Tu perro no ha leído tu currículum: por qué un animal enseña a valorar sin cálculo
Llegas a casa después de un día en el que te han evaluado varias veces —una reunión, un cliente, un mensaje sin respuesta, el espejo del ascensor— y en la puerta te recibe un animal que no ha visto ninguna de esas notas ni sabría leerlas. A la pregunta de por qué queremos tanto a un perro se suele contestar con lo que nos da. Este artículo sostiene que esa respuesta es la equivocada, y que justo por eso la relación con un animal es uno de los mejores laboratorios para ver cómo valoras.
No es un homenaje a lo bonito que es tener mascota. Es otra cosa: usar esa relación —sobre todo con perros, donde se ve más claro— para observar una manera de valorar que en casi todos tus demás vínculos aparece mezclada con otras.
Qué nos dan los animales, y por qué es la pregunta equivocada
Si buscas por qué queremos tanto a los perros, lo que más circula es una lista de beneficios: compañía, una rutina que te saca a la calle, menos tensión arterial, más oxitocina, más años de vida.
La lista tiene dos problemas. El primero es de rigor. Harold Herzog, especialista en la relación entre personas y animales, revisó la investigación y concluyó que el famoso «efecto mascota» sobre la salud es, por ahora, una hipótesis sin demostrar: unos estudios encuentran beneficios, otros no encuentran ninguno y alguno encuentra lo contrario.1
El segundo es más interesante. Imagina que mañana se demostrara que convivir con un perro no aporta nada medible: ni un latido menos, ni un día más de vida. ¿Querrías menos al tuyo?
Casi nadie contesta que sí, y esa respuesta lo cambia todo: si el vínculo sobrevive a la desaparición de los beneficios, es que no se apoyaba en ellos. Como cálculo, además, no sale. El propio Herzog recuerda que gastar recursos en una criatura con la que no compartes genes, y que difícilmente te devolverá el favor, tiene poco sentido evolutivo.1
Hasta la palabra lleva la lista dentro. «Mascota» viene del francés mascotte, y su primera acepción en el diccionario de la Academia sigue siendo «persona, animal o cosa que sirve de talismán, que trae buena suerte».2 Nació para nombrar un amuleto: algo que vale por lo que trae.
Lo que hace que un perro te lama
Robert S. Hartman, el filósofo en cuya ciencia del valor se basa el Mapa de Valores, daba en clase una respuesta más rara.
Cuando en clase no entendían qué es simplemente ser —sin presumir, sin que la inteligencia se interponga—, acababa zanjándolo con una frase: «tu ser humilde es lo que hace que los perros te laman». Eso era todo, decía. Y añadía, entre paréntesis, que con él los niños eran más reservados, pero los perros se volcaban a lamerle.3
Al pie de la letra, la frase no pasa un examen de etología: los perros lamen por muchas razones, algunas tan poco metafísicas como la sal de la piel. Pero apunta a algo exacto.
Un momento antes, alguien le había objetado en clase que quien no es brillante saca mala nota, y Hartman había contestado que él era profesor de filosofía, no profesor de Ser. El perro entra en escena como un ser que responde a lo segundo sin enterarse de lo primero: no sabe si eres brillante, ni cuánto ganas, ni qué nota te pusieron.
Esa es la tesis de este artículo, dicha sin metafísica. El vínculo con un animal es de los pocos en los que el otro lado no trae ni norma ni cálculo sobre ti: no te pide estatus, no te compara, no compite contigo por nada que tenga que ver con lo que vales y no te juzga por tus logros.
Lo que tú hagas con esa ausencia de medida es otra cuestión. Y es la que interesa.
Tres maneras de mirar al mismo perro
Hartman parte de un axioma: algo es bueno si cumple las propiedades del concepto bajo el que se lo mira.4 Como hay tres clases de concepto, hay tres maneras de valorar —sistémica, extrínseca e intrínseca—, y cualquier cosa admite las tres.
El propio Hartman usó al perro de ejemplo. Distinguió Canidae, un esquema de la clasificación zoológica que da lugar a valor sistémico, de «perro», un concepto empírico —el que se forma viendo perros— que da lugar a valor extrínseco.5
La mirada sistémica ve el esquema y solo admite dos respuestas: el animal tiene pedigrí o no, es de raza o mestizo, es una cosa o un ser con sensibilidad. Se cumple la definición o no se cumple.
