La misma cena, dos Navidades: cómo distinguir el núcleo de la fiesta de su envoltorio
Vinisteis todos. La mesa se puso a la hora, el asado salió, los regalos estaban envueltos y nadie sacó el tema que no se saca. Y aun así, hacia las once y media, te descubres calculando cuánto falta para poder irte sin que quede mal. No ha pasado nada malo. Ese es justamente el problema: no ha pasado nada malo, y tampoco ha pasado nada.
La Nochebuena de 1949
Conviene empezar por una cena concreta, porque existió y está documentada.
Robert S. Hartman llevaba años coleccionando usos de la palabra «bueno», anotándolos cada vez que los leía o los oía. Para 1949 tenía miles de ejemplos y ninguna respuesta.
La tarde del 24 de diciembre, mientras devolvía un libro a la estantería de su estudio, se le ocurrió de golpe. Esa misma noche escribió en su diario que por fin tenía la solución para la lógica de lo bueno: algo es un buen miembro de su clase cuando pertenece a esa clase y tiene todas las propiedades de la clase.1
El día de Navidad añadió una línea más: «Otro gran día de creación. Definido el bien extrínseco. Definido el bien intrínseco.»
Y entonces —él mismo cuenta que fue para demostrar que seguía con los pies en la tierra— cerró la entrada con una nota doméstica: Rita, su mujer, había hecho un pato perfecto.
Vale la pena detenerse en esas tres líneas, porque contienen el artículo entero. Un concepto que por fin se define. Un pato que cumple. Y una persona con nombre.
Tres maneras de sentarse a la misma mesa
Hartman no inventó esas tres maneras de valorar: venían de lejos en la tradición filosófica. Lo que hizo fue formalizarlas, ordenarlas y, más tarde, construir un instrumento para medirlas.2
En una mesa de Nochebuena se sientan las tres a la vez.
Está lo sistémico: la norma. Hay que ir. Hay que estar bien. Aquí siempre se ha cenado a las diez y se abren los regalos después, no antes.
Está lo extrínseco: la logística. Los regalos, el menú, quién trae qué, cuánto se ha gastado cada uno, a qué hora recogemos a la abuela.
Y está lo intrínseco: esta persona, esta noche, que no se repite y que no admite recambio.
Las tres son reales y ninguna sobra. El problema es que compiten por el mismo asiento, y una de ellas grita mucho más fuerte que las otras dos.
Por qué una Navidad «que salió bien» no cuenta
Empecemos por la que grita.
Un mandato es una regla, y una regla es lo que Hartman llama un concepto sintético: algo construido, definido de antemano, que no se abstrae de la experiencia sino que se impone sobre ella. Y esos conceptos se valoran de una manera muy peculiar. Hartman lo describe con precisión seca: tienen un número finito de propiedades y solo dan lugar a dos valores, perfección o inexistencia. No hay grados. No existe el término medio: todo es blanco o negro.3
Ahí está el diagnóstico, por cierto, para distinguir un mandato de una simple conveniencia: fíjate en cómo se evalúa. Lo extrínseco admite notas —esta cena salió mejor que la del año pasado—. Lo sistémico no admite notas. Cumple o no cumple.
Traducido a la mesa: la Navidad sistémica no tiene aprobado. Existe la Navidad que salió entera y existe la que se estropeó, y entre las dos no hay nada.
Por eso un detalle diminuto puede llevarse la noche por delante, y a todo el mundo le parece desproporcionado menos a quien lo está sufriendo. Alguien llega tarde. Alguien saca el tema. Y la velada no baja un diez por ciento: se cae del todo. «Ya está, ya se ha fastidiado la Navidad.» No es exageración. Es la dimensión sistémica funcionando exactamente como funciona.
Hartman describe lo que pasa dentro de una organización así con una dureza que sorprende viniendo de un lógico: es autoritaria, dictatorial; o perteneces o te vas; los matices de opinión y de carácter no se toleran; la individualidad queda cancelada; el único valor es la conformidad. Y añade que ese mundo es el refugio de quien no tiene un yo propio y el infierno de quien está viviendo el suyo.3
No estaba hablando de familias. Estaba describiendo la forma de cualquier sistema. Pero quien haya oído «en esta casa siempre se ha hecho así» reconoce el sonido.4
Una liturgia no te pide que la noche salga buena. Te pide que salga completa. Y lo completo es lo único que se puede romper con un solo comentario.
