arrow_back Volver

Vacaciones de alto rendimiento: por qué vuelves del descanso sin haber descansado

Juan Carlos Sastre
#Descanso #Productividad #Hartman #AxiologíaFormal #SentidoVital

Todavía no has hecho la maleta y ya tienes la lista. Los sitios que hay que ver, el restaurante que había que reservar con dos meses, la cala a la que hay que llegar antes de las nueve. Vuelves tres semanas después, alguien te pregunta si has descansado, y tardas un segundo de más en contestar.

Haz clic para ampliar la ilustración

Hay un verbo que lo delata: aprovechar. Aprovecha las vacaciones. Aprovecha ya que estás allí. Aprovecha, que son quince días.

Nadie dice «aprovecha bien el sofá». Aprovechar es lo que se hace con un recurso escaso del que conviene extraer rendimiento antes de que se agote. Y eso es exactamente en lo que hemos convertido el descanso: un activo que hay que explotar con criterio.

De ahí sale todo lo demás. La lista de imprescindibles. Los destinos que se tachan. Las fotos que hay que traer hechas. Y la evaluación de septiembre, que existe aunque nadie la llame así: «¿qué tal las vacaciones?» no siempre es una pregunta; a veces es una revisión de resultados. Y contestas con un informe — dónde fuiste, cuánto viste, qué tal salió.

Cuando hasta el descanso tiene objetivos, no has salido del rendimiento. Solo has cambiado de oficina.

Tres formas de valorar unas vacaciones

La axiología formal —la ciencia del valor que Robert S. Hartman formalizó a mediados del siglo XX— distingue tres maneras de valorar una misma cosa, según el tipo de concepto con el que la mides.

Valorar sistémicamente es comprobar si algo cumple una definición: se cumple o no, sin grados. Valorar extrínsecamente es compararlo dentro de su clase: mejor o peor, más útil o menos, más rentable o menos. Valorar intrínsecamente es verlo como único, sin clase con la que compararlo.

Las tres son legítimas y hacen falta. El error nunca está en usarlas: está en usar una donde tocaba otra.

La lista: el modo sistémico

«Diez cosas que no te puedes perder en Lisboa.» Eso no es un plan: es una definición. Es el concepto Lisboa-bien-visitada, con sus propiedades enumeradas y cerradas.

Y el valor sistémico tiene un rasgo que en un folleto parece inofensivo y aplicado a una vida no lo es: funciona por todo o nada. Un sistema se cumple o no se cumple; no admite término medio, y su lista de propiedades es finita.1 Por eso, si te quedaste sin subir al mirador, la sensación no es «he tenido unas vacaciones un poco menos completas». Es que algo falló. Faltó una propiedad y el concepto no se cumplió.

Ahí está la crueldad concreta del asunto: has sometido dos semanas de tu vida a un examen que solo tiene aprobado y suspenso.

El botín: el modo extrínseco

Luego está la contabilidad. Tres países en diez días. La relación calidad-precio del apartamento. Lo que rindió el puente en proporción a lo que costó. Y la comparación con lo que hicieron los demás, que en agosto llega a domicilio y se actualiza varias veces al día.

Esto es valoración extrínseca, y en su sitio es impecable: elegir bien un vuelo, no pagar de más, dar con un hotel decente es exactamente eso, y está bien hecho. El problema empieza cuando la misma vara pasa del hotel a la experiencia. Un hotel es un medio y se juzga como medio. Una tarde, no.

Hartman describió ese régimen con una imagen que no ha envejecido: la cinta de correr del valor extrínseco. Andar dando vueltas ahí, escribió, no solo es inmaduro — es ineficaz, porque mantiene cerradas tus capacidades infinitas y las deja ociosas, y te impide vivir de verdad.2

Un itinerario cumplido al detalle puede ser justo la prueba de que no llegaste a estar en ningún sitio.

Lo que no cabe en el informe: el modo intrínseco

Y queda la tercera, que es la que nadie apunta al volver. La tarde que no produjo nada. La conversación que no llevaba a ninguna parte. El rato mirando el agua.

Nada de eso tiene métrica, y no por modestia: el valor intrínseco no es comparable porque lo único tiene una riqueza de propiedades que no termina nunca de enumerarse. En la axiología de Hartman eso no es una figura poética, es una propiedad formal — y por eso ninguna cifra lo recoge entero.3

Conviene deshacer aquí un malentendido fácil, porque cambia el artículo entero. Lo intrínseco no es la inactividad. No se trata de hacer menos. Puedes subir ocho horas a un puerto de montaña, reventado y feliz, y estar de lleno en valoración intrínseca; y puedes estar tumbada en una hamaca comprobando cada veinte minutos si ya estás relajándote lo suficiente, y estar de lleno en modo sistémico. La dimensión no la marca cuánto te mueves. La marca desde dónde miras.