La mirada extrínseca ve la clase y la función, y compara: guarda mejor o peor, caza, pastorea, acompaña, luce. Es la del criador y la del cazador, y también la del concurso canino, que parece lo contrario del cálculo y es su forma más depurada.
Lo explicó John William Davis en el volumen de homenaje a Hartman que editó en 1972. El jurado que premia al mejor de la exposición no premia lo que ese animal tiene de único, sino lo bien que encarna la forma de su raza, y el mejor ejemplar de una clase sigue siendo valor extrínseco. Los estándares se fijan de antemano, y todo rasgo que llame la atención sobre la individualidad del animal resta.6
En el concurso, por tanto, lo que hace que tu perro sea el tuyo —la oreja que se le quedó doblada, la mancha que no figura en el estándar— cuenta como defecto.
La mirada intrínseca ve a este. No a un perro, sino a este perro, con su nombre, su historia y su manera de tumbarse. Aquí no hay escala, porque una escala necesita al menos dos elementos comparables y aquí solo hay uno. Fuera del concurso, escribe Davis, el animal puede valorarse como individuo, por su propia unicidad.6
Por eso esta mirada suele empezar por un nombre. Un nombre propio es la forma que toma en el lenguaje un concepto singular: no designa una clase, designa a uno.6 Nombrar no garantiza nada —también se bautizan barcos—, pero lo sabe cualquiera que haya tenido corral: al animal que te vas a comer, mejor no ponerle nombre.
Un campeón es el mejor de su clase. El animal que quieres no compite en ninguna.
Ni persona ni cosa
La casilla de «cosa o ser con sensibilidad» no es una metáfora. Hasta 2022, el Código Civil español trataba a los animales como bienes muebles. La reforma de 2021 los sacó de ahí con una frase nueva —«Los animales son seres vivos dotados de sensibilidad»— y añadió en la misma línea que el régimen de las cosas se les sigue aplicando en lo que sea compatible con su naturaleza.7 Dejaron de ser cosas, pero se siguen comprando.
La axiología tampoco les tenía sitio reservado. En el esquema con el que Hartman reparte las aplicaciones de sus dimensiones, un perro solo cabe como cosa: valorado extrínsecamente sería un «bien» con su «precio»; intrínsecamente, asunto de la estética.8
Ninguna de las dos describe lo que pasa en una casa con perro. Lo que vale para ti no es su precio, y tampoco lo miras como se mira un cuadro, porque un cuadro no se levanta cuando llegas. Y aun así no es una persona: no tiene, que sepamos, una idea de sí mismo que cumplir, que es donde Hartman sitúa la ética.
Esa posición incómoda es lo que lo vuelve revelador. El mismo animal admite todas las miradas, y ninguna viene impuesta por él. El conejo que en una casa tiene nombre y cartilla del veterinario, en la de al lado acaba en el arroz.
El conejo es el mismo. Lo que cambia es el concepto bajo el que se lo mira, y ese concepto no lo pone el animal: lo pones tú.
Lo que el animal no mide
Queda la otra dirección, la que da título al artículo, y conviene contarla sin azúcar.
Lo primero es desmontar la palabra «incondicional». El cariño de un perro tiene condiciones, y bastante concretas. En la prueba con la que se estudia el apego de los bebés, adaptada a perros, estos buscan a su persona y no al desconocido.9 Y en perros de refugio bastaron tres sesiones de diez minutos con una misma persona para que empezaran a tratarla como figura de apego.9
Treinta minutos. Tu perro no te eligió por tus méritos: se vinculó contigo porque estabas y lo cuidabas. Sus condiciones son la presencia y el cuidado.
Tampoco es desinteresado: quiere comida, calor y paseo, y aprende enseguida qué conducta se los consigue. Pero lo que calcula son sus conductas, no tu valor. Registra tu voz, tu olor y la hora a la que llegas; no tiene manera de enterarse de que hoy te han degradado.
