Los años afinan la vista, pero no solos: por qué la experiencia enseña a distinguir y cuándo enseña a prejuzgar
Dos personas prueban el mismo vino. Una dice que está bueno. La otra dice cinco cosas, y las cinco están en la copa. A nadie se le ocurre llamar sabiduría a esa diferencia: se llama haber catado mucho, y casi siempre con alguien al lado. Con la vida hacemos justo lo contrario.
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Ciento cincuenta y ocho cosas en una copa
En El conocimiento del bien, Hartman recoge un cálculo del filósofo A. L. Hilliard sobre una copa de borgoña. Un catador entrenado no percibe «vino»: percibe una lista de elementos —ciertos matices del rojo, un sabor, una forma visual desde cierto ángulo, la frescura— que Hilliard cifra en ciento cincuenta y ocho.1
La cifra reaparece, y no por casualidad, en el manual del instrumento que Hartman construyó después. Allí la usa para una aritmética: una cosa de diez propiedades admite algo más de mil valoraciones distintas; una de ciento cincuenta y ocho admite un número astronómico.2
Traducido: cada propiedad nueva que aprendes a distinguir en algo no suma una diferencia. Multiplica todas las que ya tenías.
Y ninguna de las ciento cincuenta y ocho venía de fábrica. Se aprendieron de una en una, y cada una se aprendió porque alguien la nombró en voz alta o porque la copa siguiente la confirmó.
Valorar no es un rasgo
Conviene decir qué es valorar en el sentido técnico que usa la axiología formal. Valorar una cosa es comprobar hasta qué punto cumple las propiedades del concepto bajo el que la miras. Si tu concepto de «vino» tiene tres propiedades, tu juicio tendrá el grosor de tres propiedades.
Por eso valorar no es cuestión de gusto ni de carácter. Es una operación, y la calidad de la operación depende de con qué llegas a ella.
El manual de la prueba que Hartman diseñó para medir esto lo dice en su primera línea: lo que mide es «la capacidad de valorar de la persona».3 Capacidad, no rasgo. Y la palabra está elegida.
Un rasgo se tiene. Una capacidad se desarrolla — y el propio instrumento cuenta con ello: entre sus medidas hay una pensada exclusivamente para cuando la prueba se repite, y lo que calcula es el desarrollo de la capacidad de valorar entre una vez y la siguiente.3
Es un detalle de fontanería, y dice más que muchas páginas: el aparato está construido contando con que el número cambie.
Un rasgo explica quién eres. Una capacidad explica en qué te has ido convirtiendo, y deja abierto lo que todavía puede pasar.
Lo que la vida le añade
Vivir es, entre otras cosas, acumular ocasiones de valorar. Cada jefe, cada duelo, cada mudanza, cada persona a la que creíste conocer y no conocías, deja una propiedad nueva en el concepto con el que después vas a mirar.
A los veinticinco, «buen jefe» es un concepto de tres o cuatro propiedades: te escucha, sabe del oficio, no grita. A los cincuenta y cinco, después de seis jefes, tiene veinte — y algunas se contradicen entre sí, porque uno de aquellos te defendía fuera y te destrozaba dentro.
Ese concepto más gordo no te vuelve mejor persona. Te permite ver más diferencias en la misma habitación.
Y ahí está entera la razón por la que se acude a la gente mayor cuando algo importa de verdad. No es por la información: la información hoy la tiene cualquiera con un teléfono. Es por la finura — por la capacidad de decir cuál de las cuatro cosas que están pasando es la que decide.
Y sin embargo, la edad no garantiza nada
Llegados aquí, la tesis fácil sería: a más años, más vista. Conviene frenar, porque el propio instrumento la desmiente.
Cuando el manual enumera las pruebas de fiabilidad a las que se sometió el test, una de ellas es la «libertad de influencia del sexo, la edad, el estado civil y el nivel educativo».4 La edad no aparece ahí como factor que explique nada: aparece como algo de lo que hubo que demostrarse independiente.