El regalo, o cómo un objeto acaba haciendo de examen
Pasemos a la cuenta.
Un regalo es una cosa, y las cosas se valoran extrínsecamente. Eso no tiene nada de malo: es su terreno legítimo. La dimensión extrínseca es la que admite grados —bueno, regular, mediocre, malo— porque sus propiedades se dejan contar una a una, y justo por eso se dejan comparar y sustituir.5
Un buen regalo, en sentido estricto, es el que cumple las propiedades de su concepto: sirve, encaja, es de la talla, le hacía falta.
El problema no es que el regalo cueste dinero. El problema es la pregunta que se le encarga contestar.
Porque la que circula por debajo del papel casi nunca es «¿es un buen regalo?». Es «¿cuánto valgo yo para quien me lo ha traído?».
Se nota en el gesto de abrirlo delante de todos, en ese medio segundo en que alguien hace una cuenta que no piensa decir en voz alta: lo que costó el mío, lo que costó el suyo, lo que eso significa. La aritmética es extrínseca y funciona perfectamente. Lo que se está intentando calcular con ella, no.
Porque esa segunda pregunta es intrínseca, y no la puede contestar ningún objeto, cueste lo que cueste.
Con el menú pasa igual. Cocinar bien es un bien real y nadie debería disculparse por cuidarlo. Otra cosa es que el menú haga de marcador.
Ni el mandato ni la cuenta son el enemigo
Aquí es donde este artículo se separa del panfleto de temporada, y quiero decirlo con las palabras del propio Hartman, que sobre esto fue explícito: no toda valoración sistémica es mala. Es importantísima y necesaria. Solo se vuelve mala cuando se aplica de forma inapropiada y poco inteligente a situaciones humanas.6
Sin dimensión sistémica no hay fecha, no hay convocatoria y no se presenta nadie. La tradición es lo que consigue que veinte personas que no se ven en todo el año coincidan en una habitación un martes por la noche. Ninguna intención cálida hace eso; lo hace una regla.
Sin dimensión extrínseca no hay comida, ni sillas suficientes, ni quien se ocupe de traer a la abuela.
El sistema no sobra: es el continente. Lo que un continente no puede hacer es fabricar su contenido.
Lo que Hartman llamó ritual
En La estructura del valor hay un pasaje que resuelve esto mejor que cualquier consejo, y está escondido en el sitio menos glamuroso del libro: el mapa de las ciencias del valor, esa tabla donde Hartman coloca cada disciplina según qué dimensión se aplica a qué.
Ahí, el ritual aparece en una casilla muy concreta. Es lo que resulta de aplicar la dimensión intrínseca a un conjunto de cosas sistémicas.7
Léelo despacio, porque ahí está la instrucción entera, aunque Hartman no la escribiera como instrucción sino como taxonomía. El árbol, la fecha, el orden en que se abren los regalos, la vajilla que solo sale un día al año: eso es, literalmente, un conjunto de cosas sistémicas. No deja de serlo en ningún momento.
Se convierte en ritual cuando alguien le aplica encima la dimensión intrínseca.
Las mismas cosas. Otra dimensión.
Un ritual, entonces, no es lo contrario de un procedimiento. Es un procedimiento habitado. Y eso explica por qué las mismas croquetas pueden ser una obligación un año y un acontecimiento al siguiente sin que cambie la receta.
El cuñado no existe
A partir de cierta hora, en muchas mesas, las personas dejan de tener nombre y pasan a tener categoría. El cuñado. La tía que pregunta cuándo te casas. Los primos.
Eso también es una operación extrínseca, solo que aplicada a personas: valorar a alguien como ejemplar de una clase en lugar de como este alguien. Y conviene no demonizarla, porque en su sitio es útil y necesaria: los papeles existen, alguien tiene que trinchar y alguien tiene que conducir de vuelta.
Lo que no puede es ser lo único que ocurra en toda la noche.
Hartman analizó esa operación en un texto que viene muy al caso en estas fechas. Comentando el encuentro entre Jesús y la mujer de Samaria, observa que a un samaritano no se le valoraba nunca como persona, sino solo como miembro de la clase de los samaritanos. Y localiza el acto de valoración intrínseca antes de cualquier contenido, en el gesto mínimo de dirigirle la palabra.8
No hace falta compartir la fe para ver la mecánica. La categoría te ahorra el trabajo de mirar.
Clasificar a alguien sale barato en una oficina y carísimo en tu propia mesa: en los dos sitios te ahorra exactamente lo mismo, que es tener que mirar.