Y no te pone nota a ti, pero tampoco se la pone a sí mismo. El psicoterapeuta Albert Ellis lo escribió en el mismo volumen de homenaje: los animales aprenden qué conductas les convienen, pero no se consideran individuos «buenos» o «malos» por lo que han hecho. El ser humano, en cambio, tiende a evaluarse entero por lo que hace, y así casi inevitablemente se hunde.10
Lo que un perro siente por dentro nadie puede afirmarlo con seguridad. Lo que se puede observar es lo que hace, y un experimento lo muestra mejor que cualquier teoría: el de la cara de culpa, la que pone cuando llegas y hay un cojín destrozado en el suelo.
En 2009, Alexandra Horowitz preparó las cosas para que unas veces el perro se comiera una golosina prohibida y otras no, y a quienes convivían con cada perro se les contó unas veces la verdad y otras lo contrario. La «mirada culpable» no dependía de lo que el perro había hecho, sino de si le regañaban, y era más marcada cuando le regañaban sin haber hecho nada.11
Cuesta encontrar una imagen más exacta de lo que aquí se llama espejo: lo que lees en su cara como reproche hacia sí mismo es tu propio reproche, devuelto.
Un animal no es incondicional ni desinteresado. Solo es indiferente a lo que tú crees que vales.
Un espejo que no pone nota
En casi todos tus vínculos, la valoración viaja en las dos direcciones y en las tres dimensiones a la vez: tu pareja te quiere y también te compara, quien te contrata te aprecia y te evalúa. Nunca sabes del todo qué parte de lo que recibes es por ti y qué parte por lo que rindes.
Milan Kundera dedicó a esto la última parte de La insoportable levedad del ser, la que lleva en el título la sonrisa de un perro. Como nunca sabemos qué parte de nuestras relaciones nace de lo que sentimos y qué parte decide el juego de fuerzas entre personas, la bondad verdadera, viene a decir, solo se muestra «con absoluta limpieza y libertad» ante quien no tiene ningún poder.12
Leído en clave de este artículo, un animal retira una de las variables. No trae a la relación ninguna medida de ti, así que toda la medida que haya en ese vínculo la pones tú. Por eso, cuando el vínculo es intrínseco, lo es casi en estado puro. Y cuando no lo es, tampoco hay a quién echarle la culpa.
Conviene precisar la metáfora para no caer en lo que critica: el laboratorio no es el animal, que no está ahí para enseñarte nada, sino la relación. En ella no se quiere mejor que en otras; se ve mejor qué haces cuando nadie te está midiendo.13
Y lo que se ve es la respuesta a una pregunta incómoda: ¿sabes reconocer valor en algo que no te rinde?
La prueba más limpia llega con los años. Un perro viejo ya no juega, anda despacio, tiene accidentes, cuesta dinero en el veterinario y no sale bien en las fotos: todas las funciones de la lista del principio se han apagado. Si el vínculo era extrínseco, se apaga con ellas. Si no lo era, sigue en pie.
Es una prueba que también se suspende, y a escala. Entre los motivos de abandono que recoge cada año el estudio de la Fundación Affinity con las protectoras españolas figuran, junto a las camadas no deseadas, el fin de la temporada de caza y la pérdida de interés por el animal.14 Se acaba la función o se pasa la novedad, y se cae lo que se apoyaba en ellas.
Cuando el animal se usa
Aquí está el filo que salva todo lo anterior del sentimentalismo: el animal no trae medida, pero se le puede aplicar, y a menudo con mucho cariño de por medio.
Como accesorio
La forma más visible es el animal como complemento: la raza de moda, el tamaño que cabe en un bolso, la cara que queda bien en las fotos. Es valoración extrínseca pura, con una peculiaridad cruel: la factura la paga el animal.
El caso más estudiado es el del bulldog francés, una de las razas más populares de los últimos años. En miles de historias clínicas del Reino Unido, su riesgo de sufrir el síndrome respiratorio asociado a la cara achatada era muchas veces mayor que el del resto de perros, y también era más alto en casi la mitad de los trastornos comunes estudiados.15 Cuando manda la estética, el estándar se escribe en el cuerpo del animal.
Como contenido
La segunda es más reciente: el animal grabado y publicado. Fotografiar a tu perro no tiene nada de malo; lo revelador es qué parte de él funciona en una red.