Y en otro pasaje, al describir la capacidad de valorar como un talento comparable al musical o al matemático, Hartman precisa que se encuentra repartido por todas las profesiones, todos los grupos y todas las edades.4
O sea: no hay un tramo de la vida que traiga la vista puesta. Hay gente de setenta años que distingue menos que a los treinta, y no porque haya perdido facultades.
La capacidad se desarrolla. El calendario, por sí solo, no la desarrolla.
Lo que convierte los años en vista
La pregunta, entonces, es qué hace la diferencia. Y fuera de la axiología hay una respuesta bastante afinada.
En 2009, Daniel Kahneman y Gary Klein publicaron un artículo conjunto que es casi una rareza. Venían de campos opuestos: uno había dedicado su carrera a documentar cuándo falla la intuición experta, el otro a documentar cuándo acierta. Se sentaron a localizar el desacuerdo y no lo encontraron — el trabajo se titula, literalmente, «un fracaso en discrepar».5
Lo que sí encontraron fueron dos condiciones. La primera: que el entorno tenga regularidades suficientes, que haya algo estable que aprender. La segunda: la oportunidad de aprenderlas mediante práctica prolongada con retroalimentación — es decir, que el resultado vuelva.
Donde se cumplen las dos, los años producen pericia. Donde no, los años producen confianza. Y la confianza crece igual, porque para crecer no necesita acertar.
Ese mecanismo explica lo que la edad sola no explicaba. Lo que convierte los años en finura no es haber vivido: es haber sido corregido.
La corrección puede venir de fuera —alguien que te dice, y te lo dice en serio, que te equivocaste— o de la propia realidad, que devuelve un resultado que no te da la razón.
Y aquí llega la parte incómoda. La vida adulta está organizada para reducir la corrección. Cuanto más arriba llegas, menos gente se atreve a contradecirte. Cuanto más tiempo llevas haciendo algo, más se da por hecho que ya lo sabes. Cuanto más respeto te has ganado, menos te lo discuten.
La autoridad tiene un efecto secundario que nadie declara: no solo te protege del error, también de enterarte de él.
Endurecerse no es, casi nunca, un defecto de carácter que aparece con los años. Es lo que le ocurre por defecto a un juicio que se quedó sin nadie que lo corrija.
La forma exacta del endurecimiento
Axiológicamente, ese endurecimiento tiene nombre y dimensión.
Hartman distingue tres maneras de valorar la misma cosa. La sistémica es la del concepto y la regla: funciona por todo o nada, porque una circunferencia no puede ser un poco circunferencia. La extrínseca compara dentro de una clase: mejor, peor, más útil, menos. La intrínseca mira algo como único e irrepetible, sin clase con la que compararlo.
De la primera escribe algo que conviene leer despacio: como pertenece a las construcciones de la mente, cuando se aplica a seres reales los prejuzga. Y la llama, sin adornos, el modelo del dogmatismo y del prejuicio, del pensamiento rígido y esquemático.6
De la segunda dice justo lo contrario: que ve la cosa en la fluidez de todas sus propiedades y en todos los contextos posibles. Que es flexible.2
Ahí está la diferencia entre las dos vejeces, y no está en cuánto ves. Está en el orden.
La mirada afinada llega a la escena con muchas propiedades y espera a ver cuáles se cumplen. La mirada endurecida llega con el concepto ya cerrado, y la escena solo confirma.
«Ya sé cómo es esta gente.» «Esto siempre acaba igual.» «A mí ya no me la dan.» Cada una de esas frases es un ahorro: ahorra el trabajo de mirar. Y es un ahorro real — por eso resulta tan cómodo.