Cómo distinguir el núcleo del envoltorio
Hay una prueba sencilla y funciona con cualquier elemento de la noche. Pregunta si se puede sustituir por otro que cumpla la misma función.
El pavo se puede sustituir por un asado. La casa de tu madre, por un restaurante. El jersey, por otro jersey del mismo precio. Todo eso es envoltorio, y lo es en el buen sentido de la palabra: cumple una función, y otra cosa podría cumplirla igual de bien.
Ahora hazte la misma pregunta con tu padre.
Si la respuesta es que no hay recambio —que solo puede ser este y ningún otro—, estás delante del núcleo. Y no es una manera afectuosa de hablar: es la definición técnica. Lo intrínseco es exactamente aquello cuyo valor no se transfiere a un ejemplar equivalente.
Ahora la parte útil, que también es la incómoda: no puedes elegir desde qué dimensión se sienta tu familia. Solo puedes elegir desde cuál te sientas tú.
Y ahí lo intrínseco tiene una ventaja enorme sobre lo sistémico, que es la que convierte todo esto en un manual de rescate y no en una queja: no es todo o nada. Una Navidad no se salva entera. Se salva a ratos, y con muy poca gente a la vez.
Cuatro minutos en la cocina con alguien, sin público y sin orden del día, valen por toda la sobremesa. Y no hacen falta veinte personas de acuerdo: hacen falta dos.
No vas a arreglar la Navidad de tu familia. La liturgia va a llegar igual, con su fecha, su menú y su cuenta pendiente, y probablemente con la misma discusión de siempre a los postres.
Lo que sí puedes decidir, antes de sentarte, es qué pregunta vas a estar contestando esa noche. Si es «¿está saliendo bien?», vas a pasar la cena haciendo de inspector, y los inspectores no disfrutan de nada nunca.
Si es «¿he llegado a alguien?», necesitas mucho menos de lo que crees. Un rato y un nombre.
Referencias
Obras de referencia
- Robert S. Hartman, Arthur R. Ellis y Rem B. Edwards, Freedom to Live: The Robert Hartman Story (1994) — el hallazgo de la Nochebuena de 1949 y las entradas del diario; la caracterización del concepto sintético y de la organización sistémica; la lectura axiológica del encuentro con la mujer de Samaria.
- Robert S. Hartman, La estructura del valor: fundamentos de la axiología científica (1959) — el mapa de las ciencias axiológicas, donde el Ritual queda situado como aplicación intrínseca a las cosas sistémicas en grupos, y la advertencia sobre las hipostatizaciones de sistemas que reclaman lealtades supremas.
- Robert S. Hartman, Manual of Interpretation of the Hartman Value Profile (1967) — el instrumento con el que las tres dimensiones dejan de ser una distinción filosófica y pasan a ser algo que se mide.
- Evangelio de Juan 4, 7-39 — el pasaje de la samaritana, en la lectura que Hartman hace de él.
Fuentes
- ↩ Hartman relata que fue anotando cada uso de «bueno» que leía u oía, hasta reunir miles de ejemplos; cita ciento treinta y cinco usos en el Oxford English Dictionary y quinientas veintiocho columnas en el diccionario de los hermanos Grimm. En 1948 había dejado Wooster para enseñar filosofía en la Universidad Estatal de Ohio, y dedicó buena parte de su año sabático de 1949 al problema. La entrada de Nochebuena dice literalmente: «Finally found the solution for the logic of good: "x (anything) is a good member of its class means that x is a member of the class and has all the properties of the class."» La del día de Navidad: «Another great day of creation. Extrinsic goodness defined. Intrinsic goodness defined», y se cierra con «Rita concocted a perfect duck». Rita Emanuel se había casado con Hartman el 30 de agosto de 1936. Traducciones propias. Fuente: Freedom to Live: The Robert Hartman Story (1994).
- ↩ Precisión de atribución, porque se confunde a menudo: las tres maneras de valorar —intrínseca, extrínseca y sistémica— no son un descubrimiento de Hartman, sino una herencia de la tradición filosófica que él formalizó, ordenó jerárquicamente y convirtió en medible. Su axioma fundacional es que una cosa es buena si y solo si cumple el conjunto de propiedades de la comprensión de su concepto. Fuentes: La estructura del valor (1959) y Freedom to Live (1994).