Rara vez es lo que tiene de singular, que solo entiende quien lo conoce. Es lo que tiene de cualquier perro: el gesto reconocible, la escena que cualquiera identifica sin haberlo visto nunca. La métrica premia la clase, no al individuo, y cuanto más vive un animal para la cámara, más se parece a todos los demás.
Como refugio
La tercera es la más delicada, porque se parece mucho al amor: el animal como refugio frente al vínculo humano, que es más exigente.
La resume una frase de taza: «cuanto más conozco a las personas, más quiero a mi perro». Parece un elogio del perro, pero es una comparación: el perro gana porque las personas pierden. Se le quiere por lo que no es —no juzga, no exige, no decepciona—, y eso sigue siendo valorar por una función: la de no hacerte daño.
El filo entre amar a un animal y usarlo de refugio no pasa por la intensidad del cariño. Pasa por la comparación: el amor no la necesita, y el refugio vive de ella.
Nadie tiene que justificar la compañía que elige, y hay vidas —la soledad de los últimos años, una casa que se ha quedado vacía— en las que un animal es, literalmente, lo que queda. Esto no va contra ellas. La pregunta es otra, y solo puede contestarla cada cual: ¿el vínculo con tu animal te entrena para mirar así a las personas, o te exime de intentarlo?
El refugio tiene una variante más tierna, y por eso más difícil de ver: convertir al animal en persona. «Solo le falta hablar», se dice. No le falta nada. Es un perro completo, con necesidades de perro que el cariño humanizador olvida, y la propia ley de 2021 pide asegurar su bienestar conforme a las características de su especie.7 Valorarlo por lo que es incluye eso: que es un animal, y no el sustituto de otra relación.
Dos preguntas que quedan abiertas
La primera es el duelo. Quien ha perdido un animal conoce la frase que más duele después: «solo era un perro». Con lo dicho hasta aquí se entiende por qué: devuelve a la clase —un perro, uno cualquiera— lo que para ti era este. Es la misma operación que hay detrás de «ya tendrás otro».
La segunda es más amplia y más incómoda. Si el trato a un animal revela cómo valoras cuando nada te obliga, la manera en que una sociedad trata a quienes están a su merced dice de ella lo que no dicen sus declaraciones. Kundera la llamó la prueba moral más honda de la humanidad, tan honda que apenas se ve.12 Las dos merecen su propio artículo.
Qué hacer con esto
Lo que la relación con un animal pone a prueba cada día es una capacidad: la de distinguir lo singular sin que medie la utilidad. Hartman la puso en el centro de la dimensión intrínseca de su perfil, que define como el desarrollo de «la capacidad de discernir la individualidad en los demás y en uno mismo».16 Y las capacidades, a diferencia de los sentimientos, se pueden mirar.
Mientras tanto, cabe un ejercicio. Elige un momento en que tu animal no te dé nada —ni compañía, ni gracia, ni consuelo— y pregúntate qué es para ti sin mencionar lo que te aporta. Si solo te salen funciones, ya sabes dónde mirar, y no es al animal.
Tu perro no ha leído tu currículum. Lo que deja abierto es si tú sabes mirar sin pedir el suyo.
Referencias
Obras de referencia
- Robert S. Hartman, La estructura del valor: fundamentos de la axiología científica (Fondo de Cultura Económica, 1959) — el axioma, la distinción entre Canidae y «perro» y el esquema de aplicaciones de las tres dimensiones.
- Robert S. Hartman, Freedom to Live: The Robert Hartman Story (ed. Arthur R. Ellis, Rodopi, 1994) — la escena del profesor de Ser y los perros.
- Robert S. Hartman, The Hartman Value Profile (HVP): Manual of Interpretation (Robert S. Hartman Institute, 1967; 2.ª ed. 2006) — la definición de la dimensión intrínseca.
- John William Davis (ed.), Value and Valuation: Axiological Studies in Honor of Robert S. Hartman (University of Tennessee Press, 1972) — los capítulos de John William Davis sobre lo único como predicado de valor y de Albert Ellis sobre la psicoterapia y el valor de la persona.
- Milan Kundera, La insoportable levedad del ser (1984; trad. de Fernando de Valenzuela, Tusquets) — la séptima parte, «La sonrisa de Karenin».