En la lectura clínica del instrumento, esa configuración tiene su descripción: rigidez de pensamiento, perfeccionismo, dependencia del orden externo e incomodidad cuando el mundo no se corresponde con el orden que uno intenta imponerle. Muy acentuada, dogmatismo y prejuicio.7
Y sin embargo, endurecerse casi nunca es un vicio
En ese mismo párrafo, el manual hace algo que no esperarías. Después de decir «dogmatismo y prejuicio», continúa: pero también dedicación a un ideal fuera de uno mismo, una norma a la que agarrarse pase lo que pase.
Escribe que esa norma puede funcionar como un giroscopio interno, una fuerza que permite atravesar cualquier situación, incluso la peor. Y añade que quienes tenían un ideal así sobrevivieron mejor en los campos de concentración que quienes no lo tenían.7
Conviene no pasar de largo por ahí. Lo que endurece una mirada es, muchas veces, exactamente lo que permitió sostenerse.
Hay un segundo camino hacia el mismo sitio, y es más triste. Leon Pomeroy, que dedicó décadas a validar el instrumento con muestras de varios países, distingue dos orígenes para una vista poco fina. Uno es temprano y de desarrollo. El otro es defensivo, y lo resume en una frase: cerraré los ojos para que no me duela.8
Lo llama anestesia emocional, y anota que va de la mano de desconocer la realidad. No es que la persona no pueda ver. Es que bajó la resolución a propósito, y la bajó por algo.
Pomeroy añade una distinción que importa mucho más que la etiqueta: el primer origen queda incrustado en el carácter, mientras que el segundo —el defensivo— es material de trabajo terapéutico.8
Lo que se cerró puede volver a abrirse. Lo que nunca llegó a abrirse es otro asunto.
Ver más fino no es sentir menos
Queda un miedo por nombrar, porque sostiene buena parte de la resistencia a todo esto: que afinar la vista signifique enfriarse. El catador que ya no disfruta un vino. El que lo ha visto todo y ya no se emociona con nada.
El que sabe de vinos no bebe con menos gusto: bebe con más motivos.
Hartman contesta a eso en la introducción de su obra fundacional, y contesta con música. El músico diletante disfruta la música, pero no conoce la partitura; el músico experto conoce la partitura, y eso no destruye su disfrute de la sinfonía, sino que lo hace más intenso. Su sensibilidad, escribe, está estructurada racionalmente.9
Distinguir más no es sentir menos. Es sentir con más puntería.
Y merece decirse lo contrario también, porque circula la confusión inversa: la persona fría no suele ser la que más ve. Suele ser la que dejó de mirar. El cinismo no es exceso de vista; es un concepto que hace años que no se revisa.
Dos preguntas, a cualquier edad
Esto no pide un programa. Pide dos preguntas, y ninguna tiene que ver con cuántos años tengas.
La primera: ¿dónde te ha corregido la realidad últimamente? Si repasas los últimos meses y no encuentras nada, la explicación más probable no es que hayas acertado en todo. Es que te has colocado fuera del alcance de la corrección.
La segunda: ¿qué concepto tuyo lleva años sin actualizarse? Se localiza fácil, porque siempre tiene una frase hecha lista para salir. «Los jóvenes de hoy.» «Los de esa profesión.» A veces, el nombre de un hermano.
Y una tercera, si acabas de dejar el trabajo de toda tu vida. Del cargo se jubila uno entero; de esto no se jubila nadie. La vista sigue puesta, con todas las propiedades que costó cuarenta años reunir. Lo único que cambia es dónde se aplica — y quién queda para llevarte la contraria.
Referencias
Obras de referencia
- Robert S. Hartman, El conocimiento del bien: crítica de la razón axiológica (Fondo de Cultura Económica, 1965) — la exposición de Hilliard y el cálculo de los elementos distinguibles en una experiencia estética.
- Robert S. Hartman, La estructura del valor: fundamentos de la axiología científica (Fondo de Cultura Económica, 1959) — el axioma de la axiología formal y la distinción entre el diletante y el experto.
- Robert S. Hartman, The Hartman Value Profile (HVP): Manual of Interpretation (1973; 2.ª ed., Robert S. Hartman Institute) — la definición de lo que mide la prueba, las tres dimensiones del valor, la medida de repetición y las pruebas de fiabilidad.