- ↩ «Un concepto sintético tiene un número definido o finito de propiedades […]. Da lugar solo a dos valores, perfección o inexistencia, valor o no-valor. No hay grados de valor, como bueno, regular, mediocre y malo. Todo es blanco o negro.» Y a continuación: «Un estado u organización sistémica (el cumplimiento de un concepto sintético) es autoritario, dictatorial. O perteneces, o te vas. Los matices y las diferencias de opinión y de carácter no se toleran. La individualidad queda cancelada. El único valor es la conformidad, y el único disvalor, la no-conformidad, que lleva a la expulsión o a la "liquidación". El mundo del valor sistémico es el refugio de quienes carecen de yo, es decir, de valor intrínseco, y es un infierno para quienes viven su yo interior, como atestiguan las tragedias desde Antígona hasta el doctor Zhivago.» Traducción propia. Fuente: Freedom to Live (1994).
- ↩ No es una extrapolación gratuita hacia lo familiar. Hartman señala que la confusión con más consecuencias prácticas entre las dimensiones es la del valor sistémico con el valor «espiritual», y la sitúa en las hipostatizaciones de los sistemas —nacionales, sociales, teológicos y otras ideologías— «que demandan las lealtades supremas del hombre». Una tradición doméstica puede funcionar con esa misma gramática a una escala mucho más pequeña. Fuente: La estructura del valor (1959), capítulo sobre la jerarquía de los valores.
- ↩ «En la medida en que un concepto analítico se cumple o no se cumple, aparecen grados de valoración extrínseca, que van de lo bueno a lo regular, lo mediocre y lo malo. Las propiedades de tales conceptos son enumerables, es decir, contables una por una. Porque han sido abstraídas una por una.» Que lo extrínseco se deje sustituir no es un juicio moral: es la consecuencia de que sus propiedades se dejen contar y, por tanto, emparejar con las de otro ejemplar. Traducción propia. Fuente: Freedom to Live (1994).
- ↩ «Por otro lado, no toda valoración sistémica es mala. Es enormemente importante y necesaria. Solo es mala cuando se aplica de manera inapropiada y poco inteligente a situaciones humanas.» La frase va inmediatamente después del pasaje sobre el carácter dictatorial de lo sistémico, y es la que impide leer a Hartman como un enemigo de las normas. Traducción propia. Fuente: Freedom to Live (1994).
- ↩ En el capítulo final de La estructura del valor, Hartman despliega las ciencias axiológicas cruzando cada dimensión con su campo de aplicación. Dentro del campo del valor sistémico aplicado a grupos de cosas, escribe que la aplicación de las tres dimensiones «da origen a otras ciencias de cosas sistémicas en grupos e interrelaciones, tales como el Ritual, las Reglas de los Juegos y la Investigación Operacional, y la Ley de las Cosas (Ley de la Propiedad), que nacen de la aplicación de dimensiones intrínseca, extrínseca y sistémica, respectivamente». El Ritual ocupa, pues, la casilla intrínseca. Conviene ser honesto con el estatuto de lo que hago con esa frase: Hartman la escribe como taxonomía de disciplinas, no como consejo doméstico. Leerla como instrucción para una cena es cosa mía, y la señalo para que se sepa de quién es cada parte. Fuente: La estructura del valor (1959).
- ↩ Hartman comenta Juan 4, 7-39 como la yuxtaposición más explícita de los dos tipos de valor: «Normalmente, los judíos no hablan con los samaritanos; al samaritano individual nunca se le valora como persona, sino solo como miembro de la clase de los samaritanos. Pero Jesús habla a la mujer, no como samaritana sino como mujer y, de hecho, como esta mujer concreta». Y antes: «"Jesús le dice" —esto ya es un acto de valoración intrínseca». Traducción propia. Fuente: Freedom to Live (1994). Aclaración sobre el estatuto de este artículo en general: la descripción de las tres dimensiones y de su lógica es axiología formal, y es lo que sostiene el argumento. Que una mesa familiar concreta se comporte de una manera o de otra es análisis, no medición: describe la forma de la operación y qué dimensión la gobierna, no con qué frecuencia ocurre ni en cuántas familias. No conozco ninguna medición de eso último y no la doy por supuesta.
La misma cena puede ser un trámite o un acontecimiento, y la diferencia casi nunca está en la cena. El mandato pone la fecha y la logística pone la mesa; los dos hacen bien su trabajo. Lo que convierte todo eso en algo que recordarás dentro de diez años no lo puede poner ninguno de los dos.