Fuentes
- ↩ ↩ Harold Herzog, «The Impact of Pets on Human Health and Psychological Well-Being: Fact, Fiction, or Hypothesis?», Current Directions in Psychological Science, 20(4), 2011, pp. 236-239. El resumen parte de que, por la amplia cobertura mediática, se ha extendido la idea de que los animales de compañía mejoran la salud, el bienestar psicológico y la longevidad de quienes conviven con ellos; pero mientras unos estudios encuentran efectos positivos, otros hallan que la salud y la felicidad de quienes tienen animales no es mejor, y en algunos casos es peor, que la de quienes no los tienen. De ahí la conclusión: un «efecto mascota» generalizado no es por ahora un hecho, sino una hipótesis sin demostrar. En la introducción, el cálculo frío: gastar recursos en una criatura con la que no se comparten genes, y que es poco probable que devuelva el favor, parece tener poco sentido evolutivo. La revisión excluye expresamente la eficacia de los animales como agentes terapéuticos en trastornos concretos. Traducción propia.
- ↩ Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, «mascota»: «Del fr. mascotte. 1. f. Persona, animal o cosa que sirve de talismán, que trae buena suerte. 2. f. Animal de compañía». Consultado el 21 de septiembre de 2026. La etimología no decide el uso, y nadie piensa en un amuleto al decir la palabra: el artículo solo señala el marco con el que llegó.
- ↩ Robert S. Hartman, Freedom to Live: The Robert Hartman Story (ed. Arthur R. Ellis, Rodopi, 1994), cap. «What Is Good?», p. 70. Hartman cuenta que, como la mayoría de su alumnado no entiende qué es «simplemente ser», acaba diciendo en clase que el yo interior, el ser humilde, es lo que hace que los perros te laman, y que eso es todo; explica que con ese yo interior se tiene «unidad con todos los seres vivos», y añade entre paréntesis que con él los niños son más reservados, pero los perros se vuelcan a lamerle. Traducción propia, verificada sobre la imagen de la página. La réplica inmediatamente anterior de la escena, la del profesor de filosofía que no es profesor de Ser, ya se cita en otro artículo de este blog, el dedicado a las notas escolares; aquí se usa la continuación, que no se había citado.
- ↩ La estructura del valor (1959), el axioma de la axiología formal: «Una cosa es buena si, y únicamente si, cumple con el conjunto de propiedades de la comprehensión de su concepto». Las tres dimensiones corresponden a tres clases de concepto: construidos (sistémico), abstractos o de clase (extrínseco) y singulares (intrínseco). Precisión de siempre: Hartman no descubrió que valoramos de tres maneras, distinción muy anterior a él; la formalizó, la ordenó y construyó un instrumento para medirla.
- ↩ La estructura del valor (1959), p. 288. Hartman llama «clase sistémica» tanto a la de las construcciones, como los números, como a la de los esquemas, como Equidae, Canidae o Syringae, y precisa que los conceptos «"caballo", "perro" y "lila" son conceptos empíricos y dan origen al valor extrínseco». En la nota 121 de esa página propone el experimento: sustituir «caballo» por Equidae en el poema de José Santos Chocano «Los caballos de los conquistadores», para comprobar que los términos extrínsecos y los sistémicos no son sinónimos. Cotejado sobre la imagen de la página.
- ↩ ↩ ↩ John William Davis, «A Defense of Unique as an Aesthetic and Value Predicate», en J. W. Davis (ed.), Value and Valuation (1972). En la p. 194: en los grandes campeones de exposición no se premia la individualidad del ganador, sino la forma que mejor ejemplifica, y un caballo que se lleva los máximos honores los debe a su excelencia como ejemplar de su raza, «no a nada que le sea propio»; a continuación, fuera del concurso, el animal puede valorarse como individuo por su propia unicidad. En la p. 196: el «mejor» ejemplar de una clase sigue siendo un valor extrínseco, salvo que se lo aprecie intrínsecamente, y los estándares de raza se fijan de antemano, de modo que no ajustarse a ellos cuenta como imperfección y todo rasgo que llame la atención sobre la individualidad resta. En la p. 193, Davis glosa el concepto singular como «nombre propio», siguiendo a Hartman. Traducciones propias, verificadas sobre la imagen de las páginas. Davis habla de caballos y perros de exposición para aclarar un problema de estética; la aplicación al vínculo doméstico es de este artículo.