- Leon Pomeroy, The New Science of Axiological Psychology (Rodopi, 2005) — los dos orígenes de una diferenciación pobre y la noción de anestesia emocional defensiva.
- Daniel Kahneman y Gary Klein, «Conditions for Intuitive Expertise: A Failure to Disagree», American Psychologist 64 (6), 2009 — las condiciones bajo las cuales la experiencia produce pericia real.
Fuentes
- ↩ El conocimiento del bien (1965), capítulo sobre los naturalistas cognoscitivistas, en la exposición de A. L. Hilliard. Hartman describe la copa de borgoña como «un complejo de elementos de la experiencia —ciertos matices del rojo, un sabor disfrutado, una cierta forma visual desde cierto punto de vista, frescura, etc.», y añade: «Los expertos, según Hilliard, distinguen 158 elementos». La cifra es de Hilliard, no de Hartman, y Hartman la cita mientras discute otras tesis del mismo autor, algunas de las cuales rechaza expresamente en nota. Aquí se usa como lo que es: una estimación del número de distinciones que llega a manejar un paladar entrenado, no un dato de laboratorio.
- ↩ Manual of Interpretation, §2.6.1.2, sobre los conceptos abstractos y la valoración extrínseca: «Cada cosa tiene potencialmente un número infinito de propiedades en común con otras cosas semejantes […], pero en la práctica la valoración extrínseca girará solo en torno a unas pocas de esas propiedades. Pero incluso unas pocas dan un gran número de posibilidades de valor: 10 dan 1.023, y 158 dan un número astronómico». Y a continuación: «La valoración extrínseca ve la cosa en la fluidez de todas sus propiedades y en todos los contextos posibles. Es flexible». Traducciones propias. La aritmética es la de los subconjuntos no vacíos de un conjunto de n propiedades: 2¹⁰ − 1 = 1.023; para 158, del orden de 3,6 × 10⁴⁷. Marcas 2 y 2b.
- ↩ Manual of Interpretation, §0.1: la prueba «es un test estrictamente axiológico que mide la capacidad de valorar de la persona». Y §3.2.16, sobre la medida prevista para las repeticiones: «esta puntuación mide, en caso de repetición del test, el desarrollo de la capacidad de valorar». Traducciones propias. Aquí no se publican índices, rangos ni umbrales a propósito: lo que interesa es el estatuto de lo medido —una capacidad que se desarrolla— y no su aritmética. Marcas 3 y 3b.
- ↩ Manual of Interpretation, §3.3.1, entre los índices empíricos de fiabilidad de las escalas: «estabilidad test-retest de las puntuaciones individuales; correspondencia de las medias de grupo; libertad de influencia del sexo, la edad, el estado civil y el nivel educativo; tendencias centrales de respuesta a cada ítem». Y §3.1.3: «Este talento se encuentra más bien en todos los grupos y todas las profesiones, así como en todas las edades y en ambos sexos». Traducciones propias. Precisión necesaria: que la prueba se validara como independiente de la edad no demuestra que la capacidad de valorar no cambie a lo largo de una vida —eso es justamente lo que mide la medida de repetición de la nota anterior—; demuestra que la edad, por sí sola, no predice la puntuación. Es esa distinción la que sostiene el argumento de este artículo, y conviene no estirarla más allá. Marcas 4 y 4b.
- ↩ Daniel Kahneman y Gary Klein, «Conditions for Intuitive Expertise: A Failure to Disagree», American Psychologist 64 (6), 2009, pp. 515–526. El artículo nace de una colaboración adversarial entre dos programas de investigación enfrentados —el de los sesgos y heurísticos, el de la decisión naturalista— y concluye que la intuición experta genuina requiere un entorno con regularidades suficientemente válidas y la oportunidad de aprenderlas mediante práctica prolongada con retroalimentación. Los autores subrayan además que la confianza subjetiva no es un indicador fiable de la exactitud del juicio. Se cita aquí como apoyo externo y contemporáneo: no forma parte de la axiología formal, y la lectura que este artículo hace de sus dos condiciones en clave axiológica es propia.