El error tiene nombre

Hartman le puso nombre a esta clase de fallo: una transposición de niveles lógicos, que consiste en confundir el método para comprender una cosa con la cosa comprendida.4

El itinerario es un método para tener unas buenas vacaciones. La foto es el registro de algo que pasó. En cuanto el itinerario se convierte en aquello que hay que cumplir, y la foto en aquello por lo que se va, el método se ha comido a la cosa. Pasas dos semanas ejecutando un procedimiento diseñado para llevarte a un sitio en el que ya no llegas a entrar, precisamente porque estás ocupado ejecutándolo.

Y aquí hay que ser exacto, porque es fácil llevarse la conclusión contraria. El problema no es planificar. Un viaje sin ninguna estructura no es más intrínseco: puede ser su propia forma de agobio. Reservar con tiempo, madrugar para ver algo que llevabas años queriendo ver, tener un plan — todo eso está bien y a menudo es lo que hace posible lo demás.

La línea está en otro sitio, y se detecta con una pregunta sencilla: ¿el plan está al servicio de la experiencia, o la experiencia al servicio del plan? Si te sentirías culpable por saltarte el mirador para quedarte una hora más donde estabas a gusto, ya sabes quién manda.

Entonces, ¿qué es descansar?

Esta es la pregunta de fondo, y admite dos respuestas que parecen la misma y no lo son.

La primera: descansar es hacer muchas cosas que no son trabajo. Es la definición por defecto, la que sostiene todo lo anterior. Fíjate en lo que hace exactamente: cambia el contenido de las tareas y deja intacto el modo de valorar. Sigues midiendo, comparando, optimizando y rindiendo cuentas; solo que ahora sobre una ruta de senderismo. Por eso se puede volver agotado de quince días en los que no hubo ni un minuto de trabajo.

La segunda: descansar es suspender el régimen. No hacer otras cosas, sino dejar de valorarlas de esa manera. Es lo que defendía Josef Pieper a mediados del siglo XX contra una idea que ya entonces se estaba imponiendo — la de que el ocio es una pausa técnica para volver a producir mejor. Para él, el ocio verdadero no es un descanso para el trabajo, sino otra actitud ante el mundo: la de quien lo contempla sin exigirle una utilidad.5

Agosto no falla por falta de planificación: falla porque llevas el mismo medidor en la maleta.

Hartman se fue de vacaciones

Lo llamativo es que Hartman escribió sobre esto casi de pasada, y dijo algo que le da la vuelta al asunto entero.

Hablaba de simplemente ser —no fingir, no presumir, no andar demostrando nada— como la tarea más difícil y a la vez más importante de nuestra vida moral. Y observó que hay un momento en el que casi todo el mundo se acerca a eso: «a veces nos aproximamos a simplemente ser cuando nos "escapamos de todo" en vacaciones, porque entonces estamos a solas con nosotros mismos y llegamos a conocernos». Y añadió entonces la frase que importa: el problema es inyectar el espíritu de las vacaciones en nuestra vida diaria.6

Fíjate en la dirección de la flecha. Para Hartman las vacaciones no son la recompensa por el año trabajado: son el ensayo. El sitio donde practicas, dos semanas al año, un modo de valorar que el resto del tiempo tienes apagado. Y lo que hay que hacer con un ensayo es traerlo de vuelta.

El dispositivo del veraneo hace exactamente lo contrario. No importa el espíritu de las vacaciones a la vida diaria: exporta el espíritu de la vida diaria a las vacaciones. Se lleva la oficina de viaje.

Tres cosas que se confunden

Conviene separar lo que suele venir junto, porque no se arregla igual.

Está la culpa privada de quien no sabe parar: el que a la tercera mañana ya anda inquieto, la que necesita justificar la tarde ante alguien que no está delante. Eso es un patrón íntimo, con biografía y con juez propio dentro.

Está la costumbre de coleccionar: tratar cualquier experiencia como pieza para el archivo, en agosto y en febrero por igual.

Y está esto otro: un guion compartido, estacional y con fecha de examen, que dicta cómo son unas vacaciones bien hechas y ante el cual hay que rendir cuentas en septiembre.

No son lo mismo, aunque se alimenten entre sí. De hecho, lo más eficaz del guion compartido es la coartada que reparte: quien no sabe parar encuentra en «hay que aprovechar» una razón socialmente aplaudida para no hacerlo. La culpa privada deja de parecer un problema y empieza a parecer diligencia.

Y ahora, la trampa

Llegados aquí, el reflejo es pedir el método: cómo descansar de verdad, en cinco pasos.