- ↩ ↩ Ley 17/2021, de 15 de diciembre, de modificación del Código Civil, la Ley Hipotecaria y la Ley de Enjuiciamiento Civil, sobre el régimen jurídico de los animales (BOE n.º 300, de 16 de diciembre de 2021; en vigor desde el 5 de enero de 2022). Su preámbulo reconoce que la regulación anterior «dota a los animales del estatuto jurídico de cosas, en concreto con la condición de bienes muebles». El nuevo artículo 333 bis del Código Civil dice en su apartado 1: «Los animales son seres vivos dotados de sensibilidad. Solo les será aplicable el régimen jurídico de los bienes y de las cosas en la medida en que sea compatible con su naturaleza o con las disposiciones destinadas a su protección». Según el apartado 2, quien tenga derechos sobre un animal debe ejercerlos respetando su cualidad de ser sintiente, «asegurando su bienestar conforme a las características de cada especie». Leer esa clasificación como valoración sistémica es de este artículo.
- ↩ La estructura del valor (1959), capítulo «Resumen y perspectiva», pp. 308-312. Hartman se limita, según escribe, a ofrecer «un esquema de seis clases de aplicaciones»: a personas, a grupos de personas, a cosas, a grupos de cosas, a conceptos y a palabras (p. 308), y añade en nota una séptima, a Dios. El valor extrínseco aplicado a cosas individuales da la Economía: las cosas así consideradas son «bienes», su medida universal se llama «dinero» y su valor específico, «precio» (p. 309). El valor intrínseco aplicado a personas muestra la unicidad de cada una y el cumplimiento de su propio ser, y es la Ética (p. 310); aplicado a cosas, conduce a la Estética (p. 311). Cotejado sobre la imagen de las páginas. Que el esquema no tenga casilla propia para los animales es una observación de este artículo: Hartman lo presenta como un esbozo y no se ocupa del caso.
- ↩ ↩ J. Topál, Á. Miklósi, V. Csányi y A. Dóka, «Attachment behavior in dogs (Canis familiaris): A new application of Ainsworth's (1969) Strange Situation Test», Journal of Comparative Psychology, 112(3), 1998, pp. 219-229: con 51 perros y las personas que los cuidaban, los perros dirigían preferentemente las conductas de apego —acercarse, buscar contacto— a su cuidador tras las separaciones, y jugaban y exploraban más en su presencia que en la de un desconocido. M. Gácsi, J. Topál, Á. Miklósi, A. Dóka y V. Csányi, «Attachment behavior of adult dogs (Canis familiaris) living at rescue centers: Forming new bonds», Journal of Comparative Psychology, 115(4), 2001, pp. 423-431: de 60 perros de refugio, 40 recibieron tres sesiones de diez minutos con una misma persona, y su respuesta ante ella en la prueba cumplía los criterios operativos del apego. Leer esos datos como las «condiciones» del vínculo es de este artículo.
- ↩ Albert Ellis, «Psychotherapy and the Value of a Human Being», en J. W. Davis (ed.), Value and Valuation (1972), pp. 117-139; el pasaje, en la p. 125. Ellis admite que muchos animales, sobre todo mamíferos y primates, parecen en cierta medida conscientes de sí mismos, porque aprenden qué conducta les resulta más gratificante; pero piensan muy poco sobre su propio pensamiento y, en el sentido habitual de la palabra, no tienen «yo»: no son particularmente conscientes de ser individuos «buenos» o «malos» por sus actos. El ser humano no solo evalúa sus actos, sino que tiende a evaluarse a sí mismo, y con ello casi inevitablemente se hunde. En la página siguiente describe su terapia como basada en la hipótesis de que la gente se perturba por ponerse boletines de notas a sí misma además de a sus actos. Traducción propia, verificada sobre la imagen de la página. Es la posición de Ellis en 1972, no un resultado de la etología actual.
