, de carácter religioso, pero no necesitan sanción divina», y ponen como ejemplos la fe del fundamentalista en Dios, el dogma de la igualdad racial y el compromiso con la autonomía del individuo. En otra nota advierten de que la política declarada de una comunidad hacia un valor sagrado es «una preferencia expresada, no una preferencia revelada»: las elecciones reales pueden desmentir que se le asigne un peso infinito. «Comparar es destruir» (To compare is to destroy) está en la p. 854. Traducción propia. La formulación filosófica clásica de que lo que no admite equivalente no tiene precio, sino dignidad, es de Kant, en la sección segunda de la Fundamentación de la metafísica de las costumbres; aquí interesa otra cosa: por qué ofende la mera pregunta.
  12. ↩ Lectura de este artículo. Tetlock no usa las categorías de Hartman: explica el tabú por la «inconmensurabilidad constitutiva» —hay valores que se subvierten por el mero hecho de compararlos— y, con la teoría de los modelos relacionales de Alan Fiske, como la extensión indebida del esquema de fijación de precios del mercado a relaciones que se rigen por otros principios (pp. 854 y 859). La distinción que aquí se propone —elegir entre dos cosas sagradas es trágico; ponerlas en la escala de lo que tiene equivalente es profanarlas— es coherente con sus resultados, pero la formulación en dimensiones es nuestra.
  13. ↩ Jeremy Ginges, Scott Atran, Douglas Medin y Khalil Shikaki, «Sacred bounds on rational resolution of violent political conflict», PNAS, 104(18), 2007, pp. 7357-7360: experimentos integrados en encuestas a 601 colonos israelíes, 535 refugiados palestinos y 719 estudiantes palestinos. Según el resumen, la oposición violenta a comprometerse en asuntos considerados sagrados aumentaba cuando se ofrecían incentivos materiales para hacerlo, y disminuía cuando el adversario hacía concesiones simbólicas sobre sus propios valores sagrados. Los autores precisan que eso «no significa que los valores sagrados tengan un valor infinito»: la gente parece capaz de sopesar sus valores sagrados entre sí cuando entran en conflicto. Traducción propia.
  14. ↩ Instrumento de Ratificación del Convenio para la protección de los derechos humanos y la dignidad del ser humano con respecto a las aplicaciones de la Biología y la Medicina, hecho en Oviedo el 4 de abril de 1997 (BOE núm. 251, de 20 de octubre de 1999), art. 21, «Prohibición del lucro»: «El cuerpo humano y sus partes, como tales, no deberán ser objeto de lucro».
  15. ↩ Daniel B. Christoff, «Value of Authenticity and Value of Revelation of the Sign», en J. W. Davis (ed.), Value and Valuation (1972), p. 319. El signo expresivo, escribe, reclama la presencia de lo que significa, y por eso «no debemos tomar el signo "en vano"»; si se enuncian tales prohibiciones, «es porque los signos no pueden defenderse muy bien a sí mismos, como hacen las cosas por el obstáculo que oponen». Christoff habla de los signos en general; aplicarlo a las palabras de una familia es de este artículo. Traducción propia, cotejada sobre la imagen de la página.
  16. ↩ Robert S. Hartman, Freedom to Live: The Robert Hartman Story (1994), cap. «It's Not Too Late», p. 161: «Puesto que en lo sistémico solo cuenta el sistema, a todo mal se le puede dar un estatus sistémico, y así parecer justificado. […] Confundimos marcos de referencia; rebajamos los valores intrínsecos (humanos) y elevamos los sistémicos (no humanos). Cuando veneramos o adoramos un sistema, aplicamos una valoración intrínseca a una cosa sistémica, como hace un hombre que idolatra un botón, un zapato o un pie. Axiológicamente, esto es fetichismo, y es irracional». Traducción propia, cotejada sobre la imagen de la página. Conviene no leer de más: Hartman no condena valorar intrínsecamente a un grupo de personas ni sus símbolos —en La estructura del valor, p. 310, eso es precisamente el objeto de la Política y la Ética social—; lo que llama fetichismo es venerar un sistema como si fuera alguien, hasta poner a las personas por debajo de él.
  17. ↩ Hartman, El conocimiento del bien (1965), cap. «Las falacias axiológicas», p. 27: «la adoración a Dios es una cosa y el análisis de esta adoración es otra. Es entonces falaz decir que se pierde la reverencia a Dios cuando se analiza esta reverencia. […] La verdadera adoración debe tolerar el análisis aunque la adoración misma sea otra situación que el análisis de esta adoración, del mismo modo que el amar a una persona es una cosa y el análisis de este amor es otra. Es verdad que el análisis del amor destruye el amor en el momento del análisis, pero por otro lado, si es verdadero amor no se puede destruir por el análisis. El amor puede tolerar el análisis y se puede volver al amor después del análisis, y va a ser un amor más profundo que antes». Hartman llama «falacia del método» a confundir el análisis del valor con el valor mismo. Cotejado sobre la imagen de la página.
Reflexión final

Lo sagrado no se define por cuánto vale, sino por lo que te niegas a hacer con ello. Por eso se pierde de dos maneras: cuando la valla se borra y todo queda a la venta, y cuando se levanta alrededor de algo que no es nadie.

¿Qué no pondrías nunca en la balanza?

El Mapa de Valores no decide qué debe ser sagrado para ti. Mide con qué claridad distingues lo que vale por ser único de lo que sirve y de lo que encaja, y cuál de las tres miradas manda cuando se cruzan, en un proceso guiado de 3 sesiones.

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