No lo va a haber, y no es por coquetería. Una lista de requisitos para descansar bien sería otra vez lo mismo: un concepto con propiedades que se cumplen o no se cumplen, y una manera nueva de suspender agosto. El imperativo de descansar bien es tan sistémico como el de aprovechar, y bastante más incómodo, porque encima se presenta como la cura.

Lo que sí cambia algo no es un método sino una pregunta, y se puede hacer en cualquier momento del año, incluso a mitad de una comida familiar: esto que estoy haciendo, ¿lo estoy viviendo o lo estoy cumpliendo?

Conviene decir también, con honestidad, qué estatus tiene todo lo anterior. Que vuelvas cansado no es un diagnóstico: es una lectura. Nadie ha medido tu agosto. Lo que la axiología aporta aquí no es una prueba, sino una distinción fina —tres modos de valorar que solemos manejar mezclados— y un mapa para ver cuál llevas puesto por defecto.

Volver de otra manera

Si el descanso solo existe en quince días de agosto, no es descanso: es una parada programada dentro del mismo sistema de producción, el mantenimiento que permite que la máquina aguante hasta el verano siguiente. Y una máquina bien mantenida sigue siendo una máquina.

Por eso la pregunta que deja unas buenas vacaciones no es qué trajiste. Es si aprendiste allí una manera de mirar que puedas usar un martes de noviembre por la tarde, cuando no hay absolutamente nada que aprovechar.

Referencias

Obras de referencia

  • Robert S. Hartman, La estructura del valor: fundamentos de la axiología (FCE, 1959) — las tres dimensiones del valor (sistémica, extrínseca, intrínseca), su cardinalidad y la noción de transposición.
  • Robert S. Hartman, Freedom to Live: The Robert Hartman Story (ed. Arthur R. Ellis, 1994) — la autobiografía filosófica donde aparecen «simplemente ser», la cinta de correr del valor extrínseco y el pasaje sobre las vacaciones.
  • Josef Pieper, Muße und Kult (1948), publicado en castellano como El ocio y la vida intelectual — el ocio como actitud contemplativa frente al ocio entendido como pausa para producir mejor.

Fuentes

  1. Robert S. Hartman, La estructura del valor: fundamentos de la axiología (FCE, 1959). La dimensión sistémica corresponde a conceptos definitorios: se cumplen o no se cumplen, sin grados intermedios, y su conjunto de propiedades es finito. La extrínseca corresponde a conceptos expositivos —admiten comparación y grado— y la intrínseca a lo singular. Las tres dimensiones no las descubrió Hartman: venían de la tradición filosófica. Lo suyo fue formalizarlas, ordenarlas jerárquicamente y hacerlas medibles.
  2. Robert S. Hartman, Freedom to Live (1994), capítulo «What Is Good?». En el original: «To scramble around on the treadmill of extrinsic value is not only immature, it is inefficient, for it shuts up your infinite powers and lets them lie idle. It prevents you from really living.» Traducción propia. El pasaje aparece justo después de describir «simplemente ser» como la tarea más difícil e importante de la vida moral.
  3. Hartman, La estructura del valor (1959). La no-comparabilidad de lo intrínseco no es una metáfora en su sistema: cada dimensión tiene una cardinalidad distinta —finita la sistémica, enumerable la extrínseca, del continuo la intrínseca—, de modo que lo único posee una riqueza de propiedades que ninguna enumeración agota. De ahí la jerarquía que Hartman sostiene entre las tres.
  4. Hartman, La estructura del valor (1959), en la sección dedicada al sistema de la axiología científica. Allí describe la transposición de niveles lógicos como la confusión «del método para comprender una cosa con la cosa comprendida». Hartman la emplea para criticar un uso concreto del término «ciencia»; su aplicación al itinerario y a la fotografía de viaje es una extensión propia de este artículo, no un ejemplo suyo.
  5. Josef Pieper, Muße und Kult (1948). Se parafrasea la tesis central del libro —el ocio como actitud contemplativa y receptiva, irreducible a una pausa funcional al servicio del trabajo—, no se cita literalmente.
  6. Hartman, Freedom to Live (1994), capítulo «What Is Good?». En el original: «Sometimes we approximate just being when we "get away from it all" on vacations, for then we are alone with ourselves and get acquainted with ourselves. The problem is to inject the vacation spirit into our daily lives.» Traducción propia.
Reflexión final

Nadie te va a preguntar en septiembre por la tarde en la que no hiciste nada. Es, muy probablemente, la única que descansaste.

¿Vuelves de vacaciones con la sensación de no haber parado?

Explora tu Mapa de Valores —desde qué dimensión estás valorando tu tiempo y cuál llevas años sin usar— con un proceso guiado de 3 sesiones.

Explorar el método