- ↩ Alexandra Horowitz, «Disambiguating the "guilty look": Salient prompts to a familiar dog behaviour», Behavioural Processes, 81, 2009, pp. 447-452. Catorce perros en un diseño de dos por dos: el experimento hacía que el perro obedeciera o desobedeciera la orden de no comer una golosina mientras su persona estaba fuera, y a esta se le informaba correcta o incorrectamente de lo ocurrido. Las conductas de la «mirada culpable» no variaban según lo que el perro había hecho; aparecían más cuando se le regañaba, y el efecto de la regañina era mayor cuando el perro había obedecido. Conclusión del estudio: esa mirada se describe mejor como «una respuesta a las señales» de quien lo cuida que como la apreciación de una falta. Traducción propia.
- ↩ ↩ Milan Kundera, La insoportable levedad del ser (1984; trad. de Fernando de Valenzuela, Tusquets), séptima parte, «La sonrisa de Karenin». En el pasaje en que Teresa acaricia a Karenin, el narrador sostiene que nunca podemos establecer con certeza qué parte de nuestras relaciones con los demás es fruto de nuestros sentimientos y qué parte está determinada por la relación de fuerzas entre individuos; que la verdadera bondad solo puede manifestarse «con absoluta limpieza y libertad» ante quien no representa fuerza alguna, y que la prueba moral más honda de la humanidad, tan honda que escapa a nuestra percepción, está en su relación con quienes están a su merced: los animales. Kundera escribe una novela, no una teoría del valor; leer el pasaje como la descripción de un laboratorio de la valoración es de este artículo.
- ↩ Este laboratorio es distinto de otros dos que ya ha tratado este blog. El artículo dedicado al amor como mirada que ve a una persona irrepetible, y el de la amistad como el sitio más limpio para observar esa mirada entre personas, porque nadie la firma y nada la obliga, estudian la valoración intrínseca cuando las dos partes se miran. Aquí interesa lo que queda cuando del otro lado no llega ninguna medida de ti. Y un animal no es un vínculo sin andamios: se compra, se registra y tiene su estatuto en el Código Civil. Lo que le falta es la mirada que te devuelve la medida.
- ↩ Fundación Affinity, estudio «Él nunca lo haría» sobre abandono y adopción de perros y gatos, edición con datos de 2025: 285.720 perros y gatos recogidos por protectoras en España ese año. Entre los motivos de abandono que recoge figuran las camadas no deseadas, el fin de la temporada de caza, los problemas de comportamiento, los factores económicos y la pérdida de interés por el animal. Se omiten los porcentajes de cada motivo porque la ficha pública consultada no los mostraba.
- ↩ D. G. O'Neill, R. M. A. Packer, P. Francis, D. B. Church, D. C. Brodbelt y C. Pegram, «French Bulldogs differ to other dogs in the UK in propensity for many common disorders: a VetCompass study», Canine Medicine and Genetics, 8, 13 (2021). Con los historiales de 2.781 bulldogs franceses y 21.850 perros de otras razas atendidos en clínicas del Reino Unido en 2016, la raza tenía un riesgo significativamente mayor en 20 de los 43 trastornos comunes estudiados, y para el síndrome obstructivo de las vías respiratorias del braquicéfalo la razón de odds era de 30,89. El estudio concluye que la raza ya no debería considerarse un perro medio o «típico». «Muchas veces mayor» traduce esa razón de odds sin convertirla en una probabilidad, que no es lo mismo.
- ↩ Manual of Interpretation, §8.1 (p. 136): la definición axiológica de la dimensión intrínseca es «Development of the capacity for discerning individuality in others and individuality in oneself», que Hartman glosa como capacidad de valoración personal. Traducción propia, leída sobre la imagen de la página. Dos cautelas. El perfil no tiene ningún ítem sobre animales ni mide la relación de nadie con el suyo: que esa relación ejercite la misma capacidad es una hipótesis de este artículo. Y lo que el perfil mide es la capacidad de juicio de valor, no la conducta.
Del lado del animal no llega ninguna medida de ti: ni comparación, ni méritos, ni exigencia de estar a la altura. Por eso la medida que aparezca en ese vínculo es tuya, y se ve como en pocos sitios. Un animal no enseña a querer: enseña cómo quieres.