- ↩ Manual of Interpretation, §2.6.1.1, sobre la valoración sistémica: «Ve las cosas o blancas o negras. Puesto que pertenece a las construcciones de la mente, es obvio que, cuando se aplica a seres reales, los prejuzga. La valoración sistémica es el modelo del dogmatismo y el prejuicio, del pensamiento rígido y esquemático, y de la construcción formal». Traducción propia; el énfasis es del original. Las tres dimensiones se definen en §§2.6.1.1–2.6.1.3 según el tipo de conjunto de propiedades que cumple cada concepto: finito (sistémico), infinito numerable (extrínseco) y no numerable (intrínseco). Precisión de siempre: Hartman no descubrió que valoramos de tres maneras —eso está en la filosofía desde antiguo—; formalizó la distinción y construyó un instrumento para medirla.
- ↩ Manual of Interpretation, §8.3.1.4.1 (b), sobre la sobrevaloración de la dimensión sistémica en la primera parte de la prueba: «Aquí tenemos rigidez en el pensamiento, perfeccionismo, […] dependencia del orden externo, e incomodidad cuando el mundo exterior no se corresponde con el orden que uno intenta imponerle. Si este índice es muy alto, tenemos dogmatismo y prejuicio». Y en el mismo párrafo: «Pero también tenemos dedicación a un ideal fuera de nosotros mismos, una norma que seguir pase lo que pase y a la que aferrarse en las situaciones difíciles. Tal norma puede dar a la persona una especie de giroscopio interno, una fuerza interior que le permite capear cualquier situación, incluso la peor. Las personas con un ideal así fuera de sí mismas […] fueron capaces de sobrevivir mejor en los campos de concentración que otras sin esa fuerza interior a la que agarrarse». Traducciones propias; se omiten las cifras y los criterios de lectura. Hartman distingue expresamente esa fuerza venida de fuera de la que procede de los recursos internos de la propia persona. Marcas 7 y 7b.
- ↩ Leon Pomeroy, The New Science of Axiological Psychology (2005), en el comentario de las medias de diferenciación de las muestras nacionales: la debilidad primaria, «de inicio temprano», es «evolutiva y se vuelve caracterológica, incrustada en hormigón»; la debilidad secundaria «viene del embotamiento defensivo —en el espíritu de “cerraré los ojos para que no me hagan daño” o “no quiero pensar en ello”—» y es «material para el molino terapéutico». Y sobre las puntuaciones buenas: «reflejan también menos embotamiento emocional y menos alienación. La anestesia emocional va con el desconocimiento de la realidad. Como medida defensiva, algunas personas aprenden a no encarar la realidad». Traducciones propias; se omiten las cifras y las comparaciones entre países. Marcas 8 y 8b.
- ↩ La estructura del valor (1959), Introducción: «Tal confusión es la del diletante, y lo diferencia del experto. El músico diletante disfruta la música, pero no conoce la partitura. El músico experto conoce la partitura. Esto no destruye su disfrute de la sinfonía, sino que lo hace más intenso. Su sensibilidad musical está estructurada racionalmente». Hartman lo escribe para explicar qué añade la axiología teórica a la valoración corriente —«la axiología teórica es la partitura de la esfera de los valores»—, y en las líneas siguientes desarrolla la comparación: sin expertos en rosas no habría rosas expertamente cultivadas, y siempre habrá valoración en estado silvestre, haya expertos o no.
La edad no reparte vista: reparte ocasiones de afinarla, y las mismas ocasiones sirven para cerrarse. Lo que decide cuál de las dos cosas ocurre no es cuánto has vivido, sino cuántas veces has dejado que la realidad te lleve la